Capítulo 2
Estaba sentada en el comedor de casa, con el mate en la mano. Mi marido Guillermo al lado mío, con los ojos pegados al televisor, mirando la apertura del Mundial. Los periodistas hablaban del Mundial que se venía, de la selección, de las chances, de Messi. Yo, en cambio, miraba TikToks sin mucho interés. Fingía que miraba mi celular, con una sonrisa, pero la verdad es que mi cabeza no estaba en este Mundial, sino en el Mundial pasado.
Me vino el recuerdo del 2022. No era por Messi levantando la copa, aunque eso también fue épico. No. Era por El Negro, el mejor amigo de mi marido. Por esa apuesta que hicimos borrachos, entre risas y tragos. Ese día que todavía me calienta cuando lo recuerdo.
—Este año ganamos la cuarta, gorda, ya vas a ver. —me dijo Guillermo sin sacarle los ojos a la pantalla.
Sonreí y le acaricié el brazo. “Ojalá que sí.”
Todo había empezado en la cocina. Ese día, mi hijo de 18 se había ido temprano a lo de su suegro para ver el partido allá y mi hijo más chico se fue a la casa de mis viejos, con sus amiguitos. Guillermo trajo a su amigo “El Negro”, son amigos desde pendejos. Los tres estábamos medio en pedo ya. Guillermo era el que más había tomado, como siempre.
Yo estaba en la cocina, con las manos metidas en el agua jabonosa, lavando los platos del asado de mediodía. Afuera, en el patio de atrás, se escuchaban las risas y los gritos de los muchachos. Guillermo y “El Negro”. Ya estaban medio entonados, con las camisetas de Argentina puestas, banderas colgadas en el fondo y la tele a todo volumen transmitiendo la previa de la final.
Me sequé las manos en el repasador y miré por la ventana. Mi marido estaba tirado en una reposera, con la panza al sol y una cerveza en la mano. Hablaba fuerte, gesticulando, como si fuera un técnico. Se movía con esa energía que siempre tenía.
Escuché la puerta mosquitera abrirse y cerrarse. Pasos pesados en la cerámica de la cocina. No hizo falta darme vuelta; con ese olor a cigarrillo y ese fuerte perfume ya sabía quién era. “El Negro”.
Con él siempre hubo chistes subidos de tono. Imaginate. Nos conocíamos hace quince años, de asados, de cumpleaños, de miradas largas cuando Guille no nos veía, pero todo quedaba ahí.
—¿Necesitás una mano, Naty? —dijo con su voz grave, inconfundible. Se apoyó en la mesada, justo al lado de donde yo estaba refregando una fuente. Sin disimular miró mi escote. No era una mirada rápida, de esas que se escapan; era un escaneo lento.
Me quedé quieta un segundo, con la esponja llena de espuma en una mano y la fuente en la otra. Podría haberme hecho la boluda, pero eso no iba con nosotros.
—Depende de para qué quieras usar esa mano, Negro —le contesté, me giré un poco, devolviéndole la mirada con una sonrisa de lado, apoyándome yo también en la mesada, lo suficiente para que nuestras piernas casi se rozaran—. Porque acá en la cocina hay muchas cosas para hacer.
Él soltó una carcajada ronca, una de esas que le hacían vibrar el pecho. Se acercó un poco más, acortando la distancia.
—Sos terrible, he —dijo, bajando el tono, casi en un susurro—. Sabés perfectamente que no me refería a lavar los platos.
Sentí un escalofrío que me subió por la espalda, pero me obligué a mantener la postura. Levanté la ceja, desafiante, sosteniéndole la mirada sin pestañear.
Le contesté, un poco en joda, un poco en serio.
—Ah, ¿no? Entonces no voy a necesitar una sola mano, voy a necesitar tus dos manos.
Soltamos una carcajada fuerte, divertida, él levantó las manos en gesto de rendición, aunque no se apartó ni un centímetro.
Le di un empujoncito juguetón en el pecho con mi mano mojada, provocando que se riera de nuevo mientras se sacudía las gotitas de agua. La tensión era espesa, eléctrica, los dos sabíamos jugar este juego.
—Tranqui, Negro, ya termino —respondí, volviendo a los platos—. ¿Qué hacés acá? Porque no vas a escuchar la “charla técnica” de Guille.
—Guille está en las nubes, si es por él jugamos con un solo defensor y todos delanteros —se rió él, acercándose un poco más. Invadió mi espacio personal, pero a esa altura, con dos copas de vino encima, no me molestó—. ¿Y vos qué decís? ¿Tenemos chances hoy o va a ser otro 2014?
Me apoyé contra la bacha, cruzándome de brazos. Él estaba ahí, a menos de medio metro, y por primera vez en años, el chiste habitual se sintió diferente. Había una tensión que no estaba antes.
—Sinceramente, Negro, no sé —le dije, bajando la guardia—. El 2014 me dejó traumada. Me cuesta creer que esta vez sea distinto. Aparte ese Mbappé es rapidísimo. Argentina viene bien, pero… no sé. Está complicado.
Él soltó una carcajada seca, negando con la cabeza.
—Sos una pesimista, Naty, no confiás en la Scaloneta. Yo lo veo clarito. Hoy ganamos, y ganamos bien. Nosotros tenemos unos huevos bárbaros. Hay que creer. Si no creés, no pasa.
Me encogí de hombros, sin mirarlo del todo.
— Argentina tiene huevos, pero físicamente… nos ganan. Eso me da desconfianza, boludo. Además el último Mundial dolió. No quiero ilusionarme y después llorar como boluda.
—¿Ah, sí? ¿Tan segura estás de que perdemos? —me dijo desafiante—. Si sos tan adivina, ¿por qué no apostamos algo? No sé… Un regalito.
Levanté una ceja y lo miré de costado, con una sonrisa medio burlona. Sintiendo cómo el alcohol me soltaba la lengua.
—¿Un regalito? ¿Qué, te lavo el auto?
Se acercó y puso su mano en mi cintura, mirando hacia el patio por la ventana.
—Más rico que eso… Si ganamos, me hacés un buen pete, ¿Qué decís?— Me dijo, como si fuera un chiste más que nos hacíamos.
Con esa sonrisa pícara que no se le borraba ni un milímetro. Se quedó observándome, estudiándome, como si estuviera esperando a ver hasta dónde me animaba a estirar la cuerda.
Me quedé un segundo con las manos quietas dentro del agua. Mi corazón empezó a latir más fuerte. Sabía que siempre nos tirábamos indirectas, que jugábamos al límite, pero nunca habíamos cruzado la línea. El aire en la cocina se volvió espeso.
—Estás loco vos —le dije, sacudiendo la cabeza—soltando una risa nerviosa.
—¿Qué pasa? ¿Tenés miedo de perder, o tenés miedo de que gane Argentina?
Me reí en su cara, nerviosa. Pero no me aparté.
—Y si perdemos, ¿qué gano yo?
—$50 mil —contestó rápido, sin dudar—.
—$100—le retruqué.
—¡Dale! Trato hecho— Me dijo, y brindamos sellando el trato. Él con la lata de cerveza y yo con mi copa de vino.
Lo miré fijo. Tenía la cara colorada por el sol y la cerveza, pero los ojos le brillaban de otra cosa. Deseo, picardía, y algo más. Sentí que se me mojaba la concha. Pensé en Guillermo ahí afuera, riéndose de cualquier pavada que decían los periodistas de la tele. Pensé en mi boca alrededor de la pija de “El Negro”. Y, para mi sorpresa, no me dio asco. Me dio una mezcla de calentura y curiosidad.
—Estás muy seguro, eh —murmuré, volviendo a lavar pero más lento—. $100.000 si perdemos. Y si ganamos… bueno, un beso en la puntita.
—Nah. No, no. ¿Qué beso? —se acercó más, casi susurrándome al oído—. Si ganamos, cumplís. Una buena chupada de pija con esos labios que tenés, Naty.
Tragué saliva. Por fuera seguí sonriendo, como si estuviéramos hablando de cualquier boludez.
—¡Shhh! ¡Callate boludo! —me reí yo, me dí vuelta para seguir lavando, sintiendo que sus ojos me recorrían el cuerpo—. Mejor andá a ver qué hacen tus amigos, que el partido está por arrancar y si seguimos hablando no voy a terminar nunca de lavar.
Él soltó un suspiro, pero se separó de la mesada, dándome un golpecito cómplice en la cintura al pasar.
—Tenés razón, la final no espera. Pero no te preocupes… Hoy Argentina gana si o si. ¿Sabés cómo voy a gritar los goles? No te das una idea.
Lo miré, riéndome de su ocurrencia, y le tiré el repasador a la cara. Él lo atrapó en el aire, guiñándome un ojo antes de dirigirse hacia el patio.
—¡jaja!… ¡Andá, salí de acá! —le grité entre risas, aunque por dentro, el corazón se me había acelerado de una manera que ni yo misma podía explicar.
Estábamos borrachos, sí, pero no tanto como para no saber lo que decíamos. Y yo… acepté. Porque creía que era una joda más, y porque creía que era imposible que pasara, pero también una parte de mí, esa que llevaba años casada y en la rutina, se moría de ganas de probar algo nuevo.
Me quedé mirándolo. Lo vi alejarse por el patio, llegó y agarró de la conservadora otra cerveza, le dio un trago largo, dándole una palmada en la espalda a Guillermo. Mi marido ni se imaginaba de qué estábamos hablando. Yo seguí lavando los platos, pero ya no pensaba en lo que hacía. Tenía la cabeza llena de imágenes que no debería tener: yo arrodillada, con la boca llena…
Sacudí la cabeza y sonreí, nerviosa.
“Qué boluda sos, Natalia”, pensé. “No va a pasar. No vamos a ganar.”
Pero algo dentro mío ya sabía que, si pasaba, no iba a decir que no.
Después vino todo lo que ya se sabe. El partido fue una montaña rusa de emociones. Se podía sentir la tensión en todo el barrio. La cuadra entera gritaba. La tele con el volumen al máximo, gritos, insultos y plegarias. Guille estaba en el centro de la tele, a su derecha, “El Negro”. Y yo… yo estaba sentada atrás, con el corazón a mil, por Argentina, por Messi. Y por la cuenta que tenía pendiente.
En los penales El Negro y en todo el partido ni me registró, lo miraba de reojo. Sus ojos estaban solo en la pantalla; ni bola me daba. Cada gol lo gritaba con toda la euforia, yo me preguntaba si era por la Selección o porque sabía que, con cada minuto que pasaba, estaba un paso más cerca de cobrar su apuesta.
Cuando Montiel hizo el gol, todo fue un caos. ¡CAMPEONES!.
Guillermo saltó gritando como un desaforado, agarrándonos a los tres en un abrazo que nos hizo tambalear. Éramos una bola de carne, sudor y euforia. Guillermo me tenía abrazada por un lado, y el Negro por el otro. Pero en medio de ese descontrol absoluto, sentí que la mano del Negro bajó con una firmeza que me cortó la respiración. Me agarró y me apretó el culo, aprovechando que Guillermo estaba saltando y gritando.
Fue una descarga de adrenalina pura. Guillermo, ciego de alegría, llorando y golpeando el aire, no tenía ni la menor sospecha de que, mientras él festejaba la gloria eterna de Argentina, uno de sus mejores amigos me estaba manoseando el orto.
Me sentí sucia, excitada y totalmente fuera de control. Cuando Guillermo volteó, El Negro ya sacó su mano, y solo pudo ver un abrazo “inocente” que nos estábamos dando. Mi marido me vió festejar con una intensidad que, estoy segura, habrá interpretando como pura pasión futbolera.
—¡SOMOS CAMPEONES, CARAJO, SOMOS CAMPEONES! —rugía el Negro al oído de mi marido, mientras su mano, ahora en mi cadera, me apretaba.
Yo solté una carcajada histérica, una mezcla de alivio por el triunfo y una calentura que me quemaba por dentro. Me dejé llevar por el abrazo, apretándome contra el Negro, sintiendo que el mundo giraba más rápido de lo normal. Guillermo, borracho y fuera de sí, ni se imaginó que en ese instante de «festejo nacional», el trato que habíamos sellado en la cocina empezaba a cobrar vida.
Nos quedamos viendo la premiación, medallas, y la tan ansiada copa del mundo. Los tres nos quedamos tomando en el patio. Eran como las nueve y pico. Y ya estábamos re empedos. Guille ya no daba más, repetía «somos campeones del mundo» como si fuera un mantra. Yo juntaba las latas y El Negro mandaba mensajes mientras seguía la tele de fondo.
Los dos querían seguir festejando pero ya no tenían más cerveza.
—Voy a comprar más birra, Guille, te tomaste todos los packs que había, ¡Que borracho que sos! —dijo “El Negro”, Riéndose mientras se levantaba de la silla. Mi marido apenas murmuró algo y levantó la mano como diciendo “Andá Negro, y trae más hielo también”.
Yo me paré también. Tenía el corazón latiéndome a mil.
—Voy con vos Negro… Te acompaño—dije con naturalidad— Así no vas solo y cargás todo.
El auto de El Negro, un gol con vidrios polarizados, estaba a media cuadra. Abrió la puerta de su auto y me dejó subir primero. Él manejaba despacio porque no se podía avanzar, delante nuestro había muchos autos tocando bocina sin parar. Yo tenía la ventanilla baja, la noche estaba llena de olor a pólvora de los cohetes, cerveza derramada y sudor. La gente cantaba “Muchachos” a los gritos, había banderas colgadas de los balcones.
Apenas arrancamos, mi mano ya estaba en su pierna. Subía y bajaba despacio por su muslo, sintiendo cómo se tensaba el músculo bajo los jeans. Hablábamos de cualquier cosa: del partido, de la gente, del quilombo que había en las calles. Pero siempre, con mi mano acariciándolo.
Llegué al bulto. Dios. Era grande. Mucho más grande de lo que imaginaba. Se notaba duro ya, presionando contra el jean. Lo apreté suavemente.
—¡Eso!… —murmuró, con voz ronca.
—Vos seguí manejando—le contesté, masajeandolo por encima del pantalón.
Apenas nos movimos 3 cuadras. Las calles estaban imposibles. Gente por todos lados, banderas, fuegos artificiales. En un semáforo, nos besamos mientras lo seguía acariciando. Sentí cómo palpitaba bajo mi mano.
—Buscá un lugar oscuro —le susurré. No tardó mucho. Dobló en una calle que no estaba tan iluminada. Estacionó bajo un árbol grande y apagó las luces. Quedamos a oscuras, con los gritos de la avenida de fondo.
Ninguno dijo nada. Me incliné sobre él. Puse el culo bien empinado hacia arriba. Bajé el cierre de su jean con dedos temblorosos. Cuando saqué su pija, se me escapó un gemidito bajo. Era gruesa, venosa, la cabeza hinchada y brillante de líquido preseminal. Mucho más grande que la de Guillermo.
No se como explicarlo: Olía a macho. Lo agarré con las dos manos.
Me lamí los labios sin darme cuenta.
—Qué hermosa pija tenés… —murmuré. Él soltó una risa baja y me puso la mano en la nuca, suave pero firme.
—¿Te gustó? Dale el besito que dijiste que le ibas a dar.
Acerqué la cara y primero le di un beso en la cabeza, después empecé a lamer, desde los huevos hasta la punta. El sabor que tenía me gustó. Abrí la boca y la metí. Solo la cabeza al principio. Era grande, me abría los labios. Empecé a chupar despacio, moviendo la lengua alrededor, saboreándolo. El Negro gruñó y me apretó el pelo.
—Eso, Naty, así…
Yo pensaba: “Le estoy chupando la pija al mejor amigo de mi marido a unas cuadras de casa, mientras todo el país festeja. Y me está encantando.”
Subí y bajé la cabeza, tratando de metérmela más profundo. No entraba toda, era imposible, pero llegaba hasta la mitad y ahí ya me costaba respirar. Usé la mano para masturbar la parte que no entraba, escupiendo para que quede bien mojada.
El auto en silencio, solo se escuchaba el sonido húmedo de mi boca trabajando.
—¡Qué hermosa petera que sos!
Me calentó que me dijera eso. Chupé más fuerte, usando la mano en la base, masturbándolo mientras se lo chupaba. Mis tetas se apretaban contra su muslo. Sentía los pezones duros contra mi corpiño.
Estaba tan hipnotizada con la pija del Negro que casi no escuché los pasos. Así, de golpe, una sombra en la ventana. Alguien venía. Intenté sacarla de la boca pero el Negro me mantuvo ahí, presionando mi cabeza. La mitad de su pija estaba en mi boca, con mis labios estirados. Me quedé congelada.
—Shhh… quedate quieta.—Me dijo bajito.
Era mi vecino don julio, estaba re empedo, hablando solo, perdido en su propia borrachera. Con la cara pintada, pasó tambaleándose, iba con su bolsa con rueditas de camino al kiosco también.
Miró hacia el auto. Pero no vió nada porque los vidrios estaban polarizados, y siguió caminando. Por un segundo pensé: “Si pegaba la cara al vidrio y me veía comiéndole la pija a El Negro el quilombo que se me armaba.”
Esa sensación… Esa posibilidad de que nos descubrieran… me prendió fuego.
Gemí con la pija en la boca y aceleré el ritmo. Me volví loca. Bajé hasta que me dio arcadas, baba corriendo por mi mentón, lágrimas en los ojos de lo profundo que la metía.
Cuando pensaba que no podía estar más caliente… Sonó mi celular.
Era Guillermo.
El corazón me dio un salto. Miré la pantalla: «Gordo ❤️». El Negro aprovechó el momento y me dió una nalgada con fuerza. Gemí bajito.
No sé qué me pasó por la cabeza. Contesté… Pero con la pija todavía en la boca.
—Gordo… ¿Todo… Bien?—dije, con la voz lo más normal posible, aunque tenía la boca llena.
El Negro se tensó, pero no se movió. Yo seguí chupando, más lento ahora, pero sin parar mientras hablaba.
—G o r d a… ¿D ó n d e e s t á n? —Guillermo sonaba destruido. Arrastrando las palabras—. H a c e c o m o 2 0 m i n u t o s q u e s e f u e r o n…
—Estamos… volviendo ya. No sabes… La cola que había… En el kiosco —mentí, y justo en ese momento el Negro agarró mi cabeza y me hundió la pija más profundo, hasta que me rozó la garganta. Pegué una arcada—¡Cghf!—pero seguí.
Me tuve que morder el labio para no gemir fuerte. Mi mano libre apretaba la base de su pija gruesa, masturbandolo despacio mientras chupaba la cabeza.
—…Sí, sí… —seguí hablando—. El Negro… Está acá… Al lado mío Gordo… Compramos y volvemos.
Yo hablaba lo más tranquila con mi marido, mientras le comía la pija a su mejor amigo. Sentía la tanga re mojada, y mi concha palpitando.
—A p ú r e n s e q u e q u i e r o b r i n d a r o t r a v e z… C A M P E O N E S D E L M U N D O, c a r a j o…
—Sí, Gordo… Esperá que ya vamos…——Le dije, y corté.
Tiré el celular al asiento de atrás y solté todo el aire que estaba aguantando. Tenía los ojos llorosos y la boca llena de saliva mezclada con su líquido preseminal.
—Flor de puta resultaste ser, he —me dijo El Negro, riéndose bajito, mientras me apretaba el culo.
Yo me saqué la pija de mi boca, lentamente, con un hilo de saliva colgando, y lo miré.
—Callate y disfrutá tu apuesta—le contesté.
Y volví a lo mío.
Ahora ya no había freno. Ya no había timidez. Chupaba con hambre de verdad. Bajaba hasta que la cabeza gruesa me tocaba el fondo de la garganta, mi nariz se aplastaba contra su pubis, aguantaba ahí unos segundos sintiendo cómo me invadía la garganta, subía lento dejando que mi lengua recorriera cada vena hinchada, y volvía a bajar con fuerza.
Estaba haciendo un enchastre. Hacía ruido. Mucho ruido. Ese sonido húmedo, de boca llena y saliva que chorreaba por su tronco. Saliva, lágrimas y líquido preseminal me corrían por la cara. El auto olía a sexo y a alcohol.
Pensaba en Guillermo sentado en casa, borracho, feliz, sin la menor idea de que su mujer estaba tragándose la pija de su mejor amigo a pocas cuadras. Ese pensamiento me calentaba todavía más. Movía la cabeza más rápido, succionando fuerte, gimiendo alrededor de esa verga gruesa que me llenaba la boca.
El Negro gemía más fuerte. Me agarró de la cabeza y empezó a cogerme la boca con más fuerza.
¡Glock! ¡Glock! ¡Glock! ¡Glock! ¡Glock! ¡Glock! ¡Glock! ¡Glock!
Yo me dejaba. La saliva me corría por el cuello, tenía los ojos llorosos pero no paraba. Cada vez que la sacaba para respirar le daba besitos en la cabeza, la lamía, le chupaba los huevos, que se pusieron durísimos.
—¡Ohh! Eso… Puta de mierda.
Eso me prendió más. Metí la mano entre mis piernas y me empecé a tocar por encima de la calza. Estaba mojadisima. Gemí alrededor de la pija del Negro. Él se dio cuenta y empujó más profundo, casi llegando a mi garganta. Pasaron minutos que parecieron eternos. El ritmo era cada vez más sucio. Yo chupaba, gemía, me tocaba.
—Naty… estoy por acabar… no pares…
No pensaba parar. Al contrario. Lo miré a los ojos, con la boca bien abierta y la lengua afuera, y aceleré. Quería todo. Quería tragármelo.
Y explotó.
Con un gemido largo y ronco, acabó adentro de mi boca. Gemía mientras lo hacía, sintiendo cómo bajaba su leche por mi garganta. El primer chorro fue potente, caliente, su pija palpitaba entre mis labios, vaciándose completamente.
Tragaba sin pensarlo. El segundo, el tercero… chorros espesos, abundantes. Seguía chupando y tragando. Cuatro, cinco veces. Era demasiada leche. Se me escapó por las comisuras, bajando y cayendo unas gotas sobre mis tetas. Seguí chupando hasta que dejó de temblar.
Yo seguía lamiendo suave, limpiándola con la lengua cada centímetro, besando la cabeza sensible hasta que se calmó.
Vi que se relajó. Recién entonces me incorporé en el asiento, me miré en el espejo retrovisor, tenía los labios hinchados, rojos y brillantes. Nos quedamos ahí unos segundos, en silencio. Yo con la cara y el escote manchados de leche. Me limpié con una servilleta que había en la guantera. Miré la hora en mi celular y habían pasado 40 minutos.
El Negro tenía la cabeza apoyada en el respaldo, respirando como si hubiera corrido una maratón.
—Fua… Naty… —murmuró—.
Yo sonreí, todavía con el sabor de él en la boca. Me quedé mirándolo.
—Un trato es un trato.— Le dije, haciéndome la canchera—Y yo cumplo siempre. Ahora vamos a comprar antes de que Guille me llame de nuevo.
Compramos dos packs de cerveza y una bolsa grande de hielo, que la pusimos en el asiento de atrás. Mi boca todavía tenía su sabor: salado, espeso, masculino. Me pasé la lengua por los labios sin darme cuenta y apreté los muslos.
El auto avanzaba despacio por las calles del barrio, que seguían llenas de gente festejando, banderas, bocinas y cánticos a lo lejos. Mi corazón latía fuerte, una mezcla de culpa, excitación y esa alegría del mundial que todavía me corría por las venas.
El Negro manejaba tranquilo, una mano en el volante y la otra apoyada en la palanca de cambios. Cada tanto me miraba de reojo, y sonreía con esa cara de hijo de puta satisfecho.
—Sos una máquina, boluda, en serio. Nunca me habían chupado la pija así. Hija de puta, parecías una profesional. —dijo de repente, soltando una risita baja—.
Me reí bajito, mirando por la ventana para que no viera lo colorada que estaba. Por fuera traté de sonar casual:
—Ay, Negro, no exageres… Cumplí la apuesta, nada más.
Por dentro pensé: “Mentira. Me encantó. Me encantó sentir esa verga gruesa abriéndome la garganta, tragarme toda tu leche caliente mientras Guillermo nos esperaba en casa.”
Él soltó una carcajada ronca y me puso la mano en el muslo, apretando un poco. Cuando me tocó sentí como una corriente directa a mi concha, que todavía estaba sensible, hinchada y mojada.
—Sos más linda cuando te hacés la inocente. Te vi, eh. Te vi cómo te calentaste cuando pasó ese viejo. Y cuando te llamó Guille… Seguiste chupando como si nada.
Ahora entiendo por qué Guille está tan enganchado con vos.
Sentí que me mojaba más. Apreté los muslos sin darme cuenta. Por fuera, fingí sorpresa y le di un golpecito en el brazo.
—Callate, boludo. No digas eso. Fue… el momento. El alcohol y la emoción del partido.
Después le repliqué.
—Y vos… vos tampoco te quedaste atrás —murmuré, mirando de reojo su bulto, que todavía se marcaba un poco en el jean a pesar de que se había acomodado—. La verdad es que me sorprendiste. No esperaba que la tuvieras tan grande. Es… bastante más gruesa y larga que la de Guille. Casi no me entraba en la boca.
El Negro soltó una carcajada ronca y me miró con los ojos brillantes.
—¿Te gustó entonces?
Me mordí el labio. Por fuera respondí con tono juguetón pero controlado:
—Digamos que me dió gusto cumplir el trato, sin quejas.
Por dentro grité: “Me encantó, boludo. Me sentí una puta barata y me mojé como nunca. Esa pija me abrió la garganta de una forma que Guille nunca podría. Todavía siento cómo palpitaba cuando acababas.”
Hubo un silencio cómodo por unos segundos. Las calles seguían llenas de gente festejando, banderas por todos lados, bocinazos a lo lejos.
Bajé un poco el volumen de la radio que tenía puesto un tema de cumbia.
—Tenés que prometerme que esto queda entre nosotros, Negro —dije, tratando de sonar seria, aunque la voz me salió un poco ronca—. Tus otros compinches no pueden enterarse nunca. Guillermo es tu amigo, es mi marido… Nos mata si se entera.
Él asintió, apretándome el muslo con más fuerza, casi rozando mi concha por encima de la ropa.
—Tranqui, Naty. Yo sé cómo es el tema, sé ocupar mi lugar. Guille es mi amigo de toda la vida. Además, no soy un gil que le cuenta a todo el mundo lo que hago con mi vida. Lo que pasó en este auto queda entre vos y yo.
— Y… Si querés repetir… Cuando tengas ganas…Ya sabés dónde encontrarme.
Por dentro me derretía: “Sí, quiero repetir. Si me pedís que paremos en cualquier lado oscuro ahora mismo, me bajo la tanga sin pensarlo. Quiero sentir esa pija gruesa abriéndome entera. Quiero que me llenes la boca otra vez, que me agarres el pelo y me cojas la garganta mientras Guille nos espera en casa. Quiero ser tu puta.”
En voz alta y le di un empujoncito en el brazo, disimulando.
—Callate, boludo. No te aproveches.
El trayecto se me hizo corto. Demasiado corto. Cuando doblamos en nuestra cuadra, vi la luz de la casa encendida. Guillermo seguramente seguía medio dormido en el sillón, esperando el escabio.
El Negro estacionó a media cuadra, antes de llegar. Apagó el motor y me miró.
—Gracias por hacer que este mundial sea inolvidable.
Me incliné y le di un beso rápido en la mejilla, pero cerca de la comisura de los labios.
—De nada… Para mí también va a ser inolvidable. —repetí en voz baja.
Le dí las birras a el Negro y bajé la bolsa del asiento de atrás. Caminamos juntos hasta la puerta como si nada hubiera pasado, como dos amigos volviendo de comprar. Mi corazón latía fuerte. Tenía las piernas débiles, la boca todavía sensible y la concha palpitando.
Abrí la puerta y entramos.
—¡Llegamos! —grité con voz alegre—.
El Negro venía atrás mío cargando los packs de cerveza. Guillermo estaba medio tirado en el sillón, con una sonrisa boba en la cara y los ojos entrecerrados por el pedo que llevaba. Apenas nos vio, levantó la mano como pudo.
—A l f i n, b o l u d o s… p e n s é q u e s e h a b í a n p e r d i d o —dijo arrastrando las palabras.
Miré de reojo a El Negro. Estaba dejando las cosas en la mesa con cara de póker total.
—Había una fila re larga, Guille. Pero ya estamos. A seguir festejando, campeón del mundo.
Yo me acerqué a mi marido, sonriendo como la mujer perfecta y le di un beso en la mejilla, mientras sentía el sabor de El Negro todavía en mi boca.
—Voy al baño un segundo, me lavo las manos —avisé con naturalidad—. Ya vuelvo.
Apenas cerré la puerta del baño, me miré al espejo. Tenía los labios hinchados, los ojos brillantes y un poco de rímel corrido. Me olí la boca: olía a leche. A leche ajena.
—Que trola… —me susurré a mí misma, sonriendo.
Abrí la canilla, agarré el cepillo de dientes y le puse mucho colino. Mientras me cepillaba fuerte, recordaba cada detalle: cómo gruñía el Negro en el auto, cómo esa pija venosa y enorme me había abierto la boca hasta darme arcadas.
Escupí, enjuagué y me miré otra vez. Ahora olía a menta. Perfecto.
Volví a la sala. Me había acomodado un poco el pelo y bajado la musculosa para que se me viera más el escote. Guillermo seguía en el sillón y El Negro ya había abierto una lata de birra y me sirvió un vaso de vino tinto para mí.
—Te serví vino, Naty —dijo El Negro con voz tranquila, pasándome el vaso—.
—Gracias —respondí, sentándome en el brazo del sillón al lado de Guillermo. Crucé las piernas haciendo que la calza marque bien mis piernas.
Por dentro: “Más vale que me tenés que servir vino, hijo de puta. Después de que me tragué toda tu leche es lo menos que podés hacer.”
—Brindemos por los campeones, ¿no? —dije sonriendo, chocando mi vaso contra las botellas de ellos—. Por Argentina, por Messi, y por esta locura.
— ¡P o r e l m u n d i a l, c a r a j o! —gritó Guillermo, medio trabado.
El Negro me miró fijo un segundo más de lo normal y chocó su birra.
—Salud… por el mejor mundial de la historia —agregó con esa voz ronca que me ponía los pelos de punta.
Tomé un trago largo. El vino me bajó por la garganta y recoerdé el sabor de la leche de el Negro.
Se pusieron a hablar de la final, de Messi, de Di María. De los penales, de Dibu.
Yo participaba poco, solo sonreía y asentía, no entendía nada. Pero cada vez que El Negro hablaba, recordaba su voz ronca gruñendo mientras le comía la pija.
Siguieron charlando por una hora más o menos. El Negro miró el reloj y se estiró.
—Bueno… Yo me voy yendo, che. Quiero pasar por lo de mi vieja y mis hermanos a seguir festejando. Mañana seguimos, Guille.
Guillermo levantó la mano apenas, ya casi dormido.
—…G r a c i a s p o r v e n i r, b o l u d o.
Yo me levanté rápido.
—Te acompaño hasta la puerta.
Guillermo ni nos miró, ya con la cabeza cayendo hacia atrás en el sillón. Caminamos juntos por el pasillo corto hasta la entrada. Apenas llegamos a la puerta principal, el ambiente cambió. Estábamos solos.
El Negro me miró. Y sin decir nada, me agarró de la cintura y me empujó suave contra la pared. Yo no resistí. Nuestras bocas se encontraron en un beso apasionado, hambriento. Su lengua entró profundo, buscando la mía, y yo se la di toda. Gemí bajito contra sus labios mientras él me apretaba el culo con las dos manos, pegándome contra su cuerpo. Sentí su bulto duro otra vez contra mi panza.
El beso se puso más sucio. Nos comimos la boca con ganas, saliva mezclada, mis tetas aplastadas contra su pecho. Le metí la mano entre las piernas y le apreté la pija dura por encima del jean, masturbándolo lento.
Nos separamos a duras penas cuando escuchamos un ruido del living. Teníamos la respiración agitada. El Negro me dio un último beso corto, más suave.
—Nos vemos, te escribo.
—Dale… cuidate —dije yo en voz alta, arreglándome el pelo.
Lo vi caminar hacia su auto. Cerré la puerta y me apoyé contra ella un segundo, recuperando el aliento. Tenía las piernas flojas, la tanga destruida de lo mojada que estaba.
Volví al living. Guillermo seguía medio dormido en el sillón. Me senté a su lado, le acaricié el pelo y tomé otro sorbo de vino. Por fuera, todo normal. Por dentro, sabía que ya nada iba a ser igual.
Volviendo al presente, acá estoy, años después, recordando esa final del 2022 como si fuera ayer. Desde esa noche, El Negro se convirtió en mi amante. No fue planeado, pero pasó.
A Guille lo amo, pero con El Negro es otra cosa. Es puro deseo, puro vicio. Me encanta cómo me trata, cómo me dice “Vos sos mi puta ¿Me escuchaste?” mientras me rompe el culo o me llena la boca de leche.
Sonreí para mí misma mientras miraba el teléfono.
Tenía un mensaje nuevo de El Negro:“¿Nos vemos mañana? Guille labura, ¿no?”
Contesté rápido: “Obvio”. Cerré el chat y suspiré, excitada otra vez.
La vida sigue. Y yo sigo siendo la misma Natalia… solo que ahora soy mucho más puta y mucho más feliz.