Capítulo 2

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Ahí estaba yo… un hombre de cuarenta y siete años, casado y padre de familia, colándome como un vil ladrón en la habitación de mi propia hija con intenciones que cualquier persona decente habría calificado de monstruosas.

Avancé con pasos lentos y sigilosos. El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que pensé que iba a despertarla. La habitación estaba casi a oscuras, solo iluminada por la suave luz de la luna que se filtraba por la ventana. Y allí, en medio de esa penumbra, mi pequeña Sabrina parecía brillar como un ángel.

Mi verga se endureció hasta doler, latiendo con fuerza dentro del pantalón. Algo oscuro y enfermo se removía dentro de mí, excitado por lo prohibido, por el riesgo, por la idea de profanar lo que jamás debí desear.

Me quedé allí, de pie junto a su cama, respirando agitado, contemplando a Sabrina como un degenerado. Estaba acostada boca abajo, envuelta parcialmente en la sábana, con su fleco rubio revuelto sobre la frente y esas adorables pecas salpicando su rostro de porcelana. Parecía tan inocente, tan pura… y eso solo alimentaba mi depravación.

Con una mano le acaricié el cabello suavemente, como el padre amoroso que siempre había sido. Con la otra, apretaba con fuerza el bulto doloroso que tensaba mis shorts. Mi verga llevaba rato latiendo con rabia, suplicando liberarse.

Ya no aguanté más.

Me bajé los shorts con dedos temblorosos y saqué mi polla dura, gruesa y palpitante. Al principio sentí una punzada de culpa, pero desapareció en cuanto volví a mirar su cuerpo. Solo con recordar su ano rosado expuesto esa tarde, me ponía más caliente de lo que jamás me había puesto con su madre.

Empecé a masturbarme lentamente, con movimientos largos y pesados, mientras con la mano libre comenzaba a retirar la sábana de su cuerpo con cuidado. Centímetro a centímetro.

El sonido húmedo y obsceno de mi mano deslizándose por mi verga llenaba la habitación, cada vez más audible. Sabía que era arriesgado, que podía despertarla en cualquier momento… pero ya no me importaba.

Con cuidado, tiré lentamente de la sábana hacia abajo, revelando primero su pequeño pecho. Solo llevaba un fino brasier blanco, casi transparente, más parecido a un corpiño infantil que a ropa interior. Sus tetas no lo llenaban por completo, dejando un hueco provocador por donde se asomaban sus pezones rosados y delicados.

Con dedos temblorosos levanté el brasier, dejando que sus pechos pequeños y jugosos cayeran libres. Eran perfectos: suaves, pálidos, con ese tamaño ideal que cabía en mi mano. No eran grandes, pero sí lo suficientemente carnosos para ser deliciosamente pervertidos.

Empecé a acariciarlos con devoción enferma. Rozaba sus pezones con las yemas de los dedos, sintiendo cómo se endurecían poco a poco bajo mi tacto. Los pellizcaba suavemente, los jalaba, los masajeaba… mientras con la otra mano seguía masturbándome con descaro, cada vez más rápido.

Mis sentidos se nublaban. El olor de mi propia excitación ya llenaba la habitación, mezclado con el dulce aroma frutal de su piel. Mis jadeos se volvían más pesados, más audibles, pero no podía detenerme.

Me incliné sobre ella como un animal y capturé uno de sus pezones con la boca. Lo lamí con desesperación, chupándolo, succionándolo, rodeándolo con la lengua mientras mi mano seguía trabajando mi polla dura. Sentía cómo sus pezones se ponían cada vez más tiesos en mi boca.

Entonces noté cómo su rostro cambiaba. Frunció ligeramente el ceño, pero no era una expresión de molestia… era esa cara que ponen las mujeres cuando el placer las invade y apenas pueden contener un gemido. Sus labios entreabiertos, sus mejillas ligeramente sonrojadas.

Mi pequeña Sabrina estaba reaccionando a mi boca incluso dormida.

De pronto Sabrina se removió en la cama. Murmuró algo ininteligible entre sueños y se giró boca arriba, estirando los brazos con pereza. Su mano derecha quedó colgando por el borde de la cama, con los dedos finos y delicados ligeramente abiertos.

Por un segundo, una oleada de culpa me golpeó con fuerza. Pensé en salir corriendo, en olvidar todas las depravaciones que había hecho esa noche y fingir que nada había pasado. Pero el deseo era más fuerte. Mucho más fuerte.

Ya no había marcha atrás.

Con mucho cuidado tomé su mano pequeña y tibia. Sus dedos eran tan suaves, tan inocentes… y los cerré alrededor de mi verga gruesa y palpitante. Su palma apenas cubría una parte de mi grosor; no conseguía rodearla del todo. Aquella imagen —la mano de mi hija de dieciocho años sujetando la polla de su padre— era tan obscena que casi me corrí en ese mismo instante.

Empecé a mover las caderas lentamente, follándome su mano con movimientos controlados pero cada vez más necesitados. Su piel era increíblemente suave, casi irreal. Con cada embestida, mi líquido preseminal iba manchando su palma y sus dedos, haciendo que todo se volviera resbaladizo y aún más placentero.

Mi respiración se volvió pesada y entrecortada. Mis caderas aceleraron el ritmo, follando con más fuerza la pequeña mano de Sabrina. Con la mano que había estado usando para masturbarme, comencé a acariciarle el rostro, manchando deliberadamente sus mejillas, sus labios y su fleco rubio con mis fluidos viscosos. Ver su cara angelical cubierta de mi excitación me produjo un placer retorcido y profundo.

Bajé la sábana por completo. Llevaba unas bragas blancas a juego con el brasier, inocentes y delicadas. Con cuidado separé sus piernas, abriéndolas lo suficiente para tener pleno acceso. Deslicé la mano por dentro de sus bragas y empecé a juguetear con sus labios vaginales, con mis dedos manchados.

Metí un dedo lentamente en su apretada vagina. Estaba caliente, estrecha y sorprendentemente mojada. El rostro de Sabrina se contrajo en una mueca extraña, como si estuviera luchando contra el placer incluso dormida. Su cuerpo se arqueó levemente hacia mis dedos, pidiendo más.

Se lo di.

Primero uno, entrando y saliendo con ritmo constante. Luego, cuando su coño empezó a lubricarse más, metí dos dedos y comencé a follarla con ellos con más fuerza, llegando hasta el fondo, rozando su útero. Su interior era tan apretado y caliente que perdí completamente el control.

La estaba follando con los dedos sin piedad mientras seguía usando su mano para masturbarme. Ya no aguantaba más. Todo era demasiado intenso, demasiado prohibido.

Con un gruñido ahogado me corrí violentamente en la palma de su mano. Gruesos chorros de semen caliente brotaron con fuerza, desbordándose entre sus dedos delicados y cayendo sobre su vientre y sus pequeñas tetas, pintándolas de blanco espeso.

Justo en ese instante, Sabrina abrió los ojos.

Me pilló completamente desprevenido. Estaba perdido en el placer, jadeando, con mi semen aún chorreando entre sus dedos, cuando escuché su voz suave y temblorosa:

—Papá… ¿qué estás haciendo?

El terror me golpeó como un balde de agua fría. Sabrina miró su mano, completamente cubierta de mi semen espeso, y luego me miró a mí. Su expresión era de sorpresa.

—N-nada, hija… Esto no es nada… Es… es un sueño —balbuceé, nervioso, con la voz rota—. S-sí… solo un sueño… Papá nunca te haría algo así… Nunca…

Intenté subirme los shorts torpemente, pero mi polla aún semi-dura me delataba. Sabrina se incorporó un poco, sin apartar la mirada de su mano manchada. Observó cómo mi semen resbalaba lentamente entre sus dedos finos, y en lugar de gritar o llorar… se quedó pensativa.

—¿Un sueño? —preguntó con voz baja.

—Sí, hija… solo un sueño —repetí, desesperado.

Sabrina inclinó la cabeza, con una sonrisa extraña asomando en sus labios. Luego, con un tono juguetón que me dejó helado, susurró:

—Si esto es un sueño… ¿de quién es el sueño? ¿Eres tú soñando con cogerte a tu pequeña hija… o soy yo soñando con la verga de mi papá?

Me quedé mudo. No sabía qué responder. El corazón me latía con fuerza.

Todas mis dudas se desvanecieron cuando Sabrina, sin apartar sus ojos de los míos, acercó su palma a la boca, sacó la lengua y comenzó a lamer mi semen con hambre. Lo hizo con devoción obscena, recorriendo cada dedo, chupando los restos espesos que se deslizaban por su piel, tragándoselo todo sin dejar de mirarme.

—Esto no es un sueño, papá… —dijo con la voz ronca, mientras una gota de semen le caía por la barbilla—. Si lo fuera… no estarías escondiéndote.

Gateó lentamente hacia mí sobre la cama, como una gatita en celo. Se detuvo justo frente a mí, abrió la boca exageradamente y sacó su lengua larga y rosada, llena de saliva y restos de mi corrida, mostrándomela con total descaro.

No lo pensé ni un segundo más.

Agarré a Sabrina por el fleco revuelto con una mano y con la otra sujeté mi verga gruesa y aún babosa de semen. Sin piedad, le metí la polla hasta el fondo de la garganta.

Su pequeña boca se estiró obscenamente alrededor de mi grosor. Sus labios rosados se abrieron al límite, formando un círculo grotesco y apretado que apenas conseguía contenerme. Sentí cómo su garganta se contraía violentamente alrededor de la cabeza de mi verga, luchando por tragarme entera.

—Así, mi puta… trágatela toda —gruñí con voz ronca.

Sabrina me miró desde abajo con esos ojos verdes llenos de lágrimas y un deseo enfermizo. No había miedo en su mirada, solo lujuria pura. Eso me volvió loco.

Empecé a follarle la boca sin ninguna misericordia. Empujaba mis caderas con fuerza, metiéndole la verga hasta que su nariz se aplastaba contra mi pubis. Cada embestida le cortaba la respiración por completo. Su garganta se convulsionaba alrededor de mi polla, apretándome, ordeñándome, mientras gruesos hilos de saliva le caían por la barbilla y goteaban sobre sus pequeñas tetas.

Cada vez que la mantenía enterrada hasta el fondo, veía cómo sus ojos se ponían vidriosos y su cara se ponía roja por la falta de aire. La sostenía allí unos segundos más de lo necesario, disfrutando del pánico placentero en su mirada, sintiendo cómo su garganta se cerraba desesperadamente alrededor de mi verga.

Entonces, con un gesto de misericordia fingida, sacaba mi polla lo suficiente para que pudiera tomar una bocanada de aire entre arcadas y tosidos húmedos.

—Papá… —intentaba decir con la voz rota, la polla aún rozándole los labios hinchados—. Yo… yo quiero…

No la dejaba terminar. Volvía a metérsela hasta el fondo con un gruñido, follándole la garganta como si fuera un coño. Sus arcadas se volvían más fuertes, más húmedas, y eso solo me excitaba más.

Sabrina no se resistía. Al contrario. Cada vez que le daba un segundo para respirar, ella misma intentaba tragarla más profundo, mirándome con devoción absoluta, como si mi verga fuera lo único que necesitaba en la vida.

—Buena chica… —jadeé, acariciándole la mejilla manchada de saliva y lágrimas.

Esa noche fue absolutamente maravillosa. Perversa. Irreversible.

Después de follarle la boca sin piedad y correrme hasta llenarla, la saliva y el semen espeso se escapaban de sus labios hinchados, chorreando por su barbilla y cayendo sobre sus pequeñas tetas. Sabrina apenas podía respirar, pero tragaba todo lo que podía con desesperación.

No le di tiempo a recuperarse.

La agarré por las caderas y la puse en cuatro sobre la cama, con ese culo perfecto levantado hacia mí. Sin decir una palabra, alineé mi verga aún dura y se la metí hasta el fondo en su coño virgen de un solo empujón brutal.

Sabrina soltó un grito ahogado que rápidamente se convirtió en gemidos de puro placer.

—Más duro, papá… ¡por favor! —suplicó con voz rota—. ¡Destrózame… no me tengas piedad!

Y eso hice.

La follé como un animal, empujando con fuerza salvaje, clavándole cada centímetro de mi polla gruesa. Sus lágrimas caían por sus mejillas, mezcla de placer y dolor. De su boca aún goteaba el semen que no había podido tragar, mezclado con saliva espesa que caía sobre las sábanas. Su cuerpo joven se sacudía violentamente con cada embestida.

Estaba increíblemente apretada. Demasiado apretada. En su vientre plano se podía ver claramente el bulto de mi verga marcándose con cada golpe profundo, llegando hasta el fondo de su útero.

El cuarto se llenó de sonidos obscenos: el golpeteo húmedo y fuerte de mi pelvis contra su culo, el chapoteo de su coño empapado, y los gemidos de Sabrina que fueron creciendo sin control. Al principio intentaba contenerlos, avergonzada, pero pronto se convirtieron en gritos guturales y desesperados de placer puro.

— ¡Papá! ¡Sí! ¡Así! ¡Más fuerte! —gritaba mientras empujaba su culo hacia atrás como una perra en celo, buscando que la destrozara por completo.

El ruido era brutal. El golpeteo salvaje de mi pelvis contra el culo de Sabrina, sus gritos guturales de placer y el chapoteo obsceno de su coño empapado resonaban por toda la habitación. Ya no nos estábamos conteniendo. Estábamos follando como animales.

De pronto, unos golpes en la puerta nos congelaron en seco.

—Sabrina… ¿hija? ¿Estás bien? —se escuchó la voz somnolienta de mi esposa al otro lado—. ¿Qué son todos esos ruidos? ¿Estás llorando?

El tiempo se detuvo.

Sabrina me miró con los ojos muy abiertos, llenos de terror y todavía vidriosos de placer. Mi polla gruesa seguía enterrada hasta el fondo dentro de su coño apretado, palpitando. Podía sentir cómo sus paredes internas se contraían alrededor de mí por el miedo.

Su cara estaba destrozada: lágrimas, saliva, semen seco en la barbilla, el fleco rubio pegado a la frente por el sudor. Tenía la boca entreabierta, jadeando en silencio, sin saber qué hacer.

Yo tampoco.

Mi esposa volvió a tocar la puerta, esta vez con más insistencia.

—Sabrina, respóndeme… ¿qué está pasando ahí dentro?

El corazón me latía con tanta fuerza que parecía que iba a reventar. Estaba dentro de mi hija, con mi polla todavía dura y empapada de sus jugos, mientras mi esposa esperaba una respuesta al otro lado de la puerta.

Hice un pastel con el culo de mi hija

Hice un pastel con el culo de mi hija I