La noche huele a hierro y saliva.
Mis pies entran primero,
abiertos como bocas viejas
que aprendieron a morder suelo.
No piden suavidad.
Quieren presión.
Quieren que la grava les marque
la memoria.
Hundo el peso hasta que la planta
olvida su nombre.
El arco tiembla,
los dedos se separan,
buscan fricción como un animal
busca pared para rascarse.
La tierra responde con aspereza.
Raspa.
Chupa.
Se queda.
Cada paso es un pulso sordo
que sube lento,
espeso,
hasta apagar el ruido del mundo.
No hay belleza aquí.
Hay instinto.
Hay una calma negra
cuando el pie encuentra
el punto exacto
donde el cuerpo
se rinde sin pensar.