Quería fundirme en su piel como el hierro, transitar en el laberinto de su mirada profunda y oscura repleta de más demonios que el mismísimo infierno. Pero no me importaba, él era mi Dios y yo quería, debía adorarlo.

El calor de la chimenea abrazaba el ambiente, la luz del fuego recorría cada rincón de la sala como un atardecer de esos que anuncian tormentas, y la lluvia, esa que cae como un manto de seda en la oscuridad de la noche, eran una sinfonía perfecta. Allí, sentado en el sillón estaba él, el hombre que provoco colisiones en mi universo, mirando cada parte de mi cuerpo como un tesoro a punto de conquistar. Desnuda frente a sus ojos, contemplo su cabello enmarañado, su pecho desnudo y su pantalón de pijama que revela la ausencia de ropa interior. Sus bazos reposan tranquilamente en los brazos del sillón y yo, yo decido iniciar mi ritual.

Le amo, le amo con una fuerza que supera al mismo creador del mundo y que ahora es destronado por un ser de su creación. Tomo su mano y lo invito a ponerse de pie junto a mí, observo sus manos, acaricio cada milímetro de ellas y las venas que revelan el palpitar de su corazón. Las beso con suavidad, con ternura. Subo lentamente por sus brazos, contemplando su fuerza, su hermoso color.

Dentro de mi todo se transforma, se mueve, como una energía que transmuta cada espacio de mi cuerpo, mi mente cae en un letargo de deseo y apertura a un mundo que no retorno. Mis manos viajan suavemente por su cuerpo al igual que mis labios. Cada detalle de su hermoso ser me inunda, me conmueve hasta las lágrimas. Su perfecta creación me derrite y me hace amarlo más de lo que puedo soportar. Su piel a mi sutil contacto se estremece y el palpitar en su pecho se acentúa. Le rodeo con vehemencia, con anhelo, con deseo profundo de hacerlo parte de mi para siempre. El calor del fuego abraza nuestros cuerpos mientras el ruido de la lluvia nos aleja de la realidad.

Me pierdo en su mirada mientras desciendo lentamente hasta que mis rodillas tocan el suelo acolchonado por la alfombra. Mientras lo miro, tomo nuevamente su mano para besarla y adorarla, mientras su otra acaricia mi mejilla con cariño. Me inclino para besar sus pies y frotar mi rostro en ellos como un gato brindando cariño a su dueño. Me abrazo a sus piernas como un desahuciado a la vida y noto como su erección se levanta imponente sobre mis ojos. Con suavidad, lo despojo de su pantalón y beso cada centímetro de sus piernas, lamo sus rodillas, sus muslos. Paso por el vello de su miembro besando y lamiendo su delicada piel y cada vena que se brota en su pelvis, hasta llegar a su pecho. Su corazón late al compás con el mío y con el amor que se derrama de mí, beso su cuello, sus labios, sus mejillas sonrojadas. Sus ojos. Cada gota se su esencia impregnada en su piel es una droga que provoca implosiones en mi cuerpo, en mi mente.

Me arrodillo a la altura de su sexo erecto y beso casa centímetro de su verga dura. Su glande perfecto y hermosamente lubricado por sus fluidos son una elegante invitación al contacto con mi lengua húmeda. Recorro desde su base hasta la punta con mi lengua sin dejar de perderme en sus hermosos ojos color café, sin dejar de suplicarle con la mirada que me permita entregarme; más que en cuerpo, con toda el alma.

Lamo en círculos la cabeza de su pene con suavidad hasta que sus fluidos se mezclan con mi saliva y un hermoso hilo de estas une mi boca con el placer de su erección. Abro mi boca sin dejar que mi saliva se aparte de su miembro y él entiende lo que quiero; escupe al fondo de mi garganta y luego trago hasta sentir el palpitar de su verga hasta el fondo de mi tráquea, y una tormenta de saliva inunda mi boca acolchando las suaves embestidas al follar mi boca. Dejo de tragarme de su verga para incorporarme y besar sus labios con hambre, con pasión, con el amor enfermo que me creo. Busco su lengua para succionar su ser, sus miedos, su dolor, mientras atrapo su sexo entre mi vagina lubricada y con movimientos lentos rozo la entrada y mi clítoris como una caricia prohibida. Sus manos se aferran a mis nalgas en un acto de deseo absoluto y me empuja hacia él como pidiendo más.

Mientras nuestras lenguas luchan entre sí, me monta en su cintura apoyándome contra la pared y con un ansia brutal, me deja caer sobre su verga hinchada hasta tocar el fondo de mi útero. Mientras me aferro a su cuello, mis tetas rebotan rozando su pecho con mis pezones erectos y sus manos abren mis nalgas rozando así con sus dedos la entrada de mi sexo y mi culo, que ya siente las ganas de ser profanado. Su mirada emana lujuria, morbo, deseos antes vividos que me alcanzan y se cuelan en mi ser como una mancha negra que nubla mi mente.

Mientras me embiste como un animal, mi mente fabrica cada lujuria de un pasado que no es mío, pero me persigue. La epifanía de mis deseos más fuertes se proyecta en mi cuerpo en una realidad, que, alterada por mi mente, me lleva a experimentar sensaciones que desconocí hasta ese momento. Unas manos que no son las suyas viajan por mi cuerpo, amasando mis tetas y pellizcando mis pezones, susurrando palabras que no comprendo en mi oído pero que encienden un deseo prohibido. Mi piel se estremece al contacto de sus dedos en mi ano, que en círculos lo prepara para ser penetrado. Mi mente es un huracán de recuerdos, visiones, y unas ganas que viven como un ser a punto de despertar. ¿Es un sueño o una realidad?, no lo sé.

Mientras mi cuerpo es objeto de dos hombres que se alimentan de mi deseo, un tercero entra en el juego. Suspendida en los brazos del ser que amo y de un fantasma creado por mis perversos deseos, una mujer se hace presente. Su cabello rizado como el mío es un poema, sus senos grandes y caderas anchas son un banquete que me invitan a tocar cada milímetro de su cuerpo grueso y carnudo. Tiene una piel blanca y unas piernas gruesas y hermosas. Mientras ambos me penetran hasta juntar sus vergas en mi interior, ella se acerca para besarme y atrapar mi lengua en su boca caliente.

Los ojos del hombre que amo me atraviesan de deseo, y me invita a jugar con ella. Ambos sentados nos observan y se masturban a la par mientras acaricio el cuerpo suave de esa bella mujer. Sus manos palpan mis tetas y siento el roce de su lengua en mis pezones succionando con fuerza. Tomo su rostro en mis manos y devoro su boca transportándome a mi infancia, donde en juegos de niñas besé por primera vez una mujer.

El roce de su vello vaginal con el mío me impregna de su humedad mientras meto mi lengua hasta el fondo de su garganta y ella responde con lo mismo. Sus ricas tetas se acaricias con las mías y sus manos aprietan mi culo enterrándome las uñas. Abro mis ojos para contemplar a los dos hombres que nos miran excitados, apretando las vergas en sus manos que marcan las venas hasta sus brazos y esa visión me hace desfallecer. Mi mente se eleva y despierta sensaciones en mi cuerpo, y mientras la beso un velo de recuerdos atraviesa mi mente. Las caricias de su boca descienden por mi cuello humedeciendo la trayectoria con su lengua hasta mi clítoris. El calor de su aliento me genera una corriente que viaja por mi vientre y siento el pecho de uno de ellos en mi espalda, ella me mira con deseo y él, con sus manos, abre los labios de mi vagina exponiendo para ella mi clítoris nervioso. – Abre las piernas, preciosa-, me indica mi Dios, mientras siento como su verga se clava en mi culo suavemente hasta el fondo. Los movimientos de su pelvis son lentos pero contundentes, y ella de rodillas, lame y succiona mi cada parte de mi vagina como un helado que chorrea fluidos y que disfruta como la zorra que es. El extraño se acomoda debajo de ella para satisfacer su sexo húmedo y baboso; mientras alimenta sus deseos con mi vagina, masturba con una mano la verga de aquel extraño que arranca de su ser gemidos que vibran en mi cuerpo y que las embestidas de mi Dios me unen a ella en gritos de placer y lagrimas que no puedo contener.

Su lengua juega dentro de mi vagina como una víbora en mis entrañas, y llego en su boca a la par que mi Dios me llena el culo de leche caliente entre gemidos que me roban el alma. Su boca se llena en una combinación de jugos que corre por su cuello y sus senos, y termina junto con su propio orgasmo en la boca de ese hombre que le ha arrancado las ansias con la lengua en su sexo ardiente.

Con el hambre al flor de piel, me alejo de los brazos de mi Dios para acomodarme entre las piernas de esa mujer rica y carnosa, el olor de su vagina llena de fluidos es un néctar que nutre mis más profundos sentidos. Lamo con ansias su babosa hendidura, tragando cada gota de nuestros orgasmos. Dibujo sutiles círculos en su clítoris provocando jadeos que pronto son apagados por la verga del extraño que se zambulle sin compasión en su boca, cortando su respiración y gotas de su saliva salpican mi cara mientras me hundo en su sexo y chupo como una enferma los labios de su sexo hinchado. Su clítoris erecto palpita en mi lengua y yo succiono como si de la verga de mi Dios se tratara. Su saliva moja mi cara mezclada con los fluidos seminales del extraño que después de varias embestidas, se derrama en su boca como una bestia entre jadeos cortantes, y yo, me uno a recibir en mi cara y en mi boca el semen caliente de su sexo hinchado. Mi Dios me observa orgulloso desde el sillón, y ella lame de mi cara el semen que me baña; luego hago lo mismo en la suya.

Vuelvo a una realidad que desconozco y el manto de su pasado lujurioso se disipa con el calor de la chimenea. Sus ojos me detallan con picara curiosidad y yo a sus pies, beso sus manos en el único acto de amor desmedido que mi hermosa pero dolorosa epifanía me permitió tener.