Capítulo 2

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– Tranquilo santi, ¿Qué pasó? – pregunto con algo de preocupación, pero consciente que seguro su amigo había tenido algún problema complicado con su auto o tal vez en el trabajo, entonces pregunta – ¿Qué quieres que lleve? ¿birra o una bolsa y una pala?

Era una pregunta típica que se hacían cuando pedían ayuda uno al otro.

– trae la bolsa y la pala… – Lautaro pensó que le hacía una broma y se empezó a cagar de risa, pero nuevamente su silencio lo hizo dar cuenta que la cosa era en serio.

– ¿Qué pasó Santiago? – con un grito, algo no estaba bien.

– Está muerta Lauty… está muerta… – conmocionado

—¿Qué decís, Santiago? No jodas con eso, boludo —el corazón de Lautaro empezó a martillarle contra las costillas. Soltó el control remoto y se puso de pie, buscando las llaves de la camioneta por puro instinto.

—No es joda… te juro que no es joda —la voz de Santiago se quebraba, se escuchaba un jadeo errático de fondo—. Estábamos… estábamos bien, Lauty. De la nada empezó a respirar mal, se puso azul… se me quedó en los brazos, hermano. No reacciona. No respira.

Lautaro sintió un frío helado recorrerle la nuca. El taller, su departamento, su vida tranquila de recién separado se acababa de desmoronar por un llamado.

—Llama a una ambulancia, Santiago. ¡Ahora! —gritó Lautaro, ya bajando las escaleras hacia el taller.

—¡No puedo! —chilló Santiago del otro lado—. Si llamo, se acaba todo. Mi carrera, Viviana, la nena… ¡Estoy en la casa de ella, Lautaro!

—¿Dónde estás? —preguntó Lautaro finalmente, con la voz apagada.

—Te paso la ubicación por WhatsApp… Por favor, vení. No me dejes solo en esta, Lauty. Sos el único que sabe que estoy acá.

Lautaro se subió a su moto y fue hasta allí.

Al llegar Santiago tenía mucho miedo y lo abraza – menos mal que llegaste –

-que paso boludo? –

– no se estábamos lo mas bien y se queda dormida, le doy un beso y la noto que respira mal la muevo y ahí se queda muertaaaa – y se pone a llorar

– bueno para vos me juras que no tuviste nada que ver –

– te lo juro lauty te lo juro – él le creyó

– bueno a ver –

Cuando la ve se queda helado – capaz que le agarró un ataque –

  • ¿Si lo más seguro pero que hago? –
  • Ya se – piensa – mira limpia todo lo que tocaste todo eh, los azulejos, ropa, mesa, sabanas todo ehhh con alcohol –
  • Bueno dale –
  • Y ahora escúchame bien – lo toma de la cara – después te vas, yo me quedo porque si investigan van a terminar llegando a vos y va ser peor porque te rajaste
  • Y vos para que te vas a quedar –
  • Yo voy a llamar a la policía y una ambulancia. Y además me quedo esperándolos –
  • ¿Y qué le vas a decir? –
  • La verdad. Que estuvimos cogiendo, nos dormimos y cuando yo me despierto y la veo que no reacciona, la muevo en la cama y estaba muerta –
  • Estás loco no puede permitir que hagas esto –
  • Santi somos amigo y vos harías lo mismo –
  • Gracias gracias gracias – llorando – no me debes nada no sé cómo pagarte lo que estás haciendo –
  • Mira que si tuviste algo que ver te mato yo –
  • No tuve nada que ver –
  • Bueno limpiemos –

Cuando Santiago se fue Lautaro trato de tocar todo para dejar sus huellas digitales y hasta se hizo una paja dentro de un preservativo.

20 minutos después llegó la policía al lugar y mientras sacaban el cuerpo de Ariana la oficial romina interrogaba a Lautaro

  • La entiendo oficial que estaba nervioso no estaba pensando bien –
  • Si comprendo señor, pero no lo exime de responsabilidad. Si hubiese llamado antes quizá su amiga se salvaba
  • Es que cuando nos quedamos no me di cuenta pensé que se seguia dormida
  • Igual no me queda claro nada, así mientras esto se sigue investigando usted queda detenido

Lautaro pasó la noche en la comisaría y a la mañana siguiente lo llevaron a la fiscalía. Santiago le puso un abogado que le aseguró que, si era muerte natural, salía en un par de días. Pero las horas pasaban y la tensión lo estaba matando. Hasta que Romina lo fue a buscar para un nuevo interrogatorio. Lo llevó a una salita privada, cerró la puerta con llave y se sentó frente a él, apoyando los codos en la mesa, haciendo que su pecho resaltara bajo la camisa del uniforme.

—Lautaro… detectamos huellas de alguien más en la casa. ¿Sabés algo? —preguntó Romina acercándose, y él pudo sentir su perfume mezclado con el olor al cuero de su cinturón policial.

—No tengo idea, oficial… estábamos solos —mintió él, mirándola a los ojos.

Ella se levantó, caminó detrás de Lautaro y apoyó sus manos en sus hombros. Sus dedos fuertes empezaron a masajearle el cuello.

—Me parece que me estás mintiendo, Lautaro… y a mí no me gusta que me mientan —susurró en su oído. Su voz era una caricia eléctrica—. Los resultados de la autopsia dicen que la chica murió de un bobazo, algo congénito. Pero los forros… el ADN en los forros no coincide del todo con lo que encontramos en la cama.

Él se quedó helado. Romina se puso frente a él, se desabrochó los dos primeros botones de la camisa y se sentó en el borde de la mesa, abriendo un poco las piernas.

—Podría hundirte, Lautaro… o podría aceptar que fuiste un buen amigo y me diste una noche de laburo tranquila —lo miró con una lujuria que él no esperaba—. Pero ese esfuerzo que hiciste en el departamento… ese «sacrificio» de llenar los forros… me dejó pensando.

Se bajó de la mesa, le soltó una de las esposas y la enganchó a la pata de la silla, dejándole una mano libre. Se bajó el cierre del pantalón y se sentó sobre sus faldas, mirándolo con un hambre voraz.

—Mostrame qué tan bueno sos con las manos, Lautaro… —ordenó.

No se lo tuvo que decir dos veces. Lautaro la atrajo hacia sí y la besó con una desesperación salvaje. El contraste del uniforme rígido contra su piel era una locura. Le bajó el pantalón y se encontró con una tanguita de encaje negro que no pegaba nada con su placa de policía. La penetró ahí mismo, en la silla del interrogatorio, mientras ella se tapaba la boca para no gritar.

—¡Ahhh… Dios… Lautaro, dale… métela toda! —gemía Romina contra su cuello, mientras sus uñas se clavaban en la espalda de él—. ¡Garchame como si fueras culpable, dale!

El ruido de la silla chocando contra la mesa marcaba el ritmo. Era un sexo sucio, prohibido, cargado de la adrenalina de estar en una comisaría. Romina se movía como una profesional, apretando su cuerpo tonificado contra el de él en cada embestida.

Sexo entre Romina y Lautaro

—¡Siii… me voy… me voy… ayyyy oficial! —rugió Lautaro, sintiendo que el orgasmo le explotaba en el pecho.

—¡¡¡AHHHHHHH!!! —gritó ella en un gemido ahogado, sacudiéndose entera mientras acababa sobre sus piernas.

Se quedó unos segundos recuperando el aire, se arregló el uniforme y lo miró con una sonrisa sobradora.

—Andate, Lautaro. El informe va a decir que no hubo terceros. Pero si te vuelvo a ver… espero que tengas la pala lista para enterrarme a mí —le guiñó un ojo y le abrió la puerta.

—No lo sé, oficial… tal vez era del novio —le dijo Lautaro, intentando mantener la cara de póker—. Yo sabía que ella andaba con alguien más y, bueno, supongo que el rastro era de él.

—¿Andaba con alguien más? ¿Y quién era el novio? —preguntó Romina.

—No me acuerdo el nombre. Seguro me lo dijo, pero ni idea. No le presté mucha atención, la verdad.

—Claro, lo único que te importaba era garchártela… —le soltó ella, clavándole una mirada que él no pudo descifrar. Lautaro se quedó mudo.

—¿No será que llegó el novio y pasó algo entre ustedes? ¿Discutieron? —insistió Romina. Lo taladraba a preguntas, buscando que pisara el palito, pero su sangre fría y un poco de suerte hicieron que aguantara la versión hasta el final.

Después de dos días guardado en la alcaidía, lo largaron. La autopsia fue clarita: Ariana tuvo un bobazo por una malformación en una arteria que le reventó justo en el clímax. Básicamente, la mató el placer. El abogado de Lautaro le dio una palmada en la espalda; no había nada que indicara que alguien la había ayudado a morir.

Cuando salió, Santiago lo estaba esperando para darle un abrazo de esos que dicen «gracias por salvarme el matrimonio». Justo antes de irse, Lautaro se cruzó con la oficial. Estaba más tranqui, lo miró y le clavó una sonrisa.

—¿Vio que yo no tenía nada que ver, oficial?

—Solo hacía mi laburo, Lautaro, nada personal… Pero sí, quedó claro que no tuviste nada que ver. Andate tranquilo y espero no cruzarte de nuevo por acá.

—¿Y qué tal si me encontrás en otro lado? Por ejemplo, cenando en un lugar lindo el viernes… ¿Me acompañás?

Ni el mismo Lautaro podía creer lo que estaba diciendo. Generalmente no era tan mandado, pero esa morocha le volaba la cabeza. Romina se quedó muda unos segundos, como procesándolo, hasta que aceptó.

—El jueves, Lautaro… Nos vemos el jueves a la noche.

La semana pasó volando. Con Santiago charlaron del tema ya más relajados. Su amigo le confesó que venía tiroteando a ariana hacía meses; la mina era una bomba y él, como un boludo, cayó rendido. Le debía una vida.

Llegó el jueves. Lautaro se puso unos jeans que le marcaban bien, una camisa azul que le resaltaba los ojos y un blazer que tenía guardado. Romina le pasó la dirección de un bar moderno, de esos con luces bajas y música chill out. Él llegó antes, se pidió una birra y a los pocos minutos la vio entrar. Llevaba un vestido negro al cuerpo que le quedaba pintado. El pelo suelto y una mirada que prendía fuego.

—Hola, oficial —le dijo él levantándose. Le dio un beso en la mejilla, pero se quedó un segundo de más para sentirle el perfume.

—Hola, Lautaro —respondió ella con una sonrisa que le hizo olvidar hasta su nombre.

Cenaron, tomaron algo y la charla fue de diez. Tenía un humor ácido que a él le encantaba. Hablaron de la vida, de estar solos. Lautaro le explicó que, desde que se separó de Mikaela (su ex), iba tranquilo y necesitaba volver a confiar. Ella lo miraba como leyéndole el alma. Salieron a caminar y, frente a un parque vacío, él la frenó, la acercó y se dieron un beso de esos que dejan las piernas de trapo.

Lautaro no la soltó enseguida. Se quedaron ahí, a centímetros, compartiendo el mismo aire mientras el ruido de la ciudad se sentía como algo lejano.

—Permiso concedido, entonces —susurró él, con una sonrisa de costado, todavía sintiendo el gusto de ella.

Romina soltó una risita suave y le acomodó el cuello del blazer. Lo miró fijo, pero esta vez sin la mirada inquisidora del interrogatorio.

—No te hagas el canchero, Lautaro. Mirá que todavía tengo tu legajo en la cabeza —bromeó ella, aunque sus ojos decían otra cosa—. ¿Siempre sos así de mandado o el azul de la camisa te dio superpoderes?

—Es el efecto de la ley, me pone nervioso —contestó él, siguiendo el juego—. Fuera de joda, hace mucho que no me sentía tan… no sé, tan bien con alguien que recién conozco. Y eso que me hiciste transpirar la otra vez en la oficina.

Romina se puso un poco más seria, pero mantuvo la dulzura.

—Lo de la oficina era trabajo. Esto… bueno, esto no tiene nada que ver con el código penal. —Caminaron unos pasos más, ella enganchó su brazo con el de él—. Te escuché cuando hablabas de Ariana. Se nota que sos de los que se entregan a fondo, y entiendo que te cueste confiar. Yo también tengo mis historias, Lautaro. En mi laburo ves lo peor de la gente, terminás armando un escudo de acero.

—¿Y hoy? ¿Ese escudo dónde quedó? —preguntó él, frenándola de nuevo.

Ella lo miró en silencio un segundo, evaluándolo, y por primera vez Lautaro sintió que la oficial de policía se permitía bajar la guardia de verdad.

—Digamos que hoy dejé el arma y la placa en la mesa de luz. Me gusta que no seas el típico pibe que se asusta porque soy «la autoridad». Me gusta que me hagas reír.

Se quedaron un rato más hablando de cosas sin importancia, de la música que les gustaba y de lo que esperaban de la próxima cita. Antes de que él la acompañara a tomarse un taxi, Romina le dijo al oído:

—No te acostumbres a que sea tan fácil, eh. La próxima me tenés que sorprender vos.

Las semanas que siguieron fueron un torbellino de emociones que no sentía hacía años. Lautaro y Romina empezaron a verse seguido, y cada encuentro era más intenso que el anterior. Los besos, que al principio eran tímidos, se volvieron más fogosos, más urgentes. Las caricias ya no eran solo manos entrelazadas o un brazo sobre la cintura; ahora eran más atrevidas, más íntimas, avanzando a paso firme. Ella lo miraba de una forma que lo hacía sentir el único tipo en el mundo, y él hacía lo imposible por estar a la altura.

Una noche, la invitó a su departamento con la firme intención de que se quedara a dormir. No era un lugar lujoso, pero lo había acomodado lo mejor posible para la ocasión: puso velas, música suave y compró un vino especial. Se había esmerado de verdad. Romina pareció impresionada, o al menos eso quiso creer él cuando ella sonrió al ver tanto despliegue.

—¿Todo esto para mí? —preguntó ella con una sonrisa coqueta, mientras dejaba la cartera en el sillón. —Solo quería que estuvieras cómoda —respondió él, acercándose para tomarla de la mano y darle un beso tierno en los labios.

Mientras tomaban una copa de vino, ella recorrió el lugar con la mirada, pero se detuvo en la llave que Lautaro había dejado sobre la mesa, la que tenía el logo de su taller mecánico. Romina dejó la copa de lado, se acercó a él y le rodeó el cuello con los brazos, pero su mirada no era de sueño, sino de una curiosidad eléctrica.

—Me hablaste tanto de tus motores y de ese lugar donde te perdés horas —le susurró ella, rozándole los labios—. No quiero quedarme acá encerrada viendo una película, Lautaro. Quiero ver tu mundo. Llevame al taller. Ahora.

Lautaro se sorprendió. No era el plan «romántico» que tenía en mente, pero la intensidad en los ojos de Romina no admitía un no por respuesta.

Llegaron al taller en silencio. El olor a grasa, metal y caucho llenaba el aire. Lautaro prendió apenas una luz tenue que dejaba grandes sombras entre los autos a medio armar. Romina caminó entre las herramientas, pasando los dedos por el metal frío de un motor abierto, hasta que se detuvo frente a él.

—Acá sos vos el que manda, ¿no? —dijo ella, acortando la distancia.

Ya no hubo espacio para las palabras. El escudo de acero de la oficial terminó de caerse entre estanterías de repuestos y el eco del metal. Romina lo buscó con una urgencia que él respondió de inmediato. Se olvidaron de los códigos, de los pasados y de las desconfianzas. Ahí, sobre el banco de trabajo, entre el caos de su oficio y la fuerza de su deseo, se entregaron el uno al otro con una intensidad que hizo que todo lo demás —la oficina, el legajo y la ciudad entera— dejara de existir.

Esa noche, en la penumbra del taller, Lautaro entendió que no necesitaba volver a confiar en el futuro, solo necesitaba ese presente que quemaba.

—y ese auto — pregunto romina —es de una clienta — dijo Lautaro —guau una vez estuve con un chico en un auto así y ni te cuento – era un Chevrolet modelo 74 negro — y queres que te ayude a recordar—

Lautaro la besa apasionadamente lo cual ella le corresponde

Mmm… Romina dejó escapar un suspiro cuando Lautaro acortó la distancia, rozando su cuello con los labios. El aroma a cuero del interior del auto y el perfume de ella se mezclaron en una combinación embriagadora. Lautaro la tomó de la cintura, subiéndola al capó del auto. El metal crujió levemente bajo su peso. ¡Creak!

Sus miradas se cruzaron, pesadas, cargadas de todo lo que no habían dicho en meses. No hacían falta más palabras; el taller, el Torino y la noche eran testigos de una atracción que ya no aceptaba frenos.

El eco de las herramientas colgadas en las paredes parecía vibrar con la respiración agitada de los dos. Lautaro apartó una de sus manos para apartar con brusquedad unos trapos y piezas que estorbaban sobre el capó, haciendo que cayeran al suelo con un ruido metálico que ninguno de los dos se detuvo a escuchar.

Él bajó sus besos hacia la mandíbula de Romina, recorriendo con la punta de la lengua el camino hasta su oreja, donde susurró su nombre con una voz ronca que la hizo estremecer. Ella arqueó la espalda, sintiendo la superficie lisa del vehículo bajo su cuerpo y la fuerza de las manos de Lautaro sosteniéndola, recordándole que allí, rodeados de motores y sombras, estaban completamente solos.

Romina deslizó sus manos por el pecho de él, buscando el borde de su camiseta, ansiosa por eliminar la barrera de la ropa y sentir el contacto directo de su piel bajo las luces tenues del taller.

Lautaro apretó sus nalgas con firmeza, atrayéndola hacia él mientras la besaba con una sed insaciable. En un movimiento coordinado, la elevó para sentarla sobre el capó de un auto en reparación; el metal frío contrastaba con el calor que quemaba entre ambos. Romina, sin soltarlo ni un segundo, rodeó su cabeza con sus delicadas manos, perdiendo sus dedos en su cabello mientras lo atraía más hacia ella, profundizando un beso que resonaba en el silencio del taller.

La atmósfera en el taller se volvió densa, cargada de un deseo que ya no conocía frenos. Lautaro se separó apenas unos centímetros, lo suficiente para quitarse la camisa con un movimiento rápido y lanzarla a algún rincón oscuro entre las herramientas. Al quedar con el torso desnudo, su piel sudorosa brilló bajo la luz fluorescente del lugar.

Sin perder tiempo, sus manos buscaron el borde de la blusa de Romina. Ella elevó los brazos, permitiéndole que se la deslizara por encima de la cabeza en un solo movimiento fluido. Al caer la prenda, la vista lo dejó sin aliento: la piel blanca y delicada de ella resaltaba casi como una luz propia en la penumbra, y sus pechos, firmes y marcados por finas venas azules, parecían luchar por escapar de las copas de un corpiño de encaje negro.Lautaro no pudo contenerse más. Soltó un gruñido bajo y hundió su rostro directamente entre ellos, aspirando el aroma a perfume y piel tibia.

—Dios, Romina… sos perfecta —logró decir con la voz rota por la urgencia.

—Ahhh… Lautaro… —gimió ella, echando la cabeza hacia atrás mientras sentía la barba incipiente de él rozando su escote…

Santiago y Lautaro

Santiago y Lautaro I