Capítulo 1
Estaba en mi puesto de mojitos en una tarde-noche de verano. Había tenido un día muy duro y la verdad es que estaba para pocos amigos. Tú estabas cerrando tu puesto en la feria medieval; ya habías terminado.
A lo lejos me viste, serio y cabizbajo. ¡Rin, rin! Suena mi móvil. Abro el WhatsApp y veo tu mensaje: «Te invito a un mojito».
Subo una ceja y te respondo al momento: «El puesto es mío, no necesito tu invitación». Lo envié y ahí apareciste tú, resplandeciente y bella, loca como siempre. Pidiste al camarero que nos pusiera de beber.
Justo en ese momento apareció un amigo mío con una chica, a la que abracé y grité: «¡Venga, esos chupitos!». Nos tomamos varias rondas. Tú me notabas un poco extraño. Fui sincero y te dije que me había tomado una piedra de éxtasis para olvidar el día pasado.
Me miraste con los ojos como platos, mordiéndote los labios. «Yo quiero…», me dijiste. Me picaste el ojo. «¡Quiero todo, jajaja!».
—¡Ay, ay! —dije.
Saqué la bolsa con lo que tenía y tú te echaste una piedra. La machacaste y te la colocaste en tus labios. Uffff… Me tembló todo solo de verte. Entonces me cogiste la cabeza y me diste un beso con lengua, repartiéndomela a mí también. Tus ojos cristalinos, tu aliento… Dios. Fue un beso de esos que crean adicción.
Tú, toda chula, me dices: «Te toca aguantarme el pedo».
Mi amigo, sonriente, me dice: «Has elegido la muerte, jajaja». Así que nos tomamos unos chupitos más, hasta que mi camarero me dice: «Cerramos ya». Le dije que sí, pero un calor enorme me recorría por todo el cuerpo. Ya no tenía problemas; por fin, todo era perfecto.
Sin mediar palabra, me das un azote en las nalgas y, con voz contundente y cara de pícara, me dices:
«¿Me flipas?». Uffff. No sabía si era una buena idea, pero parecía un poco tarde para llorar.
Los cinco nos dirigimos a coger un taxi. Al entrar los tres primeros, el taxista nos dice que solo pueden ir cuatro, que deberíamos coger dos. Así fue como tú y yo acabamos solos, Miguel.
Me dijiste con cara de cordero degollado. Yo te sonreí. «¿A dónde les llevo?», dijo el taxista. Le di el nombre del lugar y le dije: «Bueno, siga».
Tú no parabas de mirarme, de devorarme con la mirada. Solo me decías: «Joder, Miguel…». De repente, el taxi se desvía del de delante. El taxiista nos dice: «Os voy a llevar a un sitio mejor, ese sitio no es para vosotros». Y allí nos dejó en un garito de puta madre.—¿Nos van a dejar entrar? —preguntaste. —Pues claro, íbamos con ropa medieval —respondí.
Metí la mano a mi riñonera de cuero, saqué un fajo que temblaba y te dije: «Tú, ¿qué crees?».
Intentamos llamar y avisar a los otros, pero los dos estábamos sin batería. Así que nos dispusimos a entrar sin problemas.
Nos pillamos unos cubatazos. El calor no paraba de aumentar hasta que esa canción nos hizo explotar. Empezó a sonar «Bailamos» de Enrique Iglesias. Nuestros cuerpos se empezaron a juntar, nuestros labios ardientes y deseosos no podían más. Ese beso fue eterno. Nuestras lenguas no podían parar de besarse. Perdimos la noción del tiempo; la música había dejado de sonar y nosotros seguíamos en ese beso interminable, mientras en nuestras cabezas seguía sonando: «Bailamooos…».
Un hombre grande, fuerte, con voz de camionero, se acerca a nosotros y nos dice elegantemente:
«Chicos, estamos cerrando ya». Miramos a nuestro alrededor y, para nuestra sorpresa, estábamos solos.
Así nos dirigimos a la puerta, calientes como motos, buscando dónde podíamos continuar.
Llamamos a un taxi y, por casualidad, fue el mismo que nos dejó allí. Entre excitación y risas, le pedimos que nos llevara a un hotel, el que fuera.
Nos costó días y ayuda, y ya veíamos amanecer. Parecía como si el destino quisiera que ese capítulo acabara allí, cuando la última de las tantas y tantas opciones que fuimos a preguntar nos mira incrédulo y nos dice que solo una suite tenía. Como si para nosotros eso fuera algo no viable.
—Sí, sí —dije yo.
Sacamos los documentos y allí estábamos en una de las mejores habitaciones de la ciudad.
Me duché rápido y me recosté en la cama, mientras esta vez tú te duchabas. Al salir de la ducha, te fuiste hacia el balcón. Flipeé al ver que estabas entera tatuada. Me levanté, me puse detrás de ti, cogiendo tus dos manos contra el cristal. Empecé a repasar tus tatuajes con la mirada; mi boca empezó a salivar.
Entonces dispuse que mi lengua, convertida en lápiz, reescribiera tu piel. Empecé por tu cuello, orejas… respirabas fuerte. Empecé a bajar a la altura de tus nalgas. Te diste la vuelta y me subiste una pierna en el hombro. Tus manos firmes en mi cabeza me apretaban, indicándome que querías más.
Ahí te di mi primer beso íntimo. Allí, tímidamente, como el que llama en la entrada de una casa, empecé a recorrer un clítoris hinchado y caliente. Jugué con él mientras mis dedos iban sacando información de hasta dónde podías llegar. Uffff, qué rico. Tú no decías nada, pero tu respiración me hacía saber que iba por buen camino.Levantaba la vista para verte y tú me respondías con la mirada, mordiéndote los labios. Metí la yema de mi dedo y te hizo casi explotar. Apenas un dedo… no me lo podía creer. Haciendo circulitos poco a poco, metía más. Con mi dedo meñique rozaba tu ano, haciéndome el remolón, sacando información poco a poco. Se iba abriendo. Subí la intensidad y ya con tres dedos dentro, tu clítoris ubicado por mi boca y el dedo meñique casi entero… te vinieron dos orgasmos entrelazados y un grito enorme que me traspasó el alma:—¡Por Dios, Miguelllllllllll!
Fui un segundo al baño a limpiarme, caliente, a punto de explotar. Al regresar a la cama, allí estabas tú, agotada. El cúmulo de alcohol y horas de trabajo te hizo caer rendida.