Está historia es ficción, espero que la disfuten.

Álvaro ajustó la mochila sobre el hombro derecho, sintiendo el roce familiar de la correa contra la camiseta de algodón. El sol de la tarde caía oblicuo sobre las calles adoquinadas, proyectando sombras largas y estrechas. A su izquierda, la verja de hierro forjado del Colegio Santa María se alzaba imponente, con sus puntas afiladas brillando bajo la luz. Desde hacía meses, ese trayecto de vuelta a la residencia universitaria se había convertido en un ritual de observación silenciosa. Él, con sus diecinueve años y la vida desordenada de un estudiante de primer año, se sentía atraído por el orden severo de aquel lugar, un mundo prohibido de faldas uniformes y risas contenidas que solo podía vislumbrar a través de los barrotes. Siempre caminaba un poco más lento al pasar frente a los muros de ladrillo, imaginando el caos que podría desatar tras esa fachada de disciplina.

Un martes, el ritmo monótono de sus pasos se rompió cuando una voz, apenas un susurro urgente, cortó el aire desde el interior de un arbusto cercano a la puerta trasera del colegio. Álvaro se detuvo, buscando la fuente del sonido. Fue entonces cuando vio tres figuras agazapadas entre la vegetación. Claudia, Ramona y Sofía. Las reconoció de inmediato; las había visto salir en grupos, siempre impecables, pero ahora estaban despeinadas y con los uniformes un poco desordenados. Claudia hizo un gesto con la mano, pidiendo silencio, y le indicaron con la mirada la verja que él acababa de pasar.

—Oye, tú —dijo Claudia, con una voz que intentaba ser autoritaria pero que traicionaba una ligera temblorosa urgencia—. ¿Nos puedes ayudar?

Álvaro se acercó, notando cómo las tres chicas se tensaron. Ramona apretó los labios, y Sofía miró alrededor con los ojos muy abiertos, como si una profesora pudiera materializarse de la nada. El plan era simple: necesitaban salir sin ser vistas por la portera, que en ese momento estaba distraída en la otra entrada. Álvaro asintió, sin hacer preguntas. Se colocó frente a ellas, bloqueando la visión desde la calle principal, y les indicó el hueco en la verja que él conocía por las veces que lo había examinado. Una por una, se deslizaron. Claudia pasó primero, su cuerpo rozando el suyo en el apretado espacio; Ramona la siguió, y luego Sofía.

Al estar todas fuera, la tensión se disipó en una risa nerviosa. Fue en ese instante, mientras se acomodaban las faldas y se alisaban el cabello, que el viento jugó una mala pasada. Una ráfaga levantó la falda de Ramona, revelando no las liguas blancas reglamentarias, sino unas bragas de encaje negro, translúcidas y con un pequeño lazo en la parte delantera. Álvaro no apartó la mirada con la rapidez suficiente; sus ojos capturaron el detalle del tejido fino contra la piel pálida de sus muslos. Ramona se sonrojó violentamente, bajando la tela de inmediato, pero ninguna de las tres dijo nada al respecto. No parecía importarles su «pecado» menor; solo estaban felices de estar libres.

—Gracias —dijo Sofía, soltando el aire que había retenido—. Si vuelves a vernos por aquí… sabes dónde estamos.

Álvaro asintió, y desde ese día, la dinámica cambió. Ya no era solo un espectador pasivo. Se convirtió en su cómplice designado. Casi se volvió rutina. Dos o tres veces por semana, él esperaba cerca del arbusto, y ellas salían para dar un paseo, fumar un cigarrillo a escondidas o simplemente quejarse de las estrictas monjas. Él nunca pidió nada a cambio, contento con ser el puente entre su mundo y el de ellas. Sin embargo, la tensión subyacente, la electricidad que había surgido con el incidente de la braga, siempre estaba presente, flotando en el aire cada vez que sus manos se rozaban al pasarle algún paquete o al ayudarlas a saltar algún obstáculo.

La situación escaló un viernes por la noche. El teléfono de Álvaro vibró en la mesa de la residencia. Era Claudia. La voz al otro extremo no era su usual tono conspirativo, sino una mezcla de risas incontrolables y balbuceos. Habían estado en una fiesta, una de esas casas de estudiantes universitarios donde la música vibraba en las paredes y el alcohol fluía sin medida. Ahora, sin dinero para un taxi y demasiado ebrias para caminar en línea recta, necesitaban a su «salvador».

—Álvaro… por favor —suplicó Claudia, entre carraspeos—. Ven a buscarnos. Estamos en la esquina del parque. No podemos llegar así a casa… nos matarían.

Álvaro suspiró, mirando la hora, pero tomó las llaves de su vievo coche. Al llegar al punto de encuentro, las vio sentadas en un banco, abrazándose la una a la otra para mantener el equilibrio. Ramona tenía los ojos vidriosos y una sonrisa boba pintada en la cara; Sofía canturreaba algo ininteligible con la cabeza recostada en el hombro de Claudia. El olor a alcohol barato y perfume dulce impregnaba el aire cuando las ayudó a subir al asiento trasero. Durante el trayecto, las risas y los comentarios subidos de tono llenaron el pequeño vehículo. Manos errantes rozaban el cuello de Álvaro desde el asiento de atrás, y las miradas que le lanzaban por el retrovisor no tenían nada de inocentes.

—No nos lleves a casa —dijo de repente Ramona, inclinándose hacia el asiento delantero y posando una mano pesada y caliente en el muslo de Álvaro—. Mi papá me va a oler el alcohol. Llévanos a… a un hotel. Cualquiera.

Álvaro miró por el retrovisor. Las tres asintieron con una determinación borrosa. Giró el volante y se dirigió a un hotel de paso cerca de la carretera de salida, un lugar anónimo con luces de neón parpadeantes y recepcionistas que no hacían preguntas. Al estacionar, la realidad de la situación golpeó a Álvaro con más fuerza que el olor a alcohol. Subieron a la habitación con dificultad, apoyándose unas en otras y en él. La habitación era pequeña, con una alfombra gruesa que ocultaba las manchas y una cama queen-size que ocupaba la mayor parte del espacio.

Dentro de la habitación, el ambiente se volvió denso y pegajoso. Las chicas se dejaron caer sobre la cama, riendo entre dientes. La ropa, que ya estaba desordenada, comenzó a ser un estorbo. Claudia se desabrochó la blusa con torpeza, dejando al descubierto la piel de su pecho, que subía y bajaba rápidamente. Ramona, menos inhibida por el alcohol, se levantó la falda y comenzó a quitarse las medias, lanzándolas a una esquina con un movimiento teatral. Sofía, la más tímida de las tres en circunstancias normales, ahora observaba a Álvaro con una mirada pesada, cargada de una curiosidad lasciva que nunca antes le había dirigido.

Álvaro se quedó de pie junto a la puerta, observando la escena. Era el escenario que había fantaseado en sus solitarias caminatas frente al colegio, pero ahora era real, tangible y caótico. Las tres chicas, símbolos de pureza y prohibición, estaban allí, deshaciéndose de sus uniformes y de sus inhibiciones. Poco a poco, las prendas de ropa fueron cayendo al suelo hasta formar una montaña desordenada de tela y cuero. Cuando quedaron completamente desnudas, la temperatura de la habitación pareció subir diez grados.

El cuerpo de Claudia era curvilíneo, con senos firmes que se mecían al reír; Ramona, más delgada, tenía caderas angulosas y una piel que parecía brillar bajo la luz tenue de la lámpara de cabecera; Sofía, con sus formas suaves y redondeadas, se acurrucaba en el centro de la cama, mirándolo con ojos vidriosos. Ellas no se cubrieron. Al contrario, parecían disfrutar de la exposición, de la forma en que la mirada de Álvaro recorría sus cuerpos, devorando cada centímetro de piel pálida y cada curva recién descubierta.

—¿Qué esperas? —preguntó Claudia, con voz ronca, extendiendo una mano hacia él y acariciando el aire entre sus cuerpos—. Ven aquí.

Álvaro se acercó a la cama. Las manos de las tres chicas convergieron sobre él, desabrochando su cinturón y bajando la cremallera de sus vaqueros con una urgencia torpe pero efectiva. La ropa de él se unió a la montaña en el suelo. Cuando su miembro, ya duro y palpitante, quedó al descubierto, un silencio momentáneo cayó sobre el grupo, roto solo por el jadeo pesado de Sofía. Fue el detonante final. Lo que siguió fue una explosión de cuerpos, una orgía desordenada y frenética donde los roles de estudiante y colegiala se disolvieron en un mar de sudor, piel y fluidos. No hubo delicadeza, solo una necesidad animal de explorar y ser explorados. Álvaro pasó de una a otra, sus manos y su boca ocupadas en satisfacer y ser satisfecho, mientras los gemidos llenaban la pequeña habitación del hotel. El tiempo se perdió en una sucesión de posturas y caricias, hasta que el agotamiento y el alcohol pesaron más que la lujuria. Uno a uno, fueron cayendo en un sueño profundo y reparador, enredados en las sábanas y los unos con los otros.

La luz del amanecer se coló por las cortinas, iluminando el desastre de la habitación con un resplandor grisáceo. Álvaro abrió los ojos con dolor de cabeza, desorientado. El movimiento despertó a las chicas. Claudia se incorporó, llevándose la mano a la sien y cerrando los ojos ante la luz. Ramona se estiró, gimiendo al sentir el dolor en sus músculos. Sofía se quedó quieta, mirando el techo, con la manta cubriéndola solo hasta la cintura. Fue entonces cuando la realidad del dolor físico se hizo evidente en sus rostros. Se miraron las unas a las otras, luego miraron sus propios cuerpos desnudos y manchados, y finalmente a Álvaro, que estaba sentado al borde de la cama, frotándose la cara.

—Madre mía —murmuró Claudia, su voz quebrada—. ¿Qué… qué hicimos?

Ramona tocó su entrepierna con delicadeza, frunciendo el ceño al sentir el escozor y la sensibilidad extrema. El recuerdo fragmentado de la noche anterior regresó como un golpe: la penetración, el movimiento, la pérdida de control. Sofía comenzó a llorar en silencio, lágrimas que rodaban por sus mejillas y caían sobre las sábanas blancas. No era solo la resaca de la borrachera; era el peso de la virginidad perdida en una noche de desenfreno colectivo. Todas lo habían perdido, allí, con el chico que las ayudaba a escapar de la escuela. La habitación olía a sexo y alcohol, un testimonio olfativo de la línea que habían cruzado la noche anterior y que ya no podían deshacer. Álvaro las miró, incapaz de encontrar palabras que pudieran consolarlas o explicar el caos que habían desatado juntas.

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