Ya había decidido tener una vida sexual diferente, solo no sabíamos cómo empezar. La primera idea de mi amado Diego fue un trío con una chica, pero yo no estaba muy interesada; no me gustaban las chicas en ese entonces. ¿Ahora? Pues sí me gustan, pero sigo prefiriendo a mi hombre. ¡El pene nunca dejará de ser lo mejor para mí! Teníamos la decisión tomada, pero sin prisa. Decidimos dejar que todo fluyera de forma natural. Bueno, creo que algo que olvidado es el detalle de como me veo. Tratare de darles la mejor descripción física y honesta. Cuerpo voluptuoso, suave y de curvas generosas. Aunque soy atlética, no tengo ese aspecto de ser una enferma del gym, no quiero verme musculosa. Mido 1.63 metros o 5 pies y 3 pulgadas. Rostro ovalado, juvenil y atractivo, piel clara. Ojos grandes, de color avellana o marrón claro, expresivos y con una mirada dulce y ligeramente traviesa. Nariz pequeña y recta, labios carnosos de color rosa natural que suelen formar una sonrisa suave y coqueta. Cabello largo hasta la mitad de la espalda, liso con ondas suaves naturales, de color castaño rojizo (cobrizo) con reflejos dorados y algunos mechones más claros. Suelo llevarlo suelto, cayendo sobre sus hombros y pecho.

Pechos muy grandes, pesados y naturales (copa D), con areolas rosadas y prominentes. Tienen una forma redonda y caen con peso realista. Pezones que crecen al tamaño perfecto al momento de estar excitada. Mi vientre es suave y con un poco de dureza, sin tener los abdominales marcados, pero plano, se curva suavemente hacia mis caderas anchas, creando una silueta muy sensual. Mi ombligo es pequeño y ligeramente hundido, con una ligera sombra que resalta su profundidad. En conjunto, transmite una sensación de suavidad al tacto, con esa textura semi blanda y cálida tan característica de cuerpos voluptuosos. Mis caderas anchas y pronunciadas, formando una marcada curva de reloj de arena.  Mis glúteos son grandes, pero no exagerados, redondos, elevados y con buena proyección.

Mis muslos gruesos y suaves que se tocan entre sí y mis piernas bien formadas, con pantorrillas redondeadas. Y es noche vestía un pantalón jean color azul, una blusa color azul cielo, con un escote muy pronunciado que tenía cordones que recorrían de lado a lado, corta hasta mas arriba de mi ombligo. Y calzaba unas sandalias color oscuras.

Recuerdo que fue una noche de un viernes de abril. Salimos como cualquier pareja: cine, cena deliciosa y un largo paseo por las calles iluminadas de la capital, escuchando música en los locales abiertos. Todo tan romántico y tranquilo… Pasada la medianoche nos dirigimos al apartamento de Diego, ubicado en una zona exclusiva de la capital. Llegamos al condominio donde está el apartamento. No planeábamos sexo; solo iba a recoger unos libros porque al día siguiente tenía trabajo y clases. Desde el estacionamiento Diego ya no podía quitarme las manos de encima. Me besaba el cuello, me apretaba las nalgas, me susurraba lo mucho que me deseaba. Subimos al apartamento de Diego, en el piso 22 de ese condominio lujoso.

En el elevador me empujó contra la pared, me besó con esa boca hambrienta y metió su mano dentro de mi jean azul, acariciando mi coño por encima de la ropa interior. Mis labios ya estaban hinchados y mojados. Cuando llegamos al piso 22, estaba chorreando.

El apartamento es impresionante: amplio, con ventanales del piso al techo que dejan ver toda la ciudad, muebles modernos en tonos negros y grises, pero lleno del alma de Diego. Las paredes tienen pósters grandes enmarcados de bandas legendarias —Led Zeppelin, Pink Floyd, Metallica, The Doors—, guitarras eléctricas colgadas como trofeos, una estantería enorme llena de películas clásicas, de culto y luces tenues ámbar y un olor a incienso de sándalo que siempre me relaja. Es lujoso y a la vez muy personal, muy él.

Entramos y cerró la puerta. Diego abrió de par en par la puerta de cristal del balcón en forma de L que rodea casi todo el apartamento. Dejó solo unas luces suaves encendidas dentro. Nos sentamos en el sofá amplio de la sala y los besos se volvieron más intensos. Sus manos subían por mis muslos, apretaban mis tetas grandes por encima de la blusa. Me sentó a horcajadas sobre él y sentí su verga dura presionando contra mi chocha a través de la ropa. Estaba empapada, mi jugo ya humedecía mi ropa interior.

De repente me levantó en brazos, mis piernas rodeándole la cintura, y sin dejar de besarme me llevó al balcón. El aire fresco de la noche me erizó la piel. Me apoyó contra la pared, me quitó la blusa y el sostén con urgencia. Mis tetas pesadas, tamaño D, quedaron libres, pezones duros apuntando al vacío. Me bajó el jean y la tanga de un tirón, dejándome completamente desnuda frente a la ciudad.

Fue entonces cuando abrí los ojos y los vi. En tres balcones del edificio de enfrente había gente mirándonos. Dos parejas y un hombre solo. El corazón me dio un salto. Sentí una timidez caliente subir por mi cara, pero también una excitación brutal entre las piernas. Le susurré bajito a Diego, casi sin voz:

—Nos están viendo…

Él me mordió el lóbulo de la oreja y preguntó suave:

—¿Quieres entrar o seguimos aquí?

Me mordí el labio, nerviosa, pero con el coño palpitando.

—Sigamos… pero sin hacer mucho ruido —respondí temblorosa.

Diego sonrió y me colocó frente a la baranda del barcon. Desde atrás besó mi cuello y mi espalda lentamente, bajando por mi columna. Sus manos masajeaban mis tetas, pellizcando los pezones con fuerza justa. Se arrodilló, levantó mi pierna izquierda y apoyó mi pie en la baranda. Su boca caliente se pegó a mi chocha empapada.

Su lengua era pura magia: lamía lento mis labios mayores, los separaba, chupaba mis jugos espesos y subía hasta mi clítoris hinchado, rodeándolo en círculos perfectos. Metió dos dedos gruesos y largos, curvándolos hacia arriba, frotando ese punto rugoso dentro de mí que me hace perder la cabeza. Yo intentaba no gemir fuerte, pero mi respiración era entrecortada. Mis tetas se movían pesadas con cada sacudida.

El orgasmo me llegó de golpe. Diego, sabiendo que iba a gritar, me tapó la boca con su mano grande y fuerte, apretando justo cuando mi coño explotó. Mis paredes se contrajeron violentamente alrededor de sus dedos, soltando chorros calientes de corrida que le bañaron la cara y el pecho. Me corrí temblando entera, gimiendo ahogado contra su palma, las piernas casi doblándose. Los espectadores pudieron ver mi rostro al llegar al orgasmo fuerte que tuve y yo pude ver que esos le gusto.

Apenas me recuperé, Diego se levantó y se paró detrás de mi,me pegó las tetas contra la baranda fría y separó mis piernas. Sentí la cabeza gruesa y caliente de su verga frotándose entre mis labios mojados. Empujó despacio, centímetro a centímetro, abriéndome, estirándome. Cuando estuvo completamente dentro, gruñó bajito contra mi oído. Empezó a follarme con estocadas profundas y lentas, saliendo casi todo y volviendo a entrar hasta el fondo. Sentía cada vena de su polla gruesa rozando mis paredes sensibles.

Mis tetas se aplastaban contra el metal con cada embestida. Miraba hacia los balcones: una pareja ya había empezado a follar, ella inclinada sobre su baranda mientras él la penetraba desde atrás, mirándonos. La otra pareja se masturbaba mutuamente sin perder detalle. El hombre solo se jalaba la verga con fuerza.

Diego aumentó el ritmo, follándome más duro pero controlado. El sonido mojado y obsceno de su polla entrando y saliendo de mi chocha chorreante llenaba el balcón: plap… plap… plap lento y profundo. Cuando sentí el segundo orgasmo subir, volvió a taparme la boca con la mano, mientras yo empujaba hacia atrás y hacia el frente con fuerza.Me corrí otra vez, mi coño apretando su verga como un puño caliente y mojado, ordeñándolo, soltando más jugos que le corrían por los huevos.

Finalmente, Diego no aguantó más. Me penetró hasta el fondo, muy profundo, y se corrió dentro de mí con chorros calientes y abundantes. Sentí su semen espeso llenándome, pintando mis paredes, desbordándose un poco y bajando por mis muslos. Ese calor me hizo correrme una vez más, suave pero intenso, gimiendo contra su mano mientras mi coño palpitaba alrededor de su verga todavía dura.

Nos quedamos así unos segundos, unidos, respirando agitados. Luego Diego salió despacio de mí, dejando que su semen espeso empezara a chorrear de mi chocha abierta. Me abrazó por detrás, me besó el cuello con ternura y juntos levantamos la mano, saludando discretamente a nuestros espectadores. Ellos respondieron con gestos, sonrisas y uno de ellos levantó el pulgar.

—Nuestra primera vez siendo vistos… y fue perfecto.

Todavía siento su semen corriendo por mis piernas mientras me llevaba a la habitación…