Capítulo 1

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Bajo las Luces del Campo

El silbato sonó por última vez, marcando el fin del entrenamiento, y el cielo anaranjado del atardecer caía sobre el campo como una manta cálida. Iván —delantero titular del juvenil A, aunque ya con 18 recién cumplidos— lanzó la última pelota dentro de la red con un golpe seco. Sus botines levantaron un pequeño polvo sobre la hierba seca.

—Te estás pasando, ¿no? —dijo una voz detrás de él.

Iván giró. Era Marco, el nuevo fichaje del equipo. También tenía 18 años, fuerte, con el pelo despeinado por el sudor y unos ojos entre verdes y marrones que parecían cambiar con la luz. Había llegado hacía apenas tres semanas, pero ya todos hablaban de su técnica y de su velocidad.

Todos excepto Iván.

Él simplemente lo observaba. En silencio. Demasiado.

—¿Pasando en qué? —respondió Iván, intentando sonar indiferente mientras recogía la pelota.

Marco sonrió de lado, esa sonrisa que ya había empezado a perseguir a Iván por las noches.

—En que le pegas como si te estuvieras desahogando —dijo él, acercándose un poco más—. ¿Problemas?

Iván iba a responder, pero notó que Marco estaba demasiado cerca. Podía ver cómo su pecho subía y bajaba por el esfuerzo del entrenamiento. Podía oler su desodorante mezclado con el sudor. Podía sentir una electricidad incómoda—o quizá demasiado cómoda—recorriéndole el estómago.

—Estoy bien —mintió.

Marco lo observó un segundo más de lo necesario. Luego bajó la mirada.

—Oye —dijo entonces—. Sé que soy el nuevo, pero… si necesitas hablar… no sé, estoy aquí.

Iván sintió un nudo en la garganta. Nadie solía decirle algo así. Nadie solía mirarlo como Marco lo hacía en ese momento.

—Gracias —susurró—. Pero de verdad, estoy bien.

Marco sonrió, esta vez de forma más suave.

—Como quieras. Pero te veo mañana, crack.

Y se alejó caminando hacia los vestuarios.

Iván se quedó allí, inmóvil, con la pelota en la mano, sintiendo que algo en su mundo había empezado a moverse. Algo que llevaba años quieto.


El Vestuario

El vestuario estaba casi vacío cuando Iván entró. El eco de la ducha retumbaba entre las paredes. Marco estaba solo, sentado en el banco, quitándose los botines. Su camiseta empapada estaba tirada en el suelo.

Iván tragó saliva.

Una parte de él quería salir corriendo.

Otra parte quería acercarse.

—Ey —dijo Marco, levantando la vista.

—Ey —respondió Iván.

Se cambió en silencio, intentando no mirar demasiado. Pero los ojos siempre se le escapaban: la forma del torso de Marco, las gotas de agua que caían desde su cuello, el movimiento lento de sus manos desatando los cordones.

—Entonces… —empezó Marco de repente—, ¿llevas mucho jugando?

—Desde los seis años —contestó Iván.

—Wow. Yo empecé más tarde —dijo Marco, levantándose y caminando hacia él—. Pero me lo tomo en serio. Quiero llegar lejos.

—Yo también —respondió Iván, sintiendo cómo Marco se acercaba de nuevo.

De pronto estaban frente a frente.

Demasiado cerca.

Otra vez.

Marco frunció el ceño, como si estuviera pensando algo importante.

—Puedo preguntarte algo? —dijo él.

Iván sintió un vuelco en el pecho.

—Claro.

Marco respiró hondo, como si necesitara valor.

—¿Por qué me miras así a veces?

Iván se congeló.

Todo su cuerpo quedó inmóvil.

Había sido cuidadoso. Discreto.

Pero Marco lo había notado.

—No… no sé de qué hablas —susurró Iván.

Marco dio un paso más cerca. Ahora estaban a solo unos centímetros.

—Sí que sabes —dijo él, sin dureza, sin burla, solo con una voz baja y suave—. Pero no pasa nada.

Iván sintió el corazón golpearle las costillas.

Pensó en negarlo.

Pensó en huir.

Pero en vez de eso dijo:

—Soy gay.

El silencio se hizo pesado.

Iván cerró los ojos con fuerza, esperando rechazo, distancia, incomodidad.

Pero Marco dijo algo que lo dejó sin aire.

—¿Y por qué te asusta decírmelo?

Iván abrió los ojos, sorprendido.

—No sé si te asusta ser tú —continuó Marco—, o si te asusta lo que yo pueda pensar.

Iván sintió un temblor.

—Las dos cosas.

Marco alzó una mano y la apoyó en su hombro.

Fue un toque leve.

Pero para Iván fue como si le prendieran fuego la piel.

—No tienes que tener miedo —dijo Marco.

Iván se rió, nervioso.

—Fácil decirlo.

—No —respondió Marco—. No lo digo porque crea que es fácil. Lo digo porque… —hizo una pausa, respiró, y terminó— a mí también me pasan cosas contigo.

Iván sintió cómo el mundo se derrumbaba y se reconstruía en un solo instante.

—¿Qué… qué cosas?

—No lo sé —admitió Marco—. No me había sentido así por un chico. Nunca. Pero… cuando te miro… cuando entrenamos juntos… cuando me hablas… Siento algo. Algo que no quiero ignorar.

Iván no pudo evitarlo.

Dio un paso adelante.

Quedaron a un suspiro de distancia.

—Marco…

—Dime.

—Me estás volviendo loco.

Marco sonrió.

—Tú me volviste loco primero.

Y fue Marco quien lo besó.

Un beso suave al principio.

Explorador. Tímido.

Pero cuando Iván abrió los labios, el beso se volvió profundo, urgente, lleno de meses de tensión contenida.

Iván lo tomó de la cintura, acercándolo más. Marco deslizó sus manos por su cuello, por su espalda, y el mundo se redujo al calor entre sus cuerpos.

El beso terminó sólo cuando ambos necesitaron aire.

Marco apoyó la frente contra la de Iván.

—Quiero más —susurró.

Y Iván también.


La Primera Vez

Se encerraron en el cuarto de material, un lugar pequeño y oscuro donde apenas entraba luz por una rendija. Era el único lugar del club donde nadie pasaba a esa hora.

El silencio era eléctrico.

Marco lo empujó suavemente contra la pared y volvió a besarlo. Esta vez el beso no tenía nada de tímido: era deseo puro, hambre contenida.

Iván deslizó sus manos bajo la camiseta de Marco. Su piel estaba caliente, vibrante, llena de vida. Marco jadeó suavemente cuando sus dedos recorrieron su torso.

—Eres… increíble —susurró Iván.

Marco sonrió contra sus labios.

—Ven aquí.

Se quitaron las camisetas rápido, casi con torpeza. El sonido de las respiraciones se mezclaba con el roce de la piel y el golpeteo suave de sus cuerpos al moverse en el espacio estrecho.

Iván bajó las manos hacia la cintura de Marco y desabrochó sus pantalones. Marco hizo lo mismo con los suyos. Cuando quedaron en ropa interior, la tensión entre ellos era casi insoportable.

—¿Estás seguro? —preguntó Marco, con la voz ronca.

—Sí —respondió Iván—. ¿Tú?

Marco lo miró fijamente, con una sinceridad que lo desarmó.

—Nunca estuve tan seguro de nada.

Se tocaron primero con suavidad, acariciándose, explorándose, reconociéndose. Después con más intensidad. Sus respiraciones se mezclaban en jadeos bajos, sus cuerpos se movían juntos, sincronizados, aprendiendo el ritmo del otro.

El placer fue creciendo, envolviéndolos, haciéndolos perder la noción del tiempo. Marco soltó un gemido contenido cuando Iván lo tomó con fuerza por las caderas. Iván tembló cuando Marco deslizó la boca por su cuello.

Fue intenso.

Fue real.

Fue su primera vez juntos, pero no se sintió torpe, sino inevitable.

El clímax llegó casi al mismo tiempo para ambos, sus cuerpos tensándose, temblando, aferrándose el uno al otro mientras un calor profundo los recorría desde dentro.

Cuando acabaron, se quedaron abrazados, respirando entrecortadamente, apoyados contra la pared.

Marco escondió la cara en el cuello de Iván.

—No sé qué somos —murmuró—. Pero no quiero que esto termine aquí.

Iván le acarició el cabello.

—Yo tampoco.


El Romance Prohibido

Durante las siguientes semanas, tuvieron que ocultarlo todo: las miradas, los roces, los abrazos que solo podían darse a escondidas. El equipo no podía saberlo. El entrenador tampoco. Sabían que el mundo del fútbol podía ser cruel, incluso para chicos de 18 años.

Pero encontraban momentos:

• En el cuarto de material.

• En el almacén de balones.

• En el gimnasio cuando todos se iban.

• En los vestuarios, en la última ducha.

A veces solo se abrazaban.

A veces se besaban hasta olvidar dónde estaban.

A veces hacían el amor con una urgencia que los dejaba sin fuerzas.

Y cada día que pasaba, Marco parecía menos confundido y más seguro.

—Creo que siempre fui esto —le dijo una noche—, pero no lo sabía hasta que te conocí.

Iván sonrió y lo besó.

—Entonces me alegra haber llegado a tu vida.

—A mí también —dijo Marco, mirándolo como si no hubiera nada más importante en el mundo.


La Decisión

El campeonato final se acercaba. Más presión. Más entrenamiento. Más ojos sobre ellos.

Una tarde, después de un partido amistoso, Marco tomó a Iván de la mano en el túnel que llevaba a los vestuarios.

—Estoy cansado de ocultarnos —dijo él—. Quiero estar contigo sin miedo.

Iván sintió un escalofrío.

—¿Quieres contarlo?

Marco asintió.

—Quiero ser quien soy. Y quiero serlo contigo.

Iván lo miró largo rato. Miró sus ojos, su fuerza, su valentía. Y entendió que también estaba listo.

—Entonces lo haremos juntos —dijo Iván—. Pase lo que pase.

Marco sonrió.

Y lo besó allí mismo, en el túnel, sin importar que alguien pudiera verlos.

Ya no era un secreto vergonzoso.

Ya no era un miedo.

Ya no era algo prohibido.

Era amor.

Puro.

Intenso.

Innegable.

Y estaban listos para enfrentarse al mundo.

Juntos.

Continuará…

Bajo las luces del campo

Bajo las luces de campo II