Después de tanto extremo, hubo un regreso a algo que pretendía ser íntimo, pero que ya estaba corrupto para siempre. Hablamos. No hubo perdón, solo un reconocimiento mutuo de lo que habíamos hecho. De lo que éramos ahora.
Las secuelas. Una depresión profunda de su parte, pero también una extraña liberación. Ya no había máscara que poner. Mi deseo se volvió técnico, obsesivo. Quería conocer los límites físicos de su cuerpo, empujarlos.
El abismo. La idea de compartirla nació de un deseo retorcido: verla siendo usada por otros para reafirmar que, al final, era mía. Convencí a Marco y Diego. Se lo presentó como un “juego extremo”. La negociación fue sucia: usé la grabación, su miedo al escándalo, y también el dinero (ellos pagarían)
Los roles se invirtieron. Yo era quien decidió. Empecé a elegir su lencería, a marcar sus salidas. Hablábamos de fetiches con una crudeza clínica. Introduce juguetes en nuestra dinámica.
La nueva y envenenada normalidad. Las conversaciones se volvieron un campo minado. Yo empezaba a hacer preguntas sobre su “trabajo”, pidiendo detalles sórdidos. Era un juego cruel, y ella intentaba poner límites con una voz que ya no tenía convicción. Su cuerpo me había dado la razón.
Les presento mi mundo. La infancia de silencios incómodos y ausencias nocturnas. Los primeros indicios: espiarla salir de la ducha, robar su ropa interior usada, la tensión eléctrica que llenaba el aire cuando, ya viviendo solos como adultos, nos cruzábamos en poca ropa.
Después de 10 años con mi novia, me cogí salvajemente a su hermana mayor y más rica (Carla) en la fiesta familiar, mientras todos dormían. Una noche prohibida y caliente que no vamos a parar.
Mi prima de 7 años por parte de papá me enseña el juego de papás y mamás, a mí una nena de 6 años que más adelante pondrá a jugar a todas sus primas y amigas menores a no parar de jugarlo.
Mi papá fue un perfecto obtuso al violentar a la mujer que lo sacó del fango y de la humillación.
El ángel que llegó a nuestras vidas merecía lo mejor. Y de eso me encargué con lujo de detalles...
Iniciación y Posesión: Mis testículos, aún sensibles y pesados tras la minuciosa atención de mi madre, respondían con un leve latido cada vez que sus uñas rozaban la costura del pantalón.
La Calma Antes de la Tormenta: Los diez días que precedieron a la llegada de Valeria fueron un lento y deliberado entrenamiento en el arte del deseo suspendido. No hubo grandes producciones como la de la piscina o el estudio, sino una corriente subterránea de contacto constante.....
Juegos de Estudio: El estudio de mi padre era un espacio amplio en la planta baja, con ventanales que daban al jardín trasero. Normalmente estaba lleno de planos, maquetas arquitectónicas y libros. Hoy, las mesas habían sido despejadas. había varios artículos de cuero negro: correas, esposas, etc.
El Ritmo del Deseo: Los gemidos de mi madre, la mirada de mi padre, la sensación de su interior caliente apretándose alrededor de mí. Me toqué el pene, semierección matutina, y cerré los ojos, reviviendo el momento en que ella me pidió que le mostrara a mi padre su sexo lleno de mi semen.
La Invitación Activa: De compartir," dijo mi padre directamente. "De ver a otra persona disfrutar de tu madre. De verla disfrutar con otra persona." "Y no cualquier persona," añadió mi madre, sus ojos verdes fijos en los míos. "Alguien en quien confiemos. Alguien… especial....