Capítulo 3
- Hice un pastel con el culo de mi hija I
- Hice un pastel con el culo de mi hija II
- Hice un pastel con el culo de mi hija III
—Contéstale —le susurré al oído, con la voz ronca y cargada de pánico.
Me cubrí rápidamente con la sábana y me puse de lado, intentando ocultarme lo mejor posible en la oscuridad del cuarto. Mi corazón latía desbocado.
—No pasa nada, mamá… —respondió Sabrina, ahogando un gemido en su garganta.
Intenté quedarme dentro de ella, no quería salir de su coño caliente y apretado, pero con el movimiento mi verga gruesa se deslizó fuera de golpe. Un sonido húmedo y obsceno resonó en la habitación:
Pop.
Sabrina no pudo contenerse y soltó un gemido agudo, casi animal, que delató todo.
Mi esposa se quedó en silencio un segundo.
—¿Sabrina? —preguntó con tono extrañado—. Voy a entrar.
Antes de que pudiéramos reaccionar, la puerta se abrió.
Laura se quedó parada en el umbral, con la mano aún en el pomo. La luz del pasillo iluminó parcialmente la habitación. Sabrina estaba despeinada, con la cara roja, lágrimas en los ojos y los labios hinchados. Yo permanecía medio oculto bajo la sábana, pero el olor a sexo, sudor y semen era imposible de disimular.
Mi esposa entrecerró los ojos, observando la escena con una mirada de profunda extrañeza. Sabía que algo no estaba bien. Lo sentía.
Ellas empezaron a hablar. Sabrina, con una voz que intentaba sonar normal, hacía todo lo posible por mantener a su madre en el umbral.
—Mamá, de verdad… no es nada. Solo estaba viendo un video en el celular y me asusté un poco —dijo Sabrina, aunque su voz salía entrecortada.
Mientras tanto, yo no me detuve ni un segundo. Con mi polla todavía dura y mojada, separé sus nalgas con una mano y empecé a jugar con ese ano rosado que tanto había deseado. Lo acaricié con la yema del dedo, sintiendo cómo se contraía. Luego, lentamente, metí un dedo hasta el fondo.
Sabrina dio un pequeño brinco y soltó un gemido ahogado.
—¿Estás segura, hija? Esos ruidos no sonaban a un video… parecían… no sé, como si te estuvieras lastimando —insistió Laura, claramente preocupada.
—N-no mamá… estoy bien, te lo juro —respondió Sabrina, apretando los dientes. Yo giré el dedo dentro de su culo apretado, follándoselo lentamente—. A-ah… solo fue un susto tonto.
Podía sentir cómo su ano se apretaba alrededor de mi dedo cada vez que hablaba.
—¿Y tu papá? Lo estaba buscando para preguntarle algo. No lo encuentro por ningún lado —preguntó Laura.
Sabrina tardó un segundo de más en responder. Yo aproveché para meter un segundo dedo, abriéndole el culito con más fuerza.
—N-no… no lo he visto, mamá. Creo que… ah… bajó a la cocina o algo —logró decir, con la voz cada vez más temblorosa.
Fue en ese momento que Laura vio los shorts de hombre tirados al lado de la cama. Su expresión cambió por completo. Su mirada se oscureció.
—Sabrina… —dijo con tono más serio—. Sabes que puedes contarme cualquier cosa, ¿verdad? No importa qué sea. Si alguien te está haciendo daño… si alguien te está obligando a hacer algo que no quieres… yo siempre te voy a proteger. Da igual quién sea.
Se hizo un silencio pesado. Yo seguí moviendo los dedos dentro de su ano, follándoselo con más intensidad, disfrutando del riesgo.
Sabrina soltó un pequeño gemido antes de contestar, esta vez con un tono juguetón y provocador:
—Nadie me está haciendo daño, mamá… —dijo, casi ronroneando—. De verdad. Son solo ideas tuyas. Estoy perfectamente… ah… bien.
Laura se quedó mirándola unos segundos más, claramente desconfiada. Sabía que algo horrible estaba pasando, pero no se atrevía a aceptarlo del todo.
—Está bien… —murmuró finalmente, con voz baja—. Si necesitas hablar, aquí estoy.
Dio media vuelta y se marchó, cerrando la puerta lentamente. Se podía ver en su forma de caminar que iba pensativa, como si estuviera intentando procesar una idea que le resultaba demasiado terrible.
Apenas Laura cerró la puerta, ya no pude contenerme más.
Agarré mi verga gruesa, aún mojada de los jugos de Sabrina, y la presioné contra su ano rosado y dilatado. Gracias a los dedos que le había metido antes, la punta entró con relativa facilidad. Empujé con fuerza y me hundí lentamente en el interior caliente y virgen de su culo.
Sabrina soltó un gemido largo y profundo.
—Papá… ¡sí! ¡Métemela toda! —suplicó sin ninguna vergüenza.
Ya no me importaba nada. Ni el riesgo, ni mi esposa al final del pasillo. Empecé a follarle el culo con embestidas brutales, cada vez más profundas y salvajes. Su ano apretado me estrujaba la polla de una forma deliciosa. Sabrina empujaba hacia atrás como una puta desesperada, pidiendo más y más fuerte.
—Lléname, papá… ¡Destrózame el culo! ¡Más duro!
Estuvimos así durante horas. Follamos como animales hasta que el cielo empezó a clarear. Cambiamos de posiciones, pero siempre con mi verga enterrada en su ano. Me corrí dentro de su culo varias veces, la saqué y le pinté la cara, las tetas, el vientre y las manos.
Cuando finalmente terminamos, Sabrina estaba completamente destrozada: cubierta de semen seco por todo el cuerpo, chupetones en el cuello, las tetas y los muslos, el fleco rubio pegado a la frente por el sudor, y una sonrisa amplia y satisfecha en su rostro lleno de pecas.
Me incliné sobre ella, le di un beso tierno en la frente y le acaricié el cabello con un tono protector, casi paternal:
—Descansa, mi niña… Has sido una buena hija.
Sabrina me miró con ojos brillantes, todavía vidriosos de placer, y sonrió con dulzura:
—Te amo, papá… —susurró—. Esta noche vuelve a cuidarme de los monstruos que hay debajo de la cama. No puedo volver a dormir sin ti nunca más.
Esa frase, dicha con su vocecita inocente mientras estaba cubierta de mi semen y con el culo recién follado, me provocó una erección de nuevo.
Sonreí, me puse la playera y salí de su habitación hacia mi cuarto, donde mi esposa dormía ajena a todo.
Cuando entré a mi habitación, Laura estaba de espaldas a mí, ocupando su lado habitual de la cama y dejando el mío vacío. Me acosté con cuidado, todavía oliendo a sexo y a pecado. Solté un largo suspiro de profunda satisfacción.
No habían pasado ni treinta segundos cuando escuché su voz baja, cargada de un asco que nunca antes había percibido en ella:
—Eres asqueroso, Julián… —murmuró sin voltearse—. Asqueroso.
Me quedé callado.
Ella continuó, con la voz temblorosa pero contenida:
—¿Crees que soy estúpida? ¿Crees que no escuché los ruidos que venían de la habitación de Sabrina? ¿Esos gemidos… esos golpes? ¿Crees que no vi su cara cuando abrí la puerta?
Hizo una pausa. Podía sentir cómo le costaba trabajo decir las siguientes palabras.
—Dime que estoy loca, Julián… Dime que solo estoy imaginando cosas horribles. Dime que mi marido no estaba haciendo… eso… con nuestra hija.
Su voz se quebró ligeramente al final, pero no lloró. Solo respiró hondo, como intentando tragarse la verdad que ya sabía.
—Porque si lo que estoy pensando es cierto… eres un monstruo. Un maldito monstruo.
Se hizo un silencio pesado en la habitación. Yo seguí sin responder. Ya no sentía culpa. Ya no me importaba lo que pensara esa mujer.
Laura esperó unos segundos más, quizá esperando una negación, una explicación, cualquier cosa. Al no recibir nada, solo soltó con amargura:
—Que Dios te perdone… porque yo no sé si pueda.
Mi sueño no duró mucho. Apenas había cerrado los ojos cuando la alarma sonó, recordándome que era hora de levantarse. Como todas las mañanas, tenía que llevar a Sabrina a la escuela. Sin embargo, esta vez sentía una oscura y profunda satisfacción al pensar que por fin nos quedaríamos solos en el auto.
Me levanté en silencio, me vestí rápidamente y salí del cuarto. Bajé las escaleras con paso tranquilo, aún con el cuerpo cansado pero lleno de una energía perversa. A mitad de la bajada, me detuve en seco.
Desde la cocina llegaban voces. Sabrina y su madre estaban discutiendo.
Me quedé allí, inmóvil en las escaleras, escuchando con atención.
—Sabrina, por favor… —decía mi esposa con voz temblorosa pero cargada de preocupación, mientras se escuchaba el ruido de platos—. Soy tu madre. Puedes confiar en mí. Lo que sea que esté pasando, yo te voy a proteger. Solo dime la verdad de lo que ocurrió anoche.
Hubo un breve silencio. Sabrina respondió con un tono indiferente, casi aburrido:
—Ya te dije que no necesito que me protejas, mamá. Estoy exactamente donde quiero estar.
—¿Dónde quieres estar? —Laura elevó un poco la voz, incrédula—. ¡Escuché todo! Los ruidos, los gemidos… Vi tu cara cuando abrí la puerta. Dime que no es lo que estoy pensando, Sabrina. Dime que tu padre no te estaba…
Sabrina soltó una risita baja, casi burlona.
—¿Que no me estaba qué, mamá? ¿Follando? —respondió con descaro—. Pues sí. Lo estaba haciendo. Y me gustó.
Escuché cómo mi esposa dejaba caer algo en la cocina. Su voz se quebró:
—Dios mío… Sabrina, ¿qué estás diciendo? ¡Eso está mal! ¡Es asqueroso! ¡Es tu padre! ¿Cómo puedes… cómo pueden hacer algo así?
Sabrina suspiró con fastidio, como si ya estuviera harta de la conversación.
—Ahí vas otra vez con lo mismo… “Está mal”, “es asqueroso”. Ya lo sé, mamá. No soy idiota. Pero no me importa. Me da igual lo que tú pienses.
— ¡Es incesto! —exclamó Laura, claramente al borde de un ataque de nervios—. ¡Es una aberración! ¡Tú eres su hija! ¿Cómo puedes dejar que te toque de esa forma? ¿Cómo puedes… disfrutarlo?
Sabrina ya no ocultaba su irritación. Su tono se volvió más cortante y desafiante:
—Porque me gustó, mamá. Porque me folló rico. Porque me hizo sentir cosas que tú probablemente nunca has sentido en tu vida. ¿Contenta? ¿Ya te quedó claro?
Se hizo un silencio pesado. Laura habló casi en un susurro horrorizado:
—Estás enferma… los dos… están enfermos.
Pronto Sabrina estalló. Su tono cambió por completo y alzó la voz, cada vez más furiosa y desafiante:
—¿Qué te importa, mamá? ¡Yo puedo hacer lo que me dé la gana! —gritó mientras agarraba su mochila con violencia y salía de la cocina.
En el umbral se detuvo al verme. Su expresión cambió en un instante: me miró con una sonrisa satisfecha y perversa. Le devolví la sonrisa, cómplice.
—¿Todo bien, hija? —pregunté con fingida inocencia.
—Sí, papi… —respondió con voz dulce y melosa, casi infantil. Luego giró la cabeza hacia su madre con una mirada cargada de desprecio y una sonrisa cruel—. Me haces muy feliz, papá. Vámonos ya… las piernas todavía me tiemblan.
Dijo esa última frase mirando directamente a su madre, sin ninguna vergüenza. Era una provocación abierta, una bofetada en la cara.
Laura se quedó pálida, sin palabras, con una expresión de horror y asco que no podía disimular.
Sabrina solo soltó una risita baja, me tomó de la mano y tiró de mí hacia la puerta.
Ya en el auto, Sabrina se sentó en el asiento del copiloto con esa alegría contagiosa de siempre, encendió la música que le gustaba y empezó a cantar como si nada hubiera pasado. Por un momento parecía que habíamos vuelto a nuestra rutina normal de padre e hija… pero todo era diferente.
Ya no podía mirarla como antes.
No pasaron ni dos minutos cuando empezó a coquetearme descaradamente. Me agarraba del brazo, me daba besos húmedos en el cuello y, sin vergüenza alguna, tomó mi mano y la colocó sobre sus muslos suaves. Yo la acariciaba con avidez, apretando su carne mientras conducía.
—Estás preciosa con tu uniforme —le dije, mirándola con pura lujuria.
Sabrina soltó una risita traviesa.
—Jeje… le hice una pequeña modificación —dijo con voz juguetona.
Abrió las piernas sin pudor y se levantó la falda del uniforme. Debajo no llevaba nada. Su coño completamente depilado, rosado y brillante, quedó completamente expuesto ante mis ojos. Se veía hinchado y aún enrojecido por la follada de la noche anterior.
Se me puso dura al instante, tanto que me dolía dentro del pantalón.
—Eres una perversa… —gruñí, sin poder apartar la mirada de sus labios vaginales.
—Creo que eso lo saqué de ti, papá —respondió con una sonrisa maliciosa, mientras deslizaba dos dedos entre sus piernas y empezaba a tocarse lentamente. Se mordía el labio inferior, mirándome con ojos llenos de deseo—. No me lleves a la escuela… quiero que me castigues por hablarle mal a mamá. Por ser una hija tan mala y sucia…
Sus dedos se movían cada vez más rápido, mojándose con sus jugos. El olor dulce y caliente de su coño excitado empezó a inundar todo el interior del auto.
Le sonreí con deseo.
—No puedo negarme a los caprichos de mi pequeña.
Le acaricié el pelo detrás de la nuca y la atraje hacia mí para darle un beso profundo, sucio, metiéndole la lengua con hambre. Me desvié del camino sin pensarlo dos veces. No iba a aguantar hasta un motel. Conduje hasta un estacionamiento abandonado en una plaza en ruinas. Estacioné en el centro, donde nadie nos molestaría. A lo lejos se escuchaba el ruido de la autopista, pero estábamos lo suficientemente aislados.
Me bajé del auto y le ordené con voz firme:
—Bájate.
Sabrina obedeció con una sonrisa perversa. La puse en cuatro sobre el capó del auto, con la falda subida hasta la cintura. Ella movía el culo de forma provocativa, arqueando la espalda y ofreciéndomelo como la zorra en la que se había convertido.
—Eres una niña muy mala… —gruñí mientras separaba sus nalgas con ambas manos, dejando su ano rosado y su coño expuestos al aire fresco de la mañana.
—Sí, papi… Fui muy mala con mamá —dijo con voz juguetona, moviendo el culo en círculos—. Merezco que me castigues fuerte.
Me arrodillé detrás de ella y empecé a lamerle el culo con verdadera devoción. Pasé mi lengua por sus nalgas, subiendo hasta su ano apretado, rodeándolo, penetrándolo con la punta de la lengua mientras ella gemía. La devoraba sin vergüenza, chupando, escupiendo y metiendo la lengua lo más profundo que podía.
Luego me incorporé, me quité el cinturón y lo doblé.
—Este es tu castigo, hija.
El primer golpe cayó con fuerza sobre su culo blanco. ¡Slap!
—¡Ahh! —gritó Sabrina, pero empujó el culo hacia atrás pidiendo más.
—Dime por qué te castigo —exigí, dándole otro azote más fuerte.
—Porque… ¡ah! ¡Porque le hablé mal a mamá! ¡Porque soy una hija sucia que prefiere que su papá la folle en vez de portarse bien!
Cada golpe hacía que su culo se pusiera más rojo. Alternaba entre azotarla con el cinturón y lamerle el ano y el coño, mezclando dolor y placer. Sus gemidos se volvían cada vez más altos y desesperados.
—Más fuerte, papá… ¡Castígame más! ¡Soy tu puta! ¡Tu hija puta!
Su coño chorreaba, goteando por sus muslos. Metí dos dedos en su ano mientras seguía azotándola, follándoselo con los dedos mientras el cuero del cinturón dejaba marcas rojas en su piel pálida.
—Estás empapada… te encanta que tu propio padre te trate como una perra, ¿verdad?
—Sííí… ¡me encanta! —gritó, completamente perdida en el placer—. ¡No pares, papi! ¡Quiero que me destroces!
Escuché toda la discusión que tuviste con tu mamá —le dije mientras le acariciaba el culo enrojecido—. Ella no entiende que necesito una vagina joven y apretada para satisfacerme… pero no debiste decirle todo eso.
Le di un fuerte azote. Sabrina dio un respingo y gimió.
—P-perdóname, papi… —jadeó—. Soy m-muy mala… muy mala…
Le acaricié el coño empapado antes de darle otro azote seco.
—Es verdad… el cumpleaños de tu mamá es mañana —murmuré—. Se me había olvidado por completo.
—Así q-que… no tienes regalo, ¿ah? —dijo entre gemidos ahogados—. Mínimo… ahh… cómprale un p-pastel…
—¿Un pastel? —repetí mientras abría sus nalgas y lamía con devoción su ano rosado—. Mmm… ¿qué tal uno casero?
Metí un dedo en su culo y lo moví dentro de ella.
—S-sí… podría… ahh… ser buena idea —logró decir con dificultad, casi sin aliento.
Me bajé los pantalones y presioné mi glande grueso contra su ano. Empujé con fuerza, abriéndola sin piedad. Sabrina soltó un grito largo.
—¡Aaaahh! ¡P-papá…! ¡Tu verga es… j-jodidamente grande! —gritó, mordiéndose el labio.
Empecé a follarla con embestidas brutales, clavándosela hasta el fondo.
—Creo que… ahh… ¡joder! —gemía entrecortada mientras su cuerpo se sacudía violentamente—. Creo que… tengo la receta… perfecta… para ese pastel…
Cada palabra le costaba un esfuerzo enorme, saliendo rota entre gemidos y jadeos desesperados.
—Lo vi en internet… —logró decir entre gemidos entrecortados—. En una página… una chica… ahh… preparaba un pastel… lo revolvía… empujaba la masa… la crema batida…
Cada palabra le costaba un esfuerzo enorme. Su voz salía rota, temblorosa, mientras yo seguía follándola sin piedad, metiéndole la verga hasta el fondo del culo.
—Ella decía… todo eso… —continuó, sonrojándose intensamente—. Pero… ahh… lo hacía… con su…
Se quedó callada un momento, escondiendo la cara contra el capó del auto, claramente avergonzada. Su ano se apretaba con fuerza alrededor de mi polla.
—¿Qué pasa, cariño? —pregunté con tono cariñoso, sin dejar de penetrarla con fuerza—. ¿Por qué te da tanta pena? Solo es una receta de pastel…
Sabrina tardó varios segundos en responder. Sus gemidos se volvían más agudos y desesperados.
—Es que… la chica… ahh… ¡joder, papi! —gritó cuando le di una embestida especialmente profunda—. La chica… lo preparaba… todo… con el culo… metía los ingredientes… dentro de su… ano… y… y los mezclaba ahí…
Su rostro estaba completamente rojo de vergüenza. Apenas podía sostener la mirada.
Me quedé en silencio un segundo, procesando la idea, y una sonrisa oscura se extendió por mi cara. Mi verga se puso aún más dura dentro de ella.
—Interesante… —murmuré, dándole una fuerte nalgada que resonó en el estacionamiento—. No es mala idea.
Sabrina giró un poco la cabeza para mirarme, con los ojos vidriosos de placer y vergüenza.
—¿En verdad… lo crees, papi? —preguntó con una vocecita tierna e inocente, casi susurrando—. ¿No te parece… demasiado… sucio?
—Sí, cariño… —respondí con una sonrisa amplia y perversa, mientras seguía reventándole el culo—. A mamá le va a encantar.
Un pastel con el culo de mi hija.
Entre más lo pensaba, más enferma y excitante me parecía la idea. Usar ese ano tan pequeño, tan apretado y virgen como un recipiente… meterle crema, masa, fresas… usarla como mi propio molde personal. Y lo más retorcido de todo: ella lo deseaba tanto como yo.
Mi verga no dejó de penetrar las entrañas de Sabrina ni un solo segundo. La follé con furia salvaje sobre el capó del auto, a plena luz del día, sin importarme una mierda si alguien nos veía. La embestía con rabia, reventándole el culo una y otra vez mientras ella gemía como una perra en celo.
No podía creer lo rápido que había cambiado mi vida.
Apenas ayer era un padre de familia común y corriente… un hombre supuestamente decente. Y ahora solo podía pensar en convertir a mi propia hija de dieciocho años en mi juguete sexual. En usar su culo como utensilio de cocina. En romperla, llenarla de semen y degradarla de las formas más sucias posibles.