Capítulo 2

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Regresábamos de vacaciones en la playa, un día despejado y tranquilo, conducía un Honda Civic, a mi lado , mi esposa samanta sentada en el asiento del copiloto, disfrutaba del paisaje, las vistas de las montañas y selva tropical, temperaturas de 35°c , ella era la persona que más admiraba en el mundo, la persona que más amaba, su sonrisa encantadora, una personalidad espectacular por la cual me enamoré, una carita tan bonita que parecía una muñequita de porcelana, una mujer maravillosa, de tez clara, en los asientos traseros, iban sentadas mis hijas, Alex, Vanesa, y Melissa, mis tres amores, mis tres vidas, las tres niñas más preciosas del mundo, eran las cuatro mujeres de mi vida.

Conducía por la autopista, a 70 km, platicaba con Samanta sobre lo que teníamos que hacer llegando a casa, alistar algunas cosas que íbamos a regalar, los rayos del sol entraban por las ventanas del auto, mis hijas jugaban entre las tres, mi esposa veía a través del cristal, la vista, el clima eran fascinantes y muy cómodos, en el kilómetro 156, me adelantaba por el carril izquierdo un tractocamión de doble remolque, fue cuestión de segundos que apenas recuerdo, un motociclista intentó adelantarme a mí y al tráiler, pero no pudo, la llanta trasera de la moto tocó el neumático delantero izquierdo de mi auto y terminó estampado contra el tractocamión, desatando un fatídico accidente donde el motociclista murió de manera instantánea, yo traté de esquivar el accidente pero estaba demasiado cerca, di un giro muy brusco hacia mi derecha, tratando de salirme del camino, la caja del tráiler se volcó, atrapando a más de 20 vehículos que iban de tras, una carambola factible, me salí de la carretera pero debido al giro tan brusco me termine volcando también, fue tan rápido que casi no recuerdo que pasó después de ver al motociclista estrellarse.

Desperté al día siguiente, estaba en el hospital, vestía una bata blanca, me sentía un poco desorientado, estaba conectado a un electrocardiógrafo, no entendía lo que pasaba a mi alrededor, de pronto vi a una persona que se acercó y salía corriendo hacia afuera de la habitación, entraron cinco personas vestidas de blanco con un estetoscopio en el cuello, me alumbraron los ojos con una linterna, me hablaban pero yo no podía escucharlos bien, después de 5 minutos mi audición mejoró y pude escuchar mi nombre, me hablaban, me preguntaron cómo me sentía, yo un poco desconcertado pregunté por mi esposa y mis hijas, no quisieron decir nada, me dormí, al día siguiente estaba mucho mejor y volví a preguntar por mi esposa y mis hijas, una enfermera me dijo lo que más temía, mi esposa, la mujer que tanto adoraba y amaba había muerto debido a la magnitud del accidente, en cuanto escuché a la enfermera no pude contener el llanto, mi desbordé a mares, mi llanto incontrolable no podía hablar, pregunté por mis hijas, la enfermera contestó que ellas habían sobrevivido y que estaban bien, que tenían lesiones leves pero estaban a salvo, pedí verlas pero me lo negaron , tenía que descansar, ellos iban a cuidar a mis hijas en lo que yo me recuperaba.

Viendo las noticias en la televisión, me enteré que habían muerto más de 40 personas, fue una carambola muy fuerte, era una mañana tranquila, de pronto se abrió la puerta de la habitación, eran mis amigos valentin y maría, amigos de la familia, ellos se enteraron del accidente y de la desafortunada muerte de samanta, expresaron su apoyo con los asuntos funerales, y con el cuidado de mis hijas, la enfermera entro cargando a las niñas, las llevó para que pudiera abrazarlas, en cuanto las vi, no pude contener el llanto, las abracé con fuerza, mis niñas, mis bebés, después de dos semanas internado me dieron de alta, fui a la morgue del hospital, para poder ver el cuerpo de mi esposa, salí destrozado, el corazón partido en dos, me dirigí con la familia de Samanta para coordinar el funeral, mis amigos, familiares, y del círculo cercano asistimos para darle una despedida honorable a Samanta, le dimos sepultura, el ambiente envuelto en tristeza, el cielo gris, el llanto se desvanecía con las gotas que se desprendían de las nubes, estaban bajando el ataúd y todos conmovidos aventando rosas blancas a la tierra.

Al día siguiente estaba en casa, cuando entró la familia de Samanta que querían platicar conmigo, “queremos saber, si te quieres quedar a las niñas o nos las das a nosotros” dijo la mamá de Samanta, le respondí con sinceridad, “yo puedo con el paquete, son mis hijas y no voy a dejarlas por nada”, yo no iba a darles a las niñas, son mis hijas, quedamos en acuerdos buenos, yo me quedaba con la custodia de mis hijas, así que yo asumía la responsabilidad, estaba a punto de enfrentar y empezar una nueva vida, una vida sin Samanta, iba a ser difícil pero sabía que si podía con ello, no sabía por dónde empezar, yo a cargo de tres niñas era algo fuerte, pero iba hacer todo lo posible por darles una vida estable.

Pasaron los años, hacíamos de la vida una rutina con algunos cambios entre semana y los fines de semana, yo siempre he sido mente abierta, algunas cosas que para otras personas seri mal visto para mi estaba bien, como es la desnudes, nunca me molesto verlas desnudas o tenerlas en la casa sin ropa, era algo muy normal para mí, casi que éramos una familia nudista, los besos entre ellas tampoco era molesto para mí, siempre he sido mente abierta, y no me molestaba nada, al pasar los años se volvió costumbre y normal la desnudes dentro de la casa, habían pasado diecisiete años desde la muerte de samanta, desde que tomé el control de la familia yo solo.

Llego el lunes, inicio de semana, como cada mañana, me desperté a las cinco de la mañana, me bañé, y salí a la cocina a preparar el desayuno, ahí ya estaba alex y vanesa tomando un poco de leche, desayunamos huevo con tocino, alex me dijo que ella se iba a tardar en llegar a casa, porque quería ir de compras con sus amigas, vanesa me dijo que ella tenía entrenamiento de voleibol y que también iba a llegar tarde a casa, y melisa dijo que ella llegaba a la hora de siempre, como a las dos de la tarde, estuvimos platicando tranquilamente en el desayuno, dieron las siete, subimos al auto, conduje hasta la escuela, las niñas se bajaron, me despedí de ellas, les dije que nos veríamos a la salida, a las dos, llegué a la oficina, como cada día, todos los empleados me saludaron, subí a mi oficina para continuar con el trabajo, pero ese día, no iba hacer normal, ese día era el inicio de una vida llena de prejuicios, perversidad, deseo oscuro, y alteraciones hormonales.

Tres Amores Prohibidos

Los principios Mi hija Melisa