Capítulo 3
Lucía se despertó lentamente, envuelta en la calidez de las sábanas revueltas y el aroma familiar de su propia excitación mezclada con el semen seco de la noche anterior. El sol de la mañana entraba tímido por las cortinas entreabiertas, pintando rayas doradas sobre su cuerpo desnudo: tetas grandes y pesadas descansando sobre su pecho, pezones todavía sensibles y ligeramente enrojecidos; cintura marcada que se curvaba hacia caderas anchas; ese culo en forma de corazón perfecto alzado ligeramente por la almohada que había abrazado mientras dormía. Entre sus muslos, sentía la humedad persistente, los labios vaginales hinchados y pegajosos por los fluidos de William y sus propios orgasmos repetidos.
Oyó la puerta de la habitación abrirse con suavidad. No necesitó abrir los ojos para saber que era él. El colchón se hundió a su lado, el calor de su cuerpo acercándose como una promesa. William se inclinó sobre ella, su aliento cálido rozando primero su cuello, luego la oreja.
—Buenos días, mami… —susurró con esa voz grave que siempre le erizaba la piel.
Empezó con besos suaves: uno en el lóbulo de la oreja, succionándolo ligeramente; otro en la curva del cuello, dejando que la lengua trazara un camino lento y húmedo hasta la clavícula. Lucía suspiró, fingiendo aún dormir, pero su cuerpo ya la traicionaba: los pezones endureciéndose al instante, un pulso cálido despertando entre sus piernas.
William bajó más. Besó el valle entre sus tetas, inhalando su aroma a mujer excitada y a jabón de la noche anterior. Tomó uno de los pez
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