Yo Lucía, mi madre Perla, Henrik y todos nuestros amigos VII
Mi mamá, Perla, se transformó en una productora implacable. Hablaba por teléfono con Eduardo decenas de veces al día, discutiendo conceptos, vestuarios, horarios.
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Relatos eróticos sobre incesto
Mi mamá, Perla, se transformó en una productora implacable. Hablaba por teléfono con Eduardo decenas de veces al día, discutiendo conceptos, vestuarios, horarios.
La idea de ser filmadas, de convertir nuestra lujuria en un producto, en arte según él, era a la vez aterradora y excitante. Mi mamá, Perla, estaba encantada.
Mi mamá me miraba, esperando. Yo todavía sentía el calor del orgasmo en el Uber, el hormigueo en la piel, el sabor a sexo y tequila en la boca.
Mis piernas abiertas hasta doler por las manos de mi mamá. El aire se me había ido de los pulmones. Solo veía su punta rosada, gruesa, apuntándome como un dedo acusador.
Los días después de que mi mamá me chupara el dedo del pie fueron una niebla caliente. Cada vez que me ponía unos calcetines, sentía el fantasma de su boca en mi piel. Cada vez que la veía pasar por el pasillo, casi desnuda, mi panocha se estremecía como si me hubieran dado un toque con un cable...
Mi mamá siempre dijo que la vida era muy corta para andarse con tapujos. “Si te gusta, hazlo. Si te prende, ve por ello. Y si duele, aguanta, porque hasta el dolor puede ser rico si sabes cómo tomarlo.”
Todo empezo como un juego inocente con mamá hasta que terminamos en la cama... Solamente será un ratito mamá... Le dije mientras comenzaba a follarmela por la vagina con la regadera del baño aún abierta teniendo a mi madre...
El sonido húmedo y obsceno de su polla follándome el culo por primera vez llenaba la habitación. Mi ano se apretaba con fuerza alrededor de esa verga dura pero suave, ordeñándola con cada embestida, contrayéndose involuntariamente de placer mientras él me invadía sin piedad.
Victor llegó borracho otra vez. Después de una pelea llena de verdades hirientes, intentó compensarlo bañándome. Pero sus manos ya no lavaban. Tocaban. Exploraban. Con cada caricia indebida, con cada dedo que se deslizaba donde no debía, sentí cómo el hermano que conocía desaparecía....
Víctor lo sacrificó todo por mí. Vendió la casa de nuestros padres, gastó hasta el último centavo en mis tratamientos y terapias. La herencia desapareció. Los lujos se fueron. Hasta que solo quedamos nosotros dos, atrapados en un diminuto cuartucho.
El voyeur metódico, cruza su umbral. La familia convierte la trampa en una sesión de dominación psicológica y placer retorcido, quebrando su fachada. Parecen ganar, hasta que un mensaje final revela una verdad aterradora: solo son un eslabón en una cadena de depravación más larga.
El horror se profundiza: encuentran una cámara espía dentro de su propia sala. La violación es total. El sexo se convierte en un acto de guerra desesperada, una pila animal para reclamar su espacio. Pero el acosador anónimo les da un ultimátum: déjenme unirme en persona, o serán destruidos.
Dante sabe. Su chantaje no es por dinero, sino por entrada a su intimidad. Forzados, la familia lo permite en una noche de sexo grupal sórdido y dominante. El enemigo ya no está fuera; es un participante en su ritual, mancillando su santuario.
El deseo se institucionaliza en encuentros nocturnos planificados. Exploran cada combinación, cada fantasía, creando un lenguaje propio de gemidos. Su casa es un templo al secreto, hasta que la mirada persistente del vecino Dante empieza a filtrarse a través de las persianas.
Sin vuelta atrás, abrazan su nueva realidad. Gael y Renata exploran su deseo fraternal, mientras los padres redescubren su pasión con un cómplice perturbador. La euforia de la transgresión se mezcla con el miedo latente: alguien más podría estar observando su pecado.
Un apagón los aísla en la oscuridad. Lo que empieza como un juego de verdades se transforma en un beso prohibido entre hermanos. Esa chispa enciende un fuego que promete consumir todos los límites familiares, llevándolos al borde de un abismo de lujuria desconocida.
Mi madre apareció con su traje baño y su cuerpo voluptuoso. No pude resistirme.
Sin pedir permiso, le bajé completamente el bóxer. Su pene saltó libre, grueso, venoso, con el prepucio parcialmente retraído. —Déjame revisarte, no sientas pena. Soy una profesional. Esto queda entre nosotros, ¿sí? No le cuentes nada a tu papá.
Después de una sesión de cine muy caliente en la que nadie vió la película pero todos salieron muy calientes de la sala y con gans de mucho más... las hermanas Isabel y Melisa, con sus amigos Sara y Marcos se fueron juntos al apartamente de Sara entre luz cálida, unas cartas muy picantes
Mientras mi esposa estaba fuera, convertí el ano de mi hija en un recipiente, la llené de crema, chocolate y fresas… la follé, la revolví y la usé hasta que el pastel estuvo listo.