Capítulo 1
- Por amor a mi I
- Por amor a mi II
- Por amor a mi III
- Por amor a mi IV
Capítulo 1: infancia, adolescencia y cómo empecé a desearla.
Soy hijo único, nací producto casi de un milagro. Fui el eterno deseo de mi madre quien rogó incesantemente tenerme, producto de eso se casó con mi padre a los meses de conocerlo debido a la urgencia que tenía de concebir, tenía 38 años y sentía que era “ahora o nunca” sin embargo la espera duró 3 años más. Finalmente me tuvo a sus 41 años con todas las complicaciones que eso pudo generar, pero fui la luz de sus ojos.
Mi madre se llama Laura; no es el prototipo de una mujer “cogible” ni hipersexualizada como Leo en la mayoría de relatos, es una mujer normal y real, de 1.54 cm blanca pero no tanto, pelo castaño que casi siempre lo ha usado a la altura de sus hombros, ojos cafés claro unas mejillas regordetas y tiernas con pequitas que también tiene en abundancia en el inicio de su espalda, labios gruesos rosados y suaves, nunca tuvo un cuerpo que grite sexo. Fue algo llenita, con tetas de tamaño regular y piernas ni muy gruesas ni muy delgadas. Sin embargo para mí era la mujer más maravillosa, en el transcurso del relato iré describiendo en detalle más zonas de su cuerpo.
El matrimonio de mis padres nunca fue bueno, pero mi madre, abnegada como es, jamás consideró la idea de separarse a pesar de las constantes infidelidades y agresiones verbales de mi padre. Crecí creyendo todo el tiempo que mi deber era de alguna manera salvar a mi madre de aquel infierno afectivo que vivía en su matrimonio y por supuesto crecí con rencor a mi padre por maltratar a la luz de mi vida. Quizás el hecho que mi madre me haya tenido con tanto deseo y con tanto riesgo hicieron que desde que salí de su vientre compartamos una conexión muy particular.
En mi infancia nuestro afecto era particular, desde quizás los 4 o 5 años dormíamos la siesta muy cerca del otro, tan cerca que nuestras pestañas se tocaban la una a la otra y eso me daba cosquillas mientras ambos hacíamos leves gemidos que no tenían nada que ver con lo sexual o eso creo (a estas alturas ya dudo de todo) luego comencé a crecer y nuestros juegos eran más particulares, recuerdo que ya tenía 5 años y un día ella regresó del trabajo, salte exclamando con gran alegría “mamá” y fui directo a sus brazos sacando de su blusa la algo desabotonada su seno y llevándomelo a la boca para chuparlo, ella dio un respingo y tiernamente me dijo que ya estaba muy grande para hacer eso que ahora si “le dolía” yo le dije que lo hacía porque recordaba que ella me daba leche así de pequeño. Mi madre sonrió y me dijo:
— ¿lo recuerdas? En serio? Que memoria, pero ahora ya estás grande y ahí ya no hay nada que te pueda alimentar, tienes tu leche en un vaso.
Yo haciendo un puchero en broma le dije que así era aburrido y reímos. Era aún un niño y puedo jugar que aquel acto no lo hice con ningún deseo sexual al menos consciente hasta ese momento. Luego los juegos avanzaron….
Tenía 7 años, mi madre estaba de vacaciones y comenzamos a tener la costumbre de que al tomar la siesta ella se recueste boca abajo y yo encima de ella, cepillaba su cabello con su cepillo favorito, uno Grueso de cerdas largas mientras ella se quedaba dormida. Mi curiosidad comenzaba a florecer y en medio de esas cepilladas su camisón se levantaba hasta su cintura y dejaba ver sus nalgas y como su calzón (normal, de los recatados sin llegar a ser esos calzones de abuela) se metían entre sus blancas nalgas, algo flácidas (que por algún motivo me excitaba mas que fueran así) haciendo que se pongan más redondas, cuando yo veía que ella se iba durmiendo paraba de cepillarla y muchas veces comenzaba a tocar suavemente con mis manos sus muslos, pantorrillas y llegaba a posar mis pequeñas manos en sus nalgas acariciandolas suavemente, abriéndolas suavemente hasta dejarlas separadas de par en par, más de una vez me surgía la curiosidad de ver más allá de la tela de su calzón; pero me era complicado porque, sin poner tampoco alguna mayor resistencia o gesto de molestia deja cerraba completamente las piernas y ponía todas sus fuerzas en dejarlas así, otras veces mis “pasadas de curioso” consistían en jalar más hacia arriba su calzón para que se lo tragara más sus nalgas al punto de hacerlo tanga.
En todas estas ocasiones (salvo cuando cerraba totalmente sus piernas para que no se asomara nada más allá de la tela de su calzón) Ella se dejaba hacer; de hecho, amaba ver como la piel se le ponía de gallina sobretodo entre sus muslos y sus nalgas que me encantaban, también el hecho que cerrara con tanta fuerza sus piernas hacía que sus nalgas se contraigan y debido a lo tragado que terminaba su calzón las arrugas y pequeñas estrías de sus nalgas tan contraídas me resultaban aún más hermosas. Este inocente juego se convirtió en algo diario y recuerdo que fue en medio de ese juego, sin ninguna intención sexual de mi parte, que comencé a tener mis primeras erecciones hasta ese momento inocentes.
Si quisiera creer que desde niño ella se me insinuó podría decir que el único atisbo fue a mis 8 años. Ella me levantaba todos los días a las 5:30 de la mañana para alistarme e ir a la escuela, nunca he sido alguien de madrugar, siempre me ha costado levantarme temprano o estar despierto así que un día, cansada de sus inútiles intentos por despertarme (realmente yo me hacía el dormido con la esperanza que se rindiera y no me mandara a la escuela) me bajó el pantalón de mi pijama dejando libre mi erecto pene, ella guardó silencio un segundo lanzo una pequeña risita y me dijo:
— mi hijito ya hasta el soldado está firme, ahora solo falta que te levantes tú.
Lo tomó con su mano y lo jaló de arriba hacia abajo dos veces, yo reí rompiendo mi intento de parecer dormido y ella me mandó a bañarme y cambiarme. Recuerdo que ese día le conté a un amiguito de la escuela aquel suceso como algo gracioso, él me miró extraño; no entendí por qué…ahora lo entiendo jaja.
Estos juegos inocentes con mi madre (las cepilladas, la cambiada de ropa, el que toque mi pene de vez en cuando al levantarme, el rozar nuestras pestañas) duraron con mucho amor, normalidad e inocencia hasta mis 12 años edad en la que ya no volví a verla como mi madre sino como mi amor, mi deseo, mi mujer.
Había comenzado mi adolescencia y mi despertar sexual, nunca fui el chico ni más atractivo ni más extrovertido, era muy delgado, tímido y bastante ingenuo… un completo nerd. Está de más decir que producto de esto no era del agrado de ninguna niña de mi curso, me encontraban extraño e incluso desagradable. Comenzaba a darme cuenta como ellas desarrollaban, me fijaba mucho en sus piernas, sus nalgas y disimuladamente (a veces no tanto) intentaba ver por dentro de su falda. El rechazo que sentía hacia ellas me provocaba una gran frustración. Comencé a jugar juegos eroticos, leer libros de sexo, descubrir en mis ratos libres en alguna biblioteca cercana como era la vulva de una mujer en la zona de literatura erotica (hasta que un guarda me pescara) toda esta información de autoeducación sexual la asociaba con el cuerpo de mi madre lo cual hacía que escarbara en mis recuerdos de la Infancia trayéndome muchos flashes vividos con ella que ahora cobraban otro sentido para mi. Ahora cada juego “inocente” que hubo entre ella y yo en mi infancia me empezó a parecer muy sexual, comencé a recordar detalles que empecé a anhelar que volviesen a pasar para “aprovecharlos de mejor manera” como bañarnos juntos, me esforzaba por recordar de mi infancia los momentos en los que ella y yo compartimos la ducha juntos totalmente desnudos, me esforzaba por recordar cómo eran y se sentían sus tetas en mi boca la última vez que con inocencia me las metí sin lograr ya succionar nada o si alguna vez estuve tan cerca de su vagina para ver completamente cada detalle de ella. Todo esto sin ningún éxito, ahora, cada vez que volvía del colegio y ella de su trabajo ponía especial atención a cuando ella se iba a su habitación y se cambiaba, buscaba la forma de verla desnuda todas las veces de espaldas o divisaba sus tetas, llegaba convenientemente a su cama para acostarme “a ver la televisión” mientras ella salía de la ducha y se vestía así podía ver en detalle sus tetas medianas, blancas con pequitas hermosas, unas areolas marrón claro y unos pezones redondos, respingones por el frío (o eso pensaba) y rosados… veían en detalle como al secarse y escurrir el agua de su cabello las gotas rodaban por su cuello, pasaban por sus tetas bajaban a su abdomen algo abultado (sin llegar a ser gorda) con su respectiva cicatriz de la cesárea (de la cual yo soy responsable) hasta llegar a alojarse en lo que sí en algún momento vi a diario sin ningún tipo de morbo ahora se convirtió en mi obsesión…. Su vagina, en especial su zona púbica ya que mi mamá, mi Laurita jamás se depilaba… su pelambrera de vellos oscuros eran para mi un sueño, un deseo y una obsesión… todo eso sucedía mientras mi pene comenzaba a latir totalmente erecto y supuraba líquido pre seminal, mi mente estaba perdida en el recorrido de las gotas de agua por su cuerpo, luego se daba la espalda y ahora era el turno de las gotas de recorrer su nuca hasta su espalda y perderse entre tus ligeramente caídas y excitantemente flácidas nalgas blancas que aún se le ponían erizadas. Luego la voz más en alto de mi madre me sacaban del trance
— Ya comiste? Vamos q comer que se te va a enfriar la comida por favor” yo solo atinaba a decir “si mami, voy a mi cuarto a lavarme las manos
Me encerraba en el baño, me bajaba el pantalón y no sabía qué hacer con lo que me provocaba esta imagen de mi madre en mi cabeza, abría la ducha, dejaba que chorros de agua fría caigan sobre mi pene y aún erecto salía a almorzar. Ya en la noche las imágenes de mi madre en mi cabeza eran más fuertes, cercanas, excitantes, intentaba escabullirme en su habitación para verla pero el hecho que Dormía con mi papá me impedía acercarme lo suficiente así que volvía a mi habitación, comencé a aprender a masturbarme aunque la primera vez que eyacule fue de una manera muy particular.
Fue un sábado por la noche. Mis padres ya dormían y como de costumbre estaba con los juegos inocentes con mi madre, con diferencia que ahora ya no permitía que juegue tanto con sus nalgas cuando cepillaba su cabello… lo único que decía era “bebito, me pesas” realmente era porque ahora sí sentía mi erección en su espalda y como iba bajando hasta sus nalgas para luego ubicarme lo suficientemente cómodo para amasar sus nalgas como Si fuera un tierno gatito y tratar de divisar el tesoro peludito que tenía en medio de sus piernas que ahora las cerraba con aún más fuerza.
Esa noche esa imagen, el olor de su cabello recién lavado; la sensación de su cuerpo aún húmedo por la ducha que se daba antes de la siesta; su piel erizada la imagen de su vagina llena de pelos muy bien organizados que tapaban como barrera aquel hermoso misterio que deseaba develar era demasiado fuerte. Me aferré a una almohada muy grande y recordé como una vez a los 7 años al ver una película con una escena sexual quise emularla con inocencia con una almohada, me desnude me puse encima de ella y empecé a emular el movimiento que vi en aquella película, mi abuela me descubrió y me dijo que nunca más haga eso porque es de cochinos. Al aferrarme a esa almohada muerto del calor por todos los flashazos de mi madre todo cobró sentido, tomé una tijera le hice una abertura a la almohada al final de la misma en posición vertical e introduje mi pene en ella haciendo un mete y saca que por supuesto me ardía por el algodón dentro de ella pero empezó a excitarme aún más, cerraba los ojos y susurraba:
— mamita, mamá; mami, me encantas, te amo, quiero estar así siempre contigo
imaginaba que ese ardor en mi pene debido a la fricción emulaba a la perfección lo que debía sentirse meterme entre la mata de vellos de la vagina de mi madre hasta que acabe… por primera vez semen salió disparado inundando la almohada que en ese momento no era un objeto sino la representación más fiel (a mi alcance) de mi amada madre. Desde ahí comenzó mi deseo obsesivo con ella.
Pasaron los meses y constantemente buscaba repetir mis ya no inocentes juegos con ella (al menos por mi lado) pero mi inexperiencia combinado con que me estaba volviendo cada vez más fuerte (aunque seguía viéndome muy delgado) hacía que mi madre se empiece a sentir cada vez más incómoda en continuar con nuestras rutinas de la Siesta al menos.
Quizás fue agosto o septiembre, ya había descubierto el porno, constantemente buscaba mujeres maduras con la vagina velluda en internet para masturbarme con desenfreno (por qué la almohada comenzaba a hacerme daño) exploraba con mi pene, metía el dedo en mis nalgas sin penetrarme el culo solo porque me recordaba al olor que percibí en mi madre una vez que estaba muy sudada, se acostó así para nuestra siesta y pude apegar lo suficiente mi nariz a sus nalgas para percibir ese olor para algunos desagradables pero tratándose de mi madre complemente embriagante para mi. Eran las 11 del día más o menos, me tocaba por todos lados, llevaba mis dedos a mi culo y luego los metía en mi nariz mientras me jalaba mi pene con furia solo para evocar aquel olor del culo de mi mamá. El deseo ya incontrolable por mi madre y la frustración por ser tan rechazado por las jovencitas de mi edad me hizo llegar a una Epifanía: Nadie nunca en la vida me va a amar tanto como mi madre, para ella soy guapo, soy inteligente, ella ha visto mi pene, lo a acariciado, me ha dicho lo atractivo que he estado, es la mujer con la que más contacto físico he tenido, que he besado y que no rechaza mis besos ni mis abrazos, sumado a que era una mujer que sabía lo que era el rechazo; el maltrato psicológico y verbal (por parte de mi padre) sabía lo que era sentirse invisible para alguien y siempre lo había sentido porque vivía contándome cómo fue siempre una niña tímida, delgada y con una muy baja autoestima así como yo lo era, nos complementábamos, era la mujer que me amaba y yo a ella así que lo lógico era que ella jamás me rechazaría, que si me acercara lo suficiente a ella ella me correspondería y conseguiría darle un beso, que quizás el erizarse de su piel cada vez que tocaba sus nalgas en esas siestas era porque me deseaba igual que yo a ella y que nació, al igual que yo, como algo tierno e inocente pero al crecer ya me empezó a ver como yo la veo a ella pero como siempre ella y mi padre me inculcaron: “el hombre propone y la mujer dispone” así que era mi deber dar el primer paso y lo debía de dar yo ahora, en ese momento era lo lógico, estábamos hechos el uno para el otro y no había nada que me indicara lo contrario, así que me levanté de la cama, guardé como pude mi erecto y húmedo pene por la cantidad de veces que ya había acabado en mi pequeño boxer color piel embarrado de semen y así sudado, con semen ya seco del rezago que no alcancé a limpiar de mi abdomen con el Boxer y mis manos aún oliendo a mi culo avance a toda velocidad hacia la cocina donde mi madre continuaba haciendo el almuerzo al verla de espaldas, con su camisón regular por encima de las rodillas, sudada por el calor de la cocina y su pelo recogido en una pequeña rosca mi corazón se aceleró aún más; avance de un golpe hasta ella y violentamente apegue mi pene erecto dentro de mi boxer a sus nalgas, la
Abracé con una mano por la cintura mientras que con la
Otra separé su pelo para besar su cuello con toda la lujuria del mundo, ella dio un respingo, por un segundo creí que lo lograría tal como lo planee, que en sentir mi pene entre sus nalgas mezclado con mis besos en su nuca y el olor tan reconocible a nuestras zonas íntimas sudadas haría que cediera a lo natural e inevitable, se giraría y besaría con pasión sus labios por primera vez para luego subirla en el mesón levantar su camisón, retirar sus calzones y por fin tener a la altura de mi nariz su anhelada vagina…. Lastimosamente nada sucedió como lo pensé.
— ¿Dios!!! Daniel! ¡Carajo! ¿Qué haces? Grito mi madre -hueles horrible, que asco, en qué estás pensando? Anda báñate y regresa que ya está el almuerzo; qué asco…
Yo solo me encogí de hombros y traté de ocultar la horrorosa vergüenza y dolor que me causaba su rechazo y dije casi gimiendo de una manera muy infantil.
— solo quería darte un besito
— anda báñate y deja de estarte andando por esas partes que te pasa, puerco, hueles espantoso.
Me fui derrotado a mi cuarto, abrí la ducha y comencé a llorar desconsoladamente, mi madre, el amor de mi vida me había visto con el mismo desagrado que las niñas de mi colegio ¿en verdad era un monstruo? ¿Tan desagradable era? Quizás fue mi primer evento depresivo de mi vida, mi madre no volvió a tocar el tema conmigo y durante toda esa semana anduve como si el alma hubiese escapado de mi cuerpo hasta que un día lo analice mejor… no somos como los animales que reconocen el olor del otro cuando está en celo y empiezan a coger, esto es mucho más emocional, de seducir y no se iba a quedar así, debía lograrlo con ella.