Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.
Fines de Abril y principio de Mayo en el hemisferio sur, el verano ya se fue aunque todavía deja algunos coletazos de buenas temperaturas. Una tarde primaveral y una noche demasiado fría (solo 6 grados centígrados).
Primeros fríos, y gripe asegurada. Después de una semana de cama con analgésicos y algún antibiótico para evitar males peores, me voy reponiendo; el zorro pierde el pelo pero no las mañas. Tengo ganas de salir a tomar algo y si es posible con buena compañía.
Miro el celular y la mayoría de los y las integrantes de los grupos están igual que yo: engripados. ¿Qué hago? Entro a mi viejo y fiel amigo Facebook. Observo quienes están en línea: dos de Buenos Aires (algo lejos para una escapada) y tres de mi ciudad.
Cruzo algunas frases como para no ir directo al punto, de paso saber quién está disponible ahora. Los porteños me invitan para el próximo fin de semana XXL (1 al 4 de Mayo) a pasar unos días por allá, pero yo quiero acción esta noche: agradezco y los saludo. Entonces hago foco en los tres de mi gélida ciudad.
Dos mujeres (Andrea y Trini) y un varón (Luchito, eterno vago). Tras los saludos de rigor, Trini me cuenta que empezó a salir con un muchacho (56 años el muchacho) y que lo estaba esperando para ir a tomar un par de tragos a un nuevo bar temático que abrió en la ciudad, me invita a acompañarlos pero no quiero jugar de “violinista”… Agradezco y me despido hasta otro momento. Luchito acaba de llegar de su turno de paddle, algo agotado y adolorido por unos pelotazos que recibió, abrió el Face mientras cenaba y después de ello piensa darse una ducha de agua bien caliente y una aplicación furiosa de crema para golpes (opción dos, caída). Lo gasto un poco por su flojera y combinamos para ir a tomar algo el sábado por la noche.
Solo queda Andrea. Ya ha sido protagonista de otro relato y si lo leen, sabrán que fui amante de su difunta madre (mi primer madura) y con ella hubo algo durante la pandemia. Se sorprendió por mis saludos y entablamos una rápida charla.
Me contó que había vendido la casa de sus padres, y aprovechando esos ingresos se había mudado recientemente a un departamento bastante céntrico. Seguía sola, como es su costumbre pues solo tiene relaciones muy livianas y poco duraderas, y se estaba acostumbrando a su nuevo domicilio. “Es un edificio de gente tranquila, bastante mayor, y ocupo un departamento muy cómodo del último piso” me comentaba mientras trataba de iniciar un video llamado. “¿te lo muestro?” me dijo en el intento de comunicación. “Dale” le respondí. Obvio que estaba usando su celular, y no la compu como yo.
La imagen se amplió y pude ver un living cómodo con dos sillones, una cocina comedor algo pequeña, evitó una puerta que supuse sería el baño y abriendo la última: una habitación amplia, con una cama de dos o dos y media plazas, alfombrada, con una luz amarilla algo tenue. “Muy piola para una mujer sola, cerca de varios negocios que hacen entregas a domicilio (tiene menos cocina que ESPN), cuatro pisos y tres departamentos por cada uno, por ahora no tengo vecinos al lado, solo dos abajo” comentó mientras cambiaba la orientación de la cámara y se apuntaba al rostro.
“Te felicito por la nueva adquisición” le dije mientras fijaba la vista en la imagen. Se notaba que estaba con pocas ropas, casi a punto de acostarse. “Creo que te escribí en mal momento, te estabas por ir a dormir” mencioné. “No, para nada. Una vez que me meto al depto., me pongo cómoda. Si me hubieses escrito a las 19 horas, me hubieras visto igual: solo con remera larga y descalza, la calefacción central es muy buena y vivo medio en bolas cuando ya no pienso salir a la calle, además ¿qué vas a ver que ya no hayas visto?” cerró la frase y lanzó una carcajada.
Estuvimos charlando un buen rato, me contó de la venta de la casa de sus padres, de la compra de su nuevo departamento, de lo que le costó dejar vacía la casa familiar, las mudanzas, sus últimas andanzas y de lo fría que se había vuelto la relación con sus amigas de la infancia. Natalia se casó y se fue a Israel (es judía), los choques con mi hermana menor y el desencanto con Virginia. “Esto da para un par de horas de charla ¿te venís a bulín?, mañana no trabajo, pero traete algo para tomar, que acá todavía no hay nada, solo vasos” dijo de repente. La propuesta me sorprendió un poco pero acepté, le conté que tenía una botella de ron, una gaseosa cola y algunos limones, si aceptaba unos “Cuba Libre” no había problemas. “dale, venite que te espero” me pasó la dirección y cortó la llamada.
Me puse un jean, una remera y una campera, agarré las dos botellas, los tres limones, los metí en una bolsa, me pedí un UBER y me fui para su departamento. Unos 25 minutos después tocaba timbre en el portero eléctrico y esperaba que la puerta se abriera. “Ya bajo, después de las 20 cierran con llaves y no dejan que abras a nadie” sonó la voz metálica.
Cinco minutos después, se apareció en el hall de ingreso, con una bata larga color blanca, en chinelas. Metió la mano en un bolsillo, sacó las llaves, abrió la puerta y me dio paso. Cerró la puerta y me abrazó dándome un par de besos. Se adelantó y presionó el botón del ascensor que se abrió de inmediato. Ingresamos y dándome la espalda presionó el botón del 4to piso. Zorra vieja, sabía que le iba a mirar el culo, lo acomodó para darme una mejor imagen. Charla brevísima en el recorrido y pronto ingreso a su departamento. Hacía un calor terrible ahí adentro, apenas crucé la puerta le extendí la bolsa con las bebidas y me quité la campera. La colgué en un perchero y me senté en el comodísimo sillón doble del living mientras ella dejó la bolsa en una mesita del sector y caminaba rumbo a la cocina en busca de vasos. Volvió, se sentó a mi lado, dejando que la bata se abriera un poco entre sus piernas blancas, tomó las botellas, las destapó y sirvió la primera ronda.
“¿no sabés lo que me hizo Virginia?” empezó la charla mientras bebía el primer sorbo. “Recordarás que se instaló en casa a cuidar a mi viejo después que murió mi madre. Se volvió amante de mi viejo, lo atendía en todo sentido y estuvo a nada de casarse con él para heredar la casa. Una hija de puta.” Se despachó. “no te puedo creer, tan santita que parecía…” le respondí.
Andrea: lo fue enroscando, se hacía mantener por él y se quedaba continuamente en casa. Una yegua
Alejo: ¿cómo te diste cuenta?
Andrea: revisando papeles en la casa de mi viejo, encontré algo escrito y el pedido de turno en el Registro Civil. Un mes más y me dormía la yegua
Alejo: y pensar que vos me dijiste que ibas a arreglar un trio con ella, la última vez que nos vimos.
Andrea: ella estaba estirando los tiempos para que legalmente se transformara en heredera directa. Qué boluda que fui.
Cuando dijo esto, dejó el vaso en la mesa y se cubrió el rostro para empezar a llorar, de manera amarga, su gran amiga la había traicionado.
Se recompuso un poco tras dejar escapar esa angustia acumulada, y una vez más me volví el paño de lágrimas de alguien. Se secó un poco las lágrimas, se acercó y se acurrucó a mi lado, siguiendo con la descarga verbal.
Andrea: ya había conseguido un poder para la venta de la casa, y ser quien recibiera el dinero de la venta. La enfermedad de papá y su pronto fallecimiento no le dio tiempo. Solo pudo quedarse con el auto de él, que estaba a nombre de los dos y yo jamás imaginé que era por eso. Supuse que lo hacía para poder manejarlo si mi viejo no estaba bien.
Virginia, la mosquita muerta de tantos años, se había despabilado y estaba sacando tajada de la confianza de Andrea.
Andrea: mirá que yo soy una puta de mierda. Cagué a mi marido, lo corneé con cuanto pendejo se me ocurrió mientras él laburaba, puse los colectivos a mi nombre y lo dejé en pelotas cuando me engancho encamada con aquel pendejo, pero ella traicionó la confianza de la familia.
Llenó nuevamente su vaso y bebió la mitad de un solo trago. Era más que obvio que necesitaba descargarse y contar con alguien mayor que ella la ayudó.
Andrea: yo, una puta regalada, caí en la trampa de la mosquita muerta. Si hasta me hizo probar ser una tortillera (lesbiana), con tal de no quedar afuera de toda la herencia.
Se aferró a mí y descargó toda su angustia. No necesitoexplicarles que ya sabía cómo terminaría esta mezcla de angustia eliminada y bebidas con alcohol. Me abrazó con fuerza y sin mediar palabras se entregó: me miró a los ojos, se aproximó a mi boca y de manera desesperada me besó, manejando todo el momento. Se trepó a mí, abrió la bata y me hizo sentir su piel caliente, sus pechos algo crecidos (¿se había operado?) y me hizo recostar en el sillón.
Andrea: muchas veces te estuve por llamar e invitarte a casa, siento que con vos puedo hablar, descargarme y coger sin rechazos. Me tocaste por primera vez como mujer, fuiste el macho de mi madre y jamás dijiste nada, todo un caballero.
Alejo: Andre, estás enojada y querés vengarte. Tranquila.
Andrea: jamás dejé de recordar cómo me tocabas, como me hacías sentir y cuando supe lo de Antonia, entendí que eras el indicado para descargarme.
Alejo: si querés me quedo, pero prométeme que vas a calmarte un poco.
Andrea: sos el hermano que no tuve y el macho que me hizo gozar por primera vez. Quedate y volve a hacerme gozar como aquellas veces. ¿Si?
Alejo: ¿solo querés sacarte las ganas y la bronca? No me necesitas para eso
Andrea: quiero alguien que me abrace, que me conozca y sepa cómo hacerme feliz, al menos por una noche…
Era una invitación interesante, pero sabía que había algo más detrás de ese ofrecimiento. A sus 52 años se cuidaba mucho, casi no los aparentaba. Si se le notaba que había horas de gimnasio, pero nadie puede derrotar al tiempo. Nos volvimos a besar, más tranquilamente, acompañando los besos con caricias suaves: ella jugaba con mi pelo y yo hacía lo propio y deslizaba una de mis manos por su espalda aún cubierta por la bata, hasta el nacimiento de la curva de su culo, que apretaba de tanto en tanto.
“Sabés bien lo que me gusta recibir, conoces cada reacción de mi cuerpo, y eso me vuelve loca. No sos un pendejo que trata de ponerme en 4 y mandarla adentro, bombear hasta llenarme de leche y dejarme ahí, tendida en la cama después de un buen polvo. Por eso pienso en vos cada vez que me siento caliente” murmuraba mientras se acomodaba de lado.
Lentamente, le fui corriendo la bata hacia atrás dejando a la vista esa típica remera desgastada que usaba para dormir que apenas le cubria la cola y permitía ver que tal su costumbre usaba tanga, que se iba perdiendo dentro de los cachetes, dejando un triángulo en el nacimiento de la zanja. Aquellos cachetes que antes eran firmes y redondos, hoy eran algo más blandos, con algunas estrías pero bien formados. No se parecían en nada a las amplísimas cachas de su madre, pero sí tenían ambas una cintura justa para afirmarse y apretarlas cuando hacía desfilar a verga por desde el culo a la raja, esparciendo jugos que lubricaran la zona.
“Vamos a la cama, que el jean tuyo me incomoda y tengo ganas de sentir esa verga traviesa. No me dijiste nada de mis tetas nuevas ¿te gustan? Me las operé hace unos meses, no las agrandé mucho, más bien las hice poner más firmes y paraditas, estaban bastante caídas y mostraban que ya habían pasado muchas bocas y lenguas por ahí” contó mientras se sentaba en la cama y se quitaba la remera, quedando solo con la tanga rosa pálido que se volvía oscura por la humedad que estaba despidiendo.
Indudablemente se cuidaba mucho y sabía que depilarse regularmente era necesario para estar lista para la acción. A diferencia de la última vez, había dejado una hilera de vellos cortos sobre la raja, un cavado profundo para eliminar los vellos del culo que permitían observar ese hoyo ligeramente amarronado, experimentado y bastante prieto.
Arrojó la remera a una silla que había al costado de la cama, se ubicó en el centro de la cama y flexionó las piernas, en clara invitación a invadir la zona. Los labios vaginales de escapaban del triángulo de tela, que solo escondía el clítoris, ya brillaban, por lo que no costaría nada que se empapara totalmente. Las tetas se mantenían paradas, sin caer a los lados, con los pezones puntiagudos apuntando al techo y los brazos abiertos invitándome a subirme a su cuerpo.
Antes de desnudarme, encendí la luz de la mesa de noche y apagué la luz principal. El ambiente estaba muy bueno, pero tuve una sorpresa más: accionó un pequeño control remoto y en la cabecera de la cama se encendió una tira de luces led rojas, verdes y azules de baja intensidad.
“tengo mi propia habitación de telo, era un gusto que quería darme y sorprendió al instalador” dijo mientras dejaba el control en la mesa de noche y apagaba el velador.
Si antes el ambiente era muy bueno, ahora se había transformado en ideal. Terminé de quitarme la ropa y me fui acercando desde los pies de la cama hacia el centro, subiendo sobre su cuerpo, abriéndole más las piernas y pasando mi lengua desde el elástico de la tanga hacia su cuello. Me detuve en cada una de las tetas: besando primero una y luego la otra, chupando fuertemente y coronando con mordiscos en los pezones. Brotaron los primeros gemidos de sus labios, demostrando que aquello le causaba placer (tal y como lo recordaba). “Uff, cuánto hacía que no me mamaban así las tetas, cuánto me gusta y que bien se siente…”decía mientras seguía recibiendo el tratamiento. “Si seguís así, voy a acabar antes que me comas la concha y me metas la verga” murmuró entre gemidos.
Aquel cuerpo de 1,65, temblaba y se sacudía, sus manos luchaban entre quitarme del lugar y aprisionarme para que no me separara. A duras penas pude bajar una de mis manos y tirar del elástico hacia arriba para encajarle bien adentro la tanga entre los labios vaginales. “Si negrito, enterrame la tanga en la concha y pasa tus dedos por los labios hasta hacerme acabar, dale, dale…” pidió desesperada y le hice caso. Con la tanga metida por completo en la raja, le filtré dos dedos para hacerle una buena paja mientras terminaba de comerle las tetas. Tensó su cuerpo por completo, lanzó un pequeño aullido y despachó líquidos de manera brutal, llegando a un orgasmo profundo que mantuvo por unos 30 o 40 segundos, para después aflojarse por completo. Llevó su mano izquierda a la entrepierna, apretó mis dedos dentro suyo y retiró la tanga a un costado. ¿Cuánto tiempo pasó desde que nos acostamos? ¿15 minutos máximo? Y ella ya había tenido su primer orgasmo, estaba rendida y yo con ganas de más, ya que solo me había dedicado a satisfacerla sin siquiera penetrarla.
Tardó unos 10 minutos en reponerse, me hizo un lugar a su lado y nos recostamos en el lecho. Cada tanto ella suspiraba y extendía una de sus manos para acariciarme a modo de agradecimiento.
Andrea: qué buen polvo me diste, por eso quiero que vengas más seguido a casa. Sabés como hacerme feliz.
Alejo: pero yo también quiero un buen tratamiento, creo que me lo merezco
Andrea: obvio, por eso esta noche no te voy a dejar irte. Vas a quedarte.
Se giró y me abrazó, dejando su cabeza sobre mi pecho. Necesitaba descansar un poco y lo entendí, pero pensaba tener algo a cambio, solo debía esperar el momento para conseguirlo.
Pasamos unos 40 minutos así, abrazados y tendidos en la cama. Andrea se despegó un poco y se dispuso a levantarse.
Alejo: ¿A dónde vas?
Andrea: a ducharme y traer algo para tomar
Alejo: ¿ducharte? ¿por?
Andrea: tengo pegoteada la concha con la acabada
Alejo: me gustan las conchas con perfume propio. No tenes que lavarte
Andrea: no seas cerdo, me siento sucia
Alejo: trae el ron que yo te lavo.
Se encaminó al living, donde habíamos dejado las bebidas, las agarró y pasó por la cocina a buscar un par de hielos. Dejó los vasos sobre un mueble que estaba de mi lado de la cama, ubicó la botella de gaseosa y se acercó a mí extendiendo la botella del ron. Agarré la botella con una mano y con la otra la tomé a ella por un brazo y la tumbé en la cama: me arrodillé en el colchón, destapé la botella e inclinándola apenas, dejé caer unas gotas sobre las tetas de Andrea. Me agaché y capturé la bebida que le recorría la zona con mis labios mientras aprovechaba a comerle apenas los pechos.
“Se siente agradable, que me comas las tetas y te tomes el ron, poneme un poquito más que me gusta…” dijo entre risas por las cosquillas que sentía.
Le hice caso, pero primero me ubiqué entre las piernas, y dejé caer un poco más de licor. El punto es que éste cayó camino a su raja, bajando por el vientre y antes que llegara al colchón pasé la lengua por la raja y subí buscando el resto de la bebida que había quedado en el ombligo.
“guau!! Qué bueno es eso… quiero más…” pidió y ya ella fue la que dejó caer el líquido. Tumbado en la cama, fui bebiendo lo que caía aunque no podía alcanzar todo, y algo rodó por la raja al interior de la concha, produciéndole un poco de ardor. “Ahhh!!!! Me arde, pero me gusta sentir tu lengua” murmuró mientras vertía un poco más de ron. Me dediqué a chuparle la concha de manera intensa, dejó de regársela con la bebida y se dedicó a moverse permitiendo que entrara casi por completo mi lengua en su concha, sus fluídos volvían a correr como un torrente y aproveché a esparcirlos por su culo. Cuando sintió mi dedo presionar sobre el anillo, levantó las caderas y me hizo más sencillo el trabajo. Ya el dedo entraba y salía con facilidad, la dilatación estaba confirmada.
“Como la última vez en casa de mis padres, lléname el culo de leche, no pienso atarte, quiero disfrutarte” dijo mientras se giraba y tras quedar boca abajo, levantó el culo en pompa. “Es todo tuyo, llénalo bien y déjame la leche adentro” murmuró mientras sentía que la verga le iba entrando de a poco. Cuando sintió el choque de mis huevos con sus nalgas, aceleró los movimientos, bajó la cabeza a la almohada y ahogaba los gemidos intensos que brotaban ante cada embestida.
Apretó bien el culo cuando el primer chorro salió disparado de la verga, reteniéndome adentro hasta que ya no hubo más descargas. Se dejó caer, aun ensartada y mi peso la aplastó totalmente. Nos quedamos quietos hasta que la verga bajó de tamaño y salió por sus propios medios.
“Ahora si necesito ducharme y vos también, vamos…” dijo mientras me tomaba de la mano y me llevaba al baño. Nos metimos en la ducha, nos enjabonamos y limpiamos uno al otro, la leche caía del culo de Andrea y resbalando por sus piernas terminaba en el desagüe.
Nos secamos un poco y volvimos a la habitación, abrió un placard y tomó un juego de sábanas limpias, reemplazó las sucias y volvimos a acostarnos. Dormimos hasta el amanecer, cerca de las 8 de la mañana, sonó el portero. Se levantó y atendió desnuda, tal como estaba. Apenas habló unos minutos y volvió al lecho: “era un alumno que quería una clase extra, le dije que no me sentía bien, que vuelva mañana. Todavía falta que me llenes la concha de leche y si no lo hacés, de acá no te vas” dijo mientras me montaba.
No tiene mucha razón de ser describir lo ocurrido entre las 8:30 y las 9 de la mañana, basta con decir que fue un polvo rápido, con una buena cabalgata de parte de ella. De más está decir que para un par de adultos que superan los 50 años, la intensidad es poca, la satisfacción de cumplir con el otro no siempre se cumple, pero acabar casi al mismo tiempo es interesante.
Nos vestimos y desayunamos juntos, hablando de todo un poco. Cuando llegó la hora de la despedida hubo un momento importante.
“Mirá negrito, soy muy caliente y necesito actividad seguido, pero también es cierto que hasta ahora no encontré quien me haga sentir placer y satisfacción como me paso con vos. Las puertas de mi casa siempre estarán abiertas y mi cama lista para recibirte, pero sin obligaciones. Prometo cuidarme y estar preparada para recibirte cuando quieras, si no fuésemos tan amigos y cómplices, te pediría que fueses mi pareja” comentó muy seria.
“Andre, tampoco yo puedo prometerte fidelidad y lo sabes, pero cada vez que tengamos ganas, nos llamamos y organizamos una buena noche ¿te parece?” le respondí.
“Claro que sí, lo único que te pido es que me avises algunos días antes para prepararme para vos y que te guardes una buena cantidad de leche para mi ¿si?” dijo antes de abrazarme y despedirme con un beso intenso y caliente.
Le respondí con caricias a su entrepierna y apretones en las tetas, que agradeció con una sonrisa.
Ingresé al ascensor, presioné el botón de la planta baja y le arrojé un beso antes de que la puerta se cerrara. Cuando estaba a la altura del portero eléctrico sentí su voz: “No tardes mucho en llamarme y volver a verme” escuché mientras abandonaba el portal.
El viento fresco golpeo mi rostro, el sol parecía no tener fuerza para calentar, pero ya demasiada calentura había tenido en las últimas horas. Llamé un taxi y volví a casa, Empecé a ordenar lo que había dejado fuera de lugar, mientras recordaba lo sucedido. Andrea era un imán a la hora de encamarse, diría que casi una experta: tranquilamente podría haber sido escort y facturar muy buenas sumas, pero prefería ser una puta selectiva.
Pasaron dos días, y siendo 28 de abril, sonó mi celular con un mensaje: “¿festejamos juntos el Día del Trabajador’ (1 de Mayo)?” decía el mensaje de Andrea. “Sé que cocinas muy bien, decime que llevar y me cocinas algo rico. Yo te llevo un buen postre…” un par de fueguitos y unos emojis de mujer babeando remataban el texto.
“Por supuesto, yo cocino, trae el vino y el postre, del resto me encargo yo” respondí. Un par de deditos aprobando cerraron el contacto. Desde ese momento, me dediqué a buscar que cocinar y por sobre todo preparar el terreno para después de la cena, pero eso es otra historia.
Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.
Saludos,
Alejo Sallago – [email protected]