Don Antonio Sánchez iba deprisa a la estación de tren correspondiente a la ciudad de Buena Nueva, en Rodeo de la Cruz, departamento de Guaymallén, Mendoza. Era una fría mañana de otoño de 1920. Antonio era el adinerado dueño de unos viñedos que manejaba junto a su socio, don Luis Ordóñez, un viejo a
Acto seguido y como su erección persistía, quité el antifaz a Laura y le mostré a su marido y cómo le sujetaba a sus pezones dos pinzas. Como mi calentura continuaba y se acentuaba, ordené a la mujer que se colocara de rodillas en el sofá e indiqué a Carlos que le humedeciera su culo con su saliva, cosa que hizo al instante.
Roberto y yo continuamos nuestra relación, encontrándonos en las tardes tres o cuatro veces por semana. Eventualmente él alquiló un departamentito que tenemos lleno de sábanas de seda, juguetes sexuales, disfraces y otras cositas. Roberto también arregla los viajes de negocios y las conferencias y compartimos la habitación tantas veces como nos es posible.
Las reflexiones de nuestro protagonista sobre razas y hombres se resumen en un inesperado final.