Capítulo 2
- La noche en que Mariela dejó de fingir
- La noche en que Mariela dejó de fingir II
Unos días después de aquella peligrosa noche en el sofá, Kadel y Mariela se encontraron de nuevo en la casa de la colonia. Esta vez no fue planeado. La familia había organizado una pequeña reunión para celebrar el cumpleaños de un primo, y como era costumbre, terminaron tomando bastante. Ron Zacapa, cervezas Gallo y algunos tragos de aguardiente corrieron con libertad durante toda la tarde y parte de la noche.
Hanna se había ido temprano a dormir, agotada y con dolor de cabeza. Delfino y Jeffre también se habían retirado hacía rato. Solo quedaron Kadel y Mariela recogiendo la sala, visiblemente borrachos los dos.
Mariela, con su short negro ajustado y su camiseta ligera, caminaba tambaleándose. El alcohol le había puesto las mejillas rojas y la mirada vidriosa.
—Ay, Kadel… ya estoy muy peda —dijo riendo—. Creo que me voy a quedar a dormir aquí hoy.
Kadel, también bastante ebrio, sonrió con picardía.
—No podés dormir en el sofá. Vení, te acompaño al cuarto de invitados. Te voy a traer unas chamarras para que no pases frío.
Mariela lo miró con una sonrisa traviesa y aceptó su brazo para caminar. Fueron juntos por el pasillo hasta el cuarto de invitados, esa habitación pequeña con una cama individual y cortinas delgadas.
Al entrar, Mariela se sentó en la orilla de la cama, pero en lugar de esperar, empezó a quitarse el short lentamente, dejando ver su culito latino redondo y firme.
Kadel regresó con dos chamarras dobladas y se quedó paralizado al verla casi desnuda.
—Mariela… ¿qué hacés? —preguntó con voz ronca.
Ella se mordió el labio y se puso en cuatro sobre la cama, levantando el culo hacia él.
—Vine a buscar chamarras… pero la verdad es que tengo más calor que frío —susurró con voz pastosa—. Vení, Kadel… no me dejés así. Quiero que me folles otra vez.
El alcohol eliminó cualquier resto de prudencia. Kadel cerró la puerta, se bajó el pantalón y sacó su pene semiblanco de 15 centímetros, ya completamente duro. Se subió a la cama y se colocó detrás de ella.
—Estás bien puta cuando estás borracha —le dijo, frotando la punta de su verga entre sus nalgas.
—Y a vos te encanta —respondió Mariela, meneando el culo—. Metémela toda de una vez… quiero sentirte bien profundo.
Kadel la agarró fuerte de las caderas y la penetró de un solo empujón hasta el fondo. Mariela soltó un gemido ahogado contra la almohada.
—Ay, sí… ¡qué rico la tenés! —gimió—. Follame duro, Kadel… no seas suave hoy.
Él empezó a cogerla con embestidas fuertes y rápidas. El sonido de sus caderas chocando contra el culito redondo y firme de Mariela llenaba el cuarto. Le dio varias nalgadas que resonaron fuerte.
—Te gusta que tu cuñado te coja así, ¿verdad? —gruñó Kadel.
— Sí… me encanta… soy tu puta… métemela más fuerte… rompeme el coño —suplicaba Mariela entre gemidos.
Kadel le jaló el pelo rizado y la folló con más intensidad, cambiando de posición para ponerla de lado. Le levantó una pierna y siguió penetrándola profundo, mirándola a la cara mientras lo hacían.
Mariela tenía los ojos entrecerrados de placer y borrachera.
—Bésame… —pidió.
Se besaron con lengua, de forma desesperada y ebria, mientras Kadel seguía bombeando dentro de ella sin parar.
—Estoy a punto de venirme… —gimió Mariela—. No te saques… quiero que te vengas adentro… llename toda…
Kadel aceleró el ritmo, follándola con fuerza hasta que no aguantó más. Con un gruñido bajo se corrió profundamente dentro de su coño, soltando chorros calientes de semen. Mariela tembló con fuerza, corriéndose al mismo tiempo, apretando su verga con su concha mientras gemía contra su boca.
Se quedaron abrazados, sudados, jadeando y todavía borrachos.
Mariela le acarició la cara y susurró con una sonrisa satisfecha:
—Esto ya se nos está saliendo de las manos… pero no quiero que pare.
Kadel solo sonrió y la besó de nuevo.
La noche, una vez más, había terminado con ellos dos enredados en secreto.