Capítulo 3

Después de dos días de provocaciones, toques “profesionales”, mamadas, penetraciones y caricias que lo habían vuelto loco de deseo, decidí que había llegado el momento. Lo llevé a mi habitación, la misma cama que compartía con su padre.

El riesgo hacía que mi coño palpitara de anticipación. Cerré la puerta con llave, pero dejé las cortinas entreabiertas para que la luz natural iluminara nuestros cuerpos pecadores.

Lo desnudé completamente. Su polla ya estaba dura como acero: su bate de carne grueso y venoso palpitando en el aire, la cabeza morada brillante de precum parecían mirarme de forma desafiante.

Me quité la bata de seda y empecé a acomodarme en la cama. Me acomodé en cuatro, el culo bien levantado, mi cuca rasurada y brillante de fluido. Mis piernas abiertas y mi espalda arqueada le daban total acceso a mis agujeros. Temblaba de anticipación. Mi coño y ano quedaban completamente abiertos y ofrecidos hacia él.

— Así… exactamente así —le dije con voz ronca, mirándolo por encima del hombro con ojos cargados de lujuria—. Te prometí mi ano, mi amor… pero quizás aún no estás listo para follarme por ahí. Es muy apretado y te correrás rápi…

No me dejó terminar. Con esa voz grave y autoritaria que me humedecía al instante, él me interrumpió:

— Abre la boca y escúpeme la verga. Lubrícala bien.

Él tomó el control de inmediato. Ya lo había entrenado bien en estos días. Mi hijastro se había vuelto mucho más dominante y seguro de sí mismo.

Obedecí excitada. Me incorporé un poco y escupí abundantemente sobre su rica polla, cubriendo generosamente la cabeza morada y el eje venoso con mi saliva caliente. La froté con ambas manos, extendiendo la saliva hasta que brillaba, resbaladiza y lista. Él gruñó satisfecho.

Luego, con manos fuertes y seguras, me acomodó precisamente en la posición que quería: acostada de lado, el cuerpo ligeramente girado, una pierna extendida sobre las sábanas y la otra flexionada hacia arriba, abriéndome completamente.

Sus manos sujetaron mi cadera y mi muslo flexionado con firmeza, colocándome exactamente como deseaba.

— Así… muy bien —habló él con tono dominante.

Su penetración fue implacable, de precisión quirúrgica y sin un ápice de piedad. Acomodó su punta gruesa y caliente contra mi ano rosado, todavía apretado y palpitante y, sin decir nada, despacio pero sin pausa lo introdujo. Sentí cómo mi carne se abría, dando paso a esa verga joven que me invadía centímetro a centímetro. Me estiraba hasta el límite. La estocada llegó al fondo, presionando. Lo mantuvo ahí unos segundos hasta que mi esfínter se rindió y se abrió más. Respiré profundo. El estiramiento era intenso, casi insoportable; un ardor inicial que se convirtió en un calor profundo, pero al mismo tiempo me llenaba de un placer culpable y adictivo. Nunca me habían penetrado el culo tan profundo. Empujé hacia afuera haciendo fuerza para expulsarlo y esto relajó mi ano.

La de su padre era buena y placentera, pero la de mi hijastro era superior: más larga, más gruesa, más dura y al mismo tiempo suave como terciopelo ardiente.

Entonces lo sacó por completo, azotó su masa pesada contra mi nalga, templándola de nuevo, y lo volvió a clavar con fuerza.

Estaba recibiendo mi castigo bien merecido por todo lo que había provocado en él. Mis provocaciones, mis miradas desafiantes, mi forma de retarlo… todo eso había encendido un fuego que ahora pagaba con creces.

Sus manos fuertes tomaron mi mano para que yo misma mantuviera las nalgas bien abiertas. Me inmovilizaba mientras seguía empujando hasta que sus huevos pesados chocaron contra mí.

Estaba completamente empalada, penetrada hasta un lugar donde nada antes había llegado. Un gemido ahogado escapó de mi garganta.

— ¡Ahhh…! —jadeé, clavando las uñas en las sábanas de nuestra cama matrimonial—. Despacio…

Él empezó a follarme con golpes largos y profundos. En esta posición de lado podía sentir todo con mayor intensidad: su polla gruesa entrando y saliendo de mi ano recién abierto y estirado, mis jugos chorreando por mi coño abierto, mis tetas apretadas contra la cama rebotando con cada embestida.

Sus manos apretaban mi cadera y mi muslo flexionado, manteniendo mis piernas exactamente en esa postura. Mis pies con uñas rojas se sacudían con cada golpe fuerte.

Yo solo giraba mi rostro para verlo. Mi expresión de sorprendida delataba mi calentura.

El placer era brutal. Cada vez que sacaba casi todo su grosor y volvía a clavármelo hasta los huevos, sentía que me llenaba el esfínter y me sacaba un gemido profundo.

El sonido húmedo y obsceno de su polla follándome el culo por primera vez llenaba la habitación. Mi ano se apretaba con fuerza alrededor de esa verga dura pero suave, ordeñándola con cada embestida, contrayéndose involuntariamente de placer mientras él me invadía sin piedad.

De repente, sin tocarme en absoluto, el orgasmo me golpeó como una ola imparable. Mi cuerpo entero se tensó. Mi ano apretó esa polla gruesa con violencia, succionándola más profundo como un tubo de ordeño que cubría por completo su bate de carne.

Y exploté. Un chorro caliente y abundante salió disparado de mi coño, empapando las sábanas y sus huevos mientras yo temblaba y gemía sin control. Me corrí con una intensidad que nunca había sentido con su padre.

— ¡Oooooh! —grité, la voz rota de placer.

Eso lo volvió salvaje. Sus embestidas se volvieron más rápidas y profundas, golpeando mi interior con precisión. Sus huevos pesados chocaban contra mi nalga y mi coño chorreaba.

Sentí que se acercaba su disparo también. Mi ano seguía apretando esa verga dura pero suave, ordeñándolo sin descanso.

Él gruñó como un animal salvaje y empujó hasta el fondo una última vez, clavándose hasta los huevos. Entonces se derramó.

Fue como si dentro de él se hubieran activado cañones de guerra. El primer disparo fue con fuerza brutal: un chorro caliente y potente que impactó directo contra mis paredes internas como una inyección, gruesa, larga y a máxima presión.

Sentí el semen ardiendo, viscoso y abundante, inundándome el ano. Chorros tras chorros salieron disparados.

Llenaba mi intestino hasta rebosar, como si estuviera inyectando crema caliente directamente a mi estómago. Parecía que me quería preñar el culo.

El olor almizclado y salado del semen fresco invadió la habitación, mezclándose con el aroma de mis chorros y nuestro sudor. Cada pulsación de su polla era impactante, enviando oleadas de semen espeso que me hinchaban el ano por dentro.

Goteaba y escapaba alrededor de su eje mientras él seguía corriéndose con gruñidos profundos y animales. Sentí sus huevos pesados vaciándose por completo, hasta que mi ano rebosaba de su leche blanca y pegajosa.

Cuando se retiró, un río blanco y espeso escapó de mi orificio abierto y rojo, corriendo por mi coño y manchando las sábanas.

Me quedé allí, todavía de lado, respirando agitada, mirándolo por encima del hombro con una expresión de sorpresa.

— Excelente —dijo él con esa voz grave y dominante, todavía respirando pesado mientras admiraba su semen escapando de mi ano.

Entendí perfectamente lo que eso significaba: de ahora en adelante sería usada como su receptáculo de semen personal, un agujero caliente y disponible para que derrame su semen cuando él quisiera.

Mi plan había dado resultado. Ya no era yo quien lo controlaba… él me había reclamado por completo.

— Sí, cariño… —susurré, lamiendo su verga de los últimos residuos, aceptando mi nuevo rol de putita con una expresión de placer.

Culeandome a mi hijastro

Culiandome a mi hijastro día 2: La primera estocada vaginal