La misa de fin de año en la parroquia del pueblo siempre se llenaba hasta reventar. Ese año no fue diferente: bancos repletos, olor a incienso y a vela, el órgano sonando fuerte mientras el padre terminaba la homilía sobre el perdón y el amor al prójimo.

Yo estaba sentado al lado de mis padres, en la tercera fila. Mi padre, como siempre, serio y concentrado. Mi madre… joder, mi madre Alejandra. 36 años y parecía una virgen santa salida de un retablo: vestido azul oscuro modesto, largo hasta debajo de la rodilla, mangas tres cuartos, cuello alto… pero nada podía ocultar ese cuerpo hecho para el pecado. Las tetas enormes y firmes se marcaban bajo la tela, pesadas y redondas, moviéndose apenas con cada respiración. La cintura estrecha y el culo carnoso, redondo y alzado que llenaba el banco, haciendo que el vestido se tensara cada vez que se levantaba para las lecturas. Llevaba el pelo recogido en un moño perfecto, sin una gota de maquillaje, solo esa cara angelical y esos labios carnosos que parecían pedir besos.

Cuando llegó la hora del saludo de la paz, ya empecé a notar cosas. Los hombres de la parroquia —feligreses de toda la vida, casados, viudos, solteros— se acercaban a ella con una devoción que no era solo espiritual. Un abrazo aquí, un beso en la mejilla allá, y siempre alguna mano que “sin querer” bajaba un poco más de la cuenta.

Pero lo peor —o lo mejor— vino al terminar la misa. Todo el mundo salió al atrio de la iglesia para felicitarse el año nuevo. Luces navideñas, risas, abrazos. Mi padre se puso a hablar con el cura y con algunos amigos. Yo me quedé cerca de mi madre, que saludaba a todo el mundo con esa sonrisa dulce y esas palabras piadosas: “Que el Señor te bendiga este año nuevo, hermano”.

El primero fue Don Manuel, el viudo de 65 años que siempre se sentaba detrás de nosotros. Se acercó con paso lento, ojos brillantes. “Alejandra, hija, qué bendición verte”, dijo, y la abrazó fuerte. Sus manos arrugadas bajaron directas a la cintura y, aprovechando que nadie miraba, una de ellas se deslizó hasta copar todo el cachete derecho de ese culo perfecto. Apretó con ganas, los dedos hundiéndose en la carne blanda y firme a través del vestido. Mi madre soltó un “Ay, Don Manuel…” con voz temblorosa, pero no se apartó. Él aprovechó para pegar su cara al cuello de ella y aspirar fuerte, mientras la otra mano subía disimuladamente y rozaba el lateral de una teta pesada.

Después vino Paco, el mecánico del pueblo, 50 años, casado, con manos grandes y callosas de tanto trabajar. “¡Feliz año, Ale!”, gritó, y la levantó casi del suelo en el abrazo. Su mano izquierda agarró descarada la nalga izquierda, amasándola como si fuera masa de pan, mientras la derecha se colaba por delante y copaba una teta entera, apretando hasta que el pezón se marcó duro bajo la tela. Noté cómo su polla se endurecía contra la cadera de mi madre. Ella se rio nerviosa, “Paco, por favor… que estamos en la casa de Dios”, pero sus mejillas ardían y sus pezones seguían tiesos.

Luego fue el turno de los más jóvenes: Miguel y Raúl, dos hermanos de unos 30 años que ayudaban en la catequesis. Los dos la abrazaron al mismo tiempo, uno por delante y otro por detrás. Miguel, delante, pegó su boca a la oreja de mi madre y le susurró algo que no oí, mientras sus manos subían y bajaban por los costados, rozando a propósito los laterales de esas tetas gordas. Raúl, detrás, apretó su polla dura contra el culo de ella y dejó que sus manos bajaran hasta agarrar las dos nalgas con fuerza, separándolas un poco a través del vestido como si ya se estuviera imaginando metérsela por detrás.

Mi madre estaba rodeada, sonrojada, respirando agitada, diciendo “Hermanos… por favor… que el Señor nos mira”, pero su cuerpo no se apartaba. Al contrario, noté cómo sus caderas se movían apenas, rozándose contra las erecciones de los hombres que la rodeaban. Yo estaba a dos metros, con la polla tan dura que me dolía, viendo cómo manos de feligreses “devotos” manoseaban a mi madre santa como si fuera una puta en la puerta de la iglesia.

Mi padre, siempre tan devoto, se acercó a nosotros en el atrio con esa cara seria que pone cuando habla de asuntos del alma.

—Voy a confesarme antes de que acabe el año —dijo en voz baja—. Quiero empezar el 2026 sin ningún pecado sobre la conciencia.

Besó a mi madre en la frente, me revolvió el pelo a mí y se dirigió hacia el lateral de la iglesia, donde el padre José ya estaba sentado en el confesionario antiguo de madera oscura.

Mi madre lo miró irse con una sonrisa dulce.

—Qué buen ejemplo da tu padre, hijo. Yo también voy a confesarme, para recibir el año con el alma limpia.

Se santiguó, ajustó el vestido azul que se le pegaba al cuerpo por el frío de la noche y caminó hacia el confesionario con ese andar inocente y grácil. Sus caderas se balanceaban apenas, pero lo suficiente para que ese culo carnoso y perfecto marcara cada paso. Las tetas grandes se movían bajo la tela modesta, los pezones todavía un poco tiesos por los roces anteriores.

Yo me quedé fuera, fingiendo mirar el belén del atrio, pero en cuanto vi que nadie prestaba atención me acerqué sigilosamente al lateral de la iglesia. Había una ventana pequeña, alta, con vidriera opaca… pero con un hueco roto en la parte inferior desde hacía años, justo lo bastante grande para ver el interior del confesionario si te subías a un banco de piedra que había debajo.

Me subí sin hacer ruido, el corazón latiéndome fuerte. Desde ahí podía ver perfectamente el compartimento del penitente: mi madre arrodillada en el reclinatorio, las manos juntas, la cabeza ligeramente inclinada. El padre José estaba al otro lado de la celosía, apenas una sombra.

Ella empezó a hablar en voz baja, casi un susurro, pero el silencio de la iglesia vacía hacía que las palabras llegaran claras hasta mí.

—Padre… bendígame porque he pecado.

El cura murmuró el ritual.

—He… he tenido pensamientos impuros, padre. Muy impuros. Durante la misa, durante el saludo de la paz… sentí manos de hermanos en la fe que me tocaron de forma que no deberían. Y yo… yo no me aparté como debía.

Se escuchó un silencio. Luego la voz grave del padre José:

—Continúa, hija. El Señor escucha con misericordia.

Mi madre tragó saliva. Bajó aún más la voz, pero yo la oí perfectamente:

—Sus manos apretaron mi… mis pechos, padre. Y mi trasero. Sentí sus cuerpos duros contra mí, y… y yo me mojé. Me excité. Me gustó. He pecado de lujuria, padre. Mucho.

Desde mi posición vi cómo el padre José se movió en su asiento. La sombra de su mano bajó hacia su regazo.

—¿Cuánto hace que no te confiesas de esto, Alejandra?

—Demasiado, padre. Y esta noche… esta noche está siendo peor. Siento el cuerpo ardiendo.

Hubo otro silencio largo. Luego, la voz del cura, más ronca:

—Para una penitencia verdadera, hija, debes mostrar verdadera contrición… y reconocer la carne que te tienta.

Vi cómo mi madre, sin dudar, se levantó un poco el vestido por delante, lo justo para que la tela se subiera por sus muslos gruesos y suaves. No llevaba medias. Sus piernas brillaban bajo la luz tenue de la lámpara del confesionario.

El padre José abrió la puerta lateral del suyo y entró al compartimento del penitente. La celosía ya no los separaba.

—Arrodíllate de nuevo, hija. Y reza conmigo… mientras yo te ayudo a expiar.

Mi madre obedeció. Se arrodilló delante de él. El cura, un hombre de unos 55 años, fuerte, con barba canosa, bajó la cremallera de su sotana con calma. Sacó una polla gruesa, venosa, ya completamente dura.

Mi madre ahogó un gemido, pero no apartó la vista.

—Padre… esto es pecado…

—Es penitencia, Alejandra. Abre la boca y recibe la absolución.

Ella, mi madre santa, la mujer que rezaba el rosario todas las noches, abrió los labios carnosos y se la metió despacio, hasta el fondo. El cura soltó un gruñido bajo y le agarró el moño, guiándola. Sus tetas enormes se bamboleaban con cada movimiento de cabeza, los pezones duros como piedras bajo el vestido.

Yo, desde la ventana, no podía moverme. Me había bajado la cremallera y me estaba pajeando despacio, viendo cómo el padre José follaba la boca de mi madre con ritmo lento y profundo, sus huevos peludos rozando la barbilla de ella.

—Buena penitente… traga todo el pecado… —murmuró él.

Y ella lo hizo. Con devoción. Con gemidos ahogados. Con el coño empapado, lo sabía por cómo apretaba los muslos.

El padre José respiraba como un toro, con las manos agarrando fuerte el moño de mi madre mientras empujaba una última vez hasta el fondo de su garganta.

—Recibe la absolución, hija… —gruñó, y se corrió con un gemido ahogado.

Vi perfectamente cómo su polla gruesa palpitaba entre los labios carnosos de mi madre, descargando chorro tras chorro directamente en su boca. Ella, arrodillada como una penitente devota, tragó todo sin derramar una gota: garganta moviéndose, ojos cerrados, mejillas hundidas mientras succionaba hasta la última gota. Cuando él se retiró, un hilo de saliva y semen brilló un instante entre la punta de su polla y los labios de ella.

—Buena chica —susurró el cura, acariciándole la mejilla—. La penitencia exige tragarlo todo. Has obedecido bien.

Mi madre, con la voz temblorosa y la cara roja de vergüenza y excitación, murmuró:

—Gracias, padre… por absolverme.

Pero él negó con la cabeza, guardándose la polla aún medio dura dentro de la sotana.

—Aún falta una cosa, Alejandra. El pecado de la lujuria es profundo… se tiene que limpiar hasta el fondo del alma… y del cuerpo. Necesito que me acompañes.

Ella dudó solo un segundo, pero asintió con esa obediencia ciega que siempre había tenido con la Iglesia.

—Como usted diga, padre. Que sea la voluntad de Dios.

El padre José sacó un pañuelo negro de su bolsillo —uno de esos que usan para las procesiones— y se lo anudó suavemente alrededor de los ojos, vendándosela por completo.

—Así te concentrarás mejor en la expiación, hija. Sin distracciones del mundo.

La tomó del brazo y la guió fuera del confesionario, por un pasillo lateral que yo conocía bien: llevaba a la pequeña sala de catequesis, detrás del altar. Yo bajé del banco de piedra con cuidado y los seguí a distancia, escondiéndome entre las sombras de los bancos vacíos hasta llegar a la puerta entreabierta de la sala. Desde ahí podía ver todo sin ser visto.

Dentro, la luz era tenue, solo una lámpara de mesa y las velas del pequeño altar auxiliar. El padre José dejó a mi madre de pie en el centro, con los ojos vendados, el vestido azul pegado al cuerpo por el sudor ligero, los pezones duros marcándose como dos picos bajo la tela.

Luego salió un momento y llamó en voz baja hacia el atrio, donde aún quedaban algunos feligreses rezagando.

—Miguel, Raúl… venid un momento, hijos. Os tengo preparado un regalo especial por todos los servicios que habéis prestado a la parroquia este 2025.

Los dos catequistas, Miguel y Raúl —los mismos hermanos que antes la habían manoseado en el saludo de paz— entraron rápido, con caras de curiosidad. Eran altos, fuertes, unos 30 años, siempre dispuestos a ayudar en misas y retiros. Cerraron la puerta tras ellos.

El padre José sonrió con esa calma autoritaria suya.

—Esta noche el Señor nos concede una gracia especial. Alejandra necesita una limpieza profunda de su alma… y vosotros vais a ser instrumentos de esa misericordia.

Los dos se miraron, sorprendidos, pero cuando vieron a mi madre ahí de pie, vendada, con ese cuerpazo temblando ligeramente de anticipación, sus ojos se encendieron. Miguel se lamió los labios. Raúl ya se estaba tocando disimuladamente la entrepierna.

El padre José se sentó en la única silla alta que había junto al pequeño altar auxiliar, como si fuera un trono. Cruzó las piernas, ajustó su sotana y miró a Miguel y a Raúl con esa autoridad tranquila que siempre imponía en los sermones.

—Hijos míos —dijo en voz baja pero firme—, esta penitente ha confesado graves pecados de lujuria. Su cuerpo ha tentado a muchos y ella misma ha cedido a la carne. Ahora, bajo mi dirección, vais a ayudarme a purificarla. Ella obedecerá todo lo que yo ordene, pues así lo ha aceptado ante Dios. ¿Entendido?

Miguel y Raúl asintieron al instante, los ojos clavados en mi madre, que seguía de pie en el centro de la sala, vendada, respirando agitada. El vestido azul se le pegaba al sudor de la piel, marcando cada curva: las tetas enormes subiendo y bajando rápido, la cintura estrecha, las caderas anchas temblando apenas.

—Acercaros —ordenó el cura.

Los dos catequistas se colocaron uno a cada lado de ella. Miguel delante, Raúl detrás.

—Alejandra —dijo el padre José con voz serena—, para empezar tu purificación, quítate el vestido. Despacio. Muéstranos la carne que ha causado tanto pecado.

Mi madre dudó un segundo, las manos temblando, pero murmuró:

—Sí, padre… que sea para limpieza de mi alma.

Lentamente, se bajó la cremallera de la espalda. El vestido cayó a sus pies con un susurro de tela. Quedó solo en sujetador blanco sencillo y bragas a juego, ya empapadas en el centro. Sus tetas gordas y pesadas desbordaban el sujetador, los pezones duros como piedras apuntando hacia delante. El culo carnoso y redondo brillaba bajo la luz de las velas, perfecto, sin una marca.

—Ahora el sujetador —ordenó el cura—. Miguel, ayúdala.

Miguel obedeció, desabrochando el cierre con dedos ansiosos. Las tetas de mi madre saltaron libres, enormes, firmes, con pezones rosados y gruesos. Raúl soltó un jadeo bajo.

—Raúl, las bragas.

Raúl se arrodilló detrás, bajó las bragas despacio, besando la piel a medida que la descubría. El coño de mi madre quedó al aire: depilado, labios hinchados y brillantes de lo mojada que estaba.

—Arrodíllate, Alejandra —continuó el padre José—. Y abre la boca. Miguel va a purificar tu garganta con su miembro, como yo hice antes. Tragarás todo lo que te dé, pues cada gota es absolución.

Miguel se bajó la cremallera y sacó una polla gruesa y larga, ya dura como hierro. Mi madre, vendada, abrió los labios obediente. Él se la metió despacio hasta el fondo, agarrándole el pelo. Ella gimió alrededor de la polla, pero no se resistió.

—Raúl —dijo el cura sin alterar la voz—, mientras tanto, purifica su entrada trasera con la lengua. Limpia bien ese pecado.

Raúl no se lo pensó dos veces: separó las nalgas perfectas de mi madre y hundió la cara entre ellas, lamiendo el ano con ganas, metiendo la lengua dentro mientras ella se estremecía entera.

El padre José observaba, dirigiendo cada movimiento:

—Más profundo, Miguel… que sienta la penitencia en la garganta.

—Raúl, dos dedos ahora en su coño… sí, así, mételos hasta el fondo, que note cómo se limpia por dentro.

Mi madre gemía sin control, el cuerpo temblando, saliva cayendo por la barbilla mientras chupaba, el culo empujando hacia atrás contra la boca y los dedos de Raúl.

—Ahora cambiad —ordenó el cura unos minutos después—. Raúl en la boca, Miguel en el coño. Pero sin correrse aún. Quiero que suplique primero.

Los dos obedecieron. Raúl se puso delante y mi madre, sin que se lo dijeran, abrió la boca y se tragó su polla hasta los huevos. Miguel se colocó detrás, agarró esas caderas anchas y de un solo empujón la penetró entera. Ella gritó alrededor de la polla de Raúl, pero el grito se convirtió en un gemido largo y profundo.

El padre José se levantó por fin, se acercó y, mientras los dos catequistas la follaban al ritmo que él marcaba con la voz, le pellizcó los pezones duros y le susurró al oído:

—Reza conmigo, Alejandra… “Señor, limpia mi alma con sus instrumentos… perdona mi lujuria… lléname de gracia…”

Y ella, entre embestidas, entre gemidos, repetía las palabras como una letanía, mientras su cuerpo santo se entregaba por completo a la “penitencia” más sucia y prohibida que jamás imaginé.

—Alejandra —dijo el cura con voz calmada y grave—, ahora vas a rezar el Ave María mientras estos instrumentos de Dios te limpian por dentro. Cada palabra debe salir clara, aunque te cueste. Si te equivocas, pararemos y empezaremos de nuevo.

Mi madre, vendada, con la boca llena de polla, intentó obedecer. Los gemidos se mezclaban con las palabras:

—Ave… mmmh… María… purísima… ahh… llena eres de gracia…

Cada vez que Miguel empujaba fuerte, la frase se quebraba en un gemido. Raúl le metía la polla hasta la garganta para que tragara saliva y no hablara alto.

—Muy bien, hija —aprobó el padre José—. Ahora, Miguel, Raúl: cambiad de nuevo. Quiero que la llenéis al mismo tiempo. Miguel en su coño, Raúl en su culo. Así el pecado sale por todos los lados.

Los dos catequistas obedecieron al instante. Raúl se colocó detrás, escupió en su mano y untó el ano apretado de mi madre. Ella tembló entera.

—Relájate, penitente —ordenó el cura—. Abre tu cuerpo al perdón.

Raúl empujó despacio. La cabeza gruesa de su polla abrió ese culo virgen (o al menos eso parecía) centímetro a centímetro. Mi madre soltó un grito ahogado que Miguel aprovechó para meterse de golpe en su coño empapado. Quedó empalada por ambos, llena hasta reventar, el cuerpo temblando entre los dos hombres fuertes.

—Rezad conmigo ahora —ordenó el padre José, acercándose y poniéndose delante de ella—. Padre Nuestro… que estás en el cielo…

Y mientras los tres rezaban en voz baja, Miguel y Raúl empezaron a moverse al unísono: uno entrando mientras el otro salía, follando sus agujeros con ritmo perfecto, haciendo que las tetas de mi madre rebotaran salvajemente y que sus gemidos se convirtieran en una oración rota y lasciva.

El cura, sin tocarse aún, se limitó a dirigir:

—Más rápido ahora, hijos. Que sienta la misericordia divina en cada embestida.

—Alejandra, aprieta sus miembros con tu carne. Muéstrales tu gratitud.

—Cuando estéis cerca, decidlo. La absolución final será llenarla de gracia por dentro.

Minutos después, los dos catequistas jadeaban fuerte.

—Padre… ya… —gruñó Miguel.

—Estoy… —añadió Raúl.

—Correros dentro —ordenó el padre José con voz firme—. Llenadla hasta que rebose. Ese será el sello de su perdón.

Primero Miguel: se clavó hasta el fondo del coño y se corrió con un rugido, chorros calientes inundando su interior. Mi madre gritó, el orgasmo golpeándola como un rayo, sus paredes apretando alrededor de él.

Luego Raúl: empujó una última vez en su culo y descargó todo, llenándole las entrañas con semen caliente mientras ella temblaba y gemía sin control.

Cuando los dos se retiraron, mi madre quedó de rodillas, vendada, semen goteando de su coño y su culo, las tetas rojas de tanto manoseo, el cuerpo brillante de sudor.

El padre José se acercó, le quitó la venda con suavidad y le levantó la barbilla.

—Mírame, hija. Has sido una penitente ejemplar. Tu alma está limpia.

Ella, con los ojos vidriosos de placer y lágrimas, sonrió débilmente.

—Gracias, padre… gracias a todos. Me siento… renovada.

El cura le dio un beso en la frente, como bendición final.

Y yo, desde la puerta, acabé correrme en silencio dentro de mis pantalones, sin tocarme, solo viendo cómo mi madre santa salía de esa sala convertida en la zorra más purificada de la parroquia.