Capítulo 3
- La isla de Jamaica, lugar de cosas enormes I
- La isla de Jamaica, lugar de cosas enormes II
- La isla de Jamaica, lugar de cosas enormes III
Al día siguiente desperté casi al mediodía, había dormido mucho realmente por el cansancio y el trajín del día anterior que fue devastador.
Ya desde el momento que me levanté esa presión en mis ovarios estaba presente, era una molestia que no se iba, la maldita regla, pensé también que haber tenido tanto sexo en estos días como jamás en mi vida podía ser la causa, y quizás precisaba un par de días de descanso, a decir verdad.
Aproveché el día y se lo dediqué al descanso y al esparcimiento, me quedé en la pileta tirada cual ballena, hice amigos nuevos, conversé con mucha gente, jugué a juegos de mesa, me distraje bastante de lo que habían sido los días intensos desde que había llegado.
Fue realmente reparador, me ayudó mucho a reponerme y sentirme con pilas y plena nuevamente.
A la noche cené con mis amigos colombianos, esos dos locos hermosos que tanto me hacen reír, y culminamos la noche tomando unos mojitos tirados en la playa observando las estrellas y contándonos historias inventadas.
A la mañana siguiente, fui a dar un paseo temprano por la playa. El aire fresco de la mañana y la brisa marina me llenaban los pulmones, revitalizando mi espíritu.
Me sentía de maravilla y me estaba acostumbrando a la vida de resort. Siendo sincera, no quería volver. Esta vida de placer y cero preocupaciones me sentaba de maravilla, jaja.
De regreso, pasé por el vestíbulo y me encontré con Amanda. Charlamos un rato, tomamos unas copas y luego me dirigí a la cabaña a ducharme antes de ir a comer.
Al entrar, encontré a Leroy cambiando las toallas y las sábanas en la habitación. Me saludó cortésmente con un gesto de la cabeza y un «hola», y me acerqué a él, le puse las manos en el pecho y le pedí que parara.
Lo abracé y me miró fijamente casi tocándome. Estaba completamente excitada, ¡deseaba a ese hombre moreno dentro de mí en ese mismo instante!
Con calma, me tomó de los hombros, me besó en la mejilla y, mirándome a los ojos, dijo
-“Permítame terminar el trabajo y seré todo suyo si lo desea..”
Me corrí de lado, él terminó de armar la cama y dejar las cosas en el baño y me llevó de la mano al sofá, se quitó la ropa dejándola en la silla y así parado me ofreció toda su anatomía para disponerla como quisiera.
Me abalancé sobre él con avidez, lo tiré al sofá y me tendí encima, besándole el cuello, la cara y el pecho. Estaba enloquecida. Bajé hasta su ingle y, tomando su enorme y venosa boa entre mis manos, comencé a mamarla con pasión. Froté su glande húmedo contra mi cara, esparciendo su potente aroma por todo mi rostro.
Estaba poseída, como si llevara meses sin tener sexo, como si estuviera hambrienta de sexo.
No me reconocía, viéndome en tal desesperación.
Leroy me dejó hacerlo todo, asumiendo sumisamente su lugar, permitiéndome tomar las riendas de la situación temporalmente cuando se dio cuenta de lo muy excitada que estaba.
Tumbado allí, me permitió subirme encima de él y colocar su enorme miembro en mi húmeda entrada. Con mi mejor cara de zorra cachonda, sin apartar la vista de él, froté la punta de su poderoso miembro entre mis húmedos labios vaginales… Gemí como una cerda, temblando.
No pude contenerme más y lo hundí en mí.
Grité y lo oí gemir de deseo, la mitad de su hermoso miembro separó las paredes de mi vagina, que lo sujetaban firmemente en su lugar con una poderosa tensión. Empecé a moverme rítmicamente para que la presión interna se aflojara con la humedad y el movimiento, y lo único que logré fue desatar mi primer orgasmo con una fuerza poderosa.
Me estremecí y comencé a temblar al sentir el frágil anillo de mi entrada contraerse alrededor del diámetro de su pene, apretándolo en incontables temblores y contracciones como una ametralladora.
Morí sobre él al instante.
Segundos después, antes de que pudiera recuperarme, Leroy me empujó, colocándome boca arriba en el sofá y me levantó los tobillos, sujetándolos con fuerza.
En mi estado inconsciente, vislumbré su sonrisa diabólica mientras su verga se hundía de nuevo en mi vagina aún temblorosa.
Volví a estremecerme.
Colocó mis pies a ambos lados de su cara, apoyándolos sobre sus hombros, y fue entonces cuando me di cuenta de que estaba completamente indefensa, vulnerable y totalmente a su merced.
Lo sentí penetrarme lenta y profundamente, hasta ese punto donde el placer y el dolor intenso se mezclan cuando las medidas de tu amante son como las de este hombre maduro. Siguió sonriendo con cierto tono perverso en su expresión mientras empujaba lentamente, y eso me asustó inquietándome, nunca había tenido antes esa forma de mirarme.
Puse mis manos sobre su amplio pecho como implorando clemencia, y él simplemente comenzó a bombear dentro de mí con fuerza, con su gran glande palpitando, penetrando en las más profundas intimidades de esta generosa mujer, todo estaba a su alcance.
El fuerte bufido que escapaba de la boca de este hombre de piel oscura con cada embestida contrastaba marcadamente con los silenciosos sollozos que escapaban de mis labios con cada golpe. Sus caderas golpeaban con fuerza y fiereza mis nalgas, y con cada impacto, su miembro resonaba en un grito silencioso desde mi garganta.
El dolor en mis profundidades avanzaba lenta e inexorablemente, quemando, y toda mi intimidad estaba llena por el enorme y viril intruso que me castigaba implacable y enérgicamente.
Intenté concentrarme en mi orgasmo, pero fue imposible. Cada vez que empezaba a aumentar el calor de la excitación, una embestida de su miembro bestial lo destrozaba todo, como el viento derribando un castillo de naipes.
Le hablé entre sollozos, pero nada, no me oía.
De repente, empecé a llorar en silencio. Estaba sola, vulnerable, a merced de su bestia, la cual me dolía más que me excitaba. Leroy, completamente fuera de control, con las venas de las sienes hinchadas, resoplaba como un bisonte en celo con cada movimiento brutal y preciso de su espada que me apuñalaba sin piedad. Las lágrimas corrían por mis mejillas, pero él ni siquiera se inmutaba.
Momentos después, sentí un escalofrío de su imponente cuerpo, y con un resoplido que rompió el ritmo letal de sus movimientos, con la saliva goteando de la comisura de sus labios, dejó escapar un gruñido gutural y, agarrándome las caderas con fuerza, colapsó sin decir una palabra más.
El ritmo se volvió errático y tembloroso a medida que embestía con más fuerza, y con un bufido suyo, pude sentir, en medio del dolor, el río de lava blanca que fluía generosamente de la bestia, regando mis más profundas intimidades.
Por fin, eyaculaba.
El líquido espeso inundó cada rincón de mi ser, su semen parecía quemarme por dentro, no sé si por el ardor interno causado por tantos golpes. La sensación de ardor en mi interior, tras la inicial, trajo consigo un cierto alivio anestésico que por suerte, empezó a calmarme.
Pude ver que, de los pliegues entre mi vulva y su polla, el semen del verdugo moreno brotaba a raudales.
Me había llenado por completo.
Permaneció inmóvil en esa posición encima de mí durante unos instantes, recuperando lentamente el aliento.
Retiró su enorme verga de mi vulva maltratada, y se tumbó de costado a mi lado, con la piel reluciente de sudor.
Intentó decirme algo.
-«No digas nada, solo quédate callado…», espeté, con la garganta irritada por la ira y el dolor, mientras seguía llorando en silencio.
Al cabo de un rato, Leroy se levantó y fue al baño. Cuando regresó, se paró frente a mí y, mirándome seriamente, dijo
“Mira, Rosario, vas a escuchar lo que tengo que decirte.
Ya tengo sesenta años y llevo mucho tiempo haciendo esto. No es la vida que quería, sino la que me dio la oportunidad de no morirme de hambre en este lugar.
A lo largo de los años, he visto a muchas mujeres blancas, millonarias, extravagantes, caprichosas, venir aquí a tener a “su hombre negro” entre las piernas cuantas veces quieran, como si fuéramos desechos humanos, para ser usados y tirados. Y luego vuelven a sus raíces y lo cuentan como si fuera una anécdota risible que merece un aplauso, ‘Me acosté con un hombre negro’”.
Y continuó mientras yo lloraba…
-“Mi realidad laboral no me deja la opción de renunciar a esto, porque fuera del trabajo, no hay nada y tengo familia.
Así que, como represalia, he empezado a ver las cosas a mi manera.
He descubierto que soy extremadamente fértil y me he tomado en serio la idea de inseminar a tantas mujeres como pueda como una forma de rechazar este estilo de vida que llevo, una vida que no elegí, y compartir parte de la culpa.
He descubierto con los años, que tengo seis hijos en Europa con mujeres que se fueron de aquí después de coger conmigo.
No los conozco y nunca los conoceré, no me importa, pero es algo que necesitas entender sobre mí.”
Lo miré fijamente, sollozando desconsoladamente, con la cara empapada en lágrimas. No podía creer lo que estaba oyendo.
Se cambió de ropa y, antes de irse, me besó en la mejilla y dijo
-«Lo siento, pero pensé que necesitabas saberlo», y se fue.
Seguí llorando un buen rato, me sentía la peor persona del mundo, no sabía qué hacer.
De a poco fui calmándome, previa ducha de agua helada y con ganas de remontar el momento.
Salí a distraerme y tratar de pasarlo lindo. Me encontré nuevamente con mis amigos colombianos y todo cambió a la buena onda y la alegría. Pasamos la tarde y a la noche cenamos juntos, divirtiéndome mucho con ellos.
Era muy tarde y me dirigía a la cabaña, en el camino me encontré con Leroy, vino a verme, a disculparse.
Se había dado cuenta de que hoy había estado mal y quería disculparse conmigo.
Hablamos un rato y acepté la disculpa, él me mira y me invita a caminar por la playa mientras charlamos, acepto tímidamente.
Estábamos charlando tranquilamente mientras me decía que había tenido un muy mal día y que se había desquitado con el que menos tenía que hacerlo, así que ahí quedaron aceptadas sus disculpas.
Hizo una broma, nos reímos un poco, el ambiente ya se había relajado por completo.
En un momento toma mi mano y se detiene, se acerca frente a mí y por primera vez desde que lo conozco me besa en la boca. Me abraza apretándome con sus largos brazos, mientras lo tomo por su cuello y le correspondo el beso, beso su rostro, lo miro de cerca embobada, no sé por qué me gusta tanto este hombre de ébano, cuando me toca o me mira de cerca siento escalofríos recorrer mi columna.
Supe al instante que iba a ser suya otra vez.
Nos besamos, le quité la camiseta y él me quitó el pareo y tumbados en la oscuridad de la arena cerca del mar comenzamos a acariciarnos con pasión.
En sus besos, sus caricias, sus abrazos, él era todo ternura, a diferencia de las veces anteriores, este era un Leroy tierno y cariñoso.
Sus manos recorrieron mi cuerpo, mis pechos fueron acariciados suavemente, sus dedos recorrieron con su tacto eléctrico los bordes de mis costillas, bajando hasta mi vientre, llegando a mi pubis, que temblaba con cada movimiento suyo.
Siguiendo el recorrido de sus manos vino el camino de su boca, y esos labios gruesos y carnosos fueron un deleite para mis pezones, chupándolos con avidez, estirando su anatomía hasta hacerme gemir de placer, continuando por mis costillas, mi ombligo y el pubis, gemí y jadeé.
Sentía que deseaba tener adentro a ese hermoso negro.
Separó mis rodillas lentamente y su boca fue al encuentro de los pétalos de mi flor, que deseosos, se abrieron sin esfuerzo ofreciéndole la entrada a mi húmedo altar.
Su lengua se apoyó suavemente ahí y a mí se me vino encima un tsunami de emociones y sacudones. Comenzaron los temblores de manera incesante mientras su lengua recorría con precisión quirúrgica todos los pliegues de mis labios, el nivel de mi excitación se podía notar porque por los cachetes de mis nalgas corrían gotas del flujo segregadas por mi candente vulva.
Continuó jugando con su lengua, que bajaba hasta mi ano circunvalando hábilmente el anillo y volvía por el surco hasta el clítoris que yacía inflado como un globo emergiendo.
Escuchó mis jadeos y supo que era el momento exacto, tomó ese botón pletórico con sus labios, y en dos succiones precisas, dignas de un cirujano, trajo mi primer orgasmo al galope.
Un sinnúmero de contracciones erráticas y convulsivas se apoderaron de mi ser haciéndome perder el control absoluto de mi cuerpo, cerré mis piernas aprisionando a mi amante cual anaconda rodea a su presa, mientras gritaba de placer estremeciéndome en cada espasmo.
Quedé tirada de espaldas, muerta, con los ojos en blanco, y con mis últimos estertores sacudiendo lo poco que me quedaba de vida.
Volví en mí, y pude vislumbrar la escena.
Desnuda, de espaldas al suelo, con las piernas abiertas y apenas levantadas, mi sexo obscenamente abierto, empapado y aun latiendo.
Era la ofrenda perfecta para ese hermoso y enorme ejemplar de moreno maduro que se encontraba arrodillado frente a semejante espectáculo.
Me miró y sonriendo de forma pícara. hizo el gesto de relamerse y comentó
-“Muy buen sabor!, cual comida caribeña!”
Estallé en una carcajada.
Me senté encima suyo y lo besé tiernamente limpiando la enorme cantidad de jugos que dejé en su cara, me abrazó y nos quedamos unos minutos así, era una muestra de cariño que yo precisaba sin dudas.
Luego le dije “tengo trabajo” y me fui presurosa a tomar su herramienta con mis manos. Sostuve acariciando suavemente con mis dedos ese tótem de carne latiente, mientras recorría el camino de sus venas que se inflaban al compás del paso de mis uñas, con la yema de ambos pulgares friccioné en círculos su brilloso glande y empecé a sentir sus gemidos. Su verga reaccionaba inflándose de sangre de manera continua, emergía de entre sus piernas como un obelisco carnal de color oscuro. Deseaba tanto a ese hombre que, el solo tocarlo lograba humedades profundas en mi entrepierna.
Luego de unos segundos me dispuse a mamarlo con ganas, con muchas ganas.
Saboreé ese gusto ácidamente salvaje, generador de deseo, mamé con profundidad ese hermoso glande recorriendo sus pliegues con la lengua dentro de mi boca, bajé por el anverso del tótem hasta sus testículos, chupándolos con fuerza, casi saboreándolos cual caramelo de un lado al otro de mi boca, y seguí por la costura de sus huevos hasta el ano, al que circunvalé con mi lengua escuchando sus quejidos a mis espaldas.
Me incorporé sonriendo con los labios brillantes de saliva y apoyando mi mano en su pecho, me ubiqué a caballo de su ser.
Lo miraba con una mezcla de ternura y profundo deseo, quería poseer ya a ese hombre.
Se incorporó sentándose y pude abrazar su cuello, le di un beso mientras acomodaba mis caderas buscando que la punta de su gloriosa herramienta se ubicara en el lugar correcto, una vez que lo logré, presioné apenas y la cabeza de la bestia abrió levemente mi entrada, suspiré profundo y lo sentí gemir. Apreté mis labios contra los suyos e inicié el descenso, pude sentir claramente cuando los bordes de su glande franquearon el anillo de mi vulva estremeciéndome, continué muy lentamente introduciendo su verga en mi interior percibiendo como todas las imperfecciones de su rugosidad entrecortaban mi respiración tornándola en jadeos arrítmicos. Logré meter casi todo su ser, y la sensación de plenitud que me producía ese animal latiente dentro de mi vagina no tenían explicación alguna.
Leroy me tomó de los cachetes del culo y levantándome apenas comenzó a moverse dentro mío, una corriente eléctrica recorrió mi espina hasta mis pies dejándome sin aliento, despegué mis labios de él y mirándolo de muy cerca, con un gesto desencajado, empecé a cabalgarlo con ganas.
Lo sentí llegar en profundidad, su verga palpitaba dentro de mi como un animal salvaje enjaulado, inquieto, digno de ser adorado y domesticado.
El viento fresco de la noche se colaba corriendo entre nosotros erizando la superficie de mi piel a pesar que en el interior, un fuego abrasador consumía energías a pleno.
La cadencia de la copula encontró el ritmo perfecto en una armonía digna de Bach, nuestros cuerpos perfectamente sincronizados se movían de manera coordinada generando chispazos eléctricos que alimentaban nuestra médula, el interior de mi vagina ya había encontrado el diámetro justo para contener al animal dentro suyo sin que escape.
Pude percibir que su orgasmo vendría en cualquier momento, al instante él me pide que salga porque si no va a eyacular adentro, lo tomo del rostro y observándolo tiernamente le digo
– “vos hiciste una promesa a tus principios y hay que cumplirla cueste lo que cueste”
Mordí sus labios y le susurré al oído
– “acabá conmigo, juntos”
Y nos entregamos a una cabalgata sin frenos, donde su enorme miembro entraba y salía a una velocidad inusitada del envase de su amada Rosario, pasaron unos veinte segundos y la tensión de mi cuerpo apretando su bello animal empezó a colapsar en fuertes temblores, cuando escuché las palabras mágicas de su tenue y quebrada voz
– “Voy a correrme…”
Me aflojé, dejé de aguantarme, permitiéndole a mi cuerpo iniciar el estruendo de contracciones y temblores que traía mi orgasmo, al tiempo que sentí la primera descarga de esperma que con vehemencia regaba mi interior, mordí su hombro gritando mudamente “ohhh Dios mío me muero” mientras el clímax me llevaba puesta arrollándome sin parar.
Dos, tres pulsaciones más y el semen escapó chorreando viscosamente sus muslos, mis temblores estaban desapareciendo brevemente.
Se desplomó hacia atrás y yo con él, quedamos tirados uno encima del otro, cubiertos por la cómplice oscuridad de la playa, solo se escuchaba el breve sonido de las pequeñas olas llegando.
Pasamos fácilmente veinte minutos abrazados en esa pose hasta que logré incorporarme, aún tenía dentro mío esa parte de su oscura anatomía, me senté sobre su abdomen a caballito y acariciaba sus pectorales, nos mirábamos mutuamente con cariño.
Me costó incorporarme, la edad, más la paliza que me propinaron los últimos días hicieron lo suyo quitándole fuerza a mis piernas, además volví a sentir esa molestia en mi vientre a la altura de los ovarios.
Al levantarme un espeso coagulo de esperma pendía de mis labios vaginales como un trapecio, meciéndose hasta caer sobre el abdomen de mi amante, reímos juntos.
Lentamente y de la mano nos fuimos, él gentilmente me acompañó hasta la choza y cuando llegamos un efusivo beso de lengua nos fundió unos minutos en silencio.
Agradecí su honestidad de las disculpas, me sentía muchísimo mejor, le dije que me había dolido mucho lo que pasamos hoy y que ahora, por suerte era un tema olvidado, en tono de broma y no tanto le propuse que se venga a vivir conmigo a Argentina.
Nos reímos con ganas y en un momento de vulnerabilidad se sentó en los escalones de la entrada de la choza y me contó de su realidad.
Está casado nuevamente hace ocho años, es papá y abuelo, y de su trabajo depende en realidad la economía familiar. Que no se enorgullece del trabajo que tiene, pero eso le ha permitido enviar a sus hijos y nietos al colegio para que tengan una buena educación.
Pregunté si su mujer sabe de sus “extras”, me dijo que si, que además así lo conoció y que ella estaba en la misma situación, y que cada tanto hace lo mismo en este resort.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Nos abrazamos, le di un hermoso beso apasionado y antes de que se fuera, en una pose cómica le muestro mi panza y le pregunto
– “qué nombre le pongo?”
Él rió con ganas y respondió
-“si es nena ponle el nombre de la madre, que es una hermosa mujer….”, me tiró un beso y desapareció.
Nunca más volví a ver a Leroy en mi vida.
Esa noche dormí como una marmota, estaba muerta del cansancio.
(continuará….)