Ante todo he de decir que no me gustan los gimnasios. Los percibo tan sucios como los moteles. Hay sudor, gente gimiendo por todo lado, andan semidesnudos, quieren más y más… Creo que sí me gustan los gimnasios jajaja.

Empiezo esta historia cuando alguna vez una amiga me invitó al suyo. Ya sabes, típico plan de «hagamos algo útil porque al mundo le aburre vernos solo quietas». Lo odié, pero lo hice. Me puse las mallas ajustadas que me marcan todo, el top que apenas contiene las tetas cuando corro en la cinta, y allá fui, sudando como cerda desde el minuto uno.

Mi amiga —llamémosla Carla— es de esas que se ve divina incluso con el pelo pegado a la cara y la cara roja como tomate. Yo, en cambio, parecía un desastre glorioso: el sudor me corría por el cuello, entre los pechos, y sentía cómo se me pegaba la tela a la concha, marcando cada pliegue. Odio admitirlo, pero me ponía cachonda ver a los tipos mirándome de reojo mientras levantaban pesas, fingiendo que no era por mí.

Un día salimos sudadas y cansadas, con esa hambre feroz que te da el gym. Decidimos darnos un capricho: comida callejera en la esquina de siempre, esos perros calientes con todo, papas fritas con salsa y ahí casero y una cerveza en lata helada que nos bajamos como si fuera agua.

Nos sentamos en una mesita de plástico, riéndonos de lo ridículas que nos veíamos, con el pelo revuelto y las camisetas transparentes por el sudor. Y ahí aparecieron ellos: dos tipos, morenos, altos, con camisetas ajustadas que dejaban ver pectorales marcados y brazos que parecían tallados. Uno tenía una barba de tres días y el otro una sonrisa de hijo de puta simpático. Nos miraron fijo, sin disimulo, y yo, que estaba de malas y cachonda al mismo tiempo, les frentéé.

—¿Qué pasa, papás? ¿Cuál es la maricada? ¿Les gusta lo que ven o solo están practicando para el próximo round de miraditas? —les solté, con la cerveza en la mano y una ceja levantada.

Se rieron, se acercaron. El de la barba se llamaba Andrés, el otro Mateo. Charla va, charla viene, y la cosa escaló rápido. Empezamos hablando de gym, de cuerpos, de lo que nos ponía y lo que no. Yo les dije que me ponía ver a un hombre sudado, que me imaginaba lamiéndole el cuello salado. A mi me da morbo lo que no se siente muy higiénico, me calienta de alguna manera.

Carla se puso roja, pero no se quedó atrás: confesó que le encantaba que le agarraran fuerte las nalgas mientras la penetraban por detrás. Ellos se miraron, se rieron nerviosos, y yo tiré la bomba.

—¿Y si hacemos un dos pa’ dos con derecho a cambio? Pero primero se besan ustedes, solo por morbo. A ver si aguantan.

Se miraron como si les hubiera caído un rayo. Andrés dudó un segundo, Mateo se encogió de hombros y dijo «por qué no». Se acercaron, torpes al principio, y se dieron un beso corto, labios contra labios, lengua apenas rozando. Pero el morbo les ganó: el beso se puso más profundo, manos en la nuca, gemidos bajos. Carla y yo nos miramos, mojadas solo de verlos. Terminamos en mi casa —tengo un apartamento chiquito pero con un bonito sofá café de terciopelo que aguanta lo que sea, y una cama king que le presté a Carla esa noche.

Entramos como animales. Primero les dije a ellos que se quitaran la ropa despacio, que nos mostraran todo. Andrés tenía una verga gruesa, venosa, ya dura como piedra; Mateo más larga, curvada hacia arriba, con la punta brillando de precum. Carla se arrodilló primero y se metió la de Mateo en la boca, chupando con ganas, haciendo ruiditos húmedos. Yo agarré a Andrés por la cintura y lo besé mientras le pajeaba lento, sintiendo cómo latía en mi mano.

Los hice besarse otra vez, ahora desnudos, vergas rozándose, mientras Carla y yo nos quitábamos la ropa. Me senté en el sofá café, abrí las piernas y le dije a Andrés: «Ven, cómetela primero». Se arrodilló, me separó los labios con los dedos y metió la lengua hondo, lamiendo el clítoris en círculos, chupando el sudor y los jugos que ya me chorreaban. Gemí fuerte, agarrándole el pelo. Mateo se puso detrás de Carla, que estaba a cuatro patas en el piso, y la penetró de un empujón. Ella gritó de placer, pidiéndole más duro.

Cambiamos. Llevé a Mateo al sofá, me senté a horcajadas y me la metí toda de una, sintiendo cómo me abría, cómo llegaba hasta el fondo. Reboté encima de él, las tetas saltando, mientras Andrés se ponía detrás y me metía un dedo en el culo, preparándome. Carla se unió, besándome la boca, chupándome los pezones. Andrés me penetró por atrás al mismo tiempo, doble penetración en el sofá: yo gritando, sintiendo cómo me llenaban los dos agujeros, el roce de sus vergas a través de la pared delgada, el placer tan intenso que casi me desmayo.

Carla se fue con Mateo a la cama. Los oí gemir desde el otro cuarto: él la ponía en perrito, le daba nalgadas, ella le pedía que no parara. Yo me quedé con Andrés en el sofá. Me puso de espaldas, me abrió las nalgas y me la metió despacio en la chochita, mientras me masturbaba el clítoris con los dedos. Me corrí dos veces así, apretándolo dentro, hasta que él se vino adentro, caliente, espeso, goteándome por los muslos.

A eso de la 1 se fueron a sus casas. Nos quedamos Carla y yo tiradas en el sofá café, oliendo a sexo, sudor y semen, riéndonos bajito. «La próxima vez traemos más», dijo ella. Yo solo sonreí. Porque sí, los gimnasios son sucios… pero qué rico se siente ensuciarse. Nos fuimos a bañar juntas. Ducha calientita y dormir abrazaditas, porque así nos toca a las que fuimos cuerpo y no alma. Asumo que ahora estarán con sus mujeres. Las que si aman, a las que les juran fidelidad y ellas saben que no es así. Y ellos no saben que sus novias son tan o más perras que yo.

Pero sabes? Yo al menos no fui hipócrita. Yo sabía que con mis gustos no me querrían acompañar muchos. Que soy demasiado para algunos. Y no pasa nada soy suficiente para mi