Capítulo 5

​El domingo en Valle de Bravo amaneció con una neblina densa que cubría los pinos, pero el frío del exterior no era nada comparado con la frialdad que María Fernanda sentía. Se despertó antes que Raúl, quien roncaba ligeramente con la boca abierta, un residuo del exceso de la noche anterior. Mari Fer se quedó mirando el techo de madera de la lujosa habitación, sintiéndose extrañamente vacía. La «noche de pasión» con su novio había sido un trámite torpe; sus manos pequeñas y sus embates desesperados solo habían servido para que ella cerrara los ojos con fuerza e imaginara la voz áspera de Diego llamándola por su nombre.

​Se levantó con cuidado de no despertar a la «bestia» y se dirigió al baño. Al verse al espejo, notó sus ojos ligeramente hinchados. Recordó la foto de Diego con aquella mujer. La furia, que había estado latente durante el sexo mecánico con Raúl, volvió a encenderse. «¿Quién se cree que es?», pensó mientras se lavaba la cara. Su orgullo de mujer bonita y deseada no soportaba la idea de ser «una más» en la lista de un escritor que, según sus propios estándares sociales, era un «naco”

​Para el desayuno familiar, Mari Fer se vistió de forma sensual. Eligió el conjunto que había preparado: unos jeans azules que moldeaban sus piernas atléticas y se ajustaban con precisión a sus redondas nalgas, junto con una sudadera blanca de cuello alto que, a pesar de ser formal, marcaba la prominente curva de su busto y dejaba ver un poco de su cintura. Debajo decidió llevar un sujetador deportivo y unas pantis de encaje negras que si alguien las viera perdería la razón al ver cómo se enterraban en sus redondas nalgas. Se dejó el cabello suelto, cayendo en ondas naturales, y se aplicó un maquillaje minimalista que resaltaba sus pecas y su piel clara.

​Al bajar al jardín, donde ya estaba servido un buffet de lujo, el impacto fue inmediato. Los primos de Raúl, que ya estaban desayunando, dejaron de hablar al verla pasar. Mari Fer caminaba con esa seguridad natural de quien sabe que cada centímetro de su cuerpo está siendo escaneado.

​—Buenos días, familia —dijo con su sonrisa.

​—¡Fernandita, qué guapa! —exclamó su suegra, una mujer enjoyada que la veía como el accesorio perfecto para su hijo—. Siéntate aquí, querida.

​Raúl llegó poco después, luciendo una playera de marca y lentes oscuros para ocultar la resaca. Se sentó junto a ella y, de forma casi posesiva, le puso una mano en el muslo, apretando un poco de más. Era imposible no querer sentir las piernas de María Fernanda.

​—¿Cómo amaneciste? —le susurró al oído con un aliento que aún olía a alcohol y cigarro.

​—Bien, Raúl. Quita la mano, estamos en la mesa —respondió ella, apartándolo con una elegancia gélida que lo dejó desconcertado pero prefiero no hacer caso. Ha de estar en sus días pensó.

​Durante el desayuno, Mari Fer observaba la dinámica familiar. Su suegro hablaba de la caída del peso frente al dólar con un tío de Raúl, el tío Sergio, un hombre de unos cincuenta años, de aspecto pulcro pero con una mirada inquietante. Mari Fer notó que Sergio no participaba mucho en la charla; sus ojos se desviaban constantemente hacia ella, deteniéndose en el movimiento de sus labios al comer. Era una mirada diferente a la de Diego; la de Diego era hambrienta pero intelectual, la de Sergio era simplemente depredadora y culposa. Algo que incómodo a la doctora.

​Buscando escapar de la charla superficial, Mari Fer se alejó hacia una pequeña terraza lateral para tomar un café a solas. Ahí se encontró con la tía Elena, la hermana mayor de la madre de Raúl, una mujer que siempre había parecido más liberal que el resto.

​—Te ves distraída, Fernanda —dijo Elena, encendiendo un cigarrillo a pesar de la prohibición de la familia—. Valle de Bravo es muy bonito, pero a veces el silencio hace que uno piense de más, ¿verdad?

​Mari Fer suspiró, dejándose llevar por un impulso inusual de honestidad. Sabía que Elena no era de las que juzgaban.

​—Es solo que… a veces siento que mi vida ya está escrita, Elena. Raúl, el matrimonio, el hospital… todo parece un guion que yo no elegí.

​Elena lanzó una nube de humo y sonrió con amargura.

​—Escúchame bien, niña. Esta familia vive de las apariencias. Mira a Sergio, mi cuñado; se muere por tocarte pero se confiesa todos los domingos. Y mira a mi hermana; cree que tiene el matrimonio perfecto mientras su marido tiene un departamento en Polanco para sus «reuniones». Yo aprendí tarde que la fidelidad es un concepto inventado por gente que no sabe vivir. Yo tengo a mi esposo, sí, pero también tengo a alguien que me hace sentir que sigo viva.

​Mari Fer sintió un escalofrío. «Un amante», pensó. La palabra, que antes le parecía sucia y propia de la gente que ella despreciaba, ahora sonaba como una salida de emergencia.

​—¿No te sientes culpable? —preguntó Mari Fer en voz baja.

​—¿Culpa? Al principio quizá, pero aprendí una cosa, es peor vivir con frustración, puedo ver mucho de mi en ti Fernanda, mujeres como nosotras no nos conformamos con un hombre, somos demasiado y necesitamos estar bien atendidas. Te recomiendo que te vayas buscando a alguien que te cumpla o vas a terminar con la misma cara de amargada que mi hermana. Nunca dejes que te atrapen —concluyó Elena, guiñándole un ojo antes de regresar con los demás.

​Ese fue el empujón final. Mari Fer sacó su teléfono. El mensaje de Diego seguía ahí, sin respuesta desde la noche anterior. Entró de nuevo a su estado y volvió a ver la foto de la mujer abrazándolo. El orgullo le quemaba la garganta. Quién se cree este pendejo pensó enojada.

​Abrió el chat y, con los dedos temblando un poco por la adrenalina y la rabia, escribió:

​»Pensé que tenías mejores gustos, pero por lo veo te atraen las putas »

​Le dio a enviar y bloqueó el teléfono de inmediato, sintiendo un vacío en el estómago. Sabía que el mensaje era impulsivo, y hasta un poco infantil, pero no podía evitarlo. Necesitaba marcar territorio, necesitaba recordarle a ese hombre que, aunque él fuera un genio de las letras, ella era la doctora María Fernanda, y nadie la reemplazaba con una «cualquiera».

​Cinco minutos después, Mari Fer volvió a su teléfono para descubrir que Diego había leído el mensaje, pero para sorpresa de ella la había dejado en visto. Lo que la hizo soltar varias palabrotas antes de volver a bloquear su teléfono.

​—¿Con quién hablas tanto o que Fernanda?, no me digas que andas de puta —preguntó Raúl, soltando una carcajada.

—Ay como crees Raúl no mames. Ya te dije que nada que ver. Le estaba mandando un mensaje a mi mamá para avisarle como estoy.

Raúl sonrió triunfante y la tomo de la cintura para regresar con ella a la sala de estar, como si llevara un trofeo al que presumir ante su familia…

Pasaron varios días y Diego seguía sin responder el mensaje, las charlas que se habían vuelto cotidianas entre ellos habían cesado y Mari Fer no dejaba de darle vueltas al asunto. ¿Se habrá molestado? Que pendeja soy, ¿por qué le escribí eso? Si no es nada mío, ni al pendejo de Raúl le hubiera reclamado así.

María Fernanda estaba nerviosa, sabía que ese día volvería a ver a Diego para su cita y no sabía que debería hacer o cómo reaccionar, pero un ligero temor le heló la sangre al pensar en que Diego la ignorara. No lo podía permitir, a mí nadie me ignora pensó y comenzó a revisar su maquillaje frente al espejo, estaba preciosa así que continúo acomodándose el pantalón de su uniforme mientras notaba lo entallado que le quedaba. Con razón todos me voltean a ver, pensó al darse cuenta de cómo el pantalón se pegaba por completo a su esbelta y bien delineada figura. Su culo redondo y firme se imponía de forma sugerente y algo lasciva, las pantis azules que llevaba ese día estaban hechas para cubrir completamente el trasero de la mayoría de las mujeres, pero ella no era cualquier mujer por lo que apenas y le alcanzaba a cubrir la mitad de esos hermosos cachetees. Los nervios que había sentido hasta ese momento fueron remplazados por una fuete y firme seguridad. Que buena estoy, pensó.

Intentado no pensar en nada más continuo con su trabajo revisando algunos documentos antes de que llegara Diego.

Después de varias horas cuando al fin llegó el tiempo de recibirlo decidió hacerlo esperar, una pequeña venganza por haberla dejado en visto, para quien vea con quien trata se animó a pensar.

​—Mary, que el siguiente paciente espere diez minutos. Tengo que organizar unos reportes —dijo por el intercomunicador, forzando una voz profesional que no tenía.

​El tiempo paso lento, le pareció una eternidad, pero cuando finalmente la puerta se abrió y Diego entró con ese caminar seguro, ignorando por completo el protocolo, el aire del consultorio se volvió denso y toda su confianza se desvaneció de golpe, aún así se obligó a mantenerse firme.

​—Llegas tarde, Diego —dijo ella sin levantar la vista, fingiendo escribir.

​—Tú me hiciste esperar, Fer. Y sabes que no soy un hombre paciente —respondió él, cerrando la puerta, un sonido que retumbó en los oídos de la doctora como una sentencia.

​María Fernanda lo observo en silencio, analizando la vestimenta de ese día, unos jeans negros y una camisa blanca que sin entender por qué le pareció verlo más atractivo que de costumbre, incluso su cabello alborotado y largo le pareció muy sexy. Al menos se sabe vestir, pensó hasta que se animó a hablar.

—¿Como te ha caído el medicamento? por mensaje me dijiste que te estaba provocando mucho sueño.

—Si. Esas pinches pastillas me hicieron dormir toda una tarde. Me atrasaron en mi trabajo.

—Son para el dolor, pero déjame ver qué más te puedo recetar.

Se levantó para buscar un frasco en el estante detrás de su escritorio. Con algo de nervios quiso seguir actuando sería pero la calentura que se había cosechado por días termino por gobernar su cuerpo.

Le dio la espalda y en un impulso casi animal comenzó a levantar las nalgas deliberadamente, una invitación sugerente para que Diego viera en primera fila el trasero más deseado del hospital, el que con la mirada se comían residentes, enfermeros y cualquier hombre que pasará cerca de ella.

Diego la observo en silencio, como un depredador a su presa, esperando el momento indicado para atacar y no desaprovechó la oportunidad. Sintió el calor de su cuerpo antes de sentir su contacto. Comenzó a acercase lentamente como un animal que no quiere que lo vean venir, cuando estuvo a unos cuantos centímetros de ella pudo percibir su fresco dulce aroma, ese aroma a lavanda natural en ella combinado con su sudor corporal que lo traía loco desde hace tiempo y no dejaría escapar está vez.

​—Hueles a putita en celo. Susurró cerca de su oreja.

Las palabras tomaron por sorpresa a Mari Fer, no sabía si sentirse insultada o halagada pero su cuerpo respondió por ella y en otro impulso retrocedió un poco para pegarse a Diego, sintiendo su pesada respiración tras ella.

Diego le tomó con fuerza del vientre y sin pedir ninguna autorización pego la nariz al cuello de la hermosa doctora mientras que con sus manos grandes y fuertes abarco la mayor parte de su plano abdomen y lo apretó con fuerza.

—Uff, no mames Fernanda, me encanta tu olor. Eres una putita caliente ¿No?, le dijo Diego y procedió darle una sonora nalgada que hizo gemir ligeramente a Marifer.

—Diego comportarte, repuso la hermosa doctora sin mucha convicción lo que hizo entender a Diego que su oportunidad al fin había llegado.

Al fin la doctora con la que tantas veces se había masturbando estaba frente a él totalmente entregada, quería verga y Diego se la iba a dar.

—¿La sientes? ¿Sientes lo dura que está mi verga? Así está por ti. Le dijo mientras empezó a restregársela sobre sus imponentes nalgas.

—Para bien esas nalgas que hoy te va a tocar verga, pero antes hay algo que siempre he querido hacer desde que te conozco y no me voy a quedar con las ganas.

​Antes de que ella pudiera protestar, Diego se hincó detrás de ella. Mari Fer se quedó paralizada, con las manos apoyadas en el estante. Diego acercó su nariz a sus nalgas, inhalando profundamente a través del pantalón médico blanco que estiraba con ambas manos para resaltar más el culo y las pantis de la doctora. Las masajeaba embelesado, sin duda, el mejor culo que había tenido oportunidad de tocar.

​—No mames, María Fernanda… se te transparenta el calzoncito —soltó él con un gruñido animal—. Estas pantis azules no te alcanzan ni a cubrir la mitad de las nalgas.

​Diego comenzó a olfatearla como un depredador. Mari Fer sentía que el corazón se le salía del pecho. «Es un asco, es un naco, es un animal», pensaba, pero su cuerpo respondía con una humedad que ya empezaba a manchar la seda de su ropa interior y solo respondía levantando más el trasero para darle un mejor acceso a Diego. La tosquedad de Diego el sentir su nariz pegada a su culo le provocaba vergüenza, pero al mismo tiempo una salvaje calentura que nunca había experimentado, se sentía como una puta, pero como “su puta”, tan alejada de la «etiqueta» de Raúl, la de novia modelo, la de doctora aplicada y la de la niña bien de casa. En estos momentos solo quería una cosa y eso la encendía de una forma que la descontrolaba.

​—Diego, para… alguien puede venir —logró decir con la voz entrecortada, mientras acariciaba el cabello de Diego acalorada—. Además, he tenido muchas consultas, estoy sudada… no quiero que huela mal. Sus palabras titubeantes y sin ningún tipo de convencimiento eran la última muestra se su conflicto interno.

​—No digas pendejadas, Fernanda —respondió él mientras le bajaba el pantalón médico con brusquedad, dejando al aire sus nalgas blancas y redondas, apenas contenidas por la lencería que se hundía en su piel—. Tu sudor es delicioso… me voy a comer todo tu culo.

​—¡Ay Diego, no digas cosas así, qué pena! —exclamó ella, cubriéndose la cara, recordando el comentario estúpido que Raúl le había hecho sobre su olor. —¿De verdad… de verdad no huele mal?

​—Claro que no, mi amor. Hueles a mujer de verdad —dijo él, y sin más, comenzó a lamer la piel de sus nalgas por encima de las pantis.

​Mari Fer soltó un gemido que intentó ahogar con la mano. Los dedos de Diego buscaron la entrada de su vagina, moviéndose con una destreza que la dejó sin aliento. Comenzaron a entrar lentamente mientras sentía como Diego hábilmente no dejaba de lamer y besar sus nalgas. Sus dedos entraban y salían, húmedos, decididos, sentía como a cada segundo se empapaba aún más.

​—¿De verdad… de verdad crees que mi sudor huele rico? —La pregunta salió de su boca con un gemido antes de que su orgullo pudiera detenerla. Se sintió morir de vergüenza al instante. «¿Qué carajos acabo de preguntar? Qué asco me doy», pensó.

​Diego no dudó. La miró desde abajo con una sonrisa oscura.

—Claro que sí, doctora. No me das asco, me das hambre, me pones duro con solo percibir tu sudor.

​Esa respuesta, tan cruda y carente de juicio, terminó de romper la resistencia de Fernanda. Se entregó al ritmo de sus dedos, arqueando la espalda y acariciando sus pechos, comenzando con un vaivén queriendo sentir los labios de Diego y sus dedos aun más adentro de ella. Se sentía aceptada e incluso retorcidamente amada, ella no era el problema.

—Mmm Diego, que rico susurraba débilmente sintiendo como su orgasmo estaba por estallar. Lo quería lo anhelaba, quería explotar ya. Dejo que el placer subiera por su columna hasta estallar en un orgasmo liberador que la hizo temblar y Diego tuvo que sostenerla para evitar que cayera. Diego no desperdició nada; se llevó los dedos a la boca, saboreándola con un deleite que la hizo sentirse poderosa y sexy.

Con el pantalón de Fernanda a las rodillas y las pantis totalmente empapadas y mal puestas Diego se levantó, con su respiración agitada. Le soltó una nalgada como para marcar su territorio y comenzó a desabrochar su pantalón con brusquedad, dejando salir al fin su verga endurecida y palpitante. María Fernanda vio, por primera vez, esa verga. Esa que tanto se había imaginado y con la que se había masturbado, no la decepciono. Era enorme, imponente, con venas marcadas que prometían una intensidad que ella nunca había conocido. «No mames, está enorme… ¿eso me va a caber?», pensó hipnotizada. Diego le hizo las pantis a un lado y la tomó de las nalgas, preparándose para penetrarla por detrás.

Primero empezó restregándosela sobre la ropa interior sintiendo la humedad de esta, después la tomo con firmeza y comenzó a rosar su entrada para sentir la humedad de la doctora, no habría problema, María Fernanda estaba tan mojada que Diego no tendría ninguna dificultad para penetrarla de un solo empujón. Cuando estaba decidido a meterla con el siguiente movimiento, la voz María Fernanda lo detuvo de golpe.

​—¡Espera! —repuso, recuperando un poco de cordura después de su intenso orgasmo—. Aquí no, Diego. Es mi trabajo, si alguien entra me despiden. Por favor…

​—Ya no aguanto, no mames… ve cómo estoy de duro —gruñó él. Cómo quieres que pare si al fin te tengo con los pantalones abajo y el culo que tanto soñé preparado para mí.

​—Yo tampoco, de verdad también quiero, pero aquí no, cuando acabe mi turno… en mi casa no se puede, pero vamos a tu departamento o a un hotel, a otro lado donde nadie nos interrumpa, a dónde sea, pero no aquí. ¿Va?

​Diego la miró, midiendo su resistencia sin dejar de admirar su cuerpo.

—Está bien, Fernandita. Pero si quieres que pare tendrás que hacer algo por mí.

—Si, de acuerdo, lo que quieras dime. Contesto rápidamente con la voz agitada sintiéndose aún avergonzada mientras se subía el pantalón.

—Quiero que me la chupas ahora mismo. Si no, no me voy de aquí y hazle como quieras.

María Fernanda lo miro sorprendida pero la calentura que seguía en ella volvió a encenderla ligeramente. Ella miró la puerta, luego miró a ese hombre de sobrepeso que ahora le parecía el ser más imponente del mundo. El contraste entre su cuerpo descuidado y esa verga espectacular era una droga para ella. Sin darle respuesta lo tomo de la mano y lo sentó en su silla, esa donde ella dejaba descansar sus hermosas nalgas. Se hincó con elegancia, apartando su cabello claro, y comenzó una mamada larga y profunda, primero con ligeros y cortos besos sobre la base del pene y los testículos, después, siguió recorriéndolo con su lengua como si se estuviera saboreando una paleta.

El sabor de Diego era diferente, más intenso; aguantaba mucho más que Raúl a pesar de que ella no paraba en ningún momento e incluso usaba sus pequeñas manos para sentir la dureza de su verga.

Diego se sentía en las nubes, no podría creer su suerte, esa doctora que desde el primer día fantaseo con llevarla al extremo le estaba dando una mamada de campeonato, él le acariciaba el cabello y se acercaba a ella para decirle obscenidades al oído que en otro contexto la habrían escandalizado, pero que ahora la hacían apresurarse.

—Tienes la boquita de una putita Fer. Quién viera a la hermosa doctora mamona chupándome la verga como toda una profesional. No pares, sigue, quiero correrme en tu boquita. La voz de Diego sonaba entrecortada y agitada. Había recibido mamadas antes pero nunca de una mujer con el rostro tan hermoso como el de la doctora. Diego al fin lo había logrado y solo era el principio esa misma tarde tendría a la doctora María Fernanda en cuatro sobre su cama.

​Cuando sintió que iba a explotar, le hizo una seña para que abriera la boca y se lo tragara todo. María Fernanda lo recibió gustosa, pero fue tanto que no alcanzo a tragarlo todo y algo se derramó por la comisura de sus labios e incluso algo alcanzo a salpicar sus rosadas mejillas. Mari Fer recordó cuando Raúl hizo eso una vez; se había sentido humillada, sucia, y terminaron peleando. Pero ahora, mirando a Diego a los ojos mientras el semen aún estaba tibio en su piel, se sintió deseada. Incluso, cuando él se levantó de la silla para acomodarse el pantalón, ella se pasó la lengua por el labio, para saborear lo que no alcanzo a comerse, sintiéndose la mujer más pecadora y orgullosa de la ciudad.

​Se arreglaron rápido. Cuidando de hacer el menor ruido posible. En otra ocasión María Fernanda se habría cambiado las pantis pero en esta vez decidió dejárselas. Diego se acercó a ella y la tomo de la cintura para devorarla a besos como un par de colegiales enamorados, no solo Diego se sentía en las nubes Fernanda se sentía igual. Se despidieron con besos profundos, y caricias intensas, con besos de esos que saben a secreto y a promesa.

—Paso por ti cuando salgas —le dijo él con una nalgada de despedida. Ella solo consiguió asentir apresurada.

​María Fernanda lo dejo salir y unos segundos después salió del consultorio para entregarle unos papeles a su asistente y observar como Diego caminaba con paso lento hacia las escaleras. Mary la miró de arriba abajo. La asistente, una mujer morena, de curvas voluptuosas y esa belleza más real, notó que la doctora traía el labial un poco corrido y un brillo en los ojos que no era normal. Mary siempre había sentido una curiosidad por Diego; ese aire de hombre misterioso e inteligente le atraía, y ver cuánto tiempo se había quedado ahí dentro la llenó de sospechas y curiosidad. Mary era una mujer casada desde hace años y nunca había sido infiel, pero últimamente comenzaba a despertar en ella una curiosidad por otros hombres que le asustaba y se obligaba a callarla.

​»Pinche doctora, algo se trae con el paciente», pensó Mary mientras Diego caminaba hacia la salida. La asistente, movida por una «cosquillita» entre envidia y curiosidad, decidió que no perdía nada, así que cuando Fernanda regresó al consultorio se levantó y alcanzo a Diego bajando por las escaleras.

​—Señor Diego, espere —le llamó con su voz amable y tranquila—. Se me olvidó pedirle un dato para su expediente… ¿podría darme su número de celular personal? Por si la doctora necesita avisarle de algún cambio.

​Diego le sonrió con suficiencia sabía que Fernanda ya tenía su número por lo que intuyo de inmediato que ese era su día de suerte y se lo dio. Mary guardó el número sintiendo un pequeño triunfo. «No tiene nada de malo hacer amigos», se dijo a sí misma, sin saber que acababa de entrar en el mismo juego peligroso que su jefa.

La doctora Maria Fernanda

La doctora Maria Fernanda IV La doctora Maria Fernanda VI