Capítulo I – Mis tíos

Estos sucesos se desarrollan a finales de los años ochenta y principios de los noventa.

Mi tío Nemesio era un hombre alto y corpulento, con mala leche y muy violento cuando se le llevaba la contraria.

Solo una persona le caía bien en el mundo

Mi padre Sigfredo:porque le había tapado cagadas en los trabajos que le había conseguido, le prestaba dinero que luego no le terminaba de devolver,conseguía las medicinas para sus hijos cuando estaban enfermos —que era bastante a menudo, pues vivían en una de las casas bajas antiguas de Vallecas, con muchas humedades—.

El baño era un agujero en el suelo que compartían dos viviendas, y por todo eso era el único que lograba calmarlo cuando entraba en cólera.

Guadalupe, en cambio, también era una mujer grande: medía un metro setenta y seis y pesaba unos ochenta y ocho kilos, unos senos y un trasero en consecuencia.

Ella sufría los desmanes, la violencia verbal y física de mi tío, incluso habiendo gente delante.

Menos cuando estaba mi padre, que entonces era un trozo de pan.

Pero algunas veces enfrente de él también se pasaba.

Como una vez que fuimos a visitarlos y le tiró a mi tía un cenicero a la cabeza porque tardaba mucho en traer unas cervezas.

Mi padre se enfadó con él e incluso le amenazó con que la próxima vez le denunciaría a la policía.

Luego se enteró por compañeros de trabajo que no era la primera vez que pasaba, pues muchos le habían dejado de hablar por sucesos parecidos con ellos.

Los tres hijos, en cuanto pudieron, se fueron yendo y solo iban cuando sabían que Nemesio no estaba, dejando todavía más expuesta la violencia a mi tía.

Yo pasé a ser el único que iba a esa casa, además de mi padre, pues a todos los demás no le soportaban.

Mi tía me daba pena y algo más, como descubriría después poco a poco

Cuando iba a visitarlos y estaba mi tío, casi no hablaba; solo lo hacía con mi tía. Y eso a él no le gustaba.

Aunque fuese un niño, en aquel entonces ya sentía celos de todo el que se acercaba a ella.

Una vez teniendo doce años me dio un capón porque decía que miraba mucho a mi tía, y fue la única vez que vi a mi padre violento: le dijo que la próxima vez que me tocara lo iba a pagar muy caro. Él se disculpó conmigo casi llorando.

Pero la verdad es que mi tío en cierta forma sí tenía razón en sentir celos de mí, pues la atracción hacia mi tía iba subiendo según iba cumpliendo años.

Yo me iba rozando más con ella: un toque en el culo “sin querer”, un roce en la mano al darme cualquier cosa, un beso más cerca de los labios de lo normal al despedirnos. Nemesio se volvía loco, pero no decía nada por miedo a que mi padre se enfadara.

En el año ochenta y cinco más o menos tiraron las casas bajas y les dieron unos pisos mejores en otro lugar de Vallecas, pero todavía cerca de donde vivíamos nosotros, y podía seguir yendo a visitar a mi tía cuando sabía que mi tío trabajaba.

Cuando ya contaba con unos dieciocho años, el noventa y uno, pues era el año antes de irme a la mili. Cursaba quinto de FP de electricidad y el instituto estaba cerca de la casa de mis tíos. Cuando salía al recreo iba a ver a mi tía y tenía informado a mi padre de sí la pegaba o no, y así conseguimos que por lo menos solo fuese violencia verbal, pues en aquella época lo del divorcio era considerado un tabú.

Yo iba a su casa y mi tía me daba el almuerzo y hablábamos hasta que tenía que volver a clase.

Fui cogiendo confianza con mi tía e incluso a veces me quedaba con Guadalupe después del instituto y le ayudaba a hacer la compra y comíamos juntos.

Mis padres decían que estaba bien porque así controlábamos a mi tío, pero también me iba enamorando de mi tía, pasábamos mucho tiempo solos y se fueron sucediendo situaciones, como el día que fuimos al mercadillo del barrio.

Al principio de junio, ya entonces con el sol pegando fuerte aunque todavía no eran las once. Habíamos salido temprano porque mi tía Guadalupe quería coger buena fruta y algo de ropa barata en los puestos del mercadillo.

Llevaba una falda de esos vestidos de gasa de verano que le llegaba justo por debajo de las rodillas, una blusa blanca de manga corta que se le pegaba al pecho y un bolso de tela colgado al hombro.

Yo iba con vaqueros ajustados, camiseta de tirantes y playeras gastadas. Nada del otro mundo.

Cuando llegó el autobús —de esos con los asientos de plástico naranja y las barras cromadas que quemaban en verano— ya venía petado desde la parada anterior. La gente se apelotonaba, gritando “¡dejen bajar!”.

Y ¡no empujen, coño!

Mi tía se metió delante de mí abriendo camino con su cuerpo grande, y yo la seguí pegado a su espalda, agarrándome a la barra vertical que tenía justo detrás.

No había ni un asiento libre, ni sitio para respirar. En cuanto el conductor cerró la puerta y arrancó con ese rugido asmático, el autobús se convirtió en una lata de sardinas humana. Cada frenada,cada curva o cada bache de la calle hacía que todo el mundo se moviera como en una ola. Y nosotros estábamos en el centro de esa ola.

Al principio intenté mantenerme un poco separado, pero era imposible.

Ella se giró un poco para mirarme y me dijo bajito, casi al oído:

—Agárrate bien, que esto va a ser un viaje movidito.

Y se agarró con la mano izquierda a la barra que yo tenía encima de la cabeza. Con la derecha… no había dónde sujetarse.

El siguiente frenazo la empujó hacia atrás y su culo se pegó a mi entrepierna.

Noté el calor a través de la tela fina de la falda y mis vaqueros.

Intenté retroceder un paso, pero detrás tenía a una señora con carrito que no se movía ni a tiros. No había escapatoria.

Ella no se apartó. Siguió hablando como si tal cosa, contándome no sé qué del precio de los tomates el otro día, pero su cuerpo no se movía.

Por el contrario parecía que se pegaba más.

Cada vez que el autobús aceleraba o frenaba, se producía ese roce inevitable: su trasero amplio y blando presionando contra mí, subiendo y bajando un poco con el movimiento.

Yo sentía cómo se me ponía dura en cuestión de segundos, sin poder evitarlo.

Olía a azucenas, a sudor limpio de la mañana y a ese jabón lagarto que usaba siempre.

El perfume se mezclaba con el olor a gasolina, a gente y a tabaco del autobús.

Levanté la vista y vi que me miraba por encima del hombro, con esos ojos grandes y oscuros. No sonreía, pero tampoco ponía cara de incomodidad.

Solo sostenía la mirada, como si estuviera midiendo algo.

Su pecho subía y bajaba con la respiración, y al estar tan pegados, sus tetas voluminosas se aplastaban contra mi torso cada vez que el autobús se movía hacia delante.

Notaba los pezones duros a través de la blusa y el sujetador fino.

O quizás era mi imaginación. Pero el roce era real.

Su mano derecha, la que no tenía en la barra, bajó despacio y se metió en el bolsillo trasero de mis vaqueros.

No fue un gesto brusco, sino lento, como si buscara apoyo.

Los dedos se cerraron un poco sobre la tela, justo encima de mi culo, y tiró suave hacia ella, arrimándose más.

Mi erección ahora estaba pegada a la raja de sus nalgas, marcada contra la falda. Cada bache hacía que se deslizara un poco arriba y abajo, yo tenía que morder el labio para no soltar un gemido.

—Mira que hay gentuza hoy… menos mal que vas tú delante, si no me hubieran pisado.

Pero su voz tenía un tono más bajo, más ronco.

Y su mano en mi bolsillo no se movía, solo apretaba. Yo notaba que mi corazón iba a mil, la sangre me subía a la cara y la polla me latía contra ella, dura como una piedra. Pensé que lo tenía que notar, que era imposible que no sintiera esa presión caliente y rígida contra su culo.

Y lo sabía. Porque en una curva cerrada, cuando todos nos inclinamos a un lado, ella se dejó caer un poco más hacia atrás y movió las caderas en un círculo sutil, imperceptible a los demás, evidente bajo mi perspectiva.

Fue solo un segundo, pero suficiente para que yo casi me corriera ahí mismo.

Tuve que cerrar los ojos y pensar en el frío, en el fútbol, en lo que fuera y hacer un esfuerzo por no terminar.

Cuando por fin llegamos a la parada del mercadillo y la gente empezó a bajar, ella se separó despacio, como si nada. Me miró con esa misma cara tranquila y me dijo:

—Venga, baja tú primero, que yo te sigo.

Salí del autobús con la polla todavía tiesa, marcándose en los vaqueros sin remedio.

Noté cómo un par de tías mayores que venían detrás cuchicheaban y se reían por lo bajo. “Mira el chaval, qué calentón lleva…” oí que decía una. La otra contestó: “sí pero quién fuera ella con el chaval ese restregándose por su cuerpo “

No pude evitar ponerme colorado, pero mi tía actuó como si no se enterara de nada: me cogió del brazo con naturalidad y me llevó hacia los puestos, hablando de lo que íbamos a comprar para la comida.

Yo iba caminando tieso, intentando que no se notara, pero cada paso era una tortura. Y ella, de reojo, me miraba con una sonrisa que solo yo veía.

Otra vez el vecino del piso de arriba de donde mis padres se le rompió una tubería del aseo y nos inundó nuestra casa.

Como mi habitación estaba cerca de ese baño quedó inservible hasta que lo arreglara el seguro.

Mi padre le pidió a mi tío que me dejara dormir en una de las habitaciones que ahora le sobraban y aunque a regañadientes, accedió a que me quedase con ellos durante una semana.

Cuando fue a llevarme mi padre, ahí estaba Nemesio haciendo el paripé de buen tío, diciendo lo bien que nos lo íbamos a pasar y todas esas chorradas.

En cuanto se fue mi padre se bajó al bar y me soltó: “Chaval, molesta lo menos posible si no quieres que nos llevemos mal”

Mi tía puso caras haciéndole burla sin que le viera mi tío y en cuanto cerró la puerta, vino corriendo hacia mí y me dio un abrazo.

Me preguntó si había cenado ya y le dije que no, pero que me gustaría ducharme

antes.

—Pues venga, Óscar, dúchate que en cuanto termines tienes la cena.