Normalmente, cuando trabajas tus compañeros son solo eso: compañeros; muy pocas veces pasa que, realmente, encuentras a alguien que se convierte en algo más allá del compañerismo. Y eso es lo que ocurrió con Dani y conmigo, aunque cierto era que nuestra amistad tenía diferencias; la más obvia: la edad entre ambos. Dani ya contaba con diecinueve años (aún era un pipiolo) y yo tenía treinta y cinco. Era una diferencia abismal rebozada entre frikismo y el mundo del cine y las series. De hecho, fue él el que se acercó a mí cuando vio que mi fondo de pantalla del móvil era de un anime, me preguntó si me gustaba y, desde entonces, somos muy íntimos.
Hay gente en el trabajo (mozos de almacén, por cierto) que se ríen de nuestra peculiar amistad y, hasta se burlan de mí llamándome canguro, cosa que nunca me he visto en esa tesitura de cuidar niños; además de que no tenía familia propia. Acto que llevaba a mi madre por el camino de la amargura. Otros se burlan de él diciendo que lo nuestro es un noviazgo, cosa que logra que, el pobre Dani, termine con el rostro encendido por la vergüenza y, tal vez también, por la falta de costumbre. Hay quién dice que lo ven raro pero ahí se queda la cosa. Luego tengo a mi familia, mis progenitores y mi hermano, los cuales me dicen que estoy perdiendo el tiempo y debería buscarme un hombre de mi edad y casarme. No digo que no pero no entiendo que tiene que ver eso con Dani y conmigo. Nada. Nada de nada.
Con Dani no solo comparto la pasión por los tebeos y el cine, también por los videojuegos. De vez en cuando viene a mí casa y echamos unas partidas a todo un poco: Pokémon, The Last Of Us, Bayoneta… Ahora nos había dado por un Tekken de la Play 2, cada uno con nuestra favorita Chun-Li, como no, nos poníamos en modo pelea uno contra el otro y pasábamos las horas muertas. Aquel día fue igual con el añadido de no aguantar con la camiseta pegada al cuerpo del calor que ya comenzaba a hacer. Y, la verdad, es que no logré no mirar sus pezones de reojo. ¡Qué coño!, me lo comía con la mirada. Dani era delgado pero con chichilla, de estatura media, cabello rubio peinado un poco a lo tazón, ojos verdes decorados con gafas, una nariz prominente aunque no lo afeaba y tenía el labio inferior más grueso que el superior. <<Contrólate, que es un crío todavía>>, pensé.
¿Qué cómo era yo? Más o menos igual salvo por el cabello, que ya raleaba, oscuro; ojos negros y una barba desaliñada. Y así como yo era algo peludete, Dani era lo contrario: completamente lampiño. Incluso el rostro; no se le notaba absolutamente nada de pelo, como si no se afeitara. Si es así, ¡joder!, que suerte. A mí ya me cuesta tener que hacerlo y eso que lo hago una vez a la semana.
Aquel día no estaba dando muy buenos resultados. Jugábamos, pero era como si no tuviésemos ganas. Y eso que ambos lo hacíamos llevando a Chun-Li como de costumbre, con su atuendo más sexi.
-Pareces aburrido -le comenté con confianza.
-Sí -corroboró él con un suspiro.
-¿No te apetece jugar? Podemos hacer otra cosa si quieres.
-No, esto está bien, Pablo. Aunque… Tal vez…
Me miró con una mirada pícara. No sabía cómo tomarme aquello, ¿qué quería?
-Tal vez… ¿Qué? -insté curioso.
-Podríamos hacerlo de otra forma.
¿De qué otra forma, si se puede saber? En esos momentos, mi cabeza estaba completamente confusa. Dani se dio cuenta y siguió hablando.
-No sé… -y se puso colorado- Tal vez…, a lo strip póquer -añadió mirando al suelo con un susurro. Sus rojeces se expandieron hasta más allá del cuello.
-Pero si ya estamos casi desnudos -reí.
Dani no sabía qué más decir ni dónde mirar.
Por alguna extraña razón, mi mente comenzó a funcionar a la velocidad de la luz y se me pasó algo que no sabía por qué se me ocurrió. Pero lo pensé y, en lugar de guardármelo para mí por ser algo más fuerte que un simple strip póquer, lo solté sin más:
-¿Qué te parece que el que pierda se la chupa al ganador?
¡Mierda! ¿¡Qué coño estaba diciendo!?
-Bueno, vale.
¿Qué?
-¿Qué?
-Que sí, Pablo, que me parece guay.
¡Ay, la ostia!
Y, ay la ostia mi polla que comenzaba a despertar.
-¿Comenzamos? -me preguntó un Dani más despierto y asiendo el mando con fuerza.
Al ver la seguridad del muchacho, no me achanté y le dije:
-¡Venga pues! Y que conste que no pienso perder.
-Ya. Ni yo.
Y le dimos a comenzar batalla.
Fue una lucha encarnecida donde ambas Chun-Li ponían todo en el asador. Mis dedos, y los de Dani, se movían de forma vertiginosa sobre los botones del aparato. Ambas chicas en 3D se pegaban de hostias, ahora puñetazos, luego patadas, saltaban, hacían fintas… Los marcadores iban quedándose sin vida a la par y tuvo que ser la finalización del tiempo el que dijera quién había ganado el primer asalto, que no fue otro que Dani. Gruñí mientras el chico miraba sonriente y me daba la enhorabuena por un combate trepidante. Yo no tuve otra cosa que hacer lo mismo a regañadientes y felicitarlo por aquella primera victoria.
Nos volvimos a preparar, le dimos a seguir con el segundo round y la lucha comenzó de seguido. Otra vez ambas Chun-Li se esforzaban en ganar la batalla, y más me valía ganar esta y la tercera ronda para conseguir el premio. Más patadas, ahora también en el aire; más puñetazos que parecían dolernos más a nosotros, que no los recibíamos realmente, que a las figuras tridimensionales; más fintas, más bloqueos… Otra vez fue el minutero el que tuvo que comunicar quién había ganado aquel round porque las barras de vida seguían perdiéndola a la par y, congratulado, tanto que hasta me levanté y me puse a bailar por haber sido yo el ganador; Dani reía divertido viendo mi espectáculo. El problema era que solo había empatado y aún quedaba otra ronda más, que fue más de lo mismo y…
-¡Joder! -exclamé- ¡La madre que te parió!
-Lo siento, Pablete -se disculpó el niñato tapándose la boca con los dedos y riendo.
Yo lo miré y no pude más que sonreír y darle la enhorabuena. Y lo hice sorprendiéndolo echándome casi encima suyo y lo besé. Un beso tierno, apasionado, que no sabía de dónde me salía tal sentimiento. Un beso donde nuestras lenguas se encontraron dentro de nuestras bocas y se lamían la una a la otra. Vamos, que Dani me devolvía el beso con sumo gusto. Lento, sin prisas. Seguí besándole el mentón, las orejas lamiéndole los lóbulos haciendo que gimiese ahogadamente, el cuello donde no pudo contener un jadeo más audible y logrando que mi rabo volviese a palpitar. <<Vas a tener que esperar, le toca a él la mamada>>, no tuve más que pensar. Mientras seguía con mi rostro hundido en su cuello besando, lamiendo y oliendo cada partícula de su ser, mis manos se entretenieron jugando con sus pezones. Los acariciaba, los apretujaba, los retorcía, y lograba que Dani arquease la espalda hacia mí mientras me acariciaba mi cabeza rapada. Continúe bajando y besando su torso parándome en sus pezones para lamerlos y morderlos. Dani estaba exultante de placer, y yo también. Aquel juego me gustaba. Pero solo me gustaba con él.
-Dios mío, Pablo, me encantas -susurró acariciando mi espalda.
Aquello me dio el visto bueno para continuar hasta donde habíamos pactado. Le besé el ombligo como si de su boca se tratase y Dani se relamía del gusto, jadeando. Paré, lo miré, me besó y se lo devolví. Me acarició el rostro mal afeitado con ojos llenos de pasión hacia mí, y él notaba mi mirada hacia su ser. Con parsimonia le fui quitando, primero el pantalón dejando al descubierto unos divertidos calzoncillos con flamencos estampados donde ya se vislumbraba su poderosa erección. La acaricié sobre la tela con mis manos y, sin dejar de mirarlo a sus preciosos ojos verdes, llevé mi lengua al paquete y lo lamí de arriba a abajo. Mis manos se deleitaban acariciando sus preciosas y lampiñas piernas.
-¿Quieres ya tu premio, nene? -le dije, y Dani asintió lentamente.
De igual manera, poco a poco le fui quitando los calzoncillos dejando al descubierto dicha erección. Dani tenía muy buena polla, se me hacía la boca agua de solo verla. Era normalita, algo gruesa y con una punta redondeada y algo amarronada. La cogí con fuerza y me lancé; me la metí entera en la boca logrando que Dani se retorciera y gimiese. Él no sabía que podía metérmela toda hasta la garganta sin problemas. La solté con un sonoro <<¡flop!>> y Dani se estremeció del gusto.
-¿Otra vez? -le pregunté.
-Sí, por favor -me susurró. El pobre estaba tan desacostumbrado a estas cosas, aunque no fuese virgen, que era adorable.
Y volví a atacar todo su falo logrando más gemidos, cada vez más fuertes, y que su cuerpo reaccionase con espasmos. El pobre intentaba agarrarme del cabello que ya casi no tenía y reí con su polla en mi boca haciendo que aquello le hiciese soltar más jadeos acompañados de improperios. Succioné sin más preámbulos moviendo mi cabeza arriba y abajo, arriba y abajo, sin soltarla, llegar al glande y saborearlo con mi lengua, engullirla toda hasta la base y usarla para lamerle los testículos ejerciendo presión con la garganta. El chiquillo no sabía dónde meterse tras semejante mamada que le estaba dando. Jadeaba con lloriqueos (sin lágrimas en los ojos, ojo) y disfrutando del sexo caliente. Y, sin poder continuar más, a causa de la escasa experiencia que llevaba en su corta edad (recordemos que solo tiene diecinueve), me pidió que parase, me la saqué de la boca y eyaculó ensuciándome un tanto el hombro derecho y el pecho, mientras se la masturbaba cada vez más lento hasta sacarle la última gota.
-¿Todo bien, nene? -quise saber. Dani me miró agotado y asintió, el pobre no podía ni hablar- Creo que me toca -añadí.
Casi sin fuerzas,el chico cogió el mando y yo, divertido, me levanté y negué. Dani entendió y dejó que lo guiase.
-Hazlo tú como lo he hecho yo -ordené.
Despacito, se irguió en el sofá, me guío hasta si con sus manos y, cuando me tuvo delante, amodorró su cara en mi pantalón lamiendo toda la zona. Me miraba a los ojos y asentí. Entonces me bajó los pantalones dejando al descubierto mis boxer de tela, manoseó mi erección que tenía desde hacía ya rato y se ayudó, también, con su boca sobre la tela. También, allí donde tenía un botón, Dani introducía un dedo y su lengua y me acariciaba el rabo. Lo desabrochó, metió su mano y, con cuidado, dejó mi polla al aire. La mía también era normalita, algo venosa y con un glande rosadito. Dani la besó en la punta y me deleité con el tacto de sus labios sobre mí piel.
-Quítamelo todo -ordené, y Dani obedeció gustoso.
Con lentitud, y sin guardar mi miembro de nuevo, me fue bajando el boxer hasta los pies. Mi polla, cuando por fin se deshizo de la tela, rebotó arriba y abajo, y Dani no le quitaba ojo en sus movimientos. Así que se me ocurrió moverla de lado a lado y el chiquillo también la seguía. Además, estaba absorto con la boca abierta y una gota de baba le caía
mentón abajo; se lo limpie con la punta del falo y Dani cerró los ojos dejándose hacer por mí.
-¿La quieres, nene? -le pregunté.
Dani asintió acariciando el glande con su boca. ¡Dios, como deseaba aquello! ¡Dios, como deseaba a Dani! ¿Cómo no me había dado cuenta antes de mis sentimientos hacia él? Sí, aquello era por puro juego, por puro placer. Pero no sabéis lo que sentía cuando lo besé antes. ¡Por Dios, Pablo, que es un crío de diecinueve años!, me recriminé. Pero el juego me podía más y sabía que iba a echar un buen chorro de lefa tras una buena mamada de aquel crío. Mi rubio, mi Dani.
Con lentitud, el muchacho se la fue introduciendo en su boca, de forma torpe pero con seguridad. Fue poco a poco hasta llegar a la mitad del falo y, rápidamente, se la acabó metiendo toda hasta llegar a los testículos. Hacía presión con su lengua y su garganta y me hacía arquear la espalda hacia adelante y atrás del gusto. De igual manera, se la fue sacando hasta la mitad y, con más rapidez y haciendo presión con sus labios en mi glande, la dejó colgando con un hilillo de baba que se conectaba de mi polla hasta su boca.
-¿Qué tal, papi? -me preguntó con un susurro, y me miraba con sus preciosos ojos esmeralda de forma sumisa.
-Nene, te quiero -susurré.
Aquello pilló a Dani desprevenido y yo aproveché para cogerlo por la nuca, darle un beso y obligarlo a engullir mi rabo de nuevo. Pero de forma algo brusca. Movía mi pelvis adelante y atrás mientras Dani no podía más que hacer ruidos guturales mientras le follaba esa boquita tan exquisita. Adoraba aquellos sonidos como su penetrante mirada. Le encantaba estar en aquella situación conmigo, lo sabía. Llegué a amodorrar su rostro en mis genitales logrando que se retorciera y se ahorcarse con mi rabo. Entonces la saqué y dejé que respirase. Con la boca abierta, jadeaba y contenía arcadas y, con mi propio pene, igual que antes, le limpié los excesos de saliva que yo mismo le había provocado.
-Vaya, como te gusta que te folle la boca -solté con orgullo.
Dani sonrió acariciando todo mi rabo con ambas manos.
-Muy bien, cariño, pero quiero tu boca.
Y, sin más, dejó de darme el masaje y volvió a meterse todo. Comenzó él con esa torpeza de la falta de costumbre, que adoraba, y dejé que me deleitase con sus succiones. Llevé mi rostro al techo del placer que Dani me proporcionaba con los ojos cerrados. Se notaba la falta de experiencia, sí, pero también era algo glorioso y lo dejé saborear todo de mi. Con sus manos acariciaba mi torso y mis huevos de una manera que nunca antes había experimentado y lograba que mi polla palpitase más si cabe. También se la sacaba y lamía todo el glande ejerciendo una presión inimaginable, que me hacía gemir como un loco. Volvía a chuparla toda y ejercía presión con su garganta en todo el pene. Todo en su manera de proceder consistía en hacer presión con cualquier parte de su boca. Y yo lo disfrutaba poseído por el placer.
Entonces Dani paró y me miró suplicate. Sin decir palabra alguna, entendí y asentí. Sabía lo que quería de mí y pensaba dárselo todo. Me fui corriendo a mi cuarto, removí en uno de los cajones que tenía cerca de la cama, encontré lo que buscaba y volví al salón como alma que lleva al diablo. Dani río cuando vio como mi polla se movía señalando por todas partes tras ir corriendo. Aquello me hizo gracia y regresé a moverla para su gusto; a Dani le dio tal ataque de risa que me contagió y estuvimos un rato riendo.
-¿Qué has ido a buscar? -quiso saber cuándo cesó la risa. Y yo le mostré un tubo de lubricante, además, de los caros.
Con algo de miedo, el chico entendió y se puso de rodillas en el sofá dándome la espalda y ofreciendo su trasero. Era redondo y no pude contener los besos que le di. Hasta llegar al ano, que besé con lengua y fruición, y Dani escondió el rostro sobre el respaldo del sofá. Cuando cesé de atacar el trasero del muchacho, le puse lubricante, me lubriqué el miembro y le comenté:
-¿Estás completamente seguro, cariño?
-Completamente, mi papi -me respondió con un susurro algo lastimero.
Pero sabía que lo quería, que lo deseaba siempre y cuando fuese yo quien se lo diese. Repetí la acción de lubricar mi miembro y su orificio y, ejerciendo presión con los dedos, poco a poco logré que dilatase para mí.
Lentamente, pues recuerdo que Dani tiene poca experiencia, fui introduciendo mi pene en su ano, el cual era estrecho y se adhería muy bien al miembro. Aquello era gloria bendita, y lo era para Dani también, cuando sus gemidos denotaban más placer que dolor. Cuando estuve todo dentro de él, comencé a moverme con parsimonia para que su orificio, tanto como él, se acostumbrasen a mí. Llegó un momento en que no pude más y comencé a moverme algo más deprisa, logrando que Dani gimiese más fuerte. Sin cesar mis movimientos, me eché sobre su espalda y lo abracé con un brazo, dirigí su rostro hacia el mío y lo besé tiernamente. Dani no solo me devolvía los besos, también él comenzó a mover su trasero de forma acompasada. Durante un rato estuvimos así, compartiendo nuestros cuerpos.
Al final tuve que salir de Dani y, aprovechando que iba a lubricar de nuevo la zona, lo cambié de postura, a mí favorita: de frente con sus piernas bien ancladas en mis hombros. Entonces, no dudé, y regresé a la penetración, está vez de forma más austera y violenta. Dani se sorprendió, pero me acariciaba el pecho como símbolo de deseo. Y me lo follé. Me follé a aquel compañero de trabajo que se hizo amigo mío y que, muy posiblemente, termine siendo algo más que un amigo. ¡Paf, paf, paf!, sonaba por toda la estancia acompañado de los jadeos del joven y mis gruñidos. A causa del calor, tanto del clima como del ambiente, ambos comenzamos a sudar más que antes. A mí se me escurrían gotas de sudor por el rostro, que me limpiaba con el brazo, y por la espalda y el pecho; Dani también se limpiaba su sudor para no manchar el sofá, algo que me daba igual de otras veces que había hecho lo mismo con otros, su pecho lampiño brillaba con perlitas excitantes.
Mientras yo continuaba mi ataque, él se dedicó a tocarse su miembro, el cual volvía a estar erecto de nuevo. Nos mirábamos sin cesar diciéndonos todo sin mencionar palabra alguna. Dani también se había percatado, lo sé, ambos sentíamos lo mismo: cariño. Algo que nunca hubiese dado por hecho si no estuviese haciendo el amor con el en ese momento. Yo le daba mi amor con cada embestida y el lo recibía y me daba el suyo con cada mirada, cada gemido. Nos adorábamos.
A los pocos minutos de estar masturbándose, Dani gimió más fuerte echando un chorro de semen sobre su abdomen. Aquello me hizo ir más aprisa por el deseo de verlo manchado de su sudor y su esperma. Con sus suaves dedos, acariciaba mis muslos y mi pecho mientras se limpiaba el semen, llevándoselo a la boca. Aquello me provocó aún más y lo hice gritar, aquella vez tanto de placer como de puro dolor. Cada vez iba más rápido, más fuerte, hasta que yo tampoco pude más y, sin salir de Dani, eyaculé con grandes y fuertes gruñidos que llevaban toda la sala; muy probablemente, los vecinos se habrían enterado, pero me importaba un pomelo. Sin fuerzas, salí de él y me eché a su lado en el sofá respirando acompasadamente, algo que Dani también intentaba. A ambos nos costaba respirar después de tremendo polvazo. Dani aprovechó y se me acurrucó en el pecho enroscándose el cabello en sus deditos. Yo lo abracé fuertemente y me sorprendió comprobar que nuestros cuerpos encajaban a la perfección. La tele, en ese momento, y tras todo el tiempo en que duró el sexo, había pasado de mostrar el «continuar partida» a la carta de ajustes en plan salvapantallas. Ni siquiera me molesté en apagarla, ni en apagar la videoconsola, estaba más absorto en besar la nuca de mi chico.
Dani no se marchó a su hogar como de costumbre cuando terminaba nuestro entretenimiento, por el contrario, acabó quedándose y, desde aquel día, era nuestro modus operandi, ahora ya, y bien enterado todo el mundo, como pareja. Había gente que no se creía lo que estábamos viviendo, pero nos daba igual. Lo importante en el mundo éramos nosotros dos: Dani y Pablo.