Encuentro en el Aula 304

El aula 304 olía a viejos libros y tinta fresca. La profesora Martínez, con sus gafas de montura dorada y su pelo recogido en un moño apretado, paseaba entre los pupitres explicando la estructura del soneto. Su vestido azul marino se ajustaba sutilmente a sus caderas con cada paso.

María, sentada en la primera fila, llevaba semanas notando cómo su profesora la miraba más tiempo del necesario. A sus dieciocho años, ya sabía cómo usar su juventud como arma. Hoy llevaba la blusa más escotada del uniforme y se inclinaba deliberadamente cada vez que la profesora se acercaba.

“La rima en los poemas de Góngora es…” comenzó la profesora Martínez, pero se interrumpió al notar cómo María se ajustaba el sujetador. Su voz tembló apenas.

“¿Necesita algo, profesora?” preguntó María con inocencia, aunque sus ojos brillaban con malicia.

La profesora aclaró la garganta. “No… continúo con la explicación.”

María dejó que su mano rozara casualmente la de la profesora cuando le entregó su cuaderno. El contacto fue breve pero suficiente para hacer que las mejillas de la profesora se sonrojaran.

“Disculpe, profesora,” susurró María cuando la clase estaba por terminar, “¿podría quedarme unos minutos? Necesito ayuda para entender el concepto de ‘culteranismo’.”

Las últimas estudiantes salieron del aula. María cerró la puerta y se recostó en ella, bloqueando la salida.

“El culteranismo es…” comenzó la profesora, pero María la interrumpió acercándose lentamente.

“¿Cree que podría aprobar si le demuestro que entiendo otras cosas, profesora?”

La profesora retrocedió hasta que su espalda tocó el pizarrón. “No entiendo a qué te refieres.”

María levantó una mano y comenzó a desabrocharse la blusa. “A que sé ser… persuasiva.”

Los labios de la profesora temblaban. “Esto… esto no es apropiado.”

“¿Qué no es apropiado?” susurró María, ya cerca de sentir el aliento caliente de su profesora en su cuello. “¿Querer aprender de una manera diferente?”

La profesora cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había rendición en su mirada. María aprovechó ese momento para capturar sus labios en un beso tierno que pronto se transformó en algo más hambriento.

“La puerta…” murmuró la profesora entre besos.

María la cerró con el pie mientras sus manos exploraban las curvas que tanto había admirado. El vestido azul marino cayó al suelo, revelando lencería negra que contrastaba con su piel pálida.

“Tenemos que ser rápidas,” jadeó la profesora mientras María la acostaba sobre el escritorio, entre libros y papeles.

Las manos de María encontraron la humedad entre las piernas de su profesora, que ahora gemía sin reparos. “Por favor…”

María se arrodilló, dejando que su lengua dibujara círculos alrededor del clítoris erecto. La profesora se arqueó, ahogando sus gritos en su antebrazo.

“No… no puedo…”

“Sí puedes,” respondió María, introduciendo dos dedos mientras su lengua continuaba su trabajo.

El orgasmo de la profesora fue tan intenso que los libros cayeron del escritorio. María sonrió mientras subía para compartirla con un beso.

“Ahora mi turno,” susurró la profesora, invirtiendo sus posiciones con una fuerza que María no esperaba.

Las dos mujeres exploraron sus cuerpos con urgencia, aprendiendo cada curva, cada punto sensible. El timbre de la siguiente clase las sobresaltó, pero no las detuvo.

“Te aprobaré,” jadeó la profesora mientras se vestían apresuradamente. “Y te daré clases particulares si quieres.”

María sonrió, ajustándose la blusa. “Contaba con ello, profesora.”

El aula olía a sexo y satisfacción cuando María finalmente salió, sabiendo que había encontrado la forma perfecta de aprobar Lengua.