La noche había empezado como cualquier otra salida entre amigos. Kadel, su esposa Hanna, la cuñada Mariela y el amigo Delfino decidieron ir a tomar unas copas después de la cena. El plan era sencillo: un par de rondas para celebrar nada en particular, solo el gusto de estar juntos. Pero las copas se multiplicaron. El ron y el aguardiente corrieron con facilidad, las risas subieron de tono y las historias subidas de color aparecieron entre trago y trago.
Hanna fue la primera en caer. Entre risas y ojos pesados, anunció que ya no aguantaba más y se retiró al cuarto principal de la casa. “Me duele la cabeza y estoy demasiado borracha”, murmuró antes de cerrar la puerta con un clic suave. Desde entonces, solo se escuchaba su respiración profunda y regular.
Delfino no tardó mucho más. Sentado en el sillón individual de la sala, con la cabeza echada hacia atrás y la boca entreabierta, se quedó profundamente dormido después del último vaso. Su pecho subía y bajaba con pesadez, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. El ventilador de techo giraba perezoso, moviendo el aire cálido de la noche y esparciendo el olor residual a alcohol y perfume.
Quedaron solos Kadel y Mariela en la sala semioscura. Mariela era la cuñada de Kadel, una mujer de treinta y cinco años, divorciada, con un cuerpo chubby que llenaba cada espacio con curvas generosas: piel blanca, alta, de hueso ancho, tetas grandes y pesadas, caderas anchas y muslos gruesos. Esa noche llevaba un short negro de algodón que apenas le cubría la mitad de los muslos y una camiseta ligera que se le pegaba al torso por el calor y el sudor.
Al principio solo coquetearon. Conversaciones bajas, miradas que duraban un segundo más de lo normal, comentarios con doble sentido. Mariela reía suave, se mordía el labio y fingía escandalizarse con las insinuaciones de Kadel. Pero el alcohol había bajado todas las defensas y la tensión sexual que siempre había flotado entre ellos empezó a hacerse evidente.
—Estás muy callado ahora que estamos solos —dijo Mariela con voz pastosa, recostándose en el sofá grande.
Kadel sonrió y se sentó más cerca.
—Es que me gusta mirarte cuando crees que nadie te ve.
Ella soltó una risita y cerró los ojos, echándose hacia atrás como si el sueño la estuviera venciendo.
—Ay, Kadel… estoy muerta… el alcohol me pegó fuerte… mejor me duermo aquí…
Era el inicio del juego que a ella le encantaba. Se hizo la dormida: respiración profunda, cuerpo relajado, ojos cerrados. Pero Kadel sabía que estaba despierta. Se acercó despacio y puso una mano en su rodilla. Deslizó los dedos por la cara interna del muslo grueso y suave. Mariela no se movió, pero su respiración se volvió un poco más rápida.
—Mariela… ¿dormís? —susurró él.
—Mmmh… estoy muy borracha… no me movás… —murmuró ella con voz arrastrada, sin abrir los ojos.
Kadel subió la mano hasta el borde del short. Rozó la tela de la panty y sintió la humedad que ya se filtraba. Metió los dedos por debajo y acarició sus labios hinchados. Mariela soltó un suspiro entrecortado, pero siguió fingiendo.
—No… ¿qué hacés? —preguntó débilmente—. Estoy dormida… no sé qué pasa…
Él introdujo dos dedos despacio en su coño caliente y resbaloso. Empezó a moverlos con ritmo lento, curvándolos para rozar ese punto sensible. Mariela abrió un poco más las piernas, aunque su rostro seguía con expresión de sueño profundo.
Mientras tanto, su mano bajó hasta el regazo de Kadel. Encontró su verga dura bajo el pantalón y la apretó por encima de la tela. Con torpeza fingida, bajó el cierre y metió la mano dentro del bóxer, rodeándola con sus dedos grandes y cálidos.
—Ay… qué es esto tan duro… —susurró, empezando a pajearlo despacio—. No… no deberíamos… Delfino está ahí…
Pero su mano no se detenía. Kadel tomó su muñeca y guió el movimiento: apretado, desde la base hasta la punta, con el pulgar rozando el glande. Mariela se dejó llevar, aunque al principio resistió un poco, haciéndose la difícil.
El juego subió de intensidad. Kadel le metió un tercer dedo, follándola con la mano mientras ella lo masturbaba con ganas crecientes. Los gemidos de Mariela empezaron a escaparse, cada vez menos controlados. Justo enfrente, Delfino dormía profundamente en el sillón, ajeno a todo.
Mariela se volvió más audaz. Sin abrir los ojos del todo, se bajó el short y la panty hasta las rodillas con movimientos torpes, dejando al descubierto su culo grande, blanco y redondo. Se puso de lado en el sofá, de espaldas a Kadel, y susurró con voz temblorosa y suplicante:
—Kadel… por favor… metémela… ya no aguanto… quiero sentir tu verga adentro…
Kadel se posicionó detrás de ella. Sacó su verga dura y la frotó contra la entrada de su coño, provocándola. Mariela empujó las caderas hacia atrás, gimiendo bajito.
—Dale… métemela toda… pero calladito… que Delfino no se despierte…
Él entró despacio, sintiendo cómo su coño caliente lo envolvía por completo. Empezó a moverse con embestidas profundas y controladas. Mariela gemía con cada penetración, intentando ahogar los sonidos contra el cojín, pero algunos gemidos se escapaban más fuertes de lo previsto, justo mientras Delfino roncaba a pocos metros.
—Ay, Kadel… más fuerte… me encanta… —susurraba ella entre gemidos—. Me estoy portando mal… pero no pares…
Kadel aceleró el ritmo, follándola con ganas mientras una de sus manos le apretaba una teta por debajo de la camiseta. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando se mezclaba con los ronquidos de Delfino. Mariela estaba completamente entregada, empujando hacia atrás para recibir cada embestida.
Al cabo de varios minutos intensos, ella susurró con urgencia:
—Kadel… no te vengas adentro… quiero que te corras en mis nalgas… pintame el culo con tu leche…
Kadel salió de ella, se masturbó unas cuantas veces rápidas y apuntó hacia su culo grande y blanco. Chorros calientes y espesos salieron con fuerza, cubriendo sus nalgas redondas, resbalando por la curva y cayendo entre ellas. Mariela jadeaba, sintiendo el calor de su semen sobre la piel, y con una mano se untó un poco, gimiendo bajito de placer.
Se quedaron unos segundos en silencio, recuperando el aliento. Mariela se subió el short despacio, cubriendo el desastre sin limpiarlo, y se acomodó en el sofá con una sonrisa satisfecha.
—Ni se te ocurra contarle nada a nadie… —murmuró, cerrando los ojos otra vez—. Mañana traeme un café bien cargado… porque la cabeza me va a estallar. Pero valió la pena.
Kadel se acomodó la ropa y se fue al cuarto en silencio, sabiendo que esa noche había abierto una puerta que ninguno de los dos querría cerrar.