Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.

Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.

Esta historia de entrega única, lleva parte de realidad y parte de ficción.

A la familia González la conozco desde mi adolescencia. Heriberto y Norma, el matrimonio, y sus tres hijos Sandro, Marcela y Alejandra. Don Heriberto era un hombre de carácter fuerte, Norma era su opuesto (amistosa y de buen humor siempre), Sandro 2 años mayor que yo, Marcela de mi misma edad y Alejandra (la hija de la vejez casi 12 años menor que su hermano).

Los González alquilaron un salón comercial perteneciente a mi abuelo y montaron un negocio familiar: don Heriberto el carnicero, doña Norma la verdulera, Sandro y Marcela alternaban entre la fiambrería y la panadería, mientras Alejandra correteaba por entre las instalaciones. Norma y Marcela, tenían buenos físicos, bastante bien formados, pero la hija sobresalía por sobre la madre, ambas usaban ropas ajustadas y hacían resaltar buenas tetas y culitos redondos y respingones.

Tras cinco años de alquilar el salón, los González se mudaron a otro salón cercano a mi casa, más limitado en tamaño y redistribuyeron sus tareas.

Sandro comenzó a comerciar frutas y verduras al por mayor, viajando frecuentemente desde mi ciudad al interior del país, en muchas oportunidades acompañado por su padre. Por ello, doña Norma y Marcela se pusieron al frente de la carnicería (Norma) y la verdulería (Marcela).

Con casi 11 años, se veía que Alejandra sería muy parecida físicamente a su madre y hermana, y se desarrollaba muy rápidamente.

Pasados unos 4 años, doña Norma fue víctima de una cruel enfermedad que cortó su vida a los 40 años. Heriberto decidió cerrar la carnicería y dedicarse de pleno a trabajar con Sandro, dejando a Marcela a cargo de la verdulería y a Alejandra como su ayudante.

Sandro traía la mercadería a diario y sus hermanas eran las encargadas de organizar el negocio. Por ello, no sorprendió que un día apareciese un cartel buscando personal masculino para colaborar con el armado de local. La fila para conseguir el puesto de trabajo se hizo súper extensa, ¿quién no querría ser empleado de esas dos mujeres cuyos físicos lograban que compraras hasta lo que no te hacía falta? La selección corrió por cuenta de don Heriberto, que eliminó de la lista a varios moscardones que iban más por las chicas que por el trabajo en sí.

Los integrantes de mi familia eran clientes habituales, por lo que teníamos un buen trato con las chicas y de respeto con don Heriberto, ya que hacía unos 10 años que nos conocíamos.

Aquí se interrumpe un poco la relación con ellos, ya que me casé y me mudé bastante lejos de mi casa familiar. Unos 5 años después, cuando adquirí mi primera casa propia, el destino nos volvió a reunir.

Mi nuevo domicilio quedaba casa por medio del nuevo local de la familia González: lo regenteaba Marcela (ya transformada en una hermosa mujer, con un físico sencillamente espectacular), 1,70 de altura, siempre con jeans ajustados, remeras que aprisionaban por demás un par de pechos que superaban los 100 cm de contorno. La acompañaba Alejandra (algo más baja 1,60, bastante más rellenita pero muy bien proporcionada, con sus infaltables leggins a presión y remeras algo sueltas que dejaban su tetamen bailar libremente por no usar sujetador).

Junto a ellas estaba Sandra (45 años, buena figura sin ser exuberante), la nueva pareja de Heriberto, que lentamente iba aprendiendo el oficio.

El reencuentro fue genial, verlas tan independientes y desarrolladas, hizo que ganaran nuevamente un cliente y que les presentara a mi esposa, para evitar problemas.

El mal momento económico que atravesó el país durante buena parte de los ’90, hizo que mi esposa (Mariel) retomase su trabajo como depiladora, manicura y pedicura, en nuestra casa y a falta de un gabinete acorde, trabajaba en la cocina, utilizando la mesa como camilla (para depilaciones) y mi sala de trabajo de computación como espacio para la manicura y pedicuría. Rápidamente se hizo de clientela que iba desde adolescentes y jóvenes a señoras mayores y algún que otro caballero para pedicuría.

Mi trabajo me mantenía fuera de casa por varias horas, con pequeños espacios en los que volvía a mi hogar y me encontraba con mujeres en shorts o faldas levantadas mientras eran atendidas. Pero hubo un día que comenzó a cambiar la relación con las vecinas.

Yo debía regresar a las 18 horas y por un problema en una de las escuelas fui liberado a las 15:30, llegando a casa 15 minutos después. Ingresé por la puerta lateral de la cocina y el espectáculo que me recibió fue sorprendente: sobre la mesa, recostada de piernas abiertas, minúsculo tanga blanco y sin sostén, estaba Marcela, con cera depilatoria en su entrepierna y debajo de sus axilas. Sus brazos sobre la cabeza me dieron una imagen preciosa de sus pechos, redondos y con los pezones apuntando al techo, rodeados de dos aureolas marrones impresionantes, mientras el tanga dejaba poco y nada a la imaginación, apenas si cubría los labios de su concha. Mi entrada fue tan imprevista que ni ella llegó a cubrirse ni mi esposa a sacarme de frente a la clienta rápidamente.

Mariel: voy a tener que trabar la puerta, esto no puede volver a pasar.

Yo: qué me iba a imaginar que tenías a una clienta en bolas arriba de la mesa

Mariel: con lo bien que me está yendo con este trabajo, lo que menos quiero es perder clientas, sobre todo las chicas que vienen a depilarse.

Yo: llevalas a la pieza, y depilalas ahí.

Mariel: necesito que estén ubicadas más arriba y sobre algo firme que no se hunda.

Me fui a mi escritorio sin poder quitarme esa imagen, que me persiguió el resto de la tarde y Mariel sufrió las consecuencias durante la noche: la cogí como hacía tiempo no lo hacía, pero con la imagen de Marcela en mi cama.

Por unos días Marcela evitaba atenderme cuando iba a la verdulería y Alejandra me hacía chistes sobre lo sucedido con su clásico humor sarcástico: “Che, ¿te encontraste con la mesa puesta, la comida servida y te mandaron a ayunar? Ja ja ja”, “¿viste lo que es una empanada con flecos? Te perdiste la mía, está lisita como la de un bebé”

Pasó casi una semana, hasta que coincidimos con Marcela en el negocio, solos, sin testigos, ofrecí las disculpas del caso y ella las aceptó.

Marcela: ¿Quién se iba a imaginar que llegarías tan temprano? Habrá que tomar precauciones en el futuro.

Yo: tenés mucha razón

Marcela: acá, entre nosotros y en confianza: ¿te gustó verme así?

Yo: no voy a negar que sí, más de una vez cuando éramos pibes en el negocio de mi abuelo, se me iban los ojos cuando me atendías.

Marcela: agradezco el halago, pero no puede repetirse.

Días más tarde, toco el turno de Alejandra para ser atendida. Su esposo llegaba de viaje después de dos semanas de ausencia y quería estar preparada para recibirlo. Ya habíamos coordinado con Mariel para que no se repitiera lo de Marcela, ya había hecho su trabajo en la parte íntima y solo restaba depilar las axilas, para lo que la vestimenta de Alejandra era un corpiño deportivo que le daba espacio suficiente para trabajar sin necesidad de dejar los pechos al aire.

Golpeé la puerta para asegurarme de evitar inconvenientes, recibí la aprobación para ingresar y vi a la vecina sentada sobre la mesa, con sus manos sobre la cabeza mientras esperaba que le retirasen la cera y hablando con mi esposa.

Alejandra: negri, que me pongo ahí abajo para evitar la irritación, siento que me arde un poco.

Mariel: crema hidratante, al menos hoy y mañana, puede molestarte un poco. ¿Te habías pasado una máquina de afeitar?

Alejandra: y si, sola no tenía muchas alternativas

Mariel: la próxima vez usa crema depilatoria, dura un poco menos pero el vello es más suave.

Alejandra: si claro, pero después de 2 semanas sin atención, donde me toco un poquito, me caliento como loca y se me va algún dedo…

Mariel: ja ja ja, aguántate un poco son 5 minutos, sino se te va a irritar mal.

Alejandra: ¿vos cómo hacés? ¿no te calentas?

Mariel: aprovecho el día anterior y después me depilo.

Ambas reían como si yo no estuviese ahí y seguían con su charla zafada.

Cuando fui a preparar el mate, me miró y me dijo:

Alejandra: ¿negri me dijo tu esposa que arreglas compus?

Yo: algo hago, no electrónica, solo programas.

Alejandra: buenísimo, después que se vaya Robert, ¿podrás pasar por casa y mirar que tiene la mía? Está lentísima y falla bastante. En estos días voy a estar “muy ocupada”.

Yo: me avisas y voy, tenemos que arreglar horario por mi laburo.

Se bajó de la mesa, se acomodó bien las tetas dentro del corpiño deportivo, tironeó de los leggins hacia adelante y los costados, pagó por el servicio y se fue.

Mariel: ¿podés creer que tenía unos pelos larguísimos? Me hizo depilarla por completo, pero primero tuve que cortar a tijera para que no le tire demasiado, hasta el culo se dejó pelado, voy a tener que tirar la cera al diablo.

Yo: no será para tanto…

Mariel: me hizo depilarle el culo para que no le moleste cuando se la meta. Está loca esta piba.

Otra vez, la cabeza del tipo comenzó a volar de manera desenfrenada. Tetas gigantes, conchita recién depilada y culito abierto esperando ser taladrado… ¿Adivinen quién pagó los platos rotos? Si acertaron, Mariel. Tremenda chupada de concha hasta dejarla chorreando, dedo que llevaba ese flujo hasta el culito apretado pretendiendo dilatarlo, postura a 4 patas y polvo vaginal vigoroso y descarga de leche inundando el agujero trasero al que no pude acceder por negativa de ella. Sólo la punta pudo entrar y me dejó con las ganas.

Pasados tres días, al llegar a casa encontré un bruto camión frigorífico que tendría unos 20 metros de largo y ocupaba la vereda de mi casa, la del vecino y llegaba hasta cubrir la verdulería de los González por completo.

Yo: ¿quién diablos está ocupando todo el frente?

Mariel: es el camión del marido de Alejandra. Están cargando algunas cosas y se van al norte, creo que Salta a buscar una carga. Viaja junto con Heriberto, van a estar afuera cerca de 10 días.

El ir y venir de los ayudantes de carga y la supervisión de Heriberto era intensa. Fui a buscar algunas verduras para la cena y fui ocasional testigo de la charla de Alejandra y Robert.

Alejandra: llegaste hace 2 días y ya te vas, no pudimos disfrutar nada, y te volves a ir.

Robert: es un viaje muy caro y nos va a dejar buena plata para terminar la casa. Bancá un poquito, son solo 10 días.

Alejandra: y yo preparando “el terreno” para enterrar la batata y vos te vas sin abrir el surco…

Le dio un beso corto, se despidió de las demás mujeres y enfiló a la cabina del camión. Algo similar hizo Heriberto y cubrió el espacio del acompañante.

Marcela me atendía mientras todo esto sucedía. Cuando el camión comenzó a moverse, Alejandra entró al local. “otra vez sola” dijo mientras se ubicaba tras el mostrador.

Alejandra: hola vecino, ¿cómo anda? ¿Cuándo va a poder mirar y revisar mi compu? Ahora tengo tiempo de sobra.

Yo: ¿te parece mañana? Hay paro de docentes y la escuela está cerrada.

Marcela: yo tengo que quedarme con mi nena, ¿vos te haces cargo del local?

Alejandra: Si, no te hagas problema, entre las 14 y las 17 que tenemos cerrado, si puede venir, me arreglo.

Yo: si Mariel tiene clientas en ese horario, vengo me evito exhibiciones, ja ja ja.

Alejandra: avísame y te espero, ¿qué necesitas?

Yo: solo la compu y conexión a la red. Para verificar algunas cosas.

Pagué mi compra y antes de retirarme pregunté qué máquina era. Me hizo pasar a la cocina de la casa y ver qué equipo tenía.

Le comenté a Mariel del turno dado y me alentó a incluir un ingreso más a nuestras finanzas. “Viene Sandra, la novia de Heriberto, voy a estar ocupada”.

Al día siguiente, a la hora convenida, golpeaba la puerta de ingreso. Fue Sandra quien abrió la misma y me hizo pasar: “Ale ya viene, estaba terminando de ducharse. Yo me voy a tu casa para que me atienda Mariel”

Sandra: Ale, acá te espera el vecino, vino por la compu, voy a casa de Mariel

Alejandra: ya voy, que vaya prendiendo la compu, así puede ir revisando.

Sandra salió y yo comencé el diagnóstico de la bendita PC. Estaba lentísima y se notaba que estaba infectada a más no poder, antivirus vencido, mil iconos de programas en pantalla, una calamidad.

Alejandra: hola vecino, ¿ya pudo meter mano? ¿Es grave? – dijo a mi espalda

Yo: soy Alejo y no es tan grave. Necesita atención y algo de limpieza.

Largó una sonora carcajada: “Se parece a mí, la limpieza ya la hice, pero me falta atención, ja ja ja”

Me giré y la vi. Llevaba un short de lycra prensado y una de sus clásicas remeras holgadas, sin corpiño. El pelo mojado la humedecía y al parecer no había completado el secado de su cuerpo. Se le marcaba todo, unas tetas preciosas y redondas, los pezones erguidos y puntiagudos, y los labios vaginales abultados dentro del pequeño short.

Yo: mientras hago correr un programa de chequeo, contame que querés salvar de la máquina. Todo hace suponer que está infectada a decir basta.

Se sentó a mi lado y empezó a detallar carpetas que contenían fotos, algunos textos y los programas básicos.

Alejandra: Necesito hacerte una pregunta, algo personal

Yo: te escucho

Alejandra: ¿vos ves el contenido de las carpetas de fotos?

Yo: habitualmente no y más si me dicen cuales no debo mirar, solo trato de pasarlas a copia en discos para que no se pierdan.

Alejandra: ok, hay algunas muy personales, íntimas. – dijo mientras detallaba el nombre de las mismas.

Los ratones ya me servían vasos de la bebida que se les ocurra, imaginar fotos íntimas de Alejandra suponía una tremenda subida de temperatura.

Alejandra: son cositas que guardo y le mando a Robert cuando viaja.

Estaba inquieta, indudablemente las fotos eran más que subidas de tono, los nombres de las carpetas colaboraban con la imaginación.

Alejandra: la compu y yo tenemos algo en común. Tenemos poca atención.

Yo: es difícil ser esposa de alguien que viaja tanto

Alejandra: si, y necesita uno o dos días para reponerse por la posición en el camión al manejar, además que me cornea, estoy segura. ¿O vos crees que después de 10 días de viaje no debería tener ganas de ponerla?

Yo: no sé, no soy camionero. Pero después de algunas clases, vengo que me la como cruda a Mariel.

Habíamos entrado en confianza rápidamente, ella enojada y yo muy caliente de verla casi en bolas a mi lado.

Alejandra: imagínate que tu esposa me dejo peladita de punta a punta y este boludo ni me tocó en dos noches. Es puto o tiene otra mina, por eso viajo mi papá con él.

Yo: esperá al regreso y te sacas las dudas

Alejandra: si claro… pero yo estoy caliente ahora, llevo 15 días sin ponerla y termino pajeandome cada noche, necesito una pija.

Yo: debe ser muy jodido aguantar tanto y solo a fuerza de dedos.

Alejandra: por eso mismo, ya no aguanto más. ¿Me cogerías ahora?

Yo: ¿qué? ¿Me estas pidiendo encamarnos? Te conozco de pendeja y sos clienta de mi mujer.

Alejandra: yo no le pienso ir a contar – dijo mientras se sacaba la remera – mirá como tengo las tetas y ni te cuento la concha, me chorrea. Dale, cógeme

Como reza el dicho, la ocasión hace al ladrón. No pasaron 5 segundos que estábamos prendidos en besos calientes y manos que iban y venían de arriba-abajo. Se paró y bajó el short para mostrarme que nada llevaba debajo, la concha le brillaba de excitación.

Alejandra: subime a la mesa y mándamela hasta el fondo, lléname la concha de pija y hacela rebalsar de leche.

Sus deseos fueron ordenes, la acomodé como pude al borde de la mesa dejando sus piernas colgando, baje mi pantalón y slip y con la pija dura embestí en ella. Pegó un gemido cuando la tuvo adentro, me trabó con sus piernas en mi espalda para no dejarme sacarla y empezó a moverse como loca.

Alejandra: si, así, hasta el fondo, dame lo que el cornudo ese no me da.

Fueron 10 minutos frenéticos, ella gozando y yo bombeando hasta acabar. Cuando nos detuvimos, se bajó de la mesa, me limpió la pija con la boca y me dio una orden: “Ahora, por el culo, sin problemas que lo tengo entrenado, uso zanahorias y pepinos de buen tamaño cubiertos con forros. Ya es tiempo de pija, basta de verduras, quiero carne”

Efectivamente la pija le entró sin problemas, la dilatación era buenísima, diría que hasta mayor a la que yo esperaba. Otros 15 minutos de acción, mi mano derecha jugaba con su concha mientras el mete-saca me llevaba a llenar sus entrañas de leche.

Cansado, casi caí sobre ella, rendido.

Alejandra: muy lindo service, espero que se repita pronto, vas a tener que hacerme un mantenimiento cuando el cornudo viaje.

Me puse de pie y comencé a vestirme, mientras ella iba de nuevo a la ducha a quitarse los restos de la acción.

Volví a sentarme frente a la PC, el software había completado el chequeo y confirmaba mis sospechas. Me paré para avisarle que me la llevaría a casa para trabajar más tranquilo y me encontré con Sandra, ubicada junto a la puerta de su habitación. Me miró, se sonrió y me hizo señal de silencio. Se aproximó hacia mí y casi como un susurro me dijo: “Alejandra es muy putita, necesita pija seguido, no sos ni el primero ni el último que se la va a coger. Pienso guardar el secreto de lo que vi hoy, pero seguramente algo te va a costar. Mariel no se va a enterar, siempre y cuando tengas algún momento libre para satisfacerme a mí también. La lengua de Heri no me alcanza yo también necesito una verga de tanto en tanto. ¿Entendido?”

Asentí sin emitir sonido, ya que logramos escuchar que la ducha se cerraba y era inminente la salida de Alejandra de la ducha.

Asomó desde el baño y dijo:” Vecino, llévate la compu, reparala y después me pasas los honorarios. Haremos cuentas y veremos como pago”.

Sandra se metió en la habitación y esperó un buen tiempo para salir de ella, disimulando que nada había visto ni oído.

Salí rumbo a casa con la duda de cómo afrontar todo esto: haber cogido con Alejandra y saber que en algún momento también debía atender a Sandra para lograr su silencio. Entré a casa y me recibió Mariel.

Mariel: no sabés las cosas que me contó Sandra de Marcela y Alejandra. Andá a dejar esa máquina y vení que te cuento.

Yo: me doy una ducha y voy, no sabés el calor que hace en esa casa.

Ya bajo el agua, seguía pensando en lo ocurrido. Sería difícil disimular frente a ellas, pero si no quería problemas, tendría que organizarme. Mi mujer siempre me dio lo que le pedí, excepto el culo y según parecía las González necesitaban mucha atención.

Mariel: Es un quilombo esa casa, Marcela enganchó al ex con otra mina y Heriberto lo molió a palos al tipo, ahora está de novia con un tipo que es competencia del hermano en el Mercado Central. Sandro vive en Buenos Aires porque salía con Sandra y se enteró que cuando viajaba se la comía el padre y Alejandra se revolcó con todos los empleados que han tenido en la verdulería, incluso menores, por eso ahora tienen un gay de ayudante.

Yo: ¿de todo eso te enteraste mientras las atendías?

Mariel: no te das una idea de cómo hablan una de otra, Sandra y Marcela solo se soportan, y entre ambas tratan de controlar a Alejandra.

Estaba claro que había competencia feroz en la casa de Don González cuando no estaba, cuál de las tres mujeres usaba más la cama matrimonial y a falta de ello, se arreglaban en cualquier lugar.

Demoré casi 4 días en reparar la PC de Alejandra, y obviamente hice las copias de seguridad, seleccionando algunas imágenes dignas de ser expuestas en páginas porno que conservé durante algunos años.

Mis relaciones con ella se hicieron muy esporádicas, ya que al ayudante gay se unió otro que al parecer cargaba muy buen armamento y provocó el divorcio con Robert, abandonó la verdulería y se fue a vivir con él a un pueblo cercano.

En tanto los intentos con Marcela no llegaron a buen puerto, solo algunos escarceos, manoseos, besos calientes y una paja mutua en la verdulería días antes de su matrimonio.

En cuanto a Sandra, la primera vez fue muy furtiva, rápida y en el salón, luego de bajar la persiana del mismo. Era, como se dice en mi país, una “calienta pavas”, te dejaba avanzar un poco, te hacía calentar pero jamás concretar.

Cuando puse en venta la casa, para mudarme a otro sector de la ciudad, me pidió hablar a solas.

Sandra: antes que te vayas de acá, quiero que me hagas lo mismo que a Alejandra, cuando los vi por primera vez. Heriberto viaja el viernes y vuelve el martes. Tenemos esos 5 días para concretarlo. Busca el momento, porque quiero disfrutarlo y no como lo recibió esa trolita.

Yo: déjame ver cómo y cuándo puede ser.

Con Mariel, aprovechábamos los fines de semana para ver nuevos domicilios, por lo que los tiempos se volvían escasos. Pero el domingo por la noche se abrió una ventana inesperada. Mi suegra debía someterse a varios estudios médicos el día lunes desde la primera hora de la mañana y debía permanecer todo el día internada en una clínica, y siendo Mariel su única hija, era prácticamente una obligación para ella acompañarla.

Mariel: para no complicarnos la vida con horarios y traslados, ¿te parece bien que ésta noche me quede en casa de mamá y desde ahí en un taxi nos vamos temprano a la clínica?

Yo: vos sabes que el lunes empiezo a trabajar desde las 9 de la mañana, creo que estaría bueno ya que no me comprometería en mi trabajo.

Mariel: listo, hacemos así. Esta tarde me llevas y me instalo allá. Te compro algo para que te hagas una cena fácil ¿ensaladas?

Yo: buenísimo, vamos a la verdu que cierra a las 13, y vemos que hay.

Como la gran mayoría de las mujeres, Mariel y Sandra hablaban de lo que acontecería al día siguiente, los estudios médicos, la tarea de acompañar a mi suegra y mis pocas intenciones de cocinar por las noches. Entre frase y frase entre ambas, Sandra me observaba como queriendo avisarme que ésa era la posibilidad que esperaba.

Volvimos a casa, almorzamos y siendo aproximadamente las 17 horas la llevé a casa de mi suegra. “cuando te levantes mañana, sacá las sábanas a lavar y ventilá la habitación” fueron las instrucciones de Mariel al bajar del auto.

Al regresar vi a Sandra conversando con Marcela, que estaba subida a su vehículo, hubo un saludo a distancia por parte de ésta última y uno un poco más visible y llamativo de la pareja de Heriberto.

Estaba abriendo la puerta de casa cuando escuché el auto de Marcela partir y segundos después los pasos de Sandra acercándose.

Sandra: ¿ya estás solo?

Yo: si, pero hay muchos vecinos en la vereda ahora. Hay que evitar ser vistos.

Sandra: lo mismo pienso, cená liviano, tipo 22 horas vengo, déjame abierta la puerta lateral. Cuando no vea movimiento afuera, voy.

Apenas ingresé a casa, pasé por la ducha, me vestí muy cómodamente de short deportivo y una remera. Preparé un par de ensaladas livianas para cenar y acomodé la cama para la acción, no cambié las sábanas para aprovecharlas al revolcarme con Sandra, sino ¿cuál sería la justificación de dos juegos de sábanas en el lavarropas?

Apenas pasadas las 22 escuché como se abría y cerraba la puerta del pasillo que daba acceso a la cocina. No sentí pasos, pero sí dos toques suaves a la puerta. Abrí y ahí estaba Sandra: leggins negros muy ajustados, una remera amplia color azul y calzada simplemente con sandalias playeras.

Sandra: no vi a ninguno de los vecinos que suelen estar fuera y me vine muy rápido, andá y cerrá la puerta para evitar sorpresas.

Le hice caso, recorrí los 8 metros del pasillo, puse cerrojo a la misma y volví a la casa. Ella permanecía parada junto a la mesa, se la notaba algo nerviosa, lo ideal hubiese sido que el encuentro fuese en otro lado y no en la casa de alguno de los dos.

Sandra: recién hablé por teléfono con Heri, estaban terminando de cenar y después se iban al hotel para seguir viaje mañana. No me extrañaría que vuelva a llamarme sobre la una de la mañana, es su costumbre.

Yo: tenemos 3 horas máximo entonces. No perdamos tiempo.

Sandra: necesito una ducha rápida, estuve trabajando acomodando todo para mañana y estoy muy sudada.

La guié al baño que daba a la habitación, sin cerrar la puerta empezó a quitarse la ropa. No había sostén debajo de la remera, sus pechos eran más chicos que los de Marcela y Alejandra, pero tenían unos pezones gigantes, bordeados por dos amplias aureolas marrones claras. Cuando empezó a forzar la bajada de los leggins tan ajustados, apareció un culito redondo, algo estriado y que cedió algo a la gravedad. Un hilo dental negro se perdía entre las nalgas y al verlo de frente, apenas ocultaba una hilera de vellos.

Sandra: vení, acompañame y enjaboname la espalda.

La seguí, me despojé de la ropa rápidamente y abrí el grifo de la bañera, y colocándome detrás de ella besé su cuello mientras manoseaba descaradamente los pechos al compás del agua que caía sobre ellos, me entretuve en sus con sus pezones hasta ponerlos durísimos y por la diferencia de altura entre ambos, introduje la pija entre sus nalgas.

Cuando la sintió, dio un pequeño respingo pero no se separó, por el contrario, colaboró abriendo sus piernas y afirmándose en la pared se inclinó para facilitar el roce. Aún no se había quitado el hilo dental, pero eso no era inconveniente para que mi pija rozara sus labios. Hábilmente, bajó una de sus manos y lo desplazó hacia un costado, por lo que ya no había roce, había penetración, leve, suave, mi pija se iba abriendo paso entre los pliegues de su concha favorecido por el agua y la humedad propia de su cuerpo.

Sandra: cuanto hace que no sentía una pija entrar… hacelo durar, dame despacio que quiero sentirlo

Yo: un ratito más, y nos vamos a la cama, quiero disfrutar de esa concha y ese culito.

La ducha se prolongó unos 5 minutos, nos secamos entre besos y caricias y sin perder tiempo la llevé a la cama.

Yo: primero un poquito de lengua, para hacerte mojar bien y trabajar ese agujerito trasero. Ponete en 4 patitas, te quiero ver bien abierta y poder pasarte la lengua de punta a punta.

Sandra: no quiero lengua, quiero que la metas. Lengua me dan día por medio.

Yo: pero hay que mojar bien el culito y tus jugos ayudan mucho.

Sandra: ¿me vas a romper el culo? Es virgen.

Yo: hasta hoy. Voy a ser el primero y será mi premio por cumplir tus ganas de coger.

Se dejó hacer un poco, pero cada vez que intentaba humedecerle el culo, lo cerraba y no dejaba dilatarlo. Recordé que Mariel guardaba un pote de vaselina en la mesa de luz, hice un movimiento enterrando la pija a fondo en su concha para que mi mano pudiese llegar al cajón y sacar el envase.

Cayo de bruces contra la almohada, con la pija dentro, apretó sus piernas para retenerme, hacía movimientos cortos para que hubiese una entrada y salida corta, sin permitir que saliese por completo. Abrí el pote, y coloque vaselina en mis dedos, la ayude a volver a la posición de perrito y le pedí que abriera sus cachetes. Lo hizo y dejó expuesto su culito apretado, pasé me dedo lleno de vaselina por el agujero y casi sin resistencia este se hundió en su cuerpo. Empecé a bombearla, mientras jugaba con su culito. Caliente como estaba Sandra se concentró en buscar su primera corrida y se olvidó de la penetración anal de mi dedo, gemía y retiraba hacia atrás para que la entrada de la pija fuera más profunda, situación que aproveche para que mi dedo mayor entrase completamente en su culo.

Sandra: ay, qué placer, seguí metiéndola que acabo, ya casi no aguanto, ese dedo me está volviendo loca, movelo que me vuelve loca.

Le hice caso, la seguí bombeando mientras entraba y sacaba el dedo de su culo, cuando empezó a temblar mostrando que su orgasmo llegaba a tope, le quite la pija de la concha y sin mediar palabra la inserté en el culo, mi mano directa a su concha para seguir estimulándola y la pija entrando lentamente en el culo hasta que mis huevos rebotaron con su cuerpo.

Ahogó un grito enterrando la cabeza en la almohada y tensando su cuerpo aprisionó mi pija hasta hacerla explotar dentro de su culo, llenando de leche sus intestinos.

Sus brazos y rodillas se rindieron, se aflojó por completo, y cayó sobre la cama, ensartada, de piernas abiertas.

Le llevó unos minutos reponerse, los mismos que a mi pija perder su tamaño. Salí de su cuerpo y giré a su costado. La miré y ella hizo lo propio.

Sandra: jamás imaginé que el polvo anal fuese tan intenso, ahora entiendo porque Alejandra se enterraba pepinos y zanahoria enfundados en forros embadurnados con cremas mientras se pajeaba a mano limpia. Vas a crear una adicción en mí, veré como hago para que Heri lo acepte mientras me la chupa.

Permanecimos unos minutos recostados, hasta que se recuperó, el culo le dolía producto de su primera vez, fue al baño, tomó una ducha y utilizando el bidet refrescó la zona.

Volvió a la pieza, ya vestida, se la veía agotada. Solo había pasado una hora desde que empezamos la sesión.

Sandra: me voy a casa, entre el polvazo por la concha y la rotura de culo no puedo más, pensé que sería más tiempo, pero estoy agotadísima.

Yo: no señora, todavía no se va…

Sandra: ¿qué querés?

Yo: ¿te acordas lo que viste cuando me cogí a Alejandra?

Sandra: mmm… haceme recordar

Tomé con mi mano derecha la pija, la sacudí unos segundos y empezó a pararse nuevamente.

Sandra: ¿otra vez?, no doy más…

Yo: no Sandrita, ahora la vas a chupar y te vas a tragar todo lo que saques de ella.

Me arrimé a la punta de la cama, me senté, coloqué un almohadón en el piso y le indiqué que se arrodillara. “A chupar mi vida”

Sonrió y ubicándose en el lugar me dijo: “no es mi especialidad, pero voy a cumplir, ¿tenés un forro?

Yo: para nada, a cuero nomás.

Medio con cara de asco, empezó a lamer, sin intentar chupar.

Yo: chupá, métetela en la boca, imagínate un helado y chupá.

Era obvio que no estaba acostumbrada, lo hacía bastante mal. La quise guiar moviendo su cabeza como si le cogiese la boca, pero las arcadas no la dejaban seguir. Solo se dedicó a la cabeza, pasando la lengua y dando pequeños chupones.

Cuando noté que estaba por acabar, se la saqué de la boca y meneándola rápidamente, acabé, llenándole la cara de leche, traté de apuntar a su boca para que algo se depositase allí.

Sandra: mirá como me dejaste – dijo tratando de quitarse los restos.

Yo: si la hubieses chupado bien, la tendrías en la garganta.

Sandra: bueno, ya basta. Me saqué las ganas de saber que sentía Alejandra y sé que disfruta tu mujer. Veremos si podemos repetir antes que te vayas.

Se lavó, la cara y fuimos hasta la puerta lateral de casa, abrí la puerta y observé que nadie pasara, la dejé pasar mientras mi mano se paseaba por su culo.

Yo: nos vemos mañana vecina

Sandra: si mi culo lo permite, así será.

Hasta aquí la historia de las mujeres de la familia González, ya que como les conté antes Alejandra se fue de la ciudad con su nuevo sex-toy, Marcela se casó con un acaudalado socio de su hermano Sandro y abandonó el negocio y Sandra quedó al frente de todo, por lo que sus tiempos se hicieron cada vez más complicados, sumado a que don Heriberto enfermó y casi no podía ayudarla.

Lo último que supe de ella, en una visita al barrio, fue que había enviudado de Heriberto, cerró el negocio y alquiló ese y otro local, viviendo de rentas y recibiendo los fines de semana a Sandro en su departamento, retomando aquella relación con la que había llegado a la familia González.

Gracias a quienes hayan llegado hasta este punto de lectura.

 

Espero sus comentarios, y más que nadas sus opiniones.

Saludos,

 

Alejo Sallago – alejo_sallago@yahoo.com.ar