La mano de Richard se movía frenética sobre su polla, el calor de la escena quemándole la piel. Derek no aflojaba el ritmo, sus embestidas eran martillazos contra el culo del señor Harrison, que ya apenas podía mantenerse en pie sobre el escritorio.

—Míralo —gruñó Derek, agarrándolo del cabello canoso y tirando hacia atrás—. Mírate, viejo de mierda. Tu propio hijo te ve convertido en mi puta.

El señor Harrison gemía, su rostro contraído entre el placer y la humillación. Su polla colgaba dura, el glande hinchado y morado, goteando un hilo de precum que caía al suelo.

—¿Quieres correrte? —preguntó Derek, disminuyendo el ritmo, casi deteniéndose—. Dime que eres mi puta.

—Soy… tu puta —susurró el señor Harrison, la voz quebrada.

—Más fuerte.

—¡SOY TU PUTA!

Derek sonrió y reanudó la embestida con furia renovada. Cada golpe hacía que el cuerpo del hombre mayor se sacudiera, que sus nalgas se enrojecieran, que sus gemidos se volvieran aullidos. El sudor brillaba en sus espaldas, el olor a sexo llenaba el estudio.

—Voy a correrme dentro de ti —anunció Derek, su respiración agitada—. Quiero que mi leche se quede en tu culo de viejo.

—Sí… sí… —suplicó el señor Harrison.

Derek embistió tres veces más, profundas, brutales, y luego se quedó quieto, su cuerpo tenso, un gruñido escapando de su garganta mientras eyaculaba. Richard vio cómo los músculos del culo de su padre se contraían alrededor de la polla de Derek, cómo un hilo de semen comenzaba a escurrirse por su muslo.

Derek se retiró lentamente, su polla aún medio dura, brillante de saliva y leche. El señor Harrison se desplomó sobre el escritorio, jadeando, temblando.

Pero Derek no había terminado. Agarró al señor Harrison por la barbilla, obligándolo a girarse. El hombre mayor estaba deshecho, los ojos llorosos, los labios hinchados de mordérselos.

—Aún no hemos terminado, puta —dijo Derek, inclinándose.

Y entonces lo besó. No fue un beso suave. Fue brutal, húmedo, sucio. La lengua de Derek se abrió paso entre los labios del señor Harrison, invadiendo su boca, mezclando saliva con saliva. El hombre mayor gimió contra el beso, sus manos buscando apoyo en los hombros de Derek.

Richard vio cómo la lengua de su padre se enredaba con la de Derek, cómo la saliva les escurría por las comisuras de los labios, cómo Derek mordisqueaba el labio inferior del señor Harrison antes de profundizar el beso.

—Mmm… —gemía el señor Harrison, correspondiendo al beso con desesperación, sus brazos rodeando el cuello de Derek.

Derek separó el beso con un sonido húmedo, un hilo de saliva conectando sus labios. Miró a Richard, que seguía masturbándose, su polla roja y pulsante.

—¿Ves, Richard? —dijo Derek, lamiendo los labios—. Tu papá sabe besar mejor que tú.

El señor Harrison bajó la mirada, avergonzado, pero su polla seguía dura, goteando. Derek rió y lo empujó de rodillas otra vez.

—Ahora chúpamela. Quiero que la limpies bien.

Y el señor Harrison obedeció, abriendo la boca, recibiendo la polla de Derek entre sus labios, mientras Richard se corría en silencio contra la pared, viendo a su padre succionar el semen de la polla de su bully.

El sol de la tarde se filtraba por las cortinas entreabiertas del estudio, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire. Richard temblaba contra la pared, sus ojos azules muy abiertos mientras observaba la escena que se desarrollaba ante él. Su padre, un hombre de cabello canoso y porte distinguido, estaba arrodillado en la alfombra persa. Su traje Armani yacía hecho un montón en la esquina. Derek, el bully que había atormentado a Richard durante todo el año escolar, se erguía frente a él con una sonrisa cruel.

—Así que el gran señor Harrison —rió Derek, sujetando las muñecas del hombre mayor contra la pared—. El dueño de la empresa. El que llama a la policía cuando los chicos se meten con su precioso hijito.

El padre de Richard gimió, su mirada vidriosa. Derek lo había drogado, Richard lo sabía. Lo había visto hacerlo. Pero no podía moverse, no podía gritar. Estaba tan asustado como excitado, odiándose a sí mismo por ello.

—Por favor… —susurró el señor Harrison.

—¿Por favor qué? —Derek bajó una mano, deslizándola por el pecho velludo del hombre mayor, bajando más, hasta llegar a su entrepierna. El bulto ya estaba firme bajo los boxers de seda—. ¿Por favor que pare? ¿O por favor que continúe?

El señor Harrison negó con la cabeza, pero su cuerpo traicionaba cualquier protesta. Su polla se endurecía bajo los dedos de Derek, que ahora masajeaba lentamente la tela.

—Mira cómo te pones —rió Derek, bajando los boxers—. Tu hijo nos está viendo. ¿Quieres que te folle delante de él?

Richard contuvo el aliento cuando Derek empujó al señor Harrison contra el escritorio de caoba, doblando su cuerpo sobre la superficie pulida. El culo del hombre mayor quedó expuesto, sus nalgas firmes para su edad, el vello grisáceo cubriendo sus muslos. Derek escupió en su mano, frotando la saliva contra su polla. Era enorme, Richard lo sabía. Lo había visto en los vestuarios. Pero verla ahora, dura y gruesa, apuntando al culo de su padre, era otra cosa.

—Vas a sentirme, viejo —gruñó Derek, alineando la punta—. Vas a recordar este momento por el resto de tu vida.

Empujó. El grito del señor Harrison fue ahogado por la mano de Derek tapándole la boca. Richard vio cómo la polla de Derek se hundía centímetro a centímetro en el culo del hombre mayor, cómo sus nalgas se estiraban alrededor de la base, cómo su padre temblaba y se retorcía.

—Dios… —susurró el señor Harrison cuando Derek comenzó a moverse, sus embestidas lentas al principio, luego más rápidas, más profundas. El sonido de los cuerpos chocando llenaba el estudio. Los gemidos del señor Harrison se mezclaban con las risas de Derek, que ahora lo follaba con furia, sujetándolo de las caderas, marcando la piel con sus dedos.

—¿Te gusta, puta? —jadeó Derek, acelerando el ritmo—. ¿Te gusta que te folle un chico de diecinueve años?

El señor Harrison no podía responder, solo gemir, su polla goteando precum contra el escritorio, su cuerpo cediendo a cada embestida. Richard se masturbaba en silencio, incapaz de apartar la mirada, odiando y amando cada segundo.

La mano de Richard se movía frenética sobre su polla, el calor de la escena quemándole la piel. Derek no aflojaba el ritmo, sus embestidas eran martillazos contra el culo del señor Harrison, que ya apenas podía mantenerse en pie sobre el escritorio.

—Míralo —gruñó Derek, agarrándolo del cabello canoso y tirando hacia atrás—. Mírate, viejo de mierda. Tu propio hijo te ve convertido en mi puta.

El señor Harrison gemía, su rostro contraído entre el placer y la humillación. Su polla colgaba dura, el glande hinchado y morado, goteando un hilo de precum que caía al suelo.

—¿Quieres correrte? —preguntó Derek, disminuyendo el ritmo, casi deteniéndose—. Dime que eres mi puta.

—Soy… tu puta —susurró el señor Harrison, la voz quebrada.

—Más fuerte.

—¡SOY TU PUTA!

Derek sonrió y reanudó la embestida con furia renovada. Cada golpe hacía que el cuerpo del hombre mayor se sacudiera, que sus nalgas se enrojecieran, que sus gemidos se volvieran aullidos. El sudor brillaba en sus espaldas, el olor a sexo llenaba el estudio.

—Voy a correrme dentro de ti —anunció Derek, su respiración agitada—. Quiero que mi leche se quede en tu culo de viejo.

—Sí… sí… —suplicó el señor Harrison.

Derek embistió tres veces más, profundas, brutales, y luego se quedó quieto, su cuerpo tenso, un gruñido escapando de su garganta mientras eyaculaba. Richard vio cómo los músculos del culo de su padre se contraían alrededor de la polla de Derek, cómo un hilo de semen comenzaba a escurrirse por su muslo.

Derek se retiró lentamente, su polla aún medio dura, brillante de saliva y leche. El señor Harrison se desplomó sobre el escritorio, jadeando, temblando.

Pero Derek no había terminado. Agarró al señor Harrison por la barbilla, obligándolo a girarse. El hombre mayor estaba deshecho, los ojos llorosos, los labios hinchados de mordérselos.

—Aún no hemos terminado, puta —dijo Derek, inclinándose.

Y entonces lo besó. No fue un beso suave. Fue brutal, húmedo, sucio. La lengua de Derek se abrió paso entre los labios del señor Harrison, invadiendo su boca, mezclando saliva con saliva. El hombre mayor gimió contra el beso, sus manos buscando apoyo en los hombros de Derek.

Richard vio cómo la lengua de su padre se enredaba con la de Derek, cómo la saliva les escurría por las comisuras de los labios, cómo Derek mordisqueaba el labio inferior del señor Harrison antes de profundizar el beso.

—Mmm… —gemía el señor Harrison, correspondiendo al beso con desesperación, sus brazos rodeando el cuello de Derek.

Derek separó el beso con un sonido húmedo, un hilo de saliva conectando sus labios. Miró a Richard, que seguía masturbándose, su polla roja y pulsante.

—¿Ves, Richard? —dijo Derek, lamiendo los labios—. Tu papá sabe besar mejor que tú.

El señor Harrison bajó la mirada, avergonzado, pero su polla seguía dura, goteando.

Derek rió y lo empujó de rodillas otra vez.

—Ahora chúpamela. Quiero que la limpies bien.

Y el señor Harrison obedeció, abriendo la boca, recibiendo la polla de Derek entre sus labios, mientras Richard se corría en silencio contra la pared, viendo a su padre succionar el semen de la polla de su bully.