Capítulo 2
- Del teatro a la granja I
- Del teatro a la granja II: Ernesto el pony
- Del teatro a la granja III: Apolo y el infierno
Al día siguiente amaneció con una lluvia persistente, aunque no torrencial, cayó lenta y constante durante todo el día.
Aproveché el día para leer, hacer un poco de ejercicio y organizar mis cosas, y a primera hora de la tarde ya no tenía mucho más que hacer. Me puse ropa cómoda y me tumbé en el porche en una hamaca, con la mirada perdida.
Justo entonces, vi a Ramón acercándose bajo la lluvia, con una cesta de huevos que había recogido para mí.
Se acercó cansino, me saludó y me los dio, preguntándome
«¿Cómo está esta mañana? ¿Ha dormido bien?».
Le sonreí y respondí
«¡He dormido como no lo hacía en años!».
«Qué bien, me alegro», dijo, y tras unos segundos de silencio con la mirada perdida, continuó
«Hoy la lluvia hace prácticamente imposible hacer cualquier labor en la granja. Ya he terminado mis tareas, si Ud. lo desea, puedo prepararle alguna otra actividad».
Recordando lo que ya había pasado y mirándolo a la cara, adiviné a qué se refería.
Tragué saliva y dije
«Bueno, estaré lista para la sorpresa… ¿verdad?»
Él se río y respondió
«Perfecto, no la decepcionaré», y se fue.
No había dado ni dos pasos cuando se giró y dijo
“Vuelvo en media hora. Póngase algo cómodo, como ya sabe».
Le guiñé un ojo y respondí
«¡Como usted ordene, jefe!»
Lo oí reír mientras se marchaba…
Me cambié al igual que la otra vez, con ropa limpia, pero del mismo estilo, y me tumbé en el porche a esperar a Ramón.
Al rato él aparece con un paraguas enorme y me dice que todo está listo. Emprendemos camino hacia el sector de los establos bajo su paraguas, la lluvia mojaba mis piernas y mis pies y ya comenzaba a sentir los nervios por lo que vendría.
Tuve la impresión que Ramón se percató de mi nerviosismo y caballerosamente me ofreció su brazo, lo tomé instantáneamente y cual novios que van al altar, nos íbamos tomados del brazo para el establo.
Llegamos, y abrió la misma puertecita, invitándome amablemente a pasar antes de cerrarla tras él. Inmediatamente volví a percibir el persistente aroma de los animales. Respiré hondo, llenándome los pulmones con ese aroma, y un escalofrío me recorrió desde el estómago hasta las piernas, frías por la lluvia.
Estaba realmente ansiosa…
Me dijo que lo siguiera, y recorrimos el mismo pasillo, pasando por la puerta de José, y luego algunas más. Abrió una lentamente y me invitó a pasar. Entré con cuidado, y él me siguió. Me encontré frente a un hermoso poni dorado con una larga crin, era digno de admirar, sencillamente precioso.
El animal vino hacia mí. Ramón dijo:
«No se preocupe, es muy manso y obediente».
El poni se apoyó en mi estómago y comencé a acariciarlo. Se frotó contra mí con placer. Lo acaricié aún más, y sentí que empezaba a lamerme una pierna en señal de aprobación. Ramón me dice:
“La está aceptando, le gustaron los mimos, es un animal súper cariñoso”.
En ese momento, no pude resistir más y lo abracé por el cuello y la cabeza, masajeándole cariñosamente las mejillas y el pecho. Ese caballito era un encanto. Ramón me pregunta si estoy lista y, pensando en lo de ayer, le digo que sí. Me invade el entusiasmo y me siento como una adolescente otra vez, haciendo algo prohibido.
Me desvisto sin que me lo pida; me ve y sonríe.
Me acerco al poni y empiezo a acariciarlo de nuevo. Mientras lo hago, Ramón me dice con calma:
“Ernesto (así se llama el poni) es más pequeño que José, y como es un animal obediente y más tranquilo, podemos hacer las cosas con más calma”.
Miro a Ramón mientras acaricio al poni y le digo:
“Me lo imaginé al verlo”.
Ramón me mira de nuevo y, sin apartar la vista de mí, sabiendo que estaba excitada, dice con naturalidad:
«Ya que se lo imagina, ¿quiere sentir a Ernesto íntimamente?»
Mientras me frotaba contra el cuerpo del caballo, fingiendo cierta inocencia, le digo:
«No entiendo… ¿qué dijo, Ramón?»
Él responde:
«¡Claro!… Juegue con él un rato mientras yo consigo un soporte que tenemos para que se ponga cómoda.
La ayudaré, y así podrá sentir al caballito dentro suyo un rato, ¿vale?
Según la señora Victoria, no hay nada comparable a sentir la acabada de un caballo dentro «.
Y continuó: «La he visto retorcerse de placer…»
Me quedé paralizada.
Estaba sugiriendo que me acostara con el poni, y la verdad, dadas las circunstancias, no era una idea tan descabellada. Imaginé su enorme pene entrando en mi vulva y temí por mi seguridad física, pero al mismo tiempo, de solo pensarlo me excitaba.
Sin pensarlo dos veces, dije, con algo de miedo:
«Pero de verdad vas a tener que ayudarme. No sé nada de esto…»
«No se preocupe, señora Cecilia, la guiaré y la ayudaré con todo lo que necesite, tal como dijo la señora Victoria», respondió.
Mientras Ramón hablaba, continué frotándome contra el costado del poni sin darme cuenta, miré de reojo y vi que su pene ya había salido del prepucio. Era un pene hermoso, venoso y rosa pálido, mucho más delgado que el del otro caballo, pero aún mucho más grande que el de cualquier hombre con el que hubiera tenido sexo.
Me arrodillé junto al animal y comencé a acariciar su miembro, que empezó a crecer sin parar. Ahora, en estado semierecto, noté que medía fácilmente unos 35-40 cm y su diámetro era del tamaño de mi muñeca… era una polla magnífica.
Comencé a chuparla con total devoción, sin un segundo de pausa, ni siquiera para respirar, mordisqueé su glande carnoso, recorrí sus venas con la lengua sin parar un segundo, jugué con esa inmensa polla con absoluto placer, la froté contra mi cara, mi cuello y mis labios con gusto desparramando la baba que salía por su punta y lo escuché resoplar y estremecerse.
Me di cuenta de que estaba poseída, tenía un nivel de excitación inmenso. Me toqué y noté un hilo de flujo espeso colgando de mis labios íntimos, estaba extremadamente caliente, y empapada de fluido equino.
Ya me veía como una yegua en celo esperando su hora.
Oí que se abría la puerta y vi a Ramón traer un pequeño soporte parecido a una mesa. Se acercó y me dijo:
«Cuando quieras, lo hacemos. Para eso es esto».
Asentí con entusiasmo y me puse de pie.
Colocó la mesa debajo del poni, y el animal ni siquiera se inmutó; al parecer, ya estaba completamente acostumbrado.
Ramón tomó las riendas por unos instantes y yo, obedientemente, me dejé guiar.
Me dijo que me tumbara boca arriba sobre la mesa, lo cual hice, y me ayudó a colocarme lo más cerca posible del animal. A su orden, pasé una pierna por el otro lado, bajo la barriga del animal, quedando en una especie de postura del misionero con el poni. Ramón me tomó la pierna por el tobillo y la levantó, colocándose a mi lado.
Estaba completamente abierta y expuesta, mostrándole mi intimidad empapada.
Me sentí un poco avergonzada, es cierto…
Sin pestañear, tomó el pene del caballo y, con toda su experiencia, comenzó a frotar el glande equino contra los labios de mi vulva durante un rato.
Tras una breve pausa, noté que, mientras lo hacía, sus dedos disimuladamente palpaban hábilmente el anillo de mi ano… Confieso que me encantó.
Al cabo de un rato, me miró y preguntó:
“Está lista?»
Yo, ya en otro mundo, quise responder que sí, pero solo salió una mezcla de silbido y gemido.
Sonrió y colocó el gran falo entre mis labios, sujetando firmemente la herramienta con la mano un poco más atrás. Le dio una palmada al caballo en el anca, y como si fuera la orden que había estado esperando, el animal dobló el lomo y comenzó a empujar suavemente hacia adelante.
Suavemente es una forma muy sutil de decirlo, porque el glande y una porción de varios centímetros de su pene entraron en mí al instante, pegué un grito sofocándolo con mi mano.
La sensación de esa penetración fue como ninguna otra que había experimentado. Aunque apenas dolió a pesar de su diámetro, la aspereza del glande, combinada con su tamaño, me provocó un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, provocándome un temblor interminable.
Entonces llegó la segunda embestida, más profunda, y sin pausa, una tercera que sentí en lo más profundo de mí. Arqueé la espalda, gritando y jadeando, y escuché la voz de Ramón
«Ya está, ahora disfrútelo…»
El poni continuó embistiendo unas veces más, pero Ramón dosificaba un poco el empuje sujetándolo firmemente con la mano. En medio de este frenesí, oí débilmente a Ramón murmurar algo, seguido del relincho del poni y una enorme ola de semen caliente me inundó por completo. El impacto de la eyaculación fue tan potente como sus embestidas; Me hizo retorcer de placer, e incluso pude sentir varios chorros de leche a presión que el caballo metió en mí.
En unos segundos el poni terminó su acto, y con el tremendo trozo de carne aún palpitando en mi interior, me moví dos o tres veces, y mi orgasmo llegó con fuerza, gemí jadeando mientras me retorcía con el poni adentro… después de un rato, la calma regresó.
Luego de un rato, Ramón corrió despacio al animal, y este sacó su miembro de mí. Sentí el ruido y me dio un respingo, miré hacia abajo y vi la cabeza de esa polla, el doble de grande que cuando la estaba chupando, y no podía creer haber tenido algo así dentro.
Una crema espesa chorreaba de mi agujero latiente, resbalándome por las nalgas.
Ramón me mira y dice sin tapujos
«Parece que Ud es bastante amplia, Cecilia. No solo tomó fácilmente unos treinta centímetros del pene del caballo, sino que incluso cuando retiró su glande hinchado, permaneció casi imperturbable».
Me reí porque elegantemente me había llamado “conchuda” y dije
«Me sorprendió el tamaño de su cabeza».
«Es un mecanismo que tienen los potros. Cuando terminan, lo inflan para obstruir el canal vaginal de sus yeguas, asegurando que su esperma llegue a donde necesita ir para fecundar», explicó.
Dije, sorprendida: «Ah, ya entiendo».
Y añadió: «Con lo profundo que llegó el cabeza dentro suyo, seguramente se apoyó en el útero. Ahora mismo, debe tenerlo lleno de esperma equino».
«¿Me hará mal? ¿No seré la madre de un potro?» bromeé sonriendo.
Se rió con ganas y dijo
«Para nada, pero no se preocupe porque tarda un par de días en expulsarlo todo».
Me ayudó a levantarme y me dio toallas para limpiarme un poco. Me di cuenta de que me dolía todo el cuerpo por el esfuerzo, aunque solo habían pasado unos minutos.
“Quiere más? ¿o por hoy es suficiente? “
Lo miré con gesto suplicando clemencia y sin hablar negué con mi cabeza, se sonrió
Comencé a vestirme lentamente.
Al salir de la habitación y salir al pasillo, se me ocurrió preguntarle, por curiosidad, si había otros caballos.
Me miró y dijo con calma
«Solo queda uno. Es un potro de carreras que perteneció al difunto esposo de Victoria. Es un joven adulto bastante grande, extremadamente vivaz y fuerte. Ha corrido unas pocas carreras, ganándolas todas, pero como cualquier buen semental alfa, es un animal nervioso y difícil de controlar.
Luego de que se lastimara el Sr lo utilizaba solo para inseminación artificial, es de una estirpe única, un animal poderoso y fértil”.
Regresamos por el sendero hacia la casona bajo el paraguas de Ramón, la lluvia persistía, aunque de manera más tranquila. Íbamos del brazo tal como vinimos charlando animadamente sobre nada en particular, Ramón y yo ya éramos prácticamente amigos íntimos después de todo esto, jaja.
Gracias Orlando, lo tendré en cuenta para próximos relatos, es una buena observación.
Gracias de nuevo
Están buenos los relatos, solo falta hacer más intenso y más detallado el momento desde la excitacion hasta la penetracion para que al momento de leerlo ,provoque una pequeña excitacion en el lector…