La Chica perfecta V: En la playa con Lucía

Antes de empezar, quiero decir que este relato y los anteriores sólo tienen en común a su protagonista, la bella Iria. Para descripciones suyas, dirigirse también a anteriores relatos.

Unos amigos estaban juntos alrededor de una pequeña hoguera cerca de la playa; no obstante, el fuego era lo suficientemente intenso como para alumbrar a los allí presentes.

Era la noche de San Juan, la Noche Mágica, la que se cernía sobre ellos y el pinar. Serían casi las doce de la noche, estando la luz solar a punto de extinguirse, cuando la multitud de chavales allí reunidos comenzaron a beber sin restricción alguna.

En ese momento había unas ocho o nueve personas emborrachándose. Dos de ellas, la pareja que formaban Iria y Dani, no eran de los que más ganas se dedicaban a la tarea. La angelical rubia se reía sin parar debido a las continuas cosquillas que le dedicaba su fornido novio. Sin embargo, los hábiles dedos del chico no se acercaban siquiera a las zonas “peligrosas” de su linda novia; ésta ya había dejado bien claro en anteriores encuentros cuáles eran las fronteras. Dani lo aceptó, aunque a regañadientes, claro está. Bien sabe Dios que daría todo lo que posee por poder echar un polvo con esa rubia espectacular que tiene como novia. “Algún día caerá”, pensaba. Pues, ciertamente, hoy era el momento propicio…

Iria había escogido para la ocasión un híper-sexy conjunto blanco que resaltaba como nunca su delicada figura: la parte de arriba era un bikini de pequeños triángulos que se ataba con unas finas cuerdecitas a la espalda y al cuello; y la parte de abajo era un diminuto tanga semi-transparente que dejaba atisbar su juvenil sexo, con un cordelito que unía la escasa tela de delante y la escasísima tela de atrás, que se metía entre sus nalgas a más no poder. 

Después de contemplar a esta diosa de pechos tentadores cubiertos a partes iguales entre el pequeñísimo bikini y sus delicados cabellos, Dani se dio cuenta de que la vida le había sonreído muy gratamente.

Al cogerla de la cintura y rozar la tira del tanguita, su polla empezó a despertar de su letargo. Iria cayó en la cuenta y observó, sorprendida, el bulto que se le estaba formando en el bañador a su novio. Esbozó una sonrisa graciosa; a sus 17 años todavía no se podía creer que provocase tales erecciones a los hombres. Pero lo cierto es que le empezaba a gustar la situación, así que miró a su chico con ojos lascivos y le comentó que por qué no se iban a dar un baño a la playa. Dani discrepó, pues era muy tarde y no le apetecía nada. Sin embargo, Iria utilizó sus eficaces armas femeninas; con suma delicadeza, posó su mano encima de la voluminosa montaña de su novio. El sorprendido, nervioso y excitado chico reaccionó de inmediato, cogiéndola de la mano y dirigiéndose a trompicones hacia la playa. La pícara sonrisa de su acompañante también delataba una incipiente calentura. 

El grupo ni se percató de la ausencia de la pareja.

Algo más tarde, otros integrantes del grupo comenzaron a juguetear. Miguel le dedicaba excitantes besitos en el cuello a su novia Lucía; esta chica, compañera de clase de Iria, presumía de tener un cuerpo espectacular. Comparándola con la cachonda rubia, Lucía se jactaba de poseer unos pechos un poco más voluminosos (“en su justa medida”, pensaba con mucha razón) y un trasero de similar belleza, así como de tener un excitante ombliguito que no dudaba en enseñar constantemente. Su media melena castaña no desentonaba con el espectacular bikini rojo que se había enfundado para la ocasión: la parte de arriba resaltaba sus generosos senos, dotándolos de una presencia realmente excitante; y la parte de abajo se ataba a ambos lados de sus caderas con un sencillo nudo, dejando a la vista un triangulito carmesí que apenas ocultaba nada. 

Lucía, susurrante, expuso a su chico la idea de ir juntos a bañarse a la playa. Miguel aceptó, consciente de las calenturientas intenciones de su novia.

Iria y Dani se introdujeron en el agua a trompicones sin temer un corte de digestión. El caso es que ya habían progresado bastante, pues les cubría casi hasta el cuello. La chica rodeó la nuca de su novio con los brazos, y éste hizo lo mismo con su cinturita. Una simple declaración de amor de la rubia adolescente bastó para que el joven empezase a manosear su espalda y profanar sus seductores labios. Su novia lo correspondió… dejándose hacer. 

El excitado adolescente introdujo sus manos entre las tiras del tanguita de su chica, intentando llegar a tocar su trasero desnudo. Iria seguía adoptando una actitud sumisa, cosa que fascinaba a su novio. Éste había llegado ya a su objetivo; metió ambas manos por debajo de las diminutas braguitas y acarició con torpeza el paradito culo de su novia. Tras esto, la jovencita miró al joven con cariño y le dijo que sí. Dani frunció el ceño, dudoso. Su novia volvió a repetir la afirmación, y esta vez el chico lo entendió a la perfección. Se dieron un último beso y el muchacho salió corriendo del agua a toda prisa. Iria lo esperaba, ansiosa.

Miguel y Lucía estaban de pie en la playa, besándose y manoseándose fervorosamente. La chica advirtió la extrema dureza del instrumento del joven, y así se lo hizo saber. Su novia le recomendó hacer unos largos en el mar para que se calmara un poco y disfrutar después. Miguel no puso objeciones; con tal de seguir teniendo como chica a esa belleza lo podía mandar al mismo Infierno.

Dani corría a toda velocidad entre las dunas del entorno. Llevaba algo en la mano que agarraba con todas sus fuerzas. Tan concentrado estaba en llegar cuanto antes junto a Iria que no se percató de la toalla que descansaba detrás de una protuberancia arenosa. Tropezó en una piedra y se desplomó junto al mencionado útil playero. Jadeante, se dio la vuelta y miró hacia el opaco cielo. 

Un rostro atractivo se cruzó en su vista. Unos ojos claros lo contemplaban desde las alturas. Dani parpadeó y observó a la mujer que tenía delante. Era jovencita, de su edad, más o menos. Su pelo castaño estaba envuelto en una coleta. La sometió a un escrutinio y se dio cuenta de lo bella que era la chica. El bikini rojo que llevaba puesto lo subyugaba…

Iria notó que alguien se acercaba nadando. Pensó que su novio quería darle un susto, así que se sumergió para contrarrestarle. Al subir a la superficie se encontró con una mirada desconocida, expectante. Miguel observó a la chica con ansia y detenimiento a la vez.

Lucía, con lentitud, se arrodilló ante el yaciente cuerpo del adolescente. Las respiraciones de los dos jóvenes se volvieron agitadas. Fue entonces cuando las manos de la chica empezaron a recorrer poco a poco el torso desnudo de Dani. Al sentir tales seductores dedos correteando por su cuerpo, su vello comenzó a erizarse. Sus miradas se encontraron y expresaron un deseo infinito el uno por el otro. 

La joven belleza bajó su cabeza al pecho del chico y comenzó a besarlo. Lo recorrió hasta llegar al ombligo, donde concentró sus lametazos durante unos instantes; Dani no pudo reprimir comenzar a tener una potente erección. Lucía no se demoró más y le quitó el bañador con sensualidad. El pene semi erecto del adolescente apareció ante sus ojos. La chica empezó a recorrerlo con su lengua sin apenas tocarlo; en pocos segundos, la verga de Dani alcanzó su máxima expresión. Éste creyó que iba a morirse de gusto, puesto que aún era virgen y nunca habría soñado que una tía cachondísima estuviera a punto de chuparle la polla. Por ello, deseaba que se la metiese cuanto antes en la boca para arrancarle el mejor orgasmo de toda su vida. Pero eso sería demasiado fácil, y no creyó que a su acompañante le gustaran las cosas fáciles… 

Lucía abrió la boca para meter los huevos del chico en ella. Primero chupaba uno, y luego el otro. La sensación de estar dentro de su boquita era indescriptible para Dani, que ya había comenzado a suspirar. De repente, sus miradas volvieron a cruzarse y fue en ese instante cuando la sensual jovencita comenzó a tragarse la punta de su polla. Cada milímetro que avanzaba le hacía enloquecer; involuntariamente, el extasiado adolescente comenzó a subir la pelvis movido por la necesidad de placer. Era increíble la sensación de ver como la cabeza de la chica subía y bajaba sin cesar, el pene se le estaba poniendo tan duro que parecía que le iba a explotar. Y eso mismo iba a hacer (correrse) cuando, guiada por un sexto sentido, Lucía dejó de practicarle la monumental mamada. 

La chica se puso de pie y abrió un pequeño bolso al lado de su toalla. Sacó un preservativo y se desanudó las tiras de su pequeña braguita. La tiró a un lado y abrió las piernas justo encima de la verga del excitado adolescente, que se puso súper-cachondo contemplando el conejito completamente depilado de la chica. Antes de sentarse sobre su polla, le puso el condón con delicadeza y habló por primera vez:

— Te voy a cabalgar con ganas, mi amor, así que intenta aguantar un poco, ¿vale?

Sus sensuales susurros hicieron mella de nuevo en la sobrexcitada lívido de su muñequito. Porque, y de eso Dani ya se había percatado, no era más que un juguete ante los ojos de esa caliente hembra de mirada lasciva. 

Lucía se ensartó de una sola y precisa bajada; tenía el coño tan húmedo que se adaptó al pene del chico a la perfección. Mientras le besaba en los labios se movía acompasadamente, y Dani hacía esfuerzos sobrehumanos para no correrse de inmediato. Sin embargo, el chaval puso las manos en sus delicadas nalgas y aumentó el ritmo; de naturaleza generosa, quería hacer disfrutar al máximo a la espectacular belleza que lo estaba follando. 

Como dos animales en celo, hicieron el amor hasta quedar exhaustos. Lucía empezó a convulsionarse de placer y se corrió dulcemente, brotando interminables y calientes flujos de su hinchado coño. Dani, por su parte, aguantó como un campeón, y así se lo hizo saber. Pero el chaval necesitaba venirse como el comer, y su pareja se percató de ello. Se levantó tambaleante de su polla, le sacó el condón sutilmente y se arrodilló. 

— Te has portado muy bien, amor; venga, levántate para que te le chupe más cómodamente. 

El joven no conseguía creerse que esas palabras de infarto saliesen de la boca de una tía que estaba como un tren. Se puso de pie como pudo y se preparó para recibir el mayor placer al que todo hombre puede aspirar. 

La chica se disponía a engullir de nuevo el rico caramelo, pero titubeó. 

— ¿Dónde te gustaría correrte, cariño? – Dani se quedó tartamudo de la excitación, así que Lucía prosiguió – ¿En el coño, en el culo, en la boca, en las tetas?

Su pareja respondió que en la boca de forma entrecortada. Los ojos de la chica lo miraron como diciéndole “buena elección” y empezó a prepararse para su excitante tarea. 

Suavemente comenzó a darle besitos en la punta del pene, humedecida con los flujos vaginales del polvo anterior. Bajó hasta la base y lamió sus huevos con dulzura. Mientras se los volvía a meter enteritos en la boca, comenzó a acariciarle la polla. Llegó un momento en que le estaba haciendo una paja en toda regla. 

— ¡Cómo aguanta mi chico!

Dani miró hacia abajo y se encontró con los lujuriosos ojos de Lucía. Sabía que si seguía masturbándole se iba correr. Al decirle eso mismo a su excitada hembra, la chica perfiló una sonrisa traviesa y se metió la polla en su boca. El adolescente empezó a gemir y su caliente esperma desbordó la boquita de Lucía. La chica dejó escapar algo por la comisura de sus labios y el resto se lo tragó. Dani quedó absorto de placer y realmente asombrado, pues la verdad es que se había corrido de forma muy abundante y la adolescente se había tragado casi todo su semen.

Iria y Miguel comenzaron a salir del agua con imprecisos movimientos laterales; mientras caminaban, sus miradas se cruzaban. Llegaron a la orilla y se detuvieron, expectantes. Uno de los dos tenía que dar el primer pasó; Miguel, con la polla durísima y la mente nublada, se acercó y abrazó a la chica. Iria respondió al abrazo y se fundieron en un húmedo beso. 

Las lenguas de los dos adolescentes se entrelazaron, enroscándose como si fueran una sola. Al mismo tiempo, Miguel acariciaba el delicado cuerpo de la muchacha. Separaron sus bocas y se miraron entre jadeos. 

— Túmbate – la voz del chico, un susurro, sonaba a deseo -. Por favor… 

Las mejillas de la jovencita se tornaron rojas a causa de la extrema excitación que sentía; se tendió, casi cayéndose, en el suelo. Miguel hizo lo propio y apretó sus muñecas contra la arena. En un primer momento, Iria se atemorizó al sentirse presa, sin poder mover los brazos. Pero el muchacho pronto le quitó sus miedos… 

Miguel comenzó a dedicarle suaves besitos por todo su cuerpo: empezó por la frente, luego le recorrió la cara, se detuvo en sus ardientes labios; bajó acompasadamente por el cuello, dándole chupetones. Iria suspiraba, profundamente excitada. El chico continuó su recorrido: lamió sus pechos por el contorno del diminuto bikini. 

Iria se estremeció al notar el contacto de la lengua con sus senos; el baño anterior había servido para transparentar completamente el bikini… y no sólo el aspecto: sentía las lamidas del chico como si tuviera los pechos desnudos. 

Su compañero se adentró más en la tela del bikini y rodeó con su lengua el pezón del seno izquierdo de la rubita. El muchacho reiteró esta acción con el del otro pecho. Iria gimió y Miguel comenzó a mordisquearlo por encima de la tela. La chica deseó saltar y revolcarse de gusto, pero su compañero continuaba apretando fuertemente sus muñecas contra la arena. Se recostó sobre su estómago y siguió lamiendo y mordiendo su senos. Iria no aguantaba más: era consciente de que casi no la había tocado, puesto que su única y placentera acción era jugar con sus pechos; no obstante, los senos siempre habían sido su punto débil: la angelical rubia emitió un intenso gemido y… se corrió como una zorrita. 

Miguel notó un cambio en el comportamiento de la chica, pero no pensó que habría llegado al orgasmo tan rápidamente. Dirigió su vista a la entrepierna de Iria y comprobó que los flujos que se escapaban por su tanguita no era producto del baño: la había hecho venirse en muy poco tiempo. Sin embargo, él seguía muy caliente… 

Se levantó y arrojó su bañador al suelo. Con la polla totalmente empalmada, volvió a sentarse sobre Iria. Ésta miró su instrumento con los ojos muy abiertos. 

— Hazme una mamada, por favor. Estoy que no me aguanto… 

La chica dudó, pero le debía demasiado como para negarse. Se recostó y alargó una mano para tocar el duro tronco. Pero Miguel la detuvo. 

— Si te vales sólo de tus labios, preciosa -el muchacho la miró con lujuria -, te devolveré el favor con creces, te lo aseguro. 

El ya empapado sexo de Iria comenzó a mojarse aún más: si lamiéndole los senos le había provocado tal descarga de placer, no quería ni pensar en cómo la haría correrse la próxima vez. 

Iria colocó por iniciativa propia las manos en la espalda, cosa que encantó a Miguel, y acercó la cara al palpitante pene. Con la lengua recorrió toda su extensión; el muchacho suspiró y la chica le sonrió. 

La rubita siguió jugando con la erguida polla del adolescente hasta que éste le suplicó que se la metiera en la boca. No le hizo sufrir más y comenzó a aplicarle una mamada inexperta pero muy placentera. Iria succionaba el capullo utilizando sus húmedos labios; no obstante, Miguel era insaciable. Posó la mano sobre su cabeza y la obligó a tragársela por completo. La chica iba a protestar, pero sentía curiosidad por aprender a practicar una buena mamada; nunca había tocado siquiera una polla hasta ese momento. 

La adolescente se metió el pene en la boca hasta la mitad, casi chocando contra la garganta. Miguel sentía tanto placer que decidió tumbarse para disfrutar aún más. Iria, completamente dedicada a su tarea, no se sacó la polla de la boca mientras su chico se tumbaba sobre la arena. Ya colocado el muchacho, la rubita dejó de masturbarlo con la boca y lo observó con una sonrisa maliciosa. Miguel, con la polla palpitante y soltando hilillos de semen, la miró con ansiedad y perversidad a la vez. 

— Sigue, zorra, que te gusta comérmela. 

Iria debería sentirse ofendida, pero no lo hizo; sabía que en esos momentos de pasión en la orilla no era más que una puta de 17 años. Al pensar eso se excitó aún más si cabe… 

La jovencita se volvió a tragar su instrumento. Súbitamente, Miguel cerró los ojos y su cuerpo se estremeció. Su polla comenzó a soltar semen que Iria, sorprendida, no pudo retener. Se sacó apresuradamente la verga de la boca, que parecía un manantial. Tras varios chorros de caliente esperma que cayeron sobre el cuerpo de Miguel, la polla siguió brotando semen, ya sin fuerza. Miguel jadeaba intensamente, y todo su cuerpo estaba sudoroso. Sin embargo, al ver todo su pecho manchado de leche… 

— ¿Te gustaría lamerme?

La chica se sorprendió por la petición, pero la tarea le parecía muy excitante. Se tumbó sobre su estómago y pasó la lengua por todo el tórax. Al principio notó desagradable el sabor, pero pronto se fue acostumbrando: no dejó ni rastro de esperma. 

— ¡Qué mujer! – exclamó Miguel con satisfacción. 

Iria se sentía como una puta, es verdad, pero es que ahora estaba segura de que lo era. No obstante, era la primera vez en la vida que disfrutaba de una sesión intensa de sexo, así que, ¿por qué no?

El chico se levantó y agarró la mano de la muchacha. Miguel paró cuando el agua de la orilla les cubría hasta los pies. Se sentó, con la polla aún como un simple colgajo, y notó la frescura del mar. 

— Siéntate encima de mí, cariño; tengo que compensarte, ¿recuerdas?

La excitada niña iba a acceder, pero se detuvo. 

— Lo… lo siento, pero no… No quiero que me penetres sin… condón. 

Miguel sonrió de oreja a oreja y le explicó: 

— No te preocupes, no te la voy a meter. Confía en mí y siéntate en mi regazo, anda. 

La chica dudó, pero estaba deseando saber lo que le tenía preparado. Se sentó entre sus piernas y notó su pene entre sus nalgas; sin embargo, éste seguía siendo una triste representación de lo que había sido. Lo que sí sintió fue el choque de las olas contra su entrepierna. Iria se estaba poniendo muy cachonda… 

— Disfruta, cariño: me vas a tener que obligar a que pare. 

Iria se excitó por las palabras del chico, pero lo mejor estaba por venir. Miguel comenzó a besarle el cuello mientras le acariciaba las tetas por encima del bikini. Estuvo así un buen rato hasta que una de sus manos bajó por su cintura. Sus dedos llegaron al tanguita y la chica no hizo nada por detenerlos: anhelaba la incipiente masturbación. 

La boca en el cuello, una mano en los senos y otra acariciándola por encima de las braguitas. Todo esto mientras tenía el coño sumergido en el agua. La sensación combinada de la frialdad del agua y las caricias de Miguel provocaron los continuos jadeos de Iria, que además siempre le había extasiado que le sobaran las tetas. 

La muchacha arqueó la espalda de placer y Miguel decidió pasar al siguiente nivel: apretó su dedo corazón contra la braguita hasta meterlo en su chochito. Recorrió toda la longitud de la raja con su dedo envuelto en la tela; Iria cerró los ojos y comenzó a jadear muy fuerte. El chico quitó su mano un instante y la adolescente, rápidamente, se la cogió y le suplicó: 

— No me dejes así, por favor. 

Dicho y hecho: Miguel apartó el tanguita y metió de nuevo el dedo para continuar masturbándola, esta vez con auténtico frenesí. La otra mano bajó de las tetas hasta el clítoris y lo acarició con dos dedos. Iria emitió un gritito que le encantó. Al poco, se corrió aún con más fuerza que la vez anterior. Esta vez no gritó tanto: continuó con los ojos cerrados, sintiendo el placer que emanaba de su interior. 

— Qué gusto, por Dios… ¡Qué gusto me has dado!

Lucía recogió su braguita y cogió a Dani de la mano. El chico continuaba desnudo, con la mente nublada del placer que había sentido. Al rato, la pareja llegó al pinar. La jovencita aprovechó el éxtasis de Dani para atarle las manos a la espalda con el tanga. El chaval se podría haber soltado muy fácilmente, pero ella le dijo que no lo intentara. Se apoyó en un árbol e hizo que el adolescente se arrodillara. 

— Estoy deseando que me comas el coño, cariño… 

El chico, también deseoso de hacerlo, hundió la cara entre sus piernas. Sacó la lengua y lamió de arriba abajo la tierna rajita de la chica. 

Sentir una lengua jugar dentro de su coñito le hacía temblar las piernas a Lucía. Tener un chico de rodillas con la cabeza hundida en su sexo no era algo que le ocurriese todos los días. 

— Si… sigue, mi amor. No pares… 

La salida adolescente arqueaba la espalda de puro placer, a lo que Dani respondió penetrándola con su lengua. La respiración de la chica se agitaba por momentos; rodeó con los brazos el árbol y cerró los ojos. Todo el cuerpo de la jovencita se convulsionó involuntariamente, y su boca emitió fuertes jadeos: las lamidas de Dani en el clítoris la habían hecho correrse escandalosamente. Posó las manos en la cabeza del chico y se la acarició. 

— Me he corrido como nunca, ¿sabes?

Dicho esto, lo besó, probando sus propios fluidos. Después, le dijo que se sentase en un banco de al lado. De improviso, Lucía se sacó el bikini y le ató las manos, reemplazando a su braguita. Dani la miraba, embobado; todavía no la había visto como Dios la trajo al mundo. 

— Ya tendrás tiempo de verme con detenimiento; ahora vas a cerrar los ojos… 

Lucía le ató el tanga en torno a los ojos, dejando a Dani como un esclavo con la polla en ristre. Notó que la chica le estaba poniendo un condón. 

— Vas a saber lo que es echar un polvo en condiciones… 

Sin más dilación, Lucía se empaló en la caliente daga del chico. Los músculos de su coño se adaptaron como un guante a la polla, y la adolescente comenzó a moverse frenéticamente. Lucía estaba follando como una loba, estaba destrozando a Dani. Éste pensó que, realmente, la jovencita lo estaba violando. 

— Cómeme las tetas, cómeme las tetas… 

El chico sacó la lengua y, goloso, lamió todo el contorno de cada uno de los pechos de Lucía. Luego succionó como pudo los pezones, apretándole Lucía la cabeza contra sus senos; la chica era insaciable. 

La jovencita se levantó sin previo aviso. Dani estaba a punto de correrse, no entendía nada. Sin embargo, Lucía se lo aclaró rápidamente: le sacó el condón. 

— ¿Qué… qué estás haciendo?

— Lo siento, pero… quiero sentirte dentro de mí. 

Lucía se volvió a ensartar. Los dos adolescentes gritaron al unísono y la chica comenzó a moverse como una gatita en celo. Dani no pudo aguantar más: se corrió con intensidad en su interior. Lucía gritó al sentir el semen recorriendo sus entrañas, provocándole el orgasmo. Sus gemidos se volvieron uno solo.

Iria y Miguel salieron del agua y se dirigieron a las dunas. Llegaron hasta una toalla y una mochila; el chico comenzó a buscar algo desesperadamente. 

— Aquí… ¡Aquí tendría que haber un condón, joder!

La muchacha ya se había imaginado antes lo que estaría buscando Miguel; también sabía que se la quería follar. Y a ella no le desagradaba, por supuesto. 

El chico no encontró nada en la mochila; no obstante, Iria se percató de algo que había en el suelo. 

— Oye… 

Miguel, eufórico, cogió el preservativo que yacía en el suelo. Estaba sin estrenar, por supuesto. El chico lo abrió y se dispuso a ponérselo, pues ya tenía la polla muy erecta. Iria lo detuvo. 

— Déjame ponértelo. 

La adolescente se lo colocó con delicadeza. Acto seguido se tumbó, pero fue Miguel quien le tuvo que abrir las piernas. 

— No te preocupes, cariño. 

Iria se confió y dejó que Miguel la preparase para la penetración. Ya no llevaba el tanga; lo había dejado a un lado. Alargó la mano hacia su sexo y se estimuló el clítoris para excitarse. Miguel colocó la verga en la entrada del coñito de Iria e intentó penetrarla. Su inexperiencia hizo que no fuese capaz de meterla. La chica, impaciente, le agarró la polla y la dirigió al sitio correcto. Iria gritó. 

Miguel embestía con fuerza, estaba ansioso. Iria movía las caderas y disfrutaba del momento. No obstante, hizo acopio de fuerzas para hablar: 

— Avísame cuando te vayas a correr… por favor. 

Para su sorpresa, Miguel le comunicó que ya estaba a punto. Se la sacó e Iria, incorporándose, le quitó el condón. Acto seguido, se quitó el bikini, permitiendo al chico contemplar sus pechos de adolescente. Iria lo masturbó unos instantes y dirigió la corrida hacia sus senos. 

Miguel soltó dos chorros de leche de considerable volumen; los restantes, debido a su corrida anterior, fueron más débiles. El semen comenzó a escurrirse por el canalillo de la chica, pero ésta lo retuvo entre sus dedos y se embadurnó las tetas con el esperma. Tras pellizcarse fuertemente los pezones, le vino un orgasmo que recorrió todo su cuerpo; los senos seguían siendo su punto débil (aunque el polvo había ayudado bastante). 

Iria se tumbó para acariciarse mejor los pechos. De vez en cuando se mordía el labio, e involuntariamente abría las piernas. Miguel aprovechó para enterrar su cabeza entre las piernas de la chica. Mientras le dedicaba lametazos a su clítoris, el chico le propuso algo: 

— ¿Me dejas metértela por el culito, mi amor?

La muchacha se asustó en un primer momento, pero la lengua de Miguel hundida en su rajita la hizo calmarse. Accedió y se puso a cuatro patas. El chico retiró las manos de Iria de sus tetas para poner las suyas; las posó sobre sus pechos y los acarició dulcemente. Le pellizcó los pezones e Iria dio un respingo; apretó el culo hacia atrás y jadeó. 

— Si vas a hacerlo, no me hagas esperar…

Miguel acarició con un dedo la entrada de su ano, metiéndolo primero en el coño para lubricarlo y después introducírselo por su cerrado agujerito. 

— ¿Eres virgen por aquí?

Iria respondió afirmativamente. Miguel no se echó atrás; escupió sobre el orificio y lo lamió. La chica exteriorizó su gusto con sugerentes gemidos. Cuando el adolescente comprobó que le cabían dos dedos, se la ensartó de un golpe. 

Los aullidos de entre gozo y dolor que emitía Iria eran muy fuertes. Se sentía empalada, pero pronto desapareció todo rastro de dolor. Su esfínter se acostumbró a la verga, por lo que comenzó a disfrutar plenamente. Pero justo en ese momento, Miguel se corrió: no podía aguantar tanta excitación. Iria notó el caliente esperma del chico deslizándose por su ano; queriendo terminar ella también, con una mano se restregó el clítoris y con la otra se pellizcó los pezones. Resultado: la rubita también se corrió.

Después de tan infernales sesiones de sexo, los cuatro volvieron al grupo con sus parejas iniciales. No se hablaron, ni siquiera hicieron una simple pregunta: “¿dónde estabas?”. Lo único que quedó claro es que, con la cabeza fría, se arrepentían de lo ocurrido; lo habían pasado muy bien, cierto, pero en el caso de Lucía, por ejemplo, se podía haber quedado embarazada. Por suerte no fue así. Al final, y debido a su arrepentimiento, follaron durante meses con sus respectivas parejas. Cada cual le debía algo al otro, por lo que las relaciones sexuales mejoraron mucho entre ellos. Pero nunca conocieron la verdad.

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