Karen y yo hemos sido amigas por más de 5 años. Nos conocimos en nuestro antiguo trabajo y desde entonces nos volvimos inseparables. Ella vive en otra ciudad, pero hablamos todos los días, nos contamos nuestra vida, desamores, problemas familiares, y tenemos una confianza que no se construye de la noche a la mañana.

Karen y yo siempre acordamos viajar para vernos, nos turnamos, a veces viajo yo a su ciudad y la próxima vez, viaja ella. Es un trato no dicho. Somos mejores amigas y así todos a nuestro alrededor lo saben.

Karen tiene 28 años. Yo tengo 25. Ambas muy guapas, yo pelinegra, talla media, de 1.60, ella rubia, talla media de 1.55, nuestros cuerpos son muy trabajados en el gimnasio, nos gusta vernos bien.

Un día, viajé a verla, como de costumbre, llegué a su casa, abrimos una botella de vino, y empezamos a hablar, un tema llevó al otro y Karen mencionó:

— No sé, siempre me ha dado como morbo cuando veo mujeres juntas, besándose, ¿a ti no? —

No supe qué decir. Había tenido experiencias lésbicas antes pero no hablaba de eso con nadie porque es mi intimidad y siempre me he mostrado como una mujer heterosexual. Me puse nerviosa, tensa, pero a la vez sentí una electricidad que me recorría todo el cuerpo. Entonces, respondí:

— Es que es muy rico.

Karen me miró sorprendida y se rió, le dio mucha curiosidad y dice:

— ¿Y tú cómo sabes?

— Pues porque ya lo probé — Respondí.

El tema quedó ahí, ambas nos reímos pero sentí que desde ese día algo cambió. La veía más guapa, más linda, y de repente me atrapaba en mis pensamientos imaginándome a mí entre sus piernas chupando su vagina, pero me frenaba porque era mi mejor amiga y claramente ella preferiría esa experiencia con alguien más.

Así pasaron meses, no volvimos a tocar el tema, pero ella de vez en cuando me hacía comentarios de que me veía muy rica con alguna ropa, pero eso hacen las amigas, así que no le di vueltas.

Al próximo viaje, era su turno de venir, estaba feliz, extrañaba pasar tiempo con ella. Nos vimos, salimos, pasamos una tarde juntas y llegó la noche antes de irnos de rumba.

— Quiero vino. — Dijo Karen.

— Ay sí, yo también. En la sala tengo una botella, ¿la abrimos? — Dije sonriente.

— Obvio, eso ni se pregunta.

Abrimos la botella y pusimos música, empezamos a bailar en mi sala. Karen tenía un escote puesto que dejaba ver la forma de sus tetas, su cabello rubio perfectamente peinado, un maquillaje impecable, y una mirada divina que hacía que no pudiese apartarme de verla. Ella jugueteaba y me abrazaba al bailar, y yo, solo pensaba en besarla, así que, después de un par de copas de vino, me animé. Tomé su rostro entre mis manos y la besé, ella se apartó, me miró seria y me dijo:

— ¿Qué estás haciendo?

Un sentimiento de decepción recorrió mi cuerpo y entonces ella volvió a hablar.

— ¿Qué estás haciendo y por qué no lo habías hecho antes?

Sonreí. Volví a besarla, esta vez, sin inocencia; nuestros labios se juntaron como si el hambre de tenernos se hubiera estado acumulando por años, la besaba con tanto deseo que sin querer recreé tantas escenas que se habían pasado por mi cabeza tantas veces, la tenía, por fin, como había querido y no había podido aceptar para entre mí.

— Chúpame las tetas, Hellen, te lo suplico. — Dijo Karen jadeando.

Sin pensarlo lo hice. Había visto a Karen desnuda antes pero nunca con el morbo de ese momento, sus tetas perfectas inundaron mi boca y su sabor me hacía querer morderlas hasta marcarla.

— Te he deseado tanto todo este tiempo… no tienes ni idea — Dije.

— Y yo a ti. — Respondió.

Le quité la blusa y fui bajando hacia su abdomen, podía sentir mi clítoris palpitando y la humedad de mis bragas sin siquiera tocarme, estaba viviendo el momento más excitante de mi vida, ni siquiera nos preocupamos porque la ventana de mi apartamento estaba abierta y completamente visible desde el piso 11, eso me excitaba más. Fui bajando hasta subir su falda y quedar frente al olor de sus bragas, su humedad me confirmaba su deseo, y su olor me atrapaba. Le quité las bragas para encontrarme con la vagina más linda que había visto en mi vida, no completamente depilada pero lo suficiente para poder disfrutar de su sabor. Puse mi boca en su vulva y con mi lengua empecé a disfrutar del sabor de su clítoris y sus jugos. Karen gemía durísimo y me pedía más, verla tan excitada me hacía querer darle lo mejor de mí. Y chupaba, lamía, mordía con suavidad, hasta que sentí cómo me agarraba la cabeza para que no me separara y terminé tragándome su delicioso orgasmo.

— Hellen, Dios mío. Gracias. — Y me besó.

— Es mi turno ahora. — Dijo.

Con hambre hizo lo mismo que yo le hice. Empezó por mis tetas, las chupaba como si no hubiese un mañana, fue bajando por mi abdomen y lamió mi ombligo, puso su mano por encima de mi pantalón, luego de mi panty, y empezó a rozarme. Eso me estaba matando. No iba a aguantar mi orgasmo ni un minuto cuando empezara a comerme. Pero lo deseaba, la deseaba. Me miró con esos ojos cafés preciosos y procedió a quitarme el pantalón con una lujuria que solo ella podría tener, pasó su lengua por encima de mi panty dando vueltas con ella, y yo no podía creer lo que estaba presenciando. Rompió mi panty y antes de lamerme, mencionó:

— Hellen, quiero ser tu mujer.

Sin dejarme responder empezó a chuparme el clítoris, yo gemía sin parar, me metía los dedos como toda una experta y hacía volteretas con su lengua. Sin esperarlo, bajó hasta mi culo y también lo chupó, yo no podía aguantar tanto placer, así siguió por varios minutos y yo no podía respirar del placer tan inmenso que estaba sintiendo. Dejó de comerme para volver a mi boca y besarme.

— Te amo. — Dije.

Me arrepentí al segundo. La amaba, sí, ¿pero como amiga? ¿Estaba enamorada?

— Te amo, Hellen. — Respondió.

Volvió abajo a comerme más, su lengua parecía un torbellino salvaje que no dejaba escapar ni un rincón de mi ser. Me chupaba tan rico que me vine en su boca, fue el orgasmo más increíble que había experimentado. Sin hablar la tomé de la cintura y nos acomodé para rozar nuestros clítoris haciendo tijeras, fue increíble, luego la puse en cuatro y chupé su culo para devolverle el favor, le metí dos dedos en la vagina y con la otra mano un dedo en el culo, y así logré otro orgasmo en ella que me agradeció con un maravilloso squirt. Amaba comerla, probarla, chuparla. Era perfecta.

Quedamos agotadas, en el sofá de mi sala. Nos tomamos el resto del vino por sed, y nos seguimos besando sin decir nada. Hicimos el amor tantas veces como pudimos sin mencionar una palabra. Hasta que en la mitad de la madrugada volví a decir:

— Te amo. Y estoy cansada de negarme.

— Quiero ser tu mujer. — Respondió.

No necesitamos más. Desde ahí Karen vino a vivir a mi ciudad, hacemos todo juntas, todo el mundo cree que seguimos siendo «mejores amigas», pero nos gusta así para más morbo. Vivimos juntas y nadie sospecha nada. Amo a mi mujer.

Espero que les haya gustado.