Tatiana era demasiada mujer para él. Era como si un mortal cualquiera se hubiera mandado a vivir con una diosa. Sentía que estaba en un sueño del que, tarde o temprano, alguien lo iba a despertar de un sacudón. Esa sensación constante de estar viviendo una realidad que no le calzaba, que le quedaba grande.
Con esa idea fija pasaron los diez años que compartió con su mujer, esa rubia preciosa e infiel.
Tatiana era de esas mujeres que, cuando caminan, logran que todo el mundo se dé vuelta para verla pasar. Una mina imponente, de un metro setenta y cinco, con una melena platinada y lacia que terminaba en una colita de pelo tan impecable como sensual. El magnetismo de Tatiana se resumía en esos ojazos claros, enormes y expresivos; cuando te miraba fijo, te desarmaba. No había forma de decirle que no a nada. Con una sola mirada ya te sentía su esclavo, su súbdito, el bufón de su corte.
Y después, claro, venía la artillería pesada. Tenía un cuerpo atlético y súper tonificado, un físico que era pura potencia y seguridad. Pero Tatiana no tenía culpas, ni responsabilidades… y mucho menos remordimientos. Ese cuerpo era su templo y su herramienta de laburo: se notaba que pasaba horas entrenando, que se conocía cada músculo y que no dejaba nada librado al azar. Se movía con la soltura de quien sabe exactamente el efecto que provoca en el resto, manejando el deseo como si fuera una experta que no tiene tiempo para andar con vueltas.
Tatiana tenía una delantera que era, literalmente, la envidia de cualquiera. Se vivía quejando del dolor de espalda; decía que tener esas lolas tan grandes, redondas y firmes no la ayudaba para nada en el día a día. A veces la anatomía te juega una mala pasada: lo que para algunos es un deleite visual, para ella era un flor de martirio.
Las curvas, las caderas y la silueta de Tatiana en general eran una verdadera locura. Con unas caderas generosas y una cintura de esas que parecen dibujadas, la mina tenía una genética privilegiada. Se podía clavar un ojo de bife con fritas y guarnición, pero el vientre siempre le quedaba plano, impecable. Una auténtica maravilla de la naturaleza.
Y después estaba su personalidad. Tatiana era pura chispa: extrovertida, simpática, de esas personas que entran por los ojos pero te terminan de ganar con el trato. Era una experta en el manejo de la gente; allá donde iba, se movía con una soltura envidiable, haciendo amigos en cada esquina y, de paso, rompiendo unos cuantos corazones sin siquiera esforzarse. Tenía ese imán natural de los que saben exactamente qué decir y cómo mirar para dejar a todos recalculando.
Y sin embargo, cada día de su vida, Mauro se preguntaba cómo carajo ese regalo del cielo podía haberse enamorado de él. Él, un tipo con la cabeza rapada, lleno de tatuajes y anteojos grandes, que se sentía tan fuera de registro al lado de semejante monumento. Su única ambición, lo único que le quitaba el sueño, era hacerla feliz. Pero visto lo visto, estaba claro que no lo había logrado, que le había pifiado feo.
A las nueve de la noche, Tatiana le soltó el verso de siempre: le dijo que se iba a encontrar con Marga y Mila para tomar algo, porque supuestamente Laura estaba depre por un desengaño amoroso. Mauro la escuchaba y sentía un nudo en la panza; sabía perfectamente que la muy perra no había quedado con ninguna de ellas. Tenía la certeza absoluta de que se iba a ver con algún tipo.
Después de todas las pruebas que había ido juntando, de esos papelitos y mensajes que no cerraban, Mauro decidió que esa noche se terminaba la función. Iba a descubrir a esa infiel de una vez por todas. Después de tantos desplantes, de tantas decepciones acumuladas en los últimos meses, esa mina no se iba a volver a reír de él en su cara. Se acomodó los anteojos, se ajustó la campera ocultando sus brazos tatuados y se preparó para seguirla, decidido a romper ese sueño que se había vuelto una pesadilla.
Rafael Scalioni. El italiano.
Y, muy probablemente, el mayor hijo de puta que Mauro había cruzado en su vida. Un tipo peligroso, un pesado con contactos en todos lados: desde el mundo de la falopa hasta los boliches más turbios de la noche porteña y, lo peor de todo, metido hasta el cuello en la trata de personas.
Al principio, el tipo se vendía como un empresario común y corriente; un tipo serio, recto, de esos que gestionan empresas de servicios con mano de hierro y no dejan un cabo suelto. Pero detrás de esa fachada de «señor de experiencia» con camisas de marca y barba candado impecable, se escondía un auténtico depredador. Scalioni era un misógino de manual que odiaba a las mujeres; para él no eran más que objetos, carne para usar en sus instintos sexuales más bajos o piezas de ajedrez en sus negocios económicos.
«Rafael Scalioni» era el dueño de una multinacional que servía de pantalla para todo su quilombo ilegal. Un tipo que, bajo ese aire de galán maduro y elegante, escondía una oscuridad que a Mauro le ponía los pelos de punta. Ver a su mujer ahí, a metros de semejante basura, le hizo entender que esto no era una simple cañita al aire: Tatiana se estaba metiendo en la boca del lobo.
Tenía una empresa constructora radicada acá, en Buenos Aires, con las oficinas centrales en un piso altísimo de Puerto Madero y obras que se extendían por todo el corredor norte y el Gran Buenos Aires.
Al principio, cuando a las manos de su mujer llegó aquella propuesta de laburo sin que ella hubiera mandado ni un mísero currículum por LinkedIn, le pareció tan raro a ella como a él. Pero Tatiana, que además de ser una arquitecta con un ojo clínico era una fiera para la gestión de proyectos y la dirección de obra, le pegó una mirada a los números de la constructora de Scalioni y se dio cuenta de que era un quilombo. La empresa venía a la deriva, gestionada para atrás, y ella —con esa seguridad arrolladora que la caracterizaba— sintió que tenía todos los argumentos profesionales para enderezar el barco y poner la firma en proyectos en serio. Así que, frente a semejante desafío, no lo pensó dos veces y agarró viaje.
Aquella tarde, cuando Rafael la citó personalmente en su despacho de la Avenida del Libertador, frente a los bosques de Palermo, el italiano no se esperaba ni por asomo que esa rubia platinada, tan imponente y profesional, fuera a caer a la entrevista acompañada por su marido.
Ahí estaba Mauro, parado en medio de ese lujo de mármol y cuero, con su cabeza rapada, sus anteojos de marco grueso bien puestos y sus brazos tatuados asomando por las mangas de una camisa de diseño. Se sentía un bicho raro, un dandy del under metido en el búnker de la clase alta corporativa, pero no pensaba dejarla sola en esa fosa de leones.
Scalioni, impecable, su traje italiano hecho a medida y ese aire de tipo que es dueño de media ciudad, los recibió con una sonrisa de cortesía que no le llegaba a los ojos. En ese momento, Mauro no lo sabía, pero la mirada del empresario ya estaba escaneando a Tatiana; no le importaba su capacidad para calcular estructuras o presupuestos, lo único que veía era la próxima joya que pensaba sumar a su patrimonio, cueste lo que cueste.
Justo en el momento en que Scalioni se avivó de que esa mujeraza llegaba a la entrevista acompañada por Mauro, su cara de decepción y asco fue más que evidente. No pudo caretear el disgusto.
La imagen que el tipo encontró al abrir la puerta era una visión absoluta. Tatiana llegaba impecable: un conjunto de dos piezas con una falda negra, ajustada hasta las rodillas, que marcaba su figura tonificada. Arriba, una camisa blanca bien abotonada con solapa ancha y una chaquetita negra tipo torera que le calzaba justo. Era la combinación perfecta entre una arquitecta de elite y esa sensualidad natural que ella no podía (o no quería) ocultar.
Tatiana venía lista para desplegar toda una batería de propuestas, análisis de costos y posibilidades técnicas para reflotar la constructora. Pero saltaba a la vista que el italiano no la había citado precisamente para que le leyera un dossier de estructuras.
De una forma muy cortés, pero cargada de una confianza que a Mauro le revolvió las tripas, Scalioni se acercó a ella. Con sus manazas enormes le rodeó la cintura pequeña y le plantó dos besos en la cara, mientras le lanzaba una mirada sucia, turbia y completamente oscura. Después, agarró la silla y, con un caballerosismo berreta, la ayudó a sentarse.
A Mauro lo dejó ahí, tirado como un paquete, ignorándolo por completo como si fuera un extra invisible en su propia vida. Para Scalioni, el pibe de la cabeza rapada y los tatuajes simplemente no existía.
El italiano no le sacaba los ojos de encima. La observaba detenidamente mientras ella hablaba, compenetrada, absolutamente metida en su papel de profesional. Tatiana explicaba los planos y las reformas necesarias con una seriedad total, sin darse cuenta —o quizás ignorando a propósito— que Rafael Scalioni no estaba escuchando una sola palabra sobre hormigón o presupuestos; estaba contando los segundos para quedarse a solas con ella.
Mientras tanto, Mauro se quedaba ahí, como un invitado de piedra, masticando bronca mientras observaba lo que pasaba en esa mesa.
Posiblemente Tatiana también se estaba dando cuenta de la movida. Una mina como ella, con ese lomo y esa presencia, seguro estaba más que acostumbrada a este tipo de situaciones pajeras. Y sin embargo, la piba se la bancó con una altura envidiable, manejando todo de la forma más profesional posible.
Mauro la miraba maravillado. Era un espectáculo ver cómo esa mujer hacía todo un alarde técnico, explicando paso a paso cómo una constructora en ruinas podía terminar con superávit y las cuentas en orden. La pasión con la que describía cada reforma y cada movimiento financiero era contagiosa; tenía una forma de vender su laburo que era única, casi hipnótica.
Pero el italiano parecía aburrido. Scalioni estaba ahí como si estuviera cumpliendo un trámite pesado, apenas prestándole atención a lo que ella contaba. Abría el teléfono, chequeaba los chats de WhatsApp, miraba la pantalla y después la miraba a ella con una desgana que era un insulto.
A los cuatro minutos, el tipo empezó a teclear en el celular, como si estuviera arreglando algo con alguien, y después lo dejó sobre la mesa, boca abajo. No pasaron ni dos minutos cuando la puerta se abrió y aparecieron dos hombres vestidos con trajes oscuros.
Eran tipos con pinta de ser también europeos, quizá del sur o del este, con esas caras de pocos amigos que huelen a peligro desde lejos. Tipos duros, aguerridos, de esos que no te querés cruzar en un callejón, pero vestidos de punta en blanco.
Scalioni levantó la vista, acomodó su barba candado con un gesto lento y soltó con esa voz grave:
—Disculpá mi falta de cortesía.
—Sé que estas reuniones son bastante tediosas —arrancó Scalioni con ese tono de voz grave, casi pastoso—, y no pude evitar notar que tu marido se aburre un montón acá sentado. Por eso, me tomé la libertad de llamar a dos de mis empleados más leales, para que lo lleven a dar una vuelta y le muestren las oficinas, los proyectos y la maquinaria…
De repente, Tatiana le clavó a Mauro una mirada de extrañeza. Se le notaba en los ojos que algo no le cerraba.
A Mauro tampoco le cuadraba nada, sentía un frío en la nuca que no le gustaba ni un poco; pero antes de que pudiera decir «ni mu», los dos tipos se le pararon uno de cada lado y, con una cortesía que se sentía más como una orden, lo invitaron a levantarse. No le quedó otra que hacerse el que no pasaba nada para no armar un quilombo ahí mismo.
Así fue como Mauro abandonó el despacho, dejando a su esposa a solas con el italiano.
Los dos gorilas lo pasearon por toda la empresa. Le hablaban del ritmo de laburo, de los camiones, le mostraban cada mezcladora y cada grúa como si se estuvieran regodeando, contándole la vida y obra de cada fierro que tenían ahí. La sensación que tenía Mauro era que lo estaban recontra boludeando, estirando el tiempo como un chicle. Llevaban ya media hora de «tour» y, cuando Mauro finalmente se plantó y les dijo que se volvía para la oficina de Scalioni, los tipos lo frenaron en seco.
—Pero si todavía deben estar discutiendo números y porcentajes, pibe… No seas ansioso —le soltó uno, poniéndole una mano pesada en el hombro—. Si te parece, nos tomamos un whisky acá en la cafetería y seguro que en unos minutos ya terminan.
Mientras tanto, en el despacho de la Avenida del Libertador, la escena era un mundo aparte del tour de maquinaria que le estaban encajando a Mauro. Detrás de esas puertas dobles de madera maciza, el profesionalismo de la arquitecta se había ido al tacho en tiempo récord.
La ropa de Tatiana estaba desparramada por el suelo de parquet como si un huracán hubiera pasado por ahí: la chaquetita torera, la camisa blanca y esa falda negra que tanto le gustaba a su marido formaban un camino de seda y lana hasta el escritorio. Tatiana estaba ahí, solamente en tanga, luciendo ese cuerpo atlético y tonificado que era una obra de arte en sí misma.
Estaba de rodillas sobre la alfombra importada, entregada por completo a Rafael Scalioni. El italiano, con los pantalones bajos hasta los tobillos, se mantenía firme como un roble, disfrutando del poder que ejercía sobre ella. Tatiana le estaba regalando un sexo oral increíble, moviéndose con una soltura que dejaba claro que, debajo de esa fachada de seriedad, había una mujer que sabía perfectamente cómo jugar a fondo.
Se esforzaba por meterse en la boca ese pene enorme, gordo y carnoso, cruzado por venas que palpitaban con cada movimiento. Scalioni la miraba desde arriba con esa suficiencia del tipo que ya ganó la partida, pasando sus manos grandes por la melena platinada de ella, mientras el silencio del despacho solo se cortaba por los sonidos húmedos de la felación. Ella lo buscaba, se entregaba a ese morbo, devorándolo con una intensidad que Mauro, a unos metros de ahí y atrapado en una charla sin sentido sobre hormigón, no se hubiera podido imaginar ni en sus peores pesadillas.
Scalioni cerró los ojos y dejó escapar un suspiro ronco, casi un gruñido de satisfacción, mientras sentía el calor de la boca de la arquitecta. Con esa voz grave que mandaba en toda la empresa, le susurraba con un cinismo total:
—Sí, mi amor… chupá, chupá que es toda tuya…
En un movimiento lento, cargado de autoridad, Rafael se inclinó hacia adelante. Levantó una de sus manos pesadas y le plantó un chirlo seco en la cola, un golpe que resonó en el silencio del despacho y que hizo que la piel de Tatiana se pusiera roja al instante.
Ella, lejos de achicarse, redobló la apuesta. Su cabeza subía y bajaba rítmicamente, haciendo un esfuerzo casi sobrehumano por tragarse esa verga monstruosa, esa pieza de carne gorda y venosa que parecía no tener fin. Tatiana usaba sus dos manos para masturbarlo con una precisión técnica, apretando fuerte en la base mientras pasaba su lengua puntiaguda por todo el borde del glande, recorriendo cada relieve con una voracidad que era puro morbo.
Scalioni la miraba desde arriba, disfrutando de ver a esa mujer tan distinguida, la profesional que hacía diez minutos hablaba de presupuestos, ahora reducida a eso, entregada por completo al placer de complacerlo mientras el pobre de Mauro seguía afuera, siendo el último en enterarse de que su «regalo del cielo» tenía un hambre que él nunca iba a poder saciar.
El sonido húmedo del glup, glup, glup de Tatiana era lo único que cortaba el aire denso de la oficina. Estaba totalmente entregada, con los ojos bien abiertos y clavados en los de él mientras se atragantaba con esa fusta de carne.
Rafael, respirando agitado y sintiendo cómo la sangre le martilleaba en la sien, la agarró del pelo y le soltó con esa voz pastosa de tipo que sabe que tiene el control total:
—¿Te gusta mi pija, eh? ¿Te gusta?
Tatiana apenas pudo sacar la boca un segundo para tomar aire, con los labios brillando y la mirada perdida en el morbo de la situación.
—Sí… —susurró ella, casi sin aliento.
—¿Es más grande que la de tu marido? —preguntó Scalioni con una sonrisa de sobrador, sabiendo perfectamente la respuesta.
—Sí, es enorme… me encanta —contestó ella casi en un gemido, mientras bajaba las manos para masajearle los testículos con una suavidad que contrastaba con la violencia del encuentro.
Rafael no aguantó más el ritmo lento y le apoyó sus manazas sobre la nuca, hundiéndole los dedos en esa melena platinada para guiarla él mismo. Empezó a marcarle el paso, empujando con la cadera, haciendo que ella tuviera que abrir la garganta al máximo para recibirlo.
—¡Qué bien que peteás, por Dios! —exclamó Rafael, echando la cabeza hacia atrás mientras sentía el calor de la garganta de la arquitecta—. Las casadas son las mejores… ¡aaaaaaahhh!
Mauro, afuera, seguía atrapado en la charla de los matones, sin sospechar que en ese preciso instante, Tatiana estaba descubriendo dimensiones de placer que él, con todo su amor y su devoción, jamás le iba a poder dar.
Rafael, ya completamente sacado por el morbo de tener a esa mujer a sus pies, le agarró la cara y le dio una orden que no admitía discusión. Quería ver ese cuerpo atlético en todo su esplendor, usado para su propio placer.
—Ahora haceme una turca… quiero sentir esas tetas —le soltó con la voz ronca, mientras se acomodaba mejor en el sillón de cuero.
Tatiana no dudó ni un segundo. Se incorporó apenas un poco, lo suficiente para quedar frente a él, luciendo ese pecho que era su orgullo y, a la vez, su condena por los dolores de espalda. Con un gesto cargado de erotismo, se llenó la boca de saliva y se escupió las tetas, dejando que el brillo húmedo recorriera sus senos grandes, redondos y firmes.
Con sus propias manos, Tatiana se juntó las lolas, apretándolas con fuerza para crear un canal de carne tibia y suave. Rafael no esperó: agarró su verga monstruosa y empezó a pasarla entre medio de ese escote envidiable. El roce de la piel húmeda por la saliva contra el glande venoso hacía un sonido que volvía loco al italiano.
Ella lo miraba desde abajo, con la melena platinada algo revuelta y los labios entreabiertos, mientras masajeaba el miembro de Rafael con la presión justa de su pecho. Scalioni sentía que estaba en la gloria; ver cómo la arquitecta, la mujer de ese pibe que estaba afuera tomando un whisky barato, se esmeraba en lubricar su verga con su propio cuerpo, era el trofeo más grande que se había cobrado en años. Cada vez que el miembro de Rafael subía y bajaba entre sus pechos, ella soltaba un gemido sordo, disfrutando de la humillación y el placer de estar siendo usada por un tipo que realmente sabía cómo tomar lo que quería.
Rafael soltó una carcajada ronca, una risa de puro poder que retumbó en las paredes del despacho mientras seguía dándole con todo entre sus pechos.
—¿La estás pasando bien, nena? —le preguntó, disfrutando del espectáculo de verla ahí, entregada.
—Sí… muy bien —logró decir Tatiana entre gemidos, sin soltar el agarre de sus tetas contra la carne de él.
—¿Viste? Y el pelotudo de tu marido anda paseando por el depósito, mirando máquinas como un nene —se burló Scalioni con una saña total—. Un cornudo de manual.
Tatiana, totalmente perdida en el morbo y en el roce eléctrico de esa verga gorda contra su piel húmeda, ni se inmutó por el comentario hacia Mauro.
—Que se joda… —respondió ella con un hilo de voz, descartando a su marido como si fuera un estorbo que ya no importaba.
Rafael, que ya sentía que el placer le subía por la espalda, jadeaba pesado mientras le hundía el miembro entre los senos una y otra vez.
—No te imaginabas que iba a ser así la entrevista de laburo, ¿no? —soltó él entre jadeos, apretándole la mandíbula con la mano libre para que lo mirara fijo.
—No… —contestó Tatiana con los ojos brillosos, completamente excitada por la situación—. Es la mejor de todas… la mejor entrevista de mi vida.
La arquitecta estaba fuera de sí. El contraste entre la oficina de lujo, el riesgo de tener a Mauro a unos metros y la brutalidad de Scalioni la tenían en un estado de éxtasis que nunca había sentido. Rafael, al verla así, decidió que ya era hora de dejar de jugar con el pecho y volver a lo que más le gustaba: le agarró la cabeza con las dos manos, la obligó a abrir la boca bien grande y volvió a hundirle toda su virilidad hasta el fondo de la garganta, queriendo marcarle a fuego quién era el que mandaba en esa constructora.
Rafael, totalmente sacado, no paraba de restregarle ese tronco de carne entre las lolas, disfrutando del sonido de la piel húmeda chocando contra su pecho. La miraba desde arriba con una superioridad que le inflaba el pecho, viendo cómo ella se esforzaba por mantener el ritmo.
—¿Y? Decime la verdad… ¿Es la mejor pija que probaste en tu vida o no? —le soltó Rafael con la voz rota por el esfuerzo, mientras el miembro le entraba y salía de ese canal de carne tibia que Tatiana le armaba con las manos.
Tatiana, que ya tenía los ojos desorbitados por el placer y el morbo de la situación, lo miró fijo, casi desafiante, mientras sentía el roce del glande venoso contra su mentón.
—Sí… es la mejor, lejos —logró decir ella, con la respiración entrecortada y un gemido que se le escapaba entre los dientes—. Nunca sentí algo así… es monstruosa.
—¿Más que la de ese payaso que tenés por marido? —insistió Scalioni, queriendo escuchar la humillación completa, regodeándose en su poder.
—No hay comparación, Rafael… la tuya me llena toda, me vuelve loca —respondió ella, entregada al cien por ciento, mientras volvía a apretar sus pechos contra el miembro de él para sentir cada latido de la verga del italiano.
Rafael soltó un gruñido de satisfacción. Ver a esa arquitecta de elite, una mina que parecía inalcanzable, admitiendo que su marido no le llegaba ni a los talones mientras él la usaba a su antojo en su propio despacho, era el mejor negocio que había cerrado en años. Le agarró la nuca con fuerza, la obligó a mirar cómo su pija desaparecía entre sus tetas y le dio un último empujón antes de decidir que ya era momento de cambiar de posición.
Rafael, inflado de soberbia al escuchar cómo esa mujer lo reconocía como el macho alfa de la situación, le reclamó con un tono de mando que no admitía réplicas, disfrutando de que ella lo llamara por su título.
—¡Señor Rafael! —le exigió él, apretándole un poco más la mandíbula con sus dedos grandes.
—Sí, señor… tiene una verga hermosa —admitió Tatiana con los ojos vidriosos, entregada por completo a la humillación que le provocaba ese placer tan oscuro.
—Bueno, entonces seguí chupando, trolita… —le soltó el italiano con un desprecio cargado de lujuria.
Sin darle tiempo a respirar, Rafael la agarró de la nuca con una mano firme y le hundió el miembro entero en la boca de un solo envión, haciéndola arquear la espalda. Tatiana cerró los ojos y se aferró a los muslos robustos del empresario mientras volvía a mamar con una voracidad renovada. El glup, glup volvió a llenar el despacho de Libertador, mientras ella se esmeraba por tragarse cada centímetro de ese tronco carnoso y venoso, sabiendo que afuera Mauro seguía esperando, convencido de que su mujer estaba salvando el futuro económico de la familia cuando, en realidad, solo estaba disfrutando de ser la perra de Rafael Scalioni.
Después de un rato de tenerla ahí arrodillada, Rafael decidió que era momento de cambiar el ángulo. Con un gesto brusco, la agarró del brazo y la obligó a levantarse.
—Ponete contra el escritorio —le ordenó con esa voz de mando que no aceptaba un «no» como respuesta.
Tatiana, totalmente ida por el morbo de la situación, se inclinó sobre la madera lustrada del escritorio de Libertador, apoyando las palmas de las manos entre los planos y los presupuestos que ahora no valían nada. Rafael se posicionó detrás de ella; ver ese cuerpo atlético, esa espalda marcada y la curva de su cola en el aire lo sacó de quicio.
Sin ninguna delicadeza, el italiano le enganchó los dedos en los costados de la tanga y se la bajó de un tirón, dejándola completamente expuesta. Las manazas de Scalioni le abrieron los glúteos con fuerza, revelando su intimidad húmeda y palpitante.
Rafael se agachó y hundió la cara entre sus piernas, empezando a chuparle la concha con una voracidad salvaje. Tatiana soltó un gemido agudo que rebotó en los techos altos de la oficina, arqueando la espalda y clavando las uñas en el borde del escritorio.
—¡Ahhh… sí, Rafael! —gritaba ella, perdiendo todo el rastro de la arquitecta distinguida que había entrado una hora antes.
Sentir la lengua ruda y experimentada del italiano recorriéndole el clítoris mientras afuera Mauro seguramente preguntaba cuánto faltaba para terminar la reunión, la hacía llegar a un punto de excitación insoportable. Scalioni no paraba; succionaba y lamía con un ritmo frenético, disfrutando del sabor de la mujer de otro, mientras ella se retorcía sobre los planos, entregada al placer más sucio y prohibido de su vida.
Rafael no se andaba con vueltas. Mientras le devoraba la concha con una gula que parecía no tener fin, estiró una de sus manos grandes y, sin previo aviso, le hundió un dedo en el culo de un solo viaje.
El contraste entre el calor húmedo de su lengua y la invasión brusca por atrás hizo que Tatiana pegara un salto, arqueando la espalda de una forma casi inhumana sobre el escritorio.
—¡Qué rica concha tenés, nena! —le soltó Rafael con la voz amortiguada entre sus piernas, sintiendo cómo ella se apretaba y temblaba bajo su control—. Sos una maquinita de placer…
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhh! —el gemido de Tatiana fue un grito de puro éxtasis que por suerte las paredes acústicas del despacho lograban retener.
Sentir ese dedo grueso invadiéndola mientras Scalioni le succionaba el clítoris con una técnica de viejo lobo la dejó al borde del abismo. Tatiana clavó los dedos en la madera lustrada, desparramando los planos de la obra por el suelo, totalmente entregada a la humillación y al placer de ser profanada por ese italiano que la trataba como si fuera de su propiedad. Estaba empapada, fuera de sí, y el hecho de saber que Mauro estaba a pocos metros, atrapado en una farsa, solo hacía que su concha palpitara con más fuerza contra la boca de Rafael.
Rafael estaba desatado. Mientras su lengua no le daba tregua a la intimidad de Tatiana, sus manos grandes y pesadas empezaron a trabajar sobre esas nalgas firmes, amasándolas con una fuerza que buscaba marcar territorio. La arquitecta se retorcía, sintiendo cómo los dedos de Scalioni se hundían en su piel, recordándole en cada movimiento quién era el que tenía la sartén por el mango.
De repente, en medio de esa succión rítmica y salvaje, Rafael levantó la mano y le encajó un chirlo seco y sonoro en plena nalga. El golpe retumbó en la oficina, dejando una marca roja que resaltaba sobre la piel clara de ella.
—¡Ahhh! —Tatiana soltó un grito ahogado, mezclando el dolor del impacto con el placer eléctrico que le subía por la espalda.
Scalioni no se detuvo; después del golpe, volvió a masajear la zona con la palma de la mano, calmando el ardor solo para volver a castigarla un segundo después con otro chirlo, todo esto sin despegar la boca de su concha empapada. Tatiana estaba en un trance total, con la cara pegada a la madera del escritorio, gimiendo sin parar mientras sentía cómo el italiano la dominaba por todos los frentes. La humillación de ser tratada como una cualquiera en ese despacho de lujo era el combustible que la mantenía al borde del orgasmo, totalmente entregada al ritmo brutal que Rafael le imponía.
Rafael ya no aguantaba más. El deseo de poseerla después de haberla tenido a sus pies era insoportable. Se incorporó con un movimiento brusco, dejando a Tatiana temblando sobre el escritorio, con la cola roja por los chirlos y el cuerpo empapado.
Él agarró su verga monstruosa, que latía con fuerza, y se la llenó de saliva con un par de escupitajo rápidos, lubricándola para el impacto. Sin mediar palabra, la tomó de las caderas con esas manazas de hierro, la acomodó bien y, de un solo empujón seco y brutal, se la enterró hasta el fondo.
—¡Aaaaaaaaaaahhh! —el grito de Tatiana fue un desgarro de placer puro que se ahogó contra la madera del escritorio.
Sentir esa entrada tan llena, tan invasiva, la dejó sin aire. Rafael empezó a darle con un ritmo salvaje, un vaivén de caderas pesado que hacía que el escritorio crujiera bajo el peso de ambos. Cada estocada era un golpe de autoridad, un recordatorio de que en ese momento ella no era la arquitecta estrella, sino su juguete.
—¡Dios, qué estrecha que estás, nena! —gruñía Rafael, con el sudor corriéndole por la cara y la respiración totalmente rota.
—¡Sí, Rafael… así! ¡Dame más fuerte! —gemía ella, moviendo la cola hacia atrás para recibirlo con más profundidad, totalmente entregada a la lujuria de ser penetrada por ese hombre mientras su marido seguía esperando afuera.
Los gemidos de ambos se mezclaban en una sinfonía sucia. El sonido de los cuerpos chocando, el jadeo ronco de Scalioni y los gritos agudos de Tatiana inundaban la oficina. Rafael le apretaba la cintura con tanta fuerza que seguramente le dejaría los dedos marcados, mientras la poseía con una furia que buscaba marcarla para siempre, demostrando que en Buenos Aires, nadie mandaba como él.
—¡Aaaaah, sí! ¡Qué bien que me cogés, por Dios! —gritaba Tatiana, con la voz totalmente quebrada, mientras sentía cómo cada embestida de Rafael la sacudía entera contra el escritorio.
Rafael, con las venas del cuello a punto de explotar y el sudor chorreándole por la frente, redobló el ritmo. Le agarró el pelo platinado, tirándoselo hacia atrás para que ella tuviera que arquear más la espalda, y le soltó al oído con una brutalidad que la terminó de encender:
—Y… a las putas como vos hay que atenderlas bien, nena. Hay que darles lo que se merecen.
—¡Sí, soy tu puta! ¡Dame más! —respondía ella, completamente sacada, moviendo la cola con un hambre desesperada, buscando que ese tronco de carne la terminara de partir al medio.
El italiano no le daba tregua. Seguía dándole con todo, con un ruido de carne chocando contra carne que era una música sucia en medio del lujo de la oficina. Cada estocada era más profunda que la anterior, y Tatiana ya no sabía ni dónde estaba parada; solo sentía el calor de Scalioni invadiéndola y esa sensación de poder y humillación que la tenía al borde del desmayo. Los gemidos de ella ya eran gritos descontrolados, mientras Rafael, poseído por el morbo de tener a la mujer del tipo que esperaba afuera, le seguía dando sin asco, disfrutando de cada centímetro de esa arquitecta que se deshacía entre sus manos.
Rafael decidió que quería verla de frente, disfrutar del espectáculo de su cuerpo en movimiento mientras él recuperaba un poco de aire, aunque la sangre le seguía hirviendo. Sin sacarla del todo, la obligó a girarse y la sentó sobre su falda, en ese sillón de cuero que chillaba bajo el peso de los dos.
Ahora era Tatiana la que mandaba en el ritmo, cabalgándolo de frente, con las piernas abiertas y las rodillas apoyadas a los costados de la cintura de Scalioni. Se aferraba a los hombros del italiano mientras subía y bajaba con una fuerza desesperada, sintiendo cómo esa verga monstruosa la recorría entera por dentro.
Rafael no perdió el tiempo. Le agarró la cabeza y hundió la cara entre sus pechos, chupándole las tetas con una gula salvaje, mordiéndole los pezones hasta hacerla gemir de dolor y placer. Al mismo tiempo, bajó sus manazas y enterró los dedos en sus nalgas, apretando la carne con tanta presión que sus huellas quedaban marcadas a fuego sobre la piel roja por los chirlos.
—¡Mirame, nena! —le ordenó Rafael, sacando la cara de su escote por un segundo— ¡Mirame cómo te estoy rompiendo toda mientras tu marido se toma un whisky pensando en tu carrera!
Tatiana, con la mirada perdida y el pelo platinado totalmente revuelto, echó la cabeza hacia atrás y soltó un grito que llenó la oficina. El roce de sus cuerpos sudados, el sonido de la penetración profunda y el comando de Scalioni la tenían en un estado de éxtasis total. Movía las caderas con un frenesí hipnótico, hundiéndose cada vez más en él, disfrutando de ser la dueña de ese momento de traición y lujuria absoluta en pleno corazón de Buenos Aires.
El sonido de los muakk, muakk de esos besos húmedos y ruidosos rebotaba en las paredes del despacho, mezclándose con el jadeo pesado de los dos. Eran besos de pura calentura, sin nada de romance, solo el deseo de devorarse mientras seguían unidos ahí abajo.
Rafael, con la cara roja y el sudor corriéndole por las sienes, se separó apenas unos milímetros para mirarla a los ojos, con esa chispa de maldad que siempre tenía.
—Sabía que te iba a terminar cogiendo, putita… —le soltó con un desprecio que a ella la encendía más que cualquier caricia—. Tenías toda la cara de que te morías por esto.
—Sí… a mí me encantan los machos como vos —respondió Tatiana, con la voz pastosa y la mirada perdida, moviendo la cola con un hambre que parecía no tener fin.
—Y tu marido es un maricón, por eso te viniste acá —se burló Scalioni, dándole una estocada profunda que la hizo arquearse—. No te sabe atender como un tipo de verdad.
Tatiana soltó una risita nerviosa, entre gemido y gemido, admitiendo su verdad más oscura.
—A él lo amo y lo cojo… pero cojo mejor con viejos pijudos como vos —confesó ella, sin ningún filtro, entregada a la brutalidad del italiano.
—¡Así! ¡Tomá, puta! —exclamó Rafael, fuera de sí.
Le agarró las caderas con una fuerza que le dejó los dedos clavados en la piel y se la enterró más todavía, llegando a lo más profundo de su útero. Tatiana pegó un grito que fue puro éxtasis, un alarido largo que llenó la oficina mientras sus uñas se enterraban en los hombros del empresario. Rafael no paraba, le daba con un odio y un placer que la hacían saltar sobre él, demostrándole que, aunque amara a Mauro, su cuerpo ahora le pertenecía al dueño de la constructora. El escritorio crujía, los planos volaban y los gritos de Tatiana se volvían más fuertes con cada embestida de ese hombre que la estaba partiendo al medio.
Rafael ya estaba en un punto de no retorno, pero quería verla completamente abierta, humillada y expuesta sobre el mobiliario de lujo. Con un movimiento brusco, la bajó de su falda y la obligó a tirarse boca arriba sobre el escritorio, justo encima de los planos de la obra que ahora estaban arrugados y manchados.
—¡Arriba las piernas! —le ordenó con la voz rota.
Tatiana obedeció al instante, completamente entregada al morbo. Abrió las piernas en una V perfecta, apuntando con los tacos hacia el techo, dejando su intimidad roja y palpitante a la entera merced de Scalioni. Rafael se acomodó entre sus muslos, la agarró de los tobillos para abrirla todavía más y, de un solo envión, volvió a hundirle toda su verga monstruosa.
—¡Aaaaaaaaaahhh, Rafael! —gritó ella, sintiendo cómo el impacto la hacía deslizarse apenas unos centímetros sobre la madera lustrada.
El italiano no le dio respiro. Empezó a bombearla con una furia animal, viendo cómo su miembro entraba y salía de ese cuerpo atlético que no paraba de temblar. Cada estocada era un golpe seco que resonaba en el despacho. Tatiana, con las piernas en alto y el pelo platinado desparramado entre papeles de presupuestos, se agarraba de los bordes del escritorio, gimiendo con una fuerza que ya no podía controlar.
—¡Mirá cómo te tengo, arquitecta! —le gritaba Rafael mientras le daba sin asco—. ¡Mirá cómo te abro toda!
Ella solo podía responder con jadeos y gritos, viendo desde esa posición cómo el hombre que supuestamente iba a ser su jefe la poseía con una brutalidad que Mauro jamás se atrevería a usar. La imagen era dantesca: la mujer más elegante de la constructora, en una V obscena sobre el escritorio principal, siendo martillada por un Scalioni que ya estaba al borde de la explosión final. El contraste entre la oficina de Libertador y la suciedad del acto los tenía a ambos en un éxtasis absoluto.
El despacho de la Avenida del Libertador ya era una olla a presión. Los gemidos de Tatiana se volvieron constantes, un sonido rítmico y agudo que se mezclaba con el jadeo pesado y animal de Rafael. El italiano, viendo ese cuerpo entregado sobre su escritorio, no soltaba su presa; con una mano le apretaba el cuello con la fuerza justa para excitarla, mientras que con la otra le manoseaba las tetas con una brutalidad que las dejaba marcadas, retorciendo sus pezones entre los dedos.
—¡Me vengo, Rafael! ¡Me vengo! —gritaba ella, arqueando la espalda, sintiendo que el mundo se le venía abajo.
Scalioni sintió que el latido en la base de su verga se volvía insoportable. Le dio tres estocadas finales, cortas y violentas, hundiendo su cuerpo contra el de ella con todo su peso. En el último envión, se prendió de sus pechos con ambas manos, tirando de ellos hacia arriba, y soltó un rugido ronco mientras se acababa dentro de ella.
Fue una descarga masiva, caliente y profunda. Tatiana sintió los espasmos de Rafael inundándola por completo, llenándola en lo más hondo mientras ella misma colapsaba en un orgasmo que la dejó temblando, con las piernas en V todavía en alto pero sin fuerzas para sostenerlas.
Rafael se quedó ahí unos segundos, pesado sobre ella, respirando como si hubiera corrido una maratón. El silencio volvió al despacho, solo interrumpido por el sonido de sus respiraciones agitadas. Tatiana tenía la mirada perdida en el techo moldurado, con el maquillaje corrido y el pelo platinado hecho un desastre sobre los planos de la constructora.
—Eso es una atención personalizada, nena —soltó Scalioni con un cinismo total, separándose lentamente mientras se acomodaba la ropa, dejando a la arquitecta ahí, abierta y vacía sobre el escritorio, mientras afuera el pobre de Mauro seguramente miraba el reloj preguntándose por qué la reunión era tan productiva.
Al rato apareció Mauro, entrando al despacho con esa cara de despistado que tenía siempre después de que lo pasearan un rato. Apenas cruzó la puerta, algo le hizo ruido: notó que la mesa del escritorio estaba completamente pelada, vacía, cuando un rato antes estaba llena con el teléfono, la lámpara y un montón de carpetas con papeles.
En eso, Rafael Scalioni se le acercó con ese aire de ganador y le soltó:
—Tremenda presentación me hizo tu mujer, pibe… No me quedó otra que contratarla. Así que Tatiana, si quiere, ya es nuestra nueva arquitecta de la empresa.
Mientras decía eso, Rafael apoyó su mano, esa mano enorme y gruesa, sobre el hombro derecho de Tatiana. Ella, con un movimiento seco de hombro, se sacó esa manaza de encima al toque.
Mauro se dio cuenta perfectamente de cómo ella sentía una aversión total ante ese contacto sobre su cuerpo. En su cabeza, él pensaba que apenas salieran a la calle le iba a pedir que le explicara bien qué carajo había pasado mientras él no estaba. Pero en ese momento, lo único que necesitaba era salir de ahí cuanto antes.
Fin