Hitler

Hitler

Llevábamos tres años de casados mi marido (Eduardo) y yo (Emma), nuestra vida sexual funcionaba de maravillas, tanto él como yo éramos creativos al momento de encontrarnos carnalmente, él quería hacerme de todo y yo no rehusaba nada, todo lo que se le ocurría me hacía gozar como poseída, quizás era una pervertida innata tanto como él, en pocas palabras éramos una pareja perfecta y estábamos siempre juntos, siempre calientes.

La imaginación de mi marido era increíble y a veces, exhausta de tantos orgasmos que me procuraba, me preguntaba cual era la fuente de inspiración, hasta que sucedió algo impensable, mi esposo tenía que estudiar la adquisición e instalación de nuevas maquinarias de la empresa para la cual laboraba, cosa que debía hacer en terreno, por tanto debería subir a las instalaciones de la mina por dos semanas, no teniendo la empresa facilidades para matrimonios, él viajaría solo y por primera vez nos separaríamos.

Todo ese estudio implicaba un generoso bono para mi marido, así que acepté de buen grado esta obligada separación, nos dedicamos a follar con mayor ahínco en vista de los días que estaríamos lejanos el uno del otro, como siempre mi marido me metía su verga por todos lados y si faltaba, teníamos una serie de juguetitos que él hábilmente usaba en mi haciéndome enloquecer cada vez.

No me preocupaba mucho el hecho de quedarme sola, pues teníamos una mascota, “Hitler”, mi marido es apasionado y fanático de los documentales y películas de la segunda guerra mundial y cuando mis padres nos regalaron este cachorro de pastor alemán después de nuestro matrimonio, mi marido inmediatamente lo comenzó a llamar con ese nombre y todos nos acostumbramos a llamarlo “Hitler”, sabía que él cuidaría de mí, pero no me imaginaba cuánto.

Llego el día de partir, acompañe a mi marido al aeropuerto y regresé a casa sola, por primera vez esta casa me pareció demasiado grande, desde que ingrese a la sala, comencé a sentir la falta de mi marido, lo estaba echando de menos, hasta unas pequeñas lagrimas cayeron de mis ojos, me abatí, me sentí abandonada.

Llego la noche y me fui a la cama sola, no podía conciliar el sueño así que pensé que una ducha me relajaría y haría que mi cuerpo reposara, bajo el agua tibia enjaboné mi cuerpo, sentí la falta de las manos de marido que me excitaban cada vez que nos duchábamos juntos, las burbujas de jabón se deslizaban por mis senos turgentes y sentí un hormigueo en mis pezones, comencé a apretarlos y pellizcarlos haciéndome lanzar algunos gemidos y sordos chillidos, la gruesa barra de jabón se escabullía entre los ardientes labios de mi vulva, me masturbe hasta quedar sentada en el piso de la ducha convulsionando en un gran orgasmo, luego de secarme, me fui a la cama donde finalmente logré dormirme.

El nuevo día trajo nuevos recuerdos y nostalgias, mi corazón estaba oprimido por esta sensación torturadora de la falta de mi marido, me fui a la oficina que él tiene en casa, sentía su olor todo en torno a mí, me senté frente al computador y lo encendí, me conecté con internet y mientras ojeaba los artículos presentados por Google, presioné involuntariamente el historial de navegación y se abrió una ventana con más de cincuenta sitios que mi esposo solía visitar, muchos de ellos eran pornográficos, me llamaron la atención y quise saber más de los gustos eróticos de mi amado esposo, varios de ellos eran interraciales, con negros tirándose a jóvenes muchachas blancas y rubias, a propósito yo soy blanca y rubia —¿Sera que mi marido me quisiera ver follar con un negro? — pensé, todo eso comenzó a excitarme, vi otros videos con cosas que me hacía mi marido, ahora estaba entendiendo la creatividad de mi consorte, las enormes vergas de los negros no me llamaron la atención, ya que mi cónyuge tiene respetables veintitrés centímetros con casi siete de grosor, no llegue virgen al matrimonio, pero la primera noche él me hizo sangrar con su enorme pija.

Seguí revisando los sitios y los videos que mi marido había marcado como favoritos, para que decir las condiciones de mi conchita, mojada entera, de hacía rato que mi mano restregaba la parte superior de mi chuchita, pero el orgasmo me sorprendió improvisamente, convulsione con la imagen de mi marido que me follaba con su verga gloriosa.

Jadeando y apagada, me fui a la ducha sintiéndome un poco culpable de obtener tanto goce sin mi marido, luego recibí una llamada suya y estuvimos conversando largo rato, le dije que sentía su ausencia y que cuando regresara lo haría pedazos con mi chocho, él me dijo que también su pija estaba siempre durita pensando en mí, nos dijimos y nos dimos todo el amor posible por teléfono, pero luego me quedé con el silencio, una vez más con la casa vacía, tuve la idea de hacer entrar a “Hitler” para no sentirme tan sola, él está acostumbrado a estar afuera en el patio, pero le hice una camita con una colchoneta y al parecer rápidamente se habituó a su nuevo status y se puso a dormir.

Después de cenar algo rápido, me fui a la oficina de mi marido a seguir viendo esos sitios porno por él frecuentados, en realidad no había nada que me llamara realmente la atención, todo sexo en las más diferentes maneras, pero había una carpeta con la letra “Z”, estaba protegida con una Password, dije no creo que sea “Hitler” y tecleé las letras correspondientes al nombre de nuestra mascota e increíblemente se abrió de inmediato, era otros sitios porno, pero estos eran asquerosos, habían mujeres con perros, mujeres con caballos, mujeres con burros, mujeres con chanchos, hasta un elefante me pareció ver por ahí —¿Cómo mi esposo puede ver este tipo de degeneración? — pensé, al mismo tiempo me di cuenta que sin querer mi concha estaba humedecida —¡Emma, eres otra pervertida! — dije para mis adentros y una símil sonrisa se dibujó en mis labios.

Seguí curioseando en estos sitios zoo pornográficos llamándome la atención, las mujeres que deseosas y fogosas participaban en sexo con sus perros, se hacían lamer su concha hasta que se corrían las muy guarras, luego se metían “a lo perrito”, como dice mi esposo —¿Habrá copiado de aquí ese dicho? … ¿Se imaginará que me esta follando como un perrito cuando hace que yo tome esa posición? … — se me pasaban tantas cosas por la mente mirando estos videos tan explícitos, tuve que irme a la cama y con mi consolador y mi vibrador, me provoqué tres maravillosos orgasmos, siempre pensando que lo hacía con mi esposo, luego me dormí como una bebé.

A la mañana siguiente “Hitler” me despertó con el ruido de rasguños en la puerta de la cocina, fui y le abrí la puerta para que saliera al patio a hacer sus necesidades, lo vi medio agachado detrás de unos arbustos y supuse lo que estaba haciendo, luego salió de allí y se vino a la higuera y levantó su pata para marcar su territorio, por primera vez vi salir un potente chorro de orina desde su pene —¡Mi mascota tiene un pene igual a esos de los que vi en los videos! … ¿o quizás no? — se me pasaron muchas cosas por la mente al momento de ver orinar a “Hitler”, tengo que averiguar si el tiene un pene similar a los de los perros que follan mujeres, comencé a pensar en como hacerlo, no tenía la menor idea de cómo acercarme a “Hitler” y hacer que sacara su miembro y ver si era igual, quizás en los videos hay montajes, quizás no sean reales, mientras pensaba y le daba vueltas al asunto, mi panocha se humedeció —¡Ay! esposo mío … ¿Dónde estás? … me estoy volviendo loca sin ti — mordí mi labio inferior pensando a la verga de mi esposo y a la falta que me hacía, ya eran tres días sin ella, no es lo mismo un consolador rígido y frio a una verga venosa, musculosa, cálida, sabrosa, lustrosa y que te dispara chorros y chorros de dulce esperma, no lo es, hay poco que darle vuelta.

“Hitler”, es la única verga en las cercanías, tengo que averiguar cómo tirársela fuera y ver cómo es … me dirigí a la pieza del computador y vi que el perro se había acostado sobre su colchoneta y dormía profundamente, ni siquiera se dignó a mirarme, me senté frente al computador y en menos que canta un gallo, me conecté a un sitio de bestialidades, recorrí varios videos, hasta que encontré uno donde lo protagonizaba un pastor alemán, una chica blanca y rubia, vestía una chaqueta de cuero y se dejaba lamer por el perro, vi que cerraba sus ojos y disfrutaba la lengua del pastor en su chocho —Quizás pueda hacer eso con Hitler … — me fui a mi cuarto y desnudé toda, tomé un viejo cortaviento de mi marido y me lo puse, luego me paré al lado de la colchoneta y le di una pequeña patadita a “Hitler” para que se despertara, lo hizo, levantó su cabeza y luego se acomodó y siguió durmiendo —No será gay este perro maricón … — pensé, un poco desilusionada me fui al computador y seguí mirando, la chica rubia estaba a lo perrito y el pastor la olfateaba y lamía la vagina procurándole mucho placer a su ama, luego la intento montar varias veces, pero solo en un par de ocasiones logro hacerla gritar con la punta de su miembro dentro de ella, pero no la pudo follar, me di cuenta de que no era tan fácil.

Eran muchos los videos que vi en largo rato, mi vagina había dejado manchas de fluidos en la silla de mi esposo, luego tendré que limpiar todo esto, aprendí que tenía que estimular al perro y me fui a la cocina y saqué una tripa de quesito cremoso, volví donde “Hitler”, me unté un dedo y lo acerqué a su hocico, lo olió y lamió mi dedo con su larga lengua rasposa, se enderezó en la colchoneta e intentaba seguir lamiendo mi dedo, volví a untarme mi dedo y lo hice que me siguiera a la pieza oficina, me senté en la silla de mi marido y me unté mis labios vaginales con una pizca de queso cremoso, inmediatamente “Hitler” se fue a lengüetear mi ojete —¡Conchas grandes! … ¡Uy que rico! … ¡sigue! Hitler … ¡sigue! … — me volví a untar mi dedo y me lo metí al interno de mi canal vaginal —¡Chucha! … ¡Ay perrriiitooo! … lámeme … chúpame … cómeme … ¡Uy que cosita más rica! … umpf … umpf … umpf … — me corrí literalmente en modo bestial y en dos minutos, quedé totalmente agitada, quería más, pero mi sensible clítoris me hacía tiritar toda, no pude resistir las continúas lamidas y mientras trataba de detenerlo volví a correrme —¡Ay! Hitler, detente … por favor … no sigas … párate ¡perro de mierda! … me estás matando — un poco reacio a dejar de lamerme. “Hitler” finalmente se detuvo, ya que yo había cerrado mis muslos con fuerza, pero me miraba con una cara ladeada e inquisitiva, él también quería más, me calmé un poco y me sentí sucia, quizás si mi marido me perdonaría una cosa de este tipo —Soy demasiado perversa… — pensaba, obligar a “Hitler” a lamerme el chocho con el engaño del quesito cremoso, no lo podía creer, pero después estaban esos dos maravillosos orgasmos, nunca me había sentido así, la lengua de “Hitler” escarbaba dentro las profundidades de mi concha, mi marido no tiene una lengua así de esplendorosa, gruesa, jugosa y caliente, me encontré apretando mis muslos y sintiendo la hendedura de mi chocho que hormigueaba al recuerdo de esos orgasmos —Lo haré una vez más … sí, solo una vez más … tanto para comprobar como se siente … me quitaré esta curiosidad y no lo volveré a hacer —.

Mi fiel “Hitler” se había echado casi a mis pies, sentía su suave y tibio pelaje, agarré la tripita del queso cremoso y él inmediatamente levantó su cabeza, me miró y vio mi dedo embadurnado de queso entrando en mi chuchita, abrí mis muslos ampliamente y él se levantó, enterró su hocico en mi ingle y comenzó a hurguetear con su lengua en los bañados pliegues de mi chocho —¡Ay! Hitler … ¡Ay! … ¡Uy! … por dios … umpf … aaahhh … ooohhh … ssiii … umpf … ¡Que rico! … umpf … umpf … ooohhh … ¡Uy! perrito … ¡Uy! ssiii … — no era una lengua, era como una víbora que culebreaba dentro de mí, entraba en mi chocho, se retorcía dentro de mí, su nariz fría apretaba una y otra vez mi clítoris y estallé —¡Reconchas! … párate … párate … ¡chucha! … — me caí de la silla y “Hitler” seguía pegado a mi vagina, ahí en el suelo me agarré mis tetas y jalé de mis pezones, trataba de cerrar mis muslos, pero mis piernas se abrían y se cerraban por cuenta propia, nada de mi cuerpo me obedecía, todo temblaba, sentí que me orinaba, sentí un chorro saliendo de mi vagina y “Hitler” que no se perdía nada, su lengua iba y venía en mí, me rendí y con convulsiones repetidas, abrí mis muslos y deje que me lamiera los restos de queso si es que eso lo hacía detenerse, pero no fue así, siguió lamiendo y yo seguí con esos espasmos tan ricos que recorrían todo mi cuerpo —Ni siquiera mi amado marido me había hecho correrme en este modo demencial — pensé.

Sin un ápice de voluntad, me levanté del suelo y vi que “Hitler” había regresado a su colchoneta, me senté en la silla que se había volcado con mis convulsiones y decidí informarme más sobre las vergas caninas, en uno de los videos vi a una bruna que pajeaba a un perrito negro y muy peludo, no sabría decir de que raza era, pero me pareció que tenía una verga bastante grande, sentí un poco de asco cuando la morena comenzó a lamer esa cosa rosada y llena de venitas azulinas, al parecer al perro le gusto mucho porque su pene creció bastante más, luego ella metió el pene del animal entre sus patas posteriores y lo saco por la parte de atrás del perro, se bajo su sujetador y comenzó a bañar sus tetas con semen de perro, sus pechos se veían esplendorosos y brillantes, ella alternaba la rociada a sus senos con chupadas directas a la verga del canino, me imagino que engullía parte de la esperma del perro —¿Podre yo hacer una cosa así? … ¿Hitler me dejaría hacerlo o me mordería? … que tal si me muerde una teta … cómo se lo explico al doctor — había tantas cosas que sopesar, parecía todo tan complicado, pero nunca me he rendido ante nada, así que tengo que hacerlo, pausadamente me fui a la colchoneta de “Hitler”.

Él dormitaba, mientras lo miraba él levanto su cabeza y me miro —No temas perrito … soy yo otra vez … estoy temporáneamente enloquecida, pero no te hare daño … tampoco quiero que tu me muerdas … ni menos mis tetas … será solo una tocadita … no temas … — me acuclillé a su lado y puse una mano en su collar para aguantar su mordida, en caso de que quisiera morderme y con la otra mano, estiré un dedito y comencé a dibujar la forma de su pene sobre su funda, así de arriba abajo, atrás y adelante, hasta que una aguzada puntita rosada comenzó a asomar de su funda, esto me animo a continuar, siempre suavemente seguí tocándolo y su pene siguió creciendo.

“Hitler” tenía un pene inmenso, yo mido el pene de mi marido con mi mano, la distancia entre el dedo pulgar y el dedo meñique de mi pequeña mano son cerca de quince centímetros, eso es una cuarta, el pene de mi marido mide una cuarta y media casi, el de “Hitler” superaba una cuarta y media —¡Perrito! … ¡tienes la verga más grande que la de mi marido! … — estaba goteando semen, mis dedos estaban bañados con su esperma, con un poco de reticencia me llevé los dedos a la boca y no le encontré mal sabor, el olor un poco fuerte, pero nada de extraordinario.

Mi panocha estaba totalmente empapada, quería que me lamiera aunque sea una vez más, como él no intentaba morderme ni nada de eso, monté su cabeza y sentí sus primeros lengüetazos a mi panocha que me hicieron arquear mi espalda, agarré con mis dos manos su miembro y mientras el atendía mi chocho, yo me incliné y me metí en la boca su miembro caliente, “Hitler” me asustó cuando se levantó de la colchoneta, me puse de espalda sobre su camita y seguí mamando su verga, ahora él follaba mi boca, su bola había crecido como una naranja Thompson, no me cabía en la mano, sentí sus chorros de esperma y apunte su pija sobre mis tetas, me mojo entera con decenas de chorritos, nunca pensé que un perro pudiera correrse lanzando tanta lefa, era un poco cochambroso, pero exquisitamente excitante —Que tal si pruebo a … no, mejor que no … sería ir demasiado lejos … pero si lo dejo hacerlo solo una vez … no, no sería apropiado … quizás si pruebo solo con la puntita … así un ratito corto … solo para ver si puedo hacerlo … quizás ni siquiera lo logre … sí … sí, creo que probaré un poquito así pequeño … — mi mente estaba en completa ebullición y las ideas no eran ya tan claras.

El pene de “Hitler” había reentrado casi del todo en su funda, me acomodé en su colchoncito y me puse a lo perrito, él vino a lamerme mi chocho, se sentía muy rico, pero yo quería un ratito con su verga, así que me di unas palmaditas en mi trasero —Monta a mami perrito … ¡ya! ven sobre mí … cógeme “Hitler” … cógeme … hazme tu perrita, amor — subió sus patas duras en mi espalda y me rasguño fuertemente —¡Ay! perro conch’e tu madre … que me estas arañando la espalda … ¡ay! … ¡ay! … — no se en que modo me moví, pero su pene se encajo de sopetón en mi concha y me hizo gritar —¡Ay! … ¡Ay! … conch’e tu madre … ¡Ay! … ooohhh … ooohhh … ssiii … ¡Ay! … — estaba todo dentro de mí, me había colmado todo los espacios, me estaba follando y mis manos se habían aferrado a su pelaje para tirarlo más hacia dentro de mí, su pene seguía creciendo dentro de mí, me embestía con potentes golpes y muy veloces, me corrí con esa sensación de tener finalmente un verdadero pene dentro mis entrañas, no me importaba que fuera un pene de perro, lo que me importaba era disfrutar de esta penetración un tanto salvaje, como salvajes eran mis orgasmos, enloquecí por todo ese tiempo, luego vino la calma, sentí un aluvión de esperma caliente inundarme completamente, cada chorro me hacía jadear y chillar, simplemente maravilloso.

“Hitler” me mantuvo anudada por unos quince minutos y luego su bola empequeñeció lo suficiente para resbalar fuera de mi chocho, me levante y corrí al baño tratando de mantener ese esperma dentro de mi y expulsarlo en el baño, pero la realidad fue que deje un reguero de semen por toda la sala hasta el baño, me senté en el excusado y todavía caían chorros de lefa canina en la taza, me había dejado follar por nuestra mascota y lo había disfrutado inmensamente.

Con una sonrisa de oreja a oreja, me metí bajo la ducha, era una experiencia alucinante y que quería repetir, por una vez me había olvidado de mi marido, la verga de “Hitler” es más grande que la de él, espero que no se ponga celoso, total no es otro hombre, es solo un perro, pero con un pene gigantesco, tengo que encontrar un modo de decírselo, si él tiene todos esos sitios porno con mujeres con animales, de seguro que fantasea conmigo haciéndolo, es tan puerco mi esposo y lo amo justo porque él es así, tengo que decírselo a su regreso, quizás si lo hago como una sorpresa sea hasta más fácil, con lo caliente que es y con lo caliente que vendrá, sí, creo que esa es la mejor opción.

Faltaban nueve días para el regreso de mi marido, pero yo había encontrado el modo de satisfacerme, hacía el amor con “Hitler” hasta tres veces al día, había aprendido a chupar su verga, había aprendido a hacerlo a lo misionario, me encantaba sentir su bola que entraba y salía de mi concha mientras lo apretaba fuerte contra mis tetas, la sensación era siempre increíble el mejor sexo de mi vida.

Mi marido me llamaba todos los días y conversábamos de muchas cosas, yo escuchaba atentamente lo que él me relataba de su trabajo y de las ganas que tenía de cogerme una noche entera y hacerme tantas cosas, lograba que me calentara y le decía que me estaba tocando mi conchita y que me correría para él, pero generalmente era “Hitler” que me lamía hasta hacerme acabar, quería confesarle la verdad, pero no tuve la fuerza de hacerlo.

Pasaron las dos semanas y Eduardo volvió a casa el sábado en la mañana, se extraño un poco de ver la camita que había hecho para “Hitler” y que le hubiese permitido dormir al interior de la casa, yo todavía no le había dicho nada y estaba tratando de encontrar el modo, pero me vi en el aire en los brazos de mi esposo, me llevó al dormitorio y sin tantos preámbulos, me enterró su verga entera dentro de mi chocho, me hizo acabar casi instantáneamente, mi concha estaba mojada con el esperma de “Hitler” y también mas ensanchada por la tremenda polla de él, así que cómodamente mi chocho acepto la verga de Eduardo, tampoco él duró mucho, antes de cinco minutos estaba llenando mi panocha con su semen, no era tan cuantioso como él de “Hitler” que me rebalsaba, pero los gruñidos, quejidos y gemidos de él, sus manos apretando mis tetas, sus labios sobre mis pezones, me tenían totalmente encendida, follamos hasta medio día, me levanté a preparar algo de comer y dar de comer también algo a “Hitler”.

Nuestra querida mascota estaba al acecho y apenas me vio saliendo del dormitorio hacia la cocina, se pegó a mis glúteos incitándome a la cochinada —Cariño, déjame tranquila … no quiero nada ahora, tengo a mi marido conmigo … vete … déjame … vete ya … — “Hitler” me miraba desconsoladamente, me dio penita por él, tengo que decirle a mi esposo, tengo que decírselo ahora, me devolví al dormitorio, abrí la puerta y Eduardo llegaba a roncar, estaba durmiendo profundamente, rápidamente cerré la puerta, corrí a la sala y me arrodillé sobre la alfombra, “Hitler” corrió detrás de mi y me monto y con maestría me clavo su asta —¡Uy! … ssiii … ooohhh … — como sabiendo que no contábamos con tanto tiempo, él me abotonó y se corrió dentro de mi en cerca de diez minutos, mi concha resbaladiza dejo salir su bola con cierta facilidad, hacerlo con mi marido que dormía unos metros más allá, tenía sabor a prohibido, a traición, me sentí verdaderamente culpable, me fui al baño y me lave la caliente lefa canina, después volví a la cocina, preparé unos emparedados de carne y queso en el microondas y los lleve al dormitorio, dejando la puerta del dormitorio abierta.

Eduardo estaba dormido en la misma posición, su verga magnifica pendía a la izquierda, deposite los panecillos en una mesita y me subí a la cama, mis manos comenzaron a acariciar su verga y me incline a chupársela, cuando abrió sus ojos, su polla estaba dura y totalmente erecta —¡Ey! jovencita … ¿qué intenciones tienes? — no conteste nada, seguí chupando su verga y acariciando sus cojones, lo atraje hacia la orilla de la cama y me bajé a arrodillarme sobre el choapino o bajada de cama, Eduardo estaba echado hacia atrás y estaba disfrutando la mamada que le estaba haciendo, estaba concentradísima mamando la verga de mi esposo, cuando siento unas lamidas en mis glúteos —¡Ay! … ¿Qué es esto? … — dije, Eduardo se enderezó y vio a “Hitler” intentando de lamer mi concha —Es “Hitler”, cariño … quizás le gustas … déjalo y veamos que pasa … — dijo y se sentó a la orilla de la cama, yo lo pajeaba y acomode mi culito para que el perro alcanzara mi panocha y mi culo, después continué a chupar la polla de Eduardo que al parecer se había puesto más dura, sentí las zampas de “Hitler” en mi espalda, hice un intento de levantar mi cabeza, pero Eduardo me lo impidió con su mano —Déjalo, cariño … parece que si le gustas … — dijo mi marido sin saber que era lo que yo quería que sucediera, “Hitler” me atenazó por las caderas y en pocos intentos me metió su verga haciéndome chillar, Eduardo acariciaba mis cabellos y me decía palabras dulces para que me dejara follar por el perro, seguí chupando su pene con mayor ahínco y tratando de no delatar toda mi lujuria al tener dos magnificos penes dentro de mí, mi esposo se corrió con una exorbitante cantidad de semen en mi boca, “Hitler” atiborró mi vagina de esperma canino y yo estaba perdida en un orgasmo que jamás terminaba, mi cuerpo entero vibraba y se estremecía en continuos espasmos, “Hitler” se giró quedándonos pegados trasero con trasero, mi marido me daba besitos y me decía de estar tranquila, yo estaba en el paraíso.

Recuperando un poco de cordura, alcé mi cabeza para recibir los besos de mi marido en mis labios —¿Te dolió? — preguntó Eduardo —No … pero fue extraño … — le dije —Ya lo creo … mira la cosa que te metió mi perro … mira lo grande que es …— dijo él —¿Te gusto? … viéndote como te corrías parece que sí … ¿verdad? — bajé la cabeza y le dije —No es esta la primera vez … mientras estabas por allá lejos, “Hitler” me ayudo a soportar la falta que tú me haces … te amo y sufrí tu ausencia … — le dije y Eduardo me hizo alzar y me sentó en sus piernas, me beso apasionadamente —También tú me hacías falta, tesoro mío … estoy contento de que “Hitler” te haya ayudado a soportar nuestra lejanía … no volverá a suceder … jamás volveré a dejarte sola … — me dijo estrechándome a él.

Ahora Eduardo y yo hacemos el amor en trio, “Hitler” nos acompaña en la cama, aún cuando hay veces que lo dejamos afuera y la intimidad matrimonial es solo de él y yo, nuestra actividad sexual jamás es monótona, mi marido es excepcional y yo soy una mujer feliz y cuando Eduardo es al trabajo, todavía tengo un tête-à-tête con “Hitler”, mi marido lo sabe y sabe también cuanto lo disfruto, además, sabe que después lo espero a él aun con más ganas.


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