Capítulo 1

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  • La isla de Jamaica, lugar de cosas enormes I

La isla de Jamaica, lugar de cosas enormes.

Subía la escalera de mi vuelo que me lleva a mis ansiadas vacaciones en Jamaica, y escucho a mi hermana gritarme desde atrás

-“Rosario!! ¡¡¡Tráeme un muchacho guapo de allá!!!”

Rieron todas con el comentario y yo, haciéndole un gesto con la mano, reafirmaba el pedido.

Mis amigas más íntimas me habían regalado una estadía en un hotel “all Inclusive” jamaiquino para mis cincuenta años. Iba camino a divertirme y a disfrutar de ese paisaje que realmente no conozco pero que siempre quise conocer.

Cabe destacar que soy una mujer bastante común, hasta algo pacata o poco imaginativa, anticuada tal vez. Jamás me casé ni tuve novios formales como muchas mujeres han tenido, solo tuve una relación durante más de diez años, con un hombre casado con quien, un par de veces por semana nos encontrábamos para tener sexo en un hotel alojamiento de morondanga, eso sí, cogíamos muy bien y a mí me gustaba, y con eso me alcanzaba.

Andrés me había enseñado buena parte de los gustos o variables sexuales que conocía, por no decir todas.

Mi vida siempre ha estado dedicada casi exclusivamente al cuidado de mi madre y a mi trabajo en una agencia gubernamental como jefa de contabilidad.

Trabajo quizás un poco alienante y monótono, repetitivo hasta el agotamiento con el paso de los años, pero con el tiempo se vuelve natural y uno se acostumbra, como uno se acostumbra a la monotonía de la vida en general.

Aterrizamos y en el aeropuerto encontré el transporte que me llevaría al resort. Me di cuenta de que otras parejas extranjeras (muy liberales, por cierto) y yo viajábamos al mismo destino.

Llegamos y el hotel en cuestión es un hermoso y enorme complejo con una especie de casa club enorme, con comedor y diversas instalaciones, enormes piscinas y cabañas rústicas de madera separadas por un hermoso sendero lleno de vegetación, que conducía a lo largo de todo su costado a una playa interminable de arena blanca prístina. El lugar era un verdadero paraíso.

En el vestíbulo, la conserje, una guapa morena de pechos enormes, me reiteró la información. Me preguntó si viajaba sola, si tenía planes de encontrarme con alguien allí y me dijo que mi «passport» tenía ciertas ventajas que me explicaría una vez instalada en la cabaña.

Un joven me guio hasta mi cabaña por el sendero que había visto antes y, tras abrirla, me dio las llaves y me dijo

-«Amanda estará aquí en unos minutos para verte y contarte el resto».

Le di una propina al joven y se marchó sonriendo.

La cabaña era preciosa, alta y rústica, hecha de troncos, pero con la modernidad de un hotel de cinco estrellas en su interior.

Una suite con una cama king size con capacidad para cuatro personas, un baño enorme sin paredes ni puertas, dividido en secciones, con un gran jacuzzi circular que daba a una enorme ventana con vistas a la playa.

Estaba observando, hipnotizada, cuando oí que se abría la puerta. Entró una mulata despampanante, con pareo y sostén de malla, descalza.

Se acercó a mí sonriendo y, extendiendo la mano, me dijo en perfecto español

-“Hola, soy Amanda y voy a ser tú tutora dentro de nuestro complejo, te voy a guiar y enseñar todo lo que tú puedes disfrutar acá.”

La saludo sonriente y le digo

– “Hola soy Rosario, soy toda oídos”

– «Bueno, como primer paso, te voy a pedir que me permitas sacarte una muestra de sangre para un chequeo de salud que siempre hacemos a los visitantes y residentes de nuestro resort. Es solo por prevención y cuidado mutuo», añadió.

No entendí nada en ese momento. Esperaba una explicación más concisa, todo esto de la extracción de sangre no tenía ningún sentido para mí.

Continuó

-«Tu pase o pasaporte en nuestro resort es el completo. Eso significa que tienes acceso a todas las áreas y la posibilidad de participar en todas las actividades o eventos que veas y a los que quieras asistir».

—“La verdad es que no entiendo nada” le digo con sinceridad.

Me mira, sonríe y dice

-«Bueno, veo que no sabes muy bien dónde estás. Déjame explicarte. Este Resort es un lugar exclusivo para gente muy liberada y de mente abierta. Swingers, solteros, heterosexuales, gays, bisexuales o lo que prefieras.

Encontrarás lugares dentro de las instalaciones donde puedes practicar sexo libre, como quieras. Las zonas están marcadas con banderas blancas con un logo negro en el interior. Estas zonas son, obviamente, las cabañas, secciones de la playa, secciones del bosque y algunas piscinas.

Las personas con las que puedes interactuar son los demás huéspedes del resort, parte del personal propio, y también hay varios hombres y mujeres que no son personal pero que deambulan por el resort, precisamente para «asistir», por así decirlo, a los huéspedes con sus peticiones sexuales.

El motivo de la muestra de sangre es el siguiente, los condones están prohibidos porque contaminan todo, así que la única manera de garantizar que los asistentes estén sanos y no haya riesgo de contagios es realizar pruebas. ¿Entiendes?

Todo el complejo es nudista, lo que significa que puedes caminar desnudo sin ningún problema o prejuicio, excepto en el comedor, donde con un simple pareo basta.

Para que sepas quién más está en la misma situación que tú, buscando emociones fuertes, verás que llevan una tobillera con nuestro logo en el tobillo izquierdo, tal como la que aquí te traigo.

¡No te los puedes perder!

-“Ok, entiendo perfectamente” y le extiendo el brazo para la muestra…

Después de la extracción de sangre, Amanda, no sin antes darme un beso entusiasta en la mejilla, casi en la comisura de los labios, sonriendo se fue.

Esa noche me dormí directamente, agotada del viaje.

A la mañana siguiente me levanté, calcé mi malla y fui a dar un paseo por la playa. Me encontré con Amanda antes de llegar a la playa y, con un guiño, me dio el visto bueno para la prueba de sangre, está todo “ok”.

-“Buenísimo” pensé y seguí

Riendo me dice

– “Puedes desnudarte, no es pecado jaja”

Sonreí y seguí camino, iba tranquila por la playa y en un sector de sillones veo bajo la sombra de unos árboles a una pareja en pleno acto sexual, el muchacho la tenía en posición de perrito y le estaba dando con ganas, ella gemía fuerte, me ven, me saludan y siguen como si nada, él para unos instantes y de la nada sale otro muchacho que lo reemplaza ajusticiando nuevamente a la chica.

Continué tranquilamente y ahí decidí estar a la moda, me quité la malla y enfrentando mi pudor, me fui desnuda por la vida.

En medio de la soledad apabullante de esa playa enorme, noto que salen a mi encuentro un par de jóvenes muchachos mulatos, iba a cubrirme poniéndome la malla nuevamente, pero los veo desnudos a ellos también, y ahí me resigné.

-“Hola, cómo estás? ¿Hermoso día para andar por la playa no?”

Me dice uno de ellos

-“Si la verdad es que si, está muy bonito” respondo y me percato que ambos tienen la cadenita en el tobillo.

-“ De dónde eres?” me pregunta el otro

-“de Argentina” dije presurosa

-“Ahh pero mira que bien, hermosa tierra la tuya, de bellas mujeres”

-“Y Uds. ¿De dónde son?” pregunte curiosamente

-“Colombia, para ser más precisos de Barranquilla.

Disculpa, pero mientras caminas podemos acompañarte?”

Me dice uno

-“Pero si , claro, será un gusto” dije

No fuimos los tres caminando juntos, lo pasé genial. Me hicieron reír muchísimo porque eran divertidísimos y desinhibidos. Caminamos unas dos horas, hasta el cabo al final de la playa, donde termina el resort, y dimos toda la vuelta. Al llegar a las cabañas sobre el mediodía, nos despedimos. Me saludaron y me invitaron a una actividad con ellos a la noche. Acepté y les dije que les avisaría más tarde.

Fui a mi cabaña y, al entrar, vi a un hombre de la limpieza haciendo la cama y dejando toallas extra. Lo saludé y me devolvió el saludo cortésmente.

Era un hombre alto, negro, de casi sesenta años.

Noté que tenía una expresión tranquila, aunque me miraba insistentemente. Me moví deliberadamente por la habitación y sus ojos no se apartaron de mí. Me di cuenta de que estaba completamente desnuda, pero debería estar acostumbrado, no debería haberle molestado.

Se acercó y me dijo que había una sala de masajes en el hotel si quería. Era uno de los masajistas que trabajaba allí, y me sugirió que lo aprovechara. Le agradecí su atención. Me habría gustado un masaje, pero no me apetecía ir hasta el hotel ahora mismo.

Quizás si ofrecieran servicio a la habitación, lo habría preferido. Me explicó que solo estaba disponible por las tardes y que actualmente no lo ofrecían.

-“Bueno, que pena” dije con un gesto de decepción

El hombre me miró exhaustivamente de pies a cabeza, como estudiándome, y en una pausa, con toda su tranquilidad me dijo

-“Fuera de la actividad oficial del hotel, si lo desea, puedo darle un masaje personal, pero solo si Ud. «lo desea”

Hizo tanto hincapié en la forma de decirlo que me produjo cierta intriga, ya sentía la adrenalina comenzando a correr por mis venas generándome cierta excitación.

Obviamente le dije que aceptaba y que lo deseaba.

Me hizo acostar en el sillón, y comenzó lento y pausado por mis pies a recorrerlos con sus dedos de forma minuciosa y exhaustiva, no dejando ningún centímetro de mi piel por tocar, suspiré al instante que me tocó, sus manos tenían una energía única y se podía percibir como un “touch” eléctrico ni bien apoyaba las yemas de sus dedos en mi cuerpo.

Luego de recorrer mis pies, pasó a los tobillos y mis pantorrillas, continuaba con la misma dedicación que antes, solo variaron la intensidad de mis gemidos. Y para cuando a través de los muslos llegó a mis caderas. yo ya jadeaba como una perra en celo.

Tuve que pedirle que parara porque no iba a poder aguantar más, él miró mi cara desencajada y con una pícara sonrisa acotó

-“De eso se trata justamente, que no se aguante”

Llevé mi mano a su rostro y lo acaricié. Se inclinó lentamente y me besó en la mejilla. Luego se levantó y se desnudó lentamente.

Pude ver algunos detalles llamativos en su desnudez, el intenso color oscuro de su piel, su porte y altura, sus piernas largas y esbeltas, y por supuesto, su tentador miembro.

Si bien no era uno de esos enormes que se ven en las películas porno, era de un tamaño considerable, y bastante más grande que cualquier cosa que hubiera visto antes, con un buen grosor y un marcado contraste con su piel oscura y las venas violáceas que la cruzaban.

Se dio cuenta de que miraba su miembro, absorta, y sonrió con una mueca de satisfacción. Se inclinó más cerca, colocando su miembro cerca de mi rostro, y susurró

–“es todo suyo madame…disponga!”

Me levanté y lo empujé hacia el sofá. Cayó y le abrí las piernas. Con la mirada más insaciable y guarra que poseo, lo miré fijamente mientras metía su magnífico miembro en mi boca.

«¡Dios mío!» Ese aroma y sabor de su sexo, tan inmensamente persistente, tan único, tan primario y animal, comenzó a volverme loca. Lo chupé sin descanso, tragando ese tótem de carne hasta el fondo de mi garganta, rodeando frenéticamente su glande con mi lengua como una anaconda, apretándolo.

Lo escucho gemir fuertemente y apoyando una mano sobre mi frente me pide que pare. Lo miro desde abajo con mi boca babeante y los labios inflados de deseo, me hace señas que lo cabalgue.

Subo rauda sobre su cuerpo a horcajadas, mientras lo hago palpo mi vulva que era un pantanal húmedo de deseo, una vez encima, él guía su miembro a mi rosado acceso, lo apoya suavemente, mientras siento el calor de su humedad latiendo en mi entrada.

Ardo de deseo, y en cuanto lo siento posicionado, empujo hacia abajo, dejándome caer lentamente. El poderoso mástil negro comienza a abrirse paso como un taladro a través de mis entrañas, las paredes de mi vagina, aun resistiéndose un poco, ceden y se amoldan al gran diámetro de la bestia que entra orgullosa, marcando el camino.

«Oh, Dios… es el primer hombre negro dentro de mí», susurré.

Lentamente llegó a lo más profundo de mi ser, y una vez allí, por primera vez en mi vida, me sentí completamente llena, completamente plena, como si no quedara espacio dentro mío.

Suavemente comenzó los movimientos copulatorios, y la aspereza de sus venas fue inmediatamente perceptible, el vaivén produjo un escalofrío tras otro por todo mi cuerpo. Noté al instante que mi orgasmo pronto llegaría, así que respondí cabalgándolo con entusiasmo, ambos jadeábamos en una síncopa perfecta que unía sonidos con movimientos como una sinfonía ensayada muchas veces.

Tomó mis grandes pechos con ambas manos y, apretándolos entre sus largos dedos, metió mis pezones en la boca, succionándolos con furia, mientras yo me aferraba al cuero del sillón con ambas manos, sosteniéndome en mi frenético viaje al orgasmo.

El torbellino duró un par de minutos, y de repente, con un jadeo, se aquietó en lo más profundo de mí. Sentí su torrente cálido y viscoso golpear con saña las puertas de mi útero en una primera oleada triunfal.

Jadeó y gimió desesperadamente, como alguien a quien le están drenando la vida a través de su polla.

Sentí el segundo espasmo y la otra oleada cálida que me inundó por completo.

Desesperada porque mientras él eyaculaba, mi orgasmo aún no había llegado, aceleré el ritmo de mis movimientos cuando él alcanzó la cima de su conquista, y con una sacudida repentina, el clímax me golpeó como un golpe de knockout.

Empecé a temblar incontrolablemente mientras las contracciones de mi vagina se sucedían como disparos de ametralladora, apretándose alrededor del miembro de mi amante en ráfagas sucesivas.

Mi cuerpo no respondía, y los temblores continuaban, sin darme paz ni un segundo. Al ver esto, él me abrazó con fuerza, tranquilizándome mientras me susurraba suavemente al oído

-“Está bien, está bien… Relájate, deja que todo fluya…”.

Minutos después, tras un millón de contracciones, la calma finalmente llegó, y al recobrar el sentido, me di cuenta de que estaba abrazada con fuerza por el noble caballero que estoicamente aún conservaba todo su poderoso armamento dentro de mí.

Lo miré de cerca, le besé la cara con ternura, lo miré a los ojos de nuevo y le agradecí por el mejor polvo de mi vida.

Sonriendo, susurré suavemente

-“Y ni siquiera sé tu nombre”, jajaja.

Con dificultad, desmonté de mi corcel negro, entumecida por la paliza. Noté gruesas gotas de semen chorreando de su miembro casi erecto. Rápidamente, sin perder un segundo, lo agarré por la base y succioné cada gota con la lengua, saboreándolo con placer.

Me senté en el sofá y me recosté en el cojín para descansar un rato.

El hombre se levantó para ir al baño, y fue entonces cuando noté la cadenita con el logo que colgaba de su tobillo izquierdo, me había dado cuenta de ese detalle un poco tarde.

Se vistió, me besó en la mejilla y antes de irse dijo

-«Ha sido un placer inmenso, me llamo Leroy…»

Y se fue sin decir nada más, ahí tuve la sensación que a Leroy iba a volver a verlo otra vez.

Me duché y fui a comer, el sexo me había abierto el apetito. En el comedor, me encontré con los dos chicos de esta mañana, y en cuanto me vieron, me hicieron un gesto para que me acercara a su mesa.

Me senté con ellos a comer. Son divertidísimos, me hicieron llorar de risa contándome sus anécdotas y desventuras. Me contaron su búsqueda y por qué habían acabado en ese hotel. Dijeron que eran «gays pero abiertos», es decir, en definitiva, bisexuales. Buscan hombres, pero si hay una mujer que les atrae, no se acobardan.

Por supuesto, me preguntaron si ya había tenido alguna experiencia jugosa, y les hablé del camarero.

Se reían a carcajadas, disfrutando de mi cabalgata en el corcel negro.

Tuvimos una charla agradable después de comer. Creo que me llevo muy bien con esos dos jóvenes mulatos, y parece que yo también les caigo bien. Me invitaron a una fiesta de espuma en la piscina esa tarde, a la que iban, y acepté.

Me fui, iba a descansar un rato en la cabaña.

De camino, me encontré con la pareja sueca que me había acompañado en el traslado. Me vieron y se acercaron a saludarme con cariño.

Intentamos entendernos, mitad en inglés, mitad en español. Fue un poco de lio, y nos reímos, pero los gestos también ayudaron a entendernos.

Me invitaban al jacuzzi con ellos. Debo confesar que no entendí bien la oferta. Ambos son rubios, de ojos muy claros y rasgos marcadamente nórdicos, de belleza casi angelical, muy altos y con un físico tonificado. Ella también tiene unos pechos muy bonitos, y no parecen implantes. No entendía dónde encajaba, siendo una mujer regordeta de caderas anchas, con el trasero y el pecho ligeramente caídos por la edad, y un poco de barriga. La duda me corroía la mente, intrigándome profundamente, y sin pensarlo demasiado, acepté su propuesta.

Caminamos juntos, charlando un rato, hacia una zona del bosque. Vi su cabaña, que tenía un enorme jacuzzi redondo en la terraza delantera con una vista impresionante de la playa.

Un paisaje de ensueño, a decir verdad.

Ella abrió el camino, se quitó las sandalias y el pareo, desvistiéndose por completo. Se duchó rápidamente y se metió en el jacuzzi, haciéndome un gesto para que la siguiera, mientras el joven entraba a buscar algo, creo.

Me duché con agua fría y me metí también en el jacuzzi, sentándome frente a ella. El agua burbujeaba de maravilla, y la sensación era maravillosa.

El joven regresó con tres copas y una botella de champán en una cubetera helada. Los dejó a un lado y se fue a duchar, quitándose el bañador. Con el rabillo del ojo, noté que su pene, incluso flácido, era bastante grande.

Se metió en el agua y sirvió las tres copas.

Brindamos, riéndonos bastante.

Dejé mi copa y, viéndolos sentados frente a mí, sin saber qué hacer, se me ocurrió presentarme.

-«Un placer, me llamo Rosario, pero si lo prefieren, Ro para amigos íntimos», dije.

Se rieron, y ella dijo

-«Somos Gunther y Johana, pero también Gun y Jo para nuestros amigos íntimos, jaja».

Mientras admiraba lo guapos que eran, ambos se levantaron y se sentaron a mi lado. Mi corazón empezó a latir con fuerza.

Ella me tomó la mano y, mirándome a los ojos, dijo

-«Tranquila, se nota que es tu primera vez. Te vamos a tratar bien y a cuidar».

Sonreí agradecida. Se inclinó y me besó en la boca, mirándome con una sonrisa. Se mordió el labio y se lanzó a un beso apasionado. Me pilló desprevenida porque, sin darme cuenta, ya estaba deslizando su lengua en mi boca. Estaba paralizada por los nervios, incapaz de hablar.

Jo se apartó unos centímetros y miré a Gun a mi lado, que también sonreía. Al notar que el beso, lejos de disgustarme, me había complacido, le devolví la sonrisa. Giré y, sin más dilación, agarré a Jo por la nuca y, apretando sus hermosos labios contra los míos, le metí la lengua en la boca sin dudarlo, como si buscara algo perdido. La oí gemir y me abrazó automáticamente. Gun, sin perder un instante, me besó la nuca detrás de la oreja y pegó su cuerpo al mío, abrazándome por detrás.

Éramos tres cuerpos en uno, ella entrelazó sus largas piernas con las mías y él cruzó cada una de las suyas a mis costados. Completamente enlazados, nos acariciamos, rozándonos cada parte de nuestros cuerpos.

Debo decir que lo que estaba experimentando era hermoso.

Tenía una sensación plenamente placentera en todos los sentidos, los roces de los cuerpos en el agua, la vibración de la piel de ambos, las manos recorriendo los cuerpos, hambrientas de deseo y placer y jugando con el cuerpo del otro. Y para colmo de males, ambos eran una hermosura por donde se los mire.

Gun comenzó una serie de masajes con sus dedos a lo largo de mi columna, llegando hasta la nuca, mientras Jo, hambrienta, me agarraba los pechos, apretándolos y jugueteando con mis pezones. Tomé su rostro entre mis manos y la besé de nuevo, explorando con entusiasmo su boca con la lengua.

Me estaba volviendo loca. Si hubiera sabido lo maravilloso que era besar a una mujer, sin duda se lo habría sugerido a alguna de mis amigas antes.

Sentí una mano de Jo deslizarse entre mis piernas, buscando mi sexo. Las separé para facilitarlo. Sentí sus dedos entre mis labios, explorando la entrada, y la oí decir «¿Estás lista, Ro? Esto es solo el preludio. El resto… lo haremos en la cama…».

Se levantó, mirándome, y pude apreciarla en todo su esplendor, un monumento de mujer, una diosa con un cuerpo esculpido en formas artísticas y ojos azul cielo.

Salimos del jacuzzi y Gun me dio una toalla. Los tres nos secamos, felices del tiempo que estábamos pasando.

Jo me abrazó y me llevó dentro de la casa. Fuimos a una habitación enorme con una cama gigante y un ventanal con vistas a la playa. Me acerqué a mirar y ella se arrodilló en la cama, me miró y con una expresión tierna me pidió que me acercara. Me acerqué y me tomó de las manos. Me acosté a su lado en la cama y ella se subió encima de mí, besándome apasionadamente.

Mete una de sus piernas entre las mías, nuestras vulvas se rozan. La abrazo agarrando sus nalgas perfectas, deslizo un par de dedos dentro y, desde atrás, separando sus nalgas, acaricio su esfínter anal en círculos. La oigo gemir fuerte mientras su lengua busca desesperadamente lo más profundo de mi boca. Le muerdo los labios y ella ríe.

Se aparta, me mira fijamente y, mordiéndose el labio, dice

-«¡Me gustas muchísimo! Lo supe desde el momento en que te vi en el autobús».

Sonreí, mirándola con ternura. No podía creer lo que estaba sucediendo allí mismo.

Gun, que nos había estado observando, se acerca y se arrodilla a nuestro lado. Puedo ver que su miembro, ya erecto, tiene un buen tamaño, tal como lo había imaginado.

Mirándonos a ambos, me pide permiso y lo coloca sobre mi boca.

Una boa blanca, hermosamente venosa, reposaba sobre mis labios. Jo colocó su boca al otro lado, la apretó y empezamos a besarla mientras él empezaba a embestir. La polla en cuestión se deslizó entre nuestras bocas y lenguas al unísono mientras la mordisqueábamos. Nos colocamos un momento sobre su glande húmedo y lo sentimos gemir de deseo. Cuando el gemido se convirtió en un jadeo, dijo

-«¡Mierda! ¡Me van a hacer correr!».

Y se retiró. Ambas reímos a carcajadas.

Jo me abrió las piernas y empezó a besar mi vulva, explorando mis labios y mi clítoris con gusto, mientras Gun, colocándose detrás de ella, empezaba a penetrar a su esposa. Los observé, y era tan sensual y dulce a la vez, él embistiendo con firmeza dentro de su esposa y ella gimiendo con fuerza con mi sexo en su boca. Para entonces, ya estaba en otro mundo, con un nivel de excitación enorme.

La oigo decir

-«¡Cambiemos!»

Y sin más dilación, se levanta, se sube encima de mí y, colocando sus rodillas casi sobre mis hombros, me ofrece su vulva palpitante, abierta como una fruta madura.

Jo es la primera mujer que he besado, y por lo tanto la primera que he tocado íntimamente, pero nunca me la hubiera imaginado ofreciéndome su sexo tan abiertamente, húmedo y deseoso. Lo cierto es que, sin pensarlo dos veces, hundí mi lengua y mis labios entre los suyos, aún babeantes. Sentí el calor de su vulva ardiente y los jugos ácidos que emanaban derramándose sobre mi boca y mi rostro. Jadeó salvajemente mientras frotaba rítmicamente su sexo contra mi cara.

Noto, sin verlo, que Gun me agarra los tobillos, levantándome las piernas, y un segundo después siento su daga húmeda y carnal abriéndose paso hacia la entrada de mi altar vaginal. Empujó con fuerza, abriéndose camino y separando mi carne con determinación. Suspiré profundamente y, con una segunda embestida, lo sentí penetrarme profundo, palpitando sin dudarlo. Grité en silencio con el sexo de Jo en mi boca. La penetración me hizo temblar, y sin darme un segundo de aliento, ya estaba bombeando salvajemente, igual que con su esposa. Su inmenso grosor se hacía sentir sin restricciones.

-«Eso es, Ro… tómalo todo, te lo mereces… ¡disfrútalo con todas tus fuerzas, Dios! ¡Cuánto me gustas!»

Susurró con voz ronca, llena de deseo, mientras me clavaba su vara profundamente, sin parar.

Cada vez que me penetraba, sentía que el dolor se desvanecía lentamente, dejando solo un placer puro e intenso que hacía que mis gritos se dispararan.

Gemia y jadeaba con fuerza, y mi lucha interna se centraba en intentar prestar atención a ambos frentes de la batalla. Por un lado, estaba el amor que le prodigaba a Jo con mi boca, pero por otro, no podía dejar de sentir a Gun clavándose en lo más profundo de mi ser.

La atmósfera se volvió densa, turbia, llena de fluidos, deseos y lujuria.

Cada embestida de Gun llenaba mis entrañas sin control, sus caderas golpeando con fuerza mis nalgas. La fricción interna producía un escalofrío que me subía por las piernas hasta la columna vertebral, paralizándome.

En medio de esta sensación, Jo intensificó su roce contra mi rostro, jadeando y gritando. Su clítoris estaba ahora erecto, como un mascarón de proa, orgulloso a punto de conquistarlo todo.

Lo tomé en mi boca, succionándolo con fuerza, y el milagro ocurrió. Un mar de temblores y espasmos se apoderó de su hermoso cuerpo, y en un orgasmo devastador, comenzó a empapar mi rostro con el resto de sus fluidos íntimos mientras lloriqueaba temblorosamente.

Antes de que se desplomara por completo, oí a Gun decir —-«Maldita sea, lo siento tan lleno y apretado que… no puedo soportarlo más».

Y entonces, en una última embestida, Gun se asentó en lo más profundo de mí. Un grito silencioso de dolor escapó de mi garganta, y al instante, el flujo de su cálido semen comenzó a inundar mis entrañas sin parar. Sentí su espeso semen inundar mi febril útero, y como si esta acción fuera el detonante necesario, comencé a correrme sin control.

Mi cuerpo, en total desafío, desató un tsunami de contracciones alrededor del miembro del hermoso sueco, aprisionándolo para que no pudiera escapar.

Gun se desplomó sobre mí, y Jo, arrojándose a mi lado, apoyó la cara en mi hombro, abrazándome.

Y allí, los tres morimos…

Nos dormimos un rato juntos los tres, al levantarme ambos me invitaron a quedarme con ellos, haríamos algo, cenaríamos juntos y luego tal vez algo más de amor o solo disfrutar el momento.

Agradecí la hermosa muestra de cariño y me fui a descansar, las jornadas hasta ahora, venían siendo muy pero muy agotadoras.

Continuará….