La fruta se abre

como un secreto rojo

bajo el peso exacto del deseo.

El melón partido

ofrece su centro húmedo,

brillante,

palpitante de color.

El jugo cae lento,

una lengua viva

aprende el camino de la gravedad

y recorre cada hendidura .

Cerezas tensas,

labios dobles,

esperan el roce

como si supieran

que alguien las mira y desea

con hambre antigua.

La sandía explota verano,

exceso,

boca llena de luz.

Su carne se rinde

al gesto mínimo:

abrir, mirar, acercarse.

Hay lenguas que no buscan poseer,

solo probar.

Nombrar con saliva

la forma exacta del placer.

Todo es fruta,

todo es cuerpo,

todo es color que chorrea

cuando la piel

—sea pulpa o sea piel—

recuerda que nació

para ser sentida.