Capítulo 1

Capítulos de la serie:
  • Hice un pastel con el culo de mi hija I

CAPITULO 1

Tengo una obsesión. Una obsesión terrible, oscura y enfermiza con mi propia hija.

Me llamo Julián. Tengo cuarenta y siete años. Llevo más de veinte casado con Laura, fingiendo delante del mundo una felicidad matrimonial que hace tiempo se pudrió. Y tengo una hija… Sabrina.

Todo comenzó el día que cumplió dieciocho años.

Esa tarde nos había pedido una pequeña fiesta en el patio de casa, solo familia y amigos cercanos. Yo estaba sentado en una silla de plástico, con una cerveza tibia en la mano, cuando ella apareció. Llevaba un vestido blanco, corto, peligrosamente corto. La tela se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, marcando cada curva que había desarrollado en los últimos meses. Sus piernas largas, su cintura estrecha y, sobre todo, ese culo redondo, firme y provocativo que el vestido apenas conseguía contener.

Al principio me molestó. Me pareció indecente que mi hija saliera así vestida delante de todos. Pero conforme avanzaba la tarde, ya no podía apartar la mirada. Cada vez que se agachaba, cada vez que caminaba, cada vez que reía y la falda se movía… mis ojos se clavaban en ese culo.

Fue como si algo se rompiera dentro de mí.

Esa misma noche, mientras todos cantaban “feliz cumpleaños” y ella soplaba las velas con esa carita inocente llena de pecas, yo ya solo podía pensar en una cosa: en cómo se vería ese culito blanco y apretado sin el vestido. En cómo se sentiría. En cómo se abriría.

Y supe, con una vergüenza que todavía me quema, que ya nunca volvería a mirar a mi hija de la misma forma.

La fiesta estaba muy animada. Llegó el momento de las fotos grupales y todos nos amontonamos en una esquina del patio. Éramos demasiados; apenas cabíamos en el encuadre. Sabrina, como siempre, decidió sentarse en mis piernas. Nada raro, lo había hecho cientos de veces… pero esa tarde todo fue distinto.

Se acomodó sobre mí con su vestido corto subiéndose peligrosamente. Su culo, joven, redondo y jugoso, quedó exactamente encima de mi verga. Al principio intenté controlarme, pero la gente empujaba y ella se movía de un lado a otro buscando estabilidad. Cada movimiento era una fricción lenta y deliberada contra mi polla.

No pude evitarlo. Se me puso dura como una piedra en cuestión de segundos.

Sabrina lo notó. Soltó un suave “Ah…” casi inaudible, pero en lugar de levantarse, se quedó allí. Giró ligeramente la cabeza y me miró por encima del hombro. No fue una mirada inocente. Fue una mirada maliciosa, cargada de algo que nunca antes había visto en sus ojos. Como si supiera exactamente lo que estaba provocando.

Cuando el fotógrafo terminó, no se levantó de inmediato. Se quedó sentada unos segundos más, moviendo discretamente las caderas en círculos lentos, rozando su culo contra mi erección. Solo cuando sus amigos la llamaron se levantó.

—Ahora vuelvo, pa… —susurró con una vocecita dulce, casi infantil.

Me quedé sentado, con la cabeza hecha un lío y la polla latiendo bajo el pantalón. Hacía años que no tenía una erección tan brutal.

Intenté convencerme de que era un enfermo, un degenerado. Pero no podía dejar de mirarla. Al otro lado del patio, reía y jugaba con sus amigos, tan rubia, tan inocente… con ese fleco revuelto cayéndole sobre las pecas.

Entonces alguien derramó jugo sobre ella por accidente. Vi cómo la mancha oscura se extendía por su vestido blanco, pegándose a sus tetas y a su cintura.

—Ay nooo… —escuché quejarse mi esposa—. Julián, ve a ver qué pasó por favor. Yo estoy ocupada con la cena.

La seguí dentro de la casa sin que ella se diera cuenta. Subí las escaleras varios pasos detrás, sigiloso, como un ladrón en mi propia casa. Mi corazón latía con fuerza. El cuarto de Sabrina estaba entreabierto. No sé qué demonios me pasó ese día, pero me detuve frente a la puerta y miré por la rendija.

Allí estaba ella.

Se había quitado el vestido blanco, que yacía arrugado en el suelo. Completamente desnuda. Sus pequeñas tetas firmes quedaban a la vista, con esos pezones rosados y delicados que se me clavaron en la retina. Sentí cómo mi polla volvía a endurecerse brutalmente dentro del pantalón.

Quería masturbarme ahí mismo, sacarla y correrme como un animal. Pero la culpa me detuvo. Era mi hija, mi pequeña Sabrina… y aun así, no podía apartar la mirada.

Entonces ella se inclinó hacia adelante para buscar algo en el cajón de abajo. Su culo perfecto se alzó hacia mí, redondo, blanco y jugoso. Se formó esa deliciosa forma de corazón que solo tienen las chicas jóvenes cuando se agachan. Mis ojos se quedaron fijos, hipnotizados.

Podía verlo todo.

Su coño apenas entreabierto, con los labios hinchados y suaves. Y más arriba… ese pequeño ano rosado, virgen, ligeramente abierto por la postura. Era tan pequeño, tan apretado, tan obscenamente perfecto. Me quedé allí, congelado, admirando el culo de mi propia hija como un degenerado.

Sin darme cuenta, di un paso más cerca. La puerta crujió.

Sabrina se giró bruscamente. Nuestras miradas se encontraron por un segundo eterno. Sus ojos verdes, sorprendidos, con ese fleco rubio cayéndole sobre las pecas. No dijo nada. Solo me miró.

Bajé las escaleras casi corriendo, con la polla dura, el corazón desbocado y la cabeza hecha un caos.

En ese preciso instante, algo dentro de mí se rompió para siempre. Ya no podía seguir engañándome. Quería a mi hija. Quería ese culo. Quería profanar cada agujero de su cuerpo inocente.

El resto de la tarde transcurrió de forma aparentemente normal, pero cada vez que Sabrina se acercaba a hablarme, sentía una incomodidad profunda. Su voz dulce, su mirada inocente… y yo solo podía recordar ese pequeño ano rosado abierto frente a mis ojos.

Esa noche, acostado en la cama, no pude evitar fantasear con ella. Una y otra vez volvía a mi mente la imagen de su culo en pompa, ese ano virgen ligeramente entreabierto, tan apretado, tan perfecto. Mi polla se puso dura como el acero.

Intenté buscar alivio con mi esposa. Me pegué a su espalda y deslicé la mano entre sus nalgas, tocando su coño ya poco apetecible. Ella, sin siquiera voltearse, murmuró con voz cansada:

—Hoy no, amor… estoy muy cansada.

Y apartó mi mano como si fuera una molestia.

Me quedé allí, mirando el techo en la oscuridad, lleno de frustración y rabia. Hacía años que nuestra vida sexual era un desierto. Mientras Laura se dormía a mi lado, yo solo podía pensar en el culo de mi hija.

Al cabo de un par de horas, me levanté sigilosamente. Caminé descalzo por el pasillo hasta la habitación de Sabrina. Me detuve frente a su puerta. El olor suave y frutal de su cuarto se filtraba por debajo de la madera. Olía a inocencia. A juventud. A algo prohibido.

Eso solo me puso más duro.

Con el corazón latiéndome en la garganta, giré lentamente el pomo y abrí la puerta con cuidado, sin hacer ruido. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando tenuemente su cama.

Allí estaba ella, durmiendo plácidamente boca abajo, con el cabello rubio desparramado sobre la almohada y esa carita de ángel con pecas.

Di un paso dentro de la habitación.

En ese preciso momento supe que estaba cruzando un límite del que ya no podría regresar. Ya no había moral, ni culpa que pudiera detenerme. Solo había deseo. Un deseo enfermo, profundo y devorador.

Quería a mi hija.

Y esa noche… iba a empezar a tomarla.