Capítulo 3
- Maria y su familia nudista I
- María y la familia nudista II
- María y su familia nudista III
La noche había caído sobre la Ciudad de México, envolviendo la mansión de la colonia Condesa en un silencio suave interrumpido solo por el lejano rumor del tráfico y el canto ocasional de algún grillo en el jardín. María había pasado la tarde encerrada en su habitación, la más amplia del segundo piso, un refugio personal que combinaba el caos organizado de una estudiante universitaria con toques de su alma artística.
La habitación era un espacio luminoso y generoso: paredes pintadas en un tono crema cálido, con una gran ventana que daba al patio trasero y dejaba entrar la luz de la luna ahora. Su cama king size ocupaba el centro, cubierta por sábanas de algodón egipcio blanco que aún olían ligeramente a vainilla de su último lavado. Al lado, un escritorio amplio de madera oscura repleto de libros apilados –Bataille, Foucault, Nietzsche, novelas eróticas de Anaïs Nin que escondía entre textos de filosofía–, su laptop abierta con notas de clase y un par de resaltadores fluorescentes.
En una esquina, su mayor capricho: un piano de cola negro Yamaha, regalo de su abuela cuando cumplió quince años. El instrumento brillaba bajo la luz tenue de una lámpara de pie; María lo tocaba casi todas las noches como hobby, improvisando melodías suaves y melancólicas que a veces se volvían intensas, cargadas de la misma pasión que ponía en el sexo. Hoy había practicado un rato Chopin antes de sumergirse en sus ensayos, los dedos deslizándose por las teclas con la misma destreza con que recorrían cuerpos familiares.
Terminó de corregir un párrafo sobre el deseo en la literatura del siglo XX, cerró la laptop con un suspiro satisfecho y estiró los brazos por encima de la cabeza. Sus tetas masivas doble EE se elevaron con el movimiento, los pezones grandes rozando la tela fina de la camisola corta que usaba para estar en casa –una prenda casi transparente que apenas cubría sus nalgas redondas–. Tenía hambre. En la familia, la costumbre nocturna era clara: si surgía antojo, bajaban a la cocina por un snack ligero, sin horarios rígidos. A veces terminaba en una cena improvisada juntos; otras, en sexo grupal espontáneo si el ambiente se calentaba.
Bajó descalza por la escalera de mármol, el plug de corazón rosa aún alojado en su ano, moviéndose deliciosamente con cada paso y recordándole la ducha de la tarde con Alejandro. Al llegar a la cocina, el aroma a papas fritas caseras y salchichas la recibió como un abrazo. Su mamá había dejado una bandeja grande en el centro de la isla: hot dogs envueltos en tocino crujiente, papas doradas y una jarra de refresco de cola helado. Todo tapado con film transparente para que cualquiera se sirviera. María sonrió, tomó un plato, se sirvió dos hot dogs generosos y un vaso alto de refresco con hielo. El primer mordisco fue puro placer: la salchicha jugosa, el tocino crujiente, la mostaza picante.
Antes de subir, oyó pasos suaves detrás de ella. Era Alejandro, también descalzo, su pene semi-erecto balanceándose con naturalidad entre sus piernas musculosas. Llevaba solo una sonrisa pícara.
—Hola, María… déjame algo, glotona —dijo en voz baja, acercándose por detrás para abrazarla por la cintura y besar su cuello.
Ambos rieron bajito, cómplices. María se giró en sus brazos, ofreciéndole un bocado de su hot dog directamente en la boca. Él lo aceptó, mordiendo despacio, sus ojos clavados en los de ella.
—Estaba pensando en José —dijo María, limpiándose una gota de mostaza del labio con la lengua—. Quiero que se adapte poco a poco a nosotros… a todo esto. No quiero asustarlo de entrada.
Alejandro asintió, tomando otro bocado de su plato. —Dispara, hermanita.
María soltó una risita traviesa. Esa palabra –“dispara”– siempre le traía recuerdos calientes: cuando estaba muy excitada, montada sobre él o con su papá, gritaba “¡Dispara! ¡Dispara!” entre pujidos y gemidos, rogando que eyaculara dentro de ella. Alejandro lo sabía perfectamente y su verga dio un salto visible al oírla.
—Pues mira… José va al asilo, cuida a la gente grande, es un buen chico. Me gustaría que te hicieras su amigo. Que lo invites a salir, a platicar, a entrenar o lo que sea. Así lo conoces más y lo vas introduciendo poco a poco a… nuestra forma de ser. Sin mencionar que somos hermanos, claro. Solo… haz que se sienta cómodo con nosotros.
Alejandro sonrió ampliamente, sus ojos brillando de entusiasmo.
—Excelente idea, hermanita. Ahora él será mi bro. Me acuerdo que algo parecido hizo mamá cuando conoció a Amelia, mi novia actual. La fue integrando despacito: primero salidas “normales”, luego cenas con ropa, luego… bueno, ya sabes cómo terminó Amelia adaptándose rapidísimo. —Rio por lo bajo, recordando—. Queda hecho. Mañana en cuanto salga de clases, me lo echo al hombro. Si es posible, lo convierto en amigo inseparable.
María sintió un calor subirle por el pecho. Se acercó más, sus tetas aplastándose contra el torso de él.
—Gracias, Ale… sé que lo harás bien.
Se miraron un segundo eterno. Luego se besaron: un beso apasionado, profundo, con lenguas que se enredaban como si no hubieran pasado ni una hora desde la ducha. Las manos de Alejandro bajaron a sus nalgas, apretando el plug de corazón a través de la carne, haciendo que María gimiera contra su boca. Ella le agarró el pene, sintiéndolo endurecerse por completo en su palma, los 18 centímetros gruesos y calientes latiendo contra su vientre.
—Sigue volviéndolo loco cuando estés con él —susurró Alejandro contra sus labios—. Se ve por lo que me cuentas que lo necesita… que necesita soltarse. Y tú eres experta en eso.
María sonrió con picardía.
—Oh, lo haré… lo haré gritar mi nombre como tú lo haces.
Se besaron un poco más, manos vagando: él pellizcando sus pezones grandes a través de la camisola, ella masturbándolo lentamente hasta que una gota de precum brilló en la punta. Pero no fueron más allá esa noche; el cansancio del día pesaba y ambos sabían que había tiempo de sobra.
—Buenas noches, hermanito —dijo ella, dándole un último beso suave en la comisura de la boca.
—Buenas noches, mi niña preciosa. Sueña con José… y con nosotros.
Se separaron con sonrisas cómplices. María subió las escaleras con su plato y refresco, el plug moviéndose con cada paso, su vagina humedeciéndose solo de imaginar el futuro. Entró a su habitación, cerró la laptop del todo, se quitó la camisola y se metió desnuda bajo las sábanas. El piano en la esquina parecía observarla en silencio, como testigo de sus secretos.
Mientras mordía el último trozo de hot dog, su mente vagó a una noche no tan lejana: la vez que su equipo de fútbol favorito había ganado un partido importante. Celebraron en casa, sin reglas. Su papá y Alejandro la habían tomado al mismo tiempo como “premio”. Recordaba cada detalle con claridad vívida: ella de rodillas en la sala, la verga monstruosa de 24 cm de su papá en su boca, estirándole los labios mientras chupaba con devoción, saliva corriendo por su barbilla; Alejandro detrás, alternando entre su vagina y su ano, penetrándola con fuerza mientras sus manos amasaban sus tetas masivas. Los dos la llenaron esa noche: semen caliente en su garganta y en sus dos agujeros, desbordándose, goteando por sus muslos mientras gemía de placer absoluto. “¡Dispara, papi! ¡Dispara, hermanito!” había gritado, perdida en el éxtasis.
María soltó una risita suave en la oscuridad, sus dedos bajando instintivamente a su clítoris para darse un roce ligero mientras recordaba. No se masturbó del todo; solo se dejó llevar por el cosquilleo, imaginando a José en esa misma sala algún día, viéndolo todo, uniéndose poco a poco.
Apagó la lámpara. Mañana sería otro día. Mañana empezaría a tejer la red para traer a José al paraíso sin puertas. Y cuando llegara el momento… lo haría suyo. De todas las formas posibles.
Cerró los ojos, el plug aún en su ano como un secreto cálido, y se durmió con una sonrisa en los labios, soñando con ojos verdes nerviosos y cuerpos entrelazados bajo la luna.
Amelia tenía 25 años cuando el Departamento de Policía de Los Ángeles la ascendió oficialmente a detective, un logro que pocos alcanzaban tan jóvenes. Su ascenso no fue solo por méritos académicos o por favoritismos: era el resultado de una vida moldeada por el acero y la disciplina desde que era niña. Su padre, el coronel retirado Marcus Hale, había sido un operador de élite en las Fuerzas Especiales del Ejército de Estados Unidos. Había participado en misiones clasificadas en Irak, Afganistán y operaciones encubiertas en América Latina que nunca aparecieron en los periódicos. Marcas de balas en el hombro izquierdo, una cicatriz irregular en la mandíbula de un cuchillo en Kabul, y un tatuaje desvaído en el antebrazo con el lema “De Oppresso Liber” que solo él entendía en su totalidad. Marcus no hablaba mucho de sus días activos, pero cuando lo hacía, era con una precisión quirúrgica: le enseñaba a Amelia a desarmar un M4 en menos de treinta segundos,a leer el lenguaje corporal de un sospechoso en una fracción de segundo, a disparar con precisión quirúrgica desde 50 metros con una Glock 19. Desde los ocho años, los fines de semana en el rancho familiar en las afueras de San Bernardino eran sesiones de entrenamiento: combate cuerpo a cuerpo, krav maga adaptado a su estatura, tiro con armas cortas y largas, incluso técnicas básicas de supervivencia en terreno hostil. “La calle no perdona la debilidad, pequeña”, le repetía siempre, mientras la corregía la postura de combate o le ajustaba el agarre del arma.
Amelia lo adoraba. Era su héroe, su refugio, su ejemplo. Cuando se enojaba con él –porque quería salir con amigas en vez de entrenar, o porque discutía que el ejército no era la única opción–, el coronel salía a relucir: voz baja, mirada fija, esa calma letal que no necesitaba gritar. Amelia cedía casi siempre. Terminaban esos enfrentamientos en abrazos fuertes, él besándole la frente y murmurando “Sé que puedes con todo, mi niña”. Su madre, Sarah Hale, había sido oficial de patrulla en el LAPD durante diez años antes de conocer a Marcus en una redada conjunta contra una banda de narcotraficantes en South Central. Sarah era dura, intuitiva, con un instinto callejero que complementaba perfectamente la disciplina militar de su esposo.Se enamoraron en medio del caos: ella cubriéndolo con fuego de supresión mientras él neutralizaba a un tirador. Después de casarse, Marcus le pidió que dejara el trabajo de calle. “No quiero verte en una bolsa de plástico algún día”, le dijo una noche, con voz quebrada por primera vez. Sarah aceptó, pero nunca dejó de ser policía en el alma: seguía entrenando, leía informes clasificados que Marcus traía a casa, y en las noches de insomnio revisaba mapas de pandillas locales como si aún estuviera en servicio.
Amelia creció en ese hogar donde el amor se mezclaba con la preparación constante. Era atlética desde niña: gimnasia, natación, karate (ganó tres torneos estatales juveniles en kumite), boxeo tailandés. A los 18 ya tenía un cuerpo de atleta de élite: 1.72 metros, cintura estrecha, abdominales marcados bajo la piel bronceada, piernas largas y musculosas, un culo redondo y definido que se tensaba perfectamente en shorts de entrenamiento. Sus pechos eran copa C, firmes y altos, con pezones pequeños y rosados que se endurecían con facilidad al frío o al roce. Ojos azules heredados de su madre, cabello rubio natural que llevaba casi siempre en una coleta alta o trenza militar. Desde adolescente tenía esa “facha” de agente encubierta: mirada directa, postura erguida, una forma de caminar que hacía que la gente se apartara instintivamente. Parecía una modelo fitness, pero con el aura de alguien que podía romperte la muñeca en dos segundos si la provocabas.
Sus padres discutieron mucho sobre su futuro. Marcus quería que entrara al ejército, que siguiera sus pasos en las Fuerzas Especiales o en inteligencia. Sarah insistía en la policía: “Aquí puedes hacer diferencia real, día a día, sin tener que desaparecer meses en misiones secretas”. Amelia eligió la academia de policía. Quería ver la realidad de cerca, como le habían dicho sus padres: “Hay gente buena y gente mala, y a veces la línea es borrosa”. En la academia destacó: calificaciones perfectas en tiro, combate, tácticas. En las calles vio lo que le habían advertido: corrupción sutil, adicciones que destruían familias, momentos de heroísmo anónimo. Tuvo pretendientes –muchos–, chicos guapos del gimnasio, compañeros de academia, incluso un fiscal joven que la invitaba a cenas caras. Pero Amelia nunca sintió curiosidad real por el sexo.
No era represión; era disciplina. “Primero yo misma”, se decía. Sabía defenderse de cualquiera que intentara algo sin consentimiento. Dormía con una Glock en la mesita de noche y un cuchillo táctico bajo la almohada. El placer físico no era prioridad; el control lo era.
Hasta que apareció Alejandro.
Una noche de verano, cuando tenía 19 años y aún vivía con sus padres mientras estudiaba criminología en la universidad, Amelia regresó tarde de un entrenamiento. Entró por la puerta trasera, silenciosa como le habían enseñado, y se dirigió a la sala para tomar su botella de agua que había olvidado. El sofá grande de cuero estaba iluminado solo por la luz tenue de una lámpara de pie. Allí estaban sus padres: Sarah a horcajadas sobre Marcus, desnuda, su cuerpo aún atlético a los 45 años moviéndose con un ritmo lento y profundo. Marcus tenía las manos en las caderas de su esposa, guiándola mientras ella cabalgaba su verga gruesa y venosa, los gemidos bajos y controlados de ambos llenando el aire. Sarah arqueaba la espalda, sus tetas medianas balanceándose, los pezones duros rozando el pecho velloso de su marido. Marcus gruñía suavemente, una mano subiendo a apretar uno de sus pechos, el pulgar frotando el pezón mientras la otra bajaba a frotar su clítoris hinchado.
Amelia se quedó congelada un segundo en la puerta. No sintió vergüenza ni asco; solo una curiosidad fría y analítica, como si estuviera observando una escena de entrenamiento. Sus padres no la vieron al principio. Sarah giró la cabeza ligeramente, jadeando, y sus ojos se encontraron con los de su hija.
—Oh… hola, cariño —dijo Sarah sin detenerse, la voz entrecortada por el placer—. ¿Olvidaste algo?
Amelia parpadeó, calmada.
—Sí… mi botella de agua.
Marcus levantó la vista, sin sorpresa, solo una media sonrisa.
—Está en la mesa de centro. Tómalo con calma, mi niña.
Amelia avanzó, tomó la botella, dio un sorbo largo mientras sus padres seguían moviéndose: el sonido húmedo de los cuerpos chocando, los suspiros de Sarah cada vez que Marcus la penetraba hasta el fondo. No había prisa, no había escándalo. Solo intimidad cruda y confiada.
—Que lo disfruten —dijo Amelia con naturalidad, como si los hubiera encontrado viendo televisión.
Sarah soltó una risita entre gemidos.
—Gracias, hija… ahhh… sí, Marcus, justo ahí…
Amelia se giró y salió sin prisa, cerrando la puerta tras de sí con suavidad. Subió a su habitación, se duchó, se metió en la cama y se durmió pensando en cómo el deseo no era algo que hubiera que esconder. Sus padres se amaban con la misma intensidad con que se protegían mutuamente. Y eso, de alguna forma, la hizo sentir más segura en su propia piel.
Por ahora, en la mente de María mientras se dormía esa noche en su cama king size, Amelia era solo un nombre misterioso, una futura pieza del rompecabezas que haría que José –y quizás muchos más– se sintieran bienvenidos en esa casa sin puertas.
Y María sonrió en la oscuridad, el plug de corazón aún cálido en su ano, sabiendo que el mañana traería más hilos para tejer esa red de placer y libertad.
Alejandro despertó antes de que el sol asomara por completo sobre la Ciudad de México. Como cada mañana, el ritual era sagrado: 5 kilómetros de carrera. Se levantó desnudo de su cama –la habitación sin puertas, como toda la casa–, estiró los músculos largos y definidos, y bajó a la planta baja. Tomó la Glock 19 compacta que guardaba en un cajón discreto del mueble de la entrada, la metió en una funda de neopreno pegada a la parte baja de su espalda y se la cubrió con una playera negra ajustada. “Por si las dudas”, se dijo a sí mismo con una sonrisa torcida, esa que mezclaba disciplina y picardía.
Salió al patio. La casa era lo suficientemente grande como para que, en días más tranquilos, corriera vueltas desnudo alrededor del jardín, la cancha de tenis y la fuente, sintiendo el aire fresco rozar cada centímetro de su piel. Hoy optó por las calles de la Condesa: el asfalto aún fresco, el silencio roto solo por sus pisadas rítmicas y su respiración controlada. Corrió con paso firme, el cuerpo respondiendo como una máquina bien aceitada. Cuando regresó, sudado y brillante, entró directo al gimnasio privado en el sótano: un espacio amplio con piso de hule negro, espejos de pared a pared, pesas libres, barras, rack de sentadillas y una máquina multifuncional de última generación.
Se quitó la playera empapada y se miró en el espejo mientras empezaba su rutina de abdominales –su obsesión personal–. Su físico era un espectáculo masculino puro: 1.85 metros de estatura, hombros anchos y redondeados por años de dominadas y presses militares, pecho marcado con pectorales gruesos que se contraían visiblemente al respirar, abdominales en tabla de chocolate –ocho cuadros definidos, con esa V profunda que bajaba hacia la pelvis–, oblicuos tallados que se veían incluso en reposo. Brazos venosos, bíceps que se hinchaban como pelotas al hacer curls, tríceps en herradura perfecta. Piernas potentes: cuádriceps divididos en teardrops, gemelos diamantinos que se marcaban con cada repetición de pantorrillas. Y entre las piernas, colgando pesado incluso en reposo, su pene de 18 centímetros flácido –grueso, venoso, con una cabeza rosada que ya prometía–,huevos grandes y bajos que se balanceaban ligeramente mientras hacía planchas y crunches. Todo el cuerpo bronceado por el sol mexicano, con cicatrices pequeñas aquí y allá –una en el antebrazo de un entrenamiento con cuchillo, otra en la costilla de una caída en rappel–, pero nada que restara atractivo; al contrario, añadían rudeza sexy.
Terminó la sesión con una ducha rápida en el baño del gimnasio, se vistió con jeans oscuros ajustados, playera blanca que marcaba cada músculo y botas tácticas. Mientras se ponía el reloj, su mente viajó al pasado, como solía hacer en las mañanas tranquilas.
Recordó la escuela militar. A los 18 años decidió entrar por su cuenta, como un reto personal. Amaba la libertad de su casa –andar desnudo, ver a su familia follando sin tapujos, participar cuando quisiera–, pero algo en él necesitaba disciplina externa. El primer mes fue un infierno: extrañaba el tacto de su madre, las tetas masivas de María, el sexo espontáneo con su papá. Lloró en silencio la primera noche en el dormitorio colectivo. Pero resistió. Se graduó con honores, cuerpo más duro, mente más afilada. Y, en secreto, encontró formas de desahogarse.
Hubo sargentas que lo miraban con hambre en los entrenamientos nocturnos. Una teniente de 32 años, morena, tetona y con ojos de acero, lo mandaba “a revisar equipo” a su oficina después de medianoche. La primera vez fue duro y rápido: ella lo empujó contra la pared, le bajó los pantalones y se arrodilló para chupársela con urgencia, tragándosela hasta la garganta mientras gemía “eres un cabrón con suerte”. Pero pronto cambió la dinámica. Alejandro descubrió que podía tomar el control. La segunda vez la puso de rodillas, le ató las manos con su propio cinturón táctico y la folló por detrás sobre el escritorio, agarrándole el cabello y susurrándole órdenes:
“Dime que eres mi puta, teniente”. Ella se corrió gritando, su coño apretándolo mientras él la llenaba. Desde entonces, cada vez que lo llamaba, terminaba sumisa: de espaldas, con las piernas abiertas, rogándole que la azotara el culo hasta dejarlo rojo, que le metiera los dedos en el ano mientras la penetraba. Alejandro aprendió a ser un buen amo: firme, atento, sabiendo cuándo empujar límites y cuándo parar. El poder lo excitaba tanto como el placer.
Terminó su servicio joven, a los 22. Quería “estar más en sociedad”, decía, aunque mantuvo contactos. Un día, sus amigos del ejército –incluida una sargenta cachonda que aún le mandaba nudes ocasionales– lo invitaron a una convención binacional en la Ciudad de México: estrategias policiales, comunicación con criminales, tráfico de armas y trata de personas entre México y Estados Unidos.
Allí la vio por primera vez: Amelia Hale, la detective gabacha de 25 años, rubia, atlética, con ojos azules que cortaban como cuchillos. Hablaba perfecto español con acento neutro, explicando mapas de rutas de contrabando con precisión militar. Alejandro la observó desde el fondo, impresionado. Al terminar, salió al patio de alimentos a comprar un tamal. Él se acercó, oliendo la oportunidad.
—Hay pinches gabachos están en todos lados… —dijo en voz alta, para que ella lo oyera.
Amelia, con un tamal de rajas en una mano y café en la otra, se giró ruborizada pero furiosa.
—¿Perdón? Si te entiendo, idiota. Y sí estamos aquí porque es necesario.
Alejandro sonrió con arrogancia.
—Pinche güera pendeja, ni sabes nada.
Ella dejó el tamal y el café en la mesa de la vendedora, apretó el puño y lanzó un derechazo directo –el mismo que había noqueado a pandilleros en Los Ángeles–. Pero Alejandro fue más rápido: bloqueó el brazo, la giró en un movimiento fluido de krav maga, la puso de rodillas con el brazo torcido detrás de la espalda y, sin soltarla, se inclinó y le plantó un beso profundo, lengua invadiendo su boca. Amelia se quedó aturdida, el cuerpo temblando de rabia y algo más.
—A pinche güera… qué rica estás —murmuró contra sus labios. Le dio otro beso, más lento, y con la mano libre le agarró una teta firme bajo la camisa táctica, apretándole el pezón hasta que ella soltó un gemido involuntario.
Luego se soltó, le guiñó un ojo y echó a correr riendo.
Amelia, roja de furia y excitación, lo persiguió por el estacionamiento gritando insultos en spanglish. Lo alcanzó, lo empujó contra un coche y lo besó ella esta vez, mordiéndole el labio. Terminaron follando esa misma noche en un hotel cercano: sexo salvaje, ella encima cabalgándolo con furia, él agarrándole el culo definido y azotándolo hasta que gritó su nombre.
El recuerdo lo hizo reír para sus adentros mientras subía a su Mercedes-Benz Clase G 63 AMG último modelo –negro mate, rines de 22 pulgadas, interior de cuero rojo sangre, motor V8 biturbo que rugía como una bestia–. Arrancó con un ronroneo grave y se dirigió al Ajusco, donde Amelia tenía su apartamento en una zona alta y fría, rodeada de pinos. Era su día de descanso; él tenía llave desde hacía meses.
Entró silencioso. Ella dormía profundamente en la cama king, desnuda bajo las sábanas, el cuerpo atlético relajado después de una semana dura de operativos. Alejandro se desvistió despacio, dejando la ropa en una silla: botas, jeans, playera, bóxers. Su verga ya semi-erecta al verla. Se metió bajo las sábanas, pegándose a su espalda. Empezó a besarle el cuello, los hombros, bajando por la columna. Amelia murmuró algo en sueños, pero no despertó del todo.
La giró con suavidad boca arriba, abrió sus piernas musculosas y se colocó entre ellas. La penetró despacio en misionero, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño apretado y húmedo lo recibía incluso dormida. Amelia suspiró, los ojos aún cerrados, pero sus caderas se movieron instintivamente hacia él. Alejandro empezó a bombear lento al principio, besándole los pechos copa C, chupando los pezones pequeños y rosados hasta que se endurecieron. Luego aceleró: embestidas profundas, sus huevos golpeando contra su perineo, el sonido húmedo llenando la habitación fría.
Amelia abrió los ojos por fin, vidriosos de placer.
—Hola, amor… buenos días… —susurró, rodeándole la cintura con las piernas.
—Hola, mi güera… —gruñó él, hundiendo la verga hasta el fondo—. ¿Qué crees que tenemos una misión especial…?
Ella sonrió, esa sonrisa peligrosa que solo él conocía.
—Sabía que “misión” significaba esto…
Alejandro la folló con más fuerza: manos en sus muñecas sobre la cabeza, inmovilizándola como en sus días de la teniente sumisa, pero ahora era mutuo. Amelia se arqueó, sus abdominales marcados contrayéndose, su coño apretándolo en ondas mientras se corría primero –un orgasmo silencioso pero intenso, temblando bajo él–. Él la siguió segundos después: se hundió hasta el fondo y eyaculó dentro de ella, chorros calientes llenándola, desbordándose un poco cuando salió.
Se quedaron pegados, jadeando. Amelia le acarició el cabello mojado.
—¿Y cuál es la verdadera misión? —preguntó con voz ronca.
Alejandro sonrió contra su cuello.
—Ayudarte a integrar a un nuevo amigo a la familia… un chico tímido que se está follando a mi hermanita. Se llama José. Quiero que lo conozcas… y que lo hagamos sentir bienvenido. Poco a poco.
Amelia levantó una ceja, intrigada.
—¿El del asilo? Suena… interesante. Cuenta más.
Y mientras el sol entraba por la ventana, Alejandro empezó a explicarle el plan, sabiendo que con Amelia a su lado, José no tendría escapatoria… ni querría tenerla.