Capítulo 1

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  • Mi prostimadre I

Me llamo Lucas. Tengo veintidós años y comparto un apartamento de dos habitaciones con mi madre. No es el comienzo de una comedia ligera. Es el prólogo de una confesión que me quema por dentro. Ella se llama Valeria, y durante la mayor parte de mi vida, su cuerpo ha sido el eje sobre el que ha girado mi mundo, primero como fuente de vida, luego como objeto de una obsesión que he alimentado en la oscuridad de este lugar.

Vivimos en un tercer piso de un edificio viejo, con paredes que absorben los sonidos, pero no las intenciones. Los vecinos saben, o al menos sospechan. A veces la llaman «la puta del tercero» cuando creen que no los oigo. A mí me llaman «el hijo de la puta». No les doy el gusto de reaccionar. Estudio psicología, irónicamente. Paso los días analizando teorías sobre la mente humana y las noches analizando cada uno de sus movimientos.

Ella ronda los cuarenta, pero parece más joven. O quizá solo parece lo que es: una mujer que ha convertido su físico en su capital. Va al gimnasio cuatro veces por semana, no por salud, sino por mantenimiento. El resultado es un cuerpo que desafía la lógica: caderas anchas que se estrechan en una cintura que mis manos podrían casi rodear, piernas largas y torneadas por años de tacones altos, y unos pechos que son simplemente obscenos en su perfección. Redondos, firmes, con unos pezones que siempre parecen estar erectos, como si estuvieran en un estado de alerta permanente. Lleva ese cuerpo como una armadura y una carga. Yo lo he estudiado desde que tuve uso de razón.

Mi primer recuerdo sexual está ligado a ella. Tendría unos doce años. Una madrugada, me desperté con sed. Salí de mi habitación y la vi en el pasillo, de espaldas a mí, ajustándose el corpiño de un vestido negro y corto. La luz del baño la iluminaba de medio lado, recortando la curva de su espalda, la redondez de sus nalgas bajo la tela ajustada. Se inclinó para ponerse unos tacones, y el vestido se estiró, revelando la parte superior de sus muslos. Me quedé paralizado, con la garganta seca, sintiendo un calor extraño y culpable en el bajo vientre. Ella se dio la vuelta y me vio. Sus ojos, cansados y pintados, se abrieron un instante en sorpresa, luego se nublaron de algo que no supe identificar—vergüenza, pena, resignación.

—Vuelve a la cama, Lucas—dijo, con una voz que intentaba ser firme pero que temblaba levemente.

Obedecí, pero esa imagen se quedó grabada a fuego en mi retina. Fue la primera semilla.

Con los años, el ritual se repitió. Las salidas nocturnas, el olor a perfume barato y cigarrillo que impregnaba el aire a su regreso, las mañanas en las que la encontraba en la cocina, con una bata cerrada hasta el cuello, los ojos hinchados y una taza de café entre las manos, como un náufrago aferrado a un salvavidas. Yo aprendí a no hacer preguntas. A cambiar de canal cuando en la televisión salía algo sobre «mujeres de la vida nocturna». A bajar la mirada cuando los chicos del barrio hacían comentarios.

Pero en la privacidad de nuestro apartamento, mi obsesión crecía. Empecé a espiarla. El baño tenía una cerradura rota que dejaba un espacio de un centímetro entre la puerta y el marco. Aprovechaba cuando se duchaba. Me agachaba y, con el corazón martillándome el pecho, la veía a través del vapor. La silueta borrosa de sus curvas bajo el agua, las manos enjabonándose los pechos, el vello púbico oscuro y espeso que ella afeitaba meticulosamente cada tercer día. A veces, si tenía suerte, se daba la vuelta y yo podía ver el perfil completo: la espalda arqueada, las nalgas redondas y húmedas, la hendidura entre ellas. Me masturbaba allí mismo, en el pasillo, ahogando los gemidos en mi propio brazo, sintiéndome asqueroso y vivo como nunca.

Robaba su ropa interior del cesto de la lavadora. Calzones de encaje negros, tangas rojas desgastadas, sujetadores con la copa aún marcada por la forma de sus pechos. Los escondía bajo mi colchón y los usaba por las noches, envolviéndome en su olor a sudor, a sexo, a ella. Soñaba que era uno de esos hombres anónimos que la visitaban, que pagaban por una hora con ese cuerpo. En mis fantasías, ella no me cobraba. Me sonreía, me abría los brazos y me decía «hijo mío» justo en el momento del clímax. Me despertaba bañado en semen y en culpa.

El tiempo pasó. Yo crecí, me hice adulto. Conseguí un trabajo de medio tiempo y aporto para los gastos. Ella ya no tiene que trabajar todas las noches, pero lo hace igual. Dice que es por costumbre, por tener su propio dinero. Yo sé que es porque no sabe hacer nada más. Nuestro apartamento es un campo de batalla silencioso. Compartimos el sofá, la televisión, el baño. La tensión es palpable, física. Cuando pasamos cerca el uno del otro, el aire se espesa. Ella a veces usa ropa holgada, otras veces sale de su habitación con una camiseta sin sostén y unos shorts cortos, como si estuviera probándome. Como si supiera.

Y quizá sí lo sabe. Las mujeres como ella, que han vivido de leer los deseos de los hombres, deben percibir el mío. Es demasiado denso para pasarlo por alto.

La noche en que todo cambió fue un martes. Un martes cualquiera. Ella tenía un «encuentro» con un cliente regular, uno que según ella «pagaba bien y no era demasiado exigente». Yo me quedé en casa, supuestamente estudiando para un examen de teorías de la personalidad. En realidad, estaba sentado en el sofá, con el libro abierto en el regazo, escuchando cada sonido de la calle, imaginando dónde estaría, qué estaría haciendo, qué le estaría haciendo ese hombre a su cuerpo.

Las horas pasaron. La una de la madrugada. Las dos. Empecé a sentir una punzada de preocupación mezclada con algo más feo: celos. ¿Y si ese cliente la había convencido de quedarse más tiempo? ¿Y si le había ofrecido más dinero por algo especial? Mi mente generaba imágenes: ella de rodillas, ella de espaldas, ella con las piernas abiertas y un hombre encima, sudando sobre su piel. Me puse de pie, nervioso. Caminé de un lado a otro del pequeño salón.

Finalmente, a las tres y cuarto, oí la llave en la cerradura. El sonido fue torpe, errático. La puerta se abrió y ella entró tambaleándose. La vi apoyarse contra el marco, con los ojos semicerrados, la boca entreabierta. Llevaba el vestido negro de siempre—el que llamaba «el infalible»—pero estaba desarreglado. La cremallera lateral estaba bajada a la mitad, mostrando un flash de costilla y la curva de su cintura. El escote, ya de por sí pronunciado, se había desplazado, revelando la parte superior de un pecho, la aureola oscura apenas velada por la tela.

—Lucas—murmuró, arrastrando las palabras. Su aliento llegó hasta mí, cargado de alcohol barato y un resto de menta que no lograba enmascararlo.

—Estás borracha—dije, y mi voz sonó más dura de lo que pretendía.

—El cliente… quería celebrar—balbuceó, intentando quitarse los tacones y casi cayéndose.

Instintivamente, me acerqué y la tomé del brazo para sostenerla. Su piel estaba caliente, suave. El olor a su perfume, mezclado con el sudor y el semen ajeno—un olor que ya reconocía—me golpeó como una bofetada. Mi cuerpo reaccionó de inmediato, una tensión eléctrica recorriéndome.

—Vamos, te ayudo a tu cuarto—dije, tratando de sonar neutro.

Ella asintió, dejando que la guiara. Su peso se apoyó en mí, su cadera rozando la mía con cada paso torpe. Abrí la puerta de su habitación—un espacio que yo rara vez entraba, santuario de su vida privada—y la conduje hacia la cama. La habitación olía a ella, a perfume y a limpieza, con un leve trasfondo a sexo antiguo.

—Acuéstate—ordené suavemente.

Ella se dejó caer sobre el colchón, de espaldas, con un gemido cansado. Los tacones seguían puestos. Me incliné para quitárselos, mis dedos rozando sus tobillos, sus pantorrillas. La sensación de su piel bajo mis manos era casi más de lo que podía soportar. Al retirar el segundo zapato, ella se movió, girando sobre un costado, y el vestido, ya de por sí comprometido, se abrió completamente del lado donde la cremallera estaba baja.

Y allí estaba.

Mi respiración se detuvo.

Desde mi posición arrodillada junto a la cama, tenía una vista perfecta. El vestido negro se había separado como una cortina, revelando todo su torso lateral. La curva de su cintura, suave y profunda. La cadera redonda. Y su pecho izquierdo, completamente al descubierto. Saliendo libre de la tela, pesado y pálido a la tenue luz que entraba por la ventana. La piel parecía de porcelana, con venas azuladas apenas visibles. El pezón, grande y de un marrón oscuro, estaba erecto, rodeado por una aureola amplia y texturizada. Lo había visto antes, a través de rendijas, en fragmentos robados. Pero esto era diferente. Esto era una ofrenda involuntaria, un regalo envenenado dejado a los pies de mi locura.

No pude apartar la mirada. Me latían las sienes. La sangre corría hacia mi entrepierna, hinchándome contra el pantalón. Un calor sofocante me subía por el cuello. Era como si todos aquellos años de fantasías, de masturbaciones furtivas, de deseos reprimidos, se hubieran condensado en este instante, presionando contra mis costillas, exigiendo salida.

No sé cuánto tiempo pasé así, congelado, devorándola con los ojos. Quizá fueron segundos, quizá minutos. Ella se movió de nuevo, murmurando algo ininteligible, y una de sus manos, floja y pesada por el alcohol, se elevó torpemente. No fue hacia el vestido para cubrirse. En cambio, su mano errante encontró la mía, que yacía inerte sobre el borde del colchón.

Sus dedos, tibios y suaves, se cerraron alrededor de los míos. No con fuerza, sino con una languidez que era más invitación que orden. Luego, lentamente, como si estuviera en un sueño, guió mi mano hacia su cuerpo.

No hacia el vestido para subir la cremallera.

Hacia su pecho desnudo.

El contacto fue un shock eléctrico. La palma de mi mano se posó sobre la curva de su seno, y la sensación fue tan intensa que casi retrocedí. Era más suave de lo que jamás había imaginado, cálido, con un peso vivo y palpitante. Mi pulgar, por pura inercia, se movió y rozó el pezón erecto. Ella emitió un sonido gutural, un gemido ahogado que vibró en el aire quieto de la habitación.

—Sí…—susurró, con los ojos cerrados, la cabeza hundida en la almohada.

Esa palabra, borracha y arrastrada, rompió el último dique de mi resistencia. Ya no había moral, ni culpa, ni madre, ni hijo. Solo había carne y deseo, un deseo que llevaba años pudriéndome por dentro y que ahora explotaba hacia afuera.

Con una mano que temblaba, no de miedo sino de necesidad pura, cubrí completamente su pecho. Apreté con suavidad, sintiendo la firmeza de la carne bajo mi palma, el pezón duro como una piedrita contra mi piel. Me incliné más, sin soltarla. Mi rostro estaba ahora a centímetros del suyo. Podía ver cada pestaña, cada línea de cansancio alrededor de sus ojos, el rastro del lápiz labial en sus labios entreabiertos.

Y entonces, sin pensarlo, sin planearlo, actué movido por un instinto más antiguo que la razón. Bajé la cabeza.

Mis labios se cerraron alrededor de su otro pezón, todavía cubierto por la tela del vestido. A través de la tela negra, la sentí, dura y puntiaguda. Chupé, primero con suavidad, luego con más fuerza. El sabor del tejido, del sudor, de su piel, inundó mi boca. Ella arqueó la espalda, un movimiento involuntario que empujó su pecho más profundamente contra mi boca. Un gemido más largo, más musical, escapó de sus labios.

—Ah… Raúl…—murmuró.

Raúl. El nombre del cliente. El nombre de otro hombre. Eso debería haberme detenido. Debería haberme hecho vomitar. En cambio, me excitó aún más. Porque en ese momento, yo no era su hijo. Era Raúl, era cualquier hombre, era el cliente que pagaba por el privilegio de tocar lo que yo estaba tocando.

Dejé su pecho y me puse de pie. Mis manos, ahora firmes, decididas, tomaron el borde de su vestido. Con un movimiento brusco, lo deslicé por sus caderas, por sus muslos, hasta sacárselo por completo. Quedó en la cama solo con una tanga negra de encaje, diminuta, que apenas cubría el triángulo oscuro de su vello. Sus piernas, largas y pálidas, se extendían ante mí como un banquete.

Ella no abrió los ojos. Solo se acomodó, separando ligeramente los muslos, como si en su estupor alcohólico su cuerpo reconociera el ritual y se preparara.

Me arrodillé de nuevo, esta vez entre sus piernas. El olor aquí era más intenso, más personal. Un aroma acre, dulzón, a sexo y a ella. Me mareó. Con dedos torpes, enganché los lados de sus bragas y se las bajé, arrastrándolas por sus muslos, sus rodillas, sus tobillos, hasta deshacerme de ellas. Ahora estaba completamente desnuda ante mí. Por primera vez en mi vida, veía todo. El montón de vello púbico espeso y negro, recortado, pero no afeitado. Los labios mayores, carnosos y ligeramente separados, mostrando un destello de rosa más oscuro en su interior. Todo estaba húmedo, brillante a la luz tenue.

Mi boca se llenó de saliva. Ya no había vuelta atrás. No la quería.

Apoyé mis manos en sus muslos internos, sintiendo el temblor de su piel. Me incliné.

El primer contacto de mi lengua con su sexo fue un descubrimiento. Era más suave de lo que pensaba, caliente, salado. Ella gimió y sus caderas se elevaron un centímetro, buscando más contacto. Obedecí. Comencé a lamer, al principio de manera amplia, cubriendo toda el área con mi lengua plana, saboreando su esencia. Luego me concentré en sus labios, separándolos suavemente con mis dedos para exponer el clítoris, hinchado y protuberante.

Cuando mi lengua se posó directamente sobre él, ella gritó. Un sonido agudo, ahogado, que se transformó en una serie de gemidos entrecortados. Sus manos, que hasta entonces habían estado flojas a los lados, se elevaron y se enredaron en mi pelo, apretando, guiando. No con ternura, sino con urgencia.

—Sí, ahí… no pares…—jadeó, y esta vez no dijo ningún nombre.

Me entregué por completo. Mi mundo se redujo a ese punto húmedo y palpitante entre sus piernas, al sabor único de ella, a los sonidos que salían de su garganta. Usé mi lengua en círculos, en líneas rectas, succioné su clítoris suavemente entre mis labios. Mis propias caderas se movían involuntariamente, frotando mi erección, dura como el acero, contra el borde del colchón. El placer era abrumador, una corriente eléctrica que me recorría desde la lengua hasta la punta de los dedos de los pies.

Ella empezó a moverse con más fuerza, empujando su sexo contra mi cara, jadeando. Sus gemidos se hicieron más rápidos, más desesperados. Yo aceleré el ritmo, concentrando toda mi atención en el movimiento de mi lengua, en la presión justa. Quería que se viniera. Necesitaba sentirlo.

—Voy a… voy a…—gritó, y su cuerpo se tensó como un arco.

Entonces sucedió. Un temblor violento la recorrió de pies a cabeza. Sus músculos abdominales se contrajeron visiblemente. Sus piernas se cerraron alrededor de mi cabeza, atrapándome. Un chorro cálido y delgado de líquido brotó de su interior, mojándome la barbilla, el cuello. Ella gritó, un sonido largo y rasgado que era mitad agonía, mitad éxtasis, y luego su cuerpo se desplomó, liberándome, jadeando como si acabara de correr una maratón.

Yo seguí allí, arrodillado, con la cara empapada de sus fluidos, mi propia necesidad clamando atención. Me desabroché el pantalón con manos temblorosas y saqué mi erección, que palpitaba con dolor. No necesité más. Con solo unos pocos y rápidos movimientos de mi mano, lubricados con su propio jugo que aún tenía en los dedos, estallé. El orgasmo me golpeó como una descarga, haciéndome arquear la espalda y soltar un gruñido sordo. El semen salpicó el suelo de madera junto a la cama, blanco y viscoso sobre el piso oscuro.

Por un momento, solo hubo silencio, roto por nuestra respiración agitada. Luego, ella murmuró algo, tan bajo que casi no lo oí.

—Gracias, Raúl… te debo una…

Y después, la respiración se le hizo profunda y regular. Se había quedado dormida.

Me quedé allí, arrodillado junto a la cama de mi madre, con los pantalones bajados, el sexo aún palpitante, el sabor a ella en mi boca. La realidad empezó a filtrarse, lenta y venenosa. ¿Qué acababa de hacer? ¿Qué nos acababa de pasar?

Pero en lugar del horror que debería haber sentido, lo que surgió fue una sensación de poder salvaje, primitivo. La había hecho venir. A ella, Valeria, la mujer que había eludido mis fantasías durante años. La había hecho gritar mi nombre—no, el nombre de otro, pero eso daba igual. Su cuerpo me había respondido.

Entonces lo recordé.

Mi teléfono. Había entrado en la habitación con él en el bolsillo del pantalón. Y en medio del caos, cuando me arrodillé por primera vez, un impulso retorcido, una idea que ni siquiera se formuló completamente en mi mente, me había hecho sacarlo y apoyarlo contra la mesita de noche, inclinado hacia la cama. Había presionado el botón de grabación de video.

Con manos que todavía temblaban, pero ahora por una excitación diferente, me subí el pantalón y tomé el teléfono. La pantalla estaba oscura. Toqué para encenderla. El icono de la cámara mostraba que la grabación había durado doce minutos. Doce minutos.

Presioné para reproducir.

La calidad era mala, la luz era escasa. Pero se veía. Se veía su cuerpo desnudo en la cama. Se veía mi espalda inclinada entre sus piernas. Se escuchaban sus gemidos, cada vez más altos, más urgentes. Se escuchaba su grito final, desgarrado. Y se escuchaba, claro como el agua, su voz borracha y satisfecha diciendo: «Gracias, Raúl… te debo una…»

Guardé el video. Lo guardé en una carpeta oculta, con una contraseña que solo yo conocía. Era mi tesoro. Mi arma. Mi prueba de que no había sido un sueño.

Salí de su habitación en silencio, cerré la puerta y me fui a la mía. No dormí. Me quedé despierto, mirando al techo, repasando cada segundo, cada sensación, cada sabor. El sabor a sal y a cobre de su sexo todavía estaba en mis labios.

Por la mañana, el sonido de la ducha me despertó. Me vestí y salí a la cocina. Preparé café, como siempre. Ella apareció unos minutos después, vestida con una bata de algodón, el cabello húmedo, la cara lavada de maquillaje. Parecía pálida, frágil. Nos miramos.

El silencio era tan denso que podía tocarse. No dijo nada. Yo tampoco. Ella tomó la taza de café que le extendí, sus dedos rozando los míos por una fracción de segundo. Un estremecimiento casi imperceptible recorrió su brazo.

Bebió un sorbo, me miró por encima del borde de la taza. Sus ojos, esos ojos cansados que lo habían visto todo, se posaron en los míos. No había ira. No había vergüenza. No había reproche. Había… interrogación. Y algo más, algo profundo y oscuro que no supe nombrar.

Puso la taza sobre la mesa.

—Tengo que ir a hacer las compras—dijo, su voz ronca por la resaca y por algo más.

—Yo tengo clase a las once—respondí, sonando normal, como si nada hubiera pasado.

Ella asintió, dio media vuelta y se dirigió hacia su habitación. En la puerta, se detuvo. No se volvió, pero su espalda, recta bajo la bata, se tensó.

—Lucas—dijo, sin mirarme.

—¿Sí?

Hubo una pausa larga, cargada. Podía oír mi propio corazón.

—Esta noche… no tengo trabajo—dijo finalmente. Y entonces, lentamente, se volvió. Sus ojos encontraron los míos de nuevo. Esta vez, la expresión era clara. Era un desafío. Era una pregunta. Era una puerta entreabierta a un infierno del que ambos sabíamos que no podríamos escapar.

Luego entró en su habitación y cerró la puerta.

Yo me quedé de pie en la cocina, con la taza de café frío entre las manos, sabiendo que nada volvería a ser igual. Y en el bolsillo de mi pantalón, el teléfono con el video pesaba como un ladrillo.

La noche se acercaba. Y esta vez, no habría alcohol, ni clientes imaginarios, ni excusas.

Solo nosotros.

………… Continua en capítulo 2 ……………