La posada

Conocí a Marie haciendo un viaje de Metz a Calais. Conducía vinos de la Alsacia al Reino Unido. Algunos capitanes de las rutas me habían hablado, mejor dicho alabado, una posada cercana a Lens y no precisamente porque se destacara por la bondad y/o la limpieza de sus habitaciones o la calidad de su comida y sus bebidas, o la hermosura de los paisajes o alguna otra cosa digna de destacar en esa región transitada por camiones con destino a todas las ciudades de Europa.

Se trataba de la posada cuyos propietarios eran unos campesinos ingleses, radicados ya desde hacía tiempo en Francia y que habían hecho buen dinero con los productos del campo, pero especialmente, desde hacía un par de años, por la actividad de su posada, muy frecuentada y visitada por camioneros que tenían su ruta ordinaria por la región, aunque solían venir otros, que si bien llevaban ruta sur se desviaban para pasar la noche en la posada. Una habitación sólo se conseguía reservándola con la debida anticipación.

Ese viaje me daba la oportunidad de conocer la famosa posada y antes de salir de Metz llamé y reservé una habitación para la noche del día siguiente. Lo que sí sabía, según me habían anticipado mis compañeros, era que el atractivo de la posada se llamaba «Marie» y aunque todos reían ninguno contaba detalles.

Primero pasa allá una noche, y a tu regreso hablamos, era la respuesta a cualquier pregunta que le hiciera a mis colegas. 

Llegué al atardecer y realmente la posada estaba repleta. No encontré ninguna cara conocida pero en nuestro ambiente no es necesario conocer a alguien para entablar conversación. Basta con tener un truck aparcado afuera y cuanto más grande mejor. Me acerqué a la barra y dije que tenía una habitación reservada. El que atendía al público en la barra era un hombre bastante rústico por no decir primitivo. Me registré y el hombre tomó una llave del llavero que estaba colgado en la pared.

Junto al llavero reconocí la foto de un antiguo compañero. Le llamábamos el «Pincharratas». Era un cazador de faldas. Ningún ser del sexo femenino estaba a salvo frente a él. No trabajaba más en la empresa nuestra, pero a veces le encontraba por las rutas y, además, tenía relación con varios de mis compañeros.

¿No es esa una foto del Pincharratas? – pregunté

Sí, ¿le conoce Ud.?

Era un antiguo compañero. ¿Qué hace su foto allí?

Es nuestro mejor cliente. Nos recomendó a todos sus compañeros y mire Ud. como se pone esto. Seguro que Ud. viene recomendado por él.

No, pero por sus amigos.

Ya lo ve.

No pude más que sonreír. Pensé que su mujer no estaría tan mal como para que el Pincharratas hubiese hecho una excepción con ella. El hombre se acercó a la puerta de la cocina y gritó:

Marieeeee,… acompaña al señor a su habitación.

Ya viene mi hija y lo acompaña, dijo el hombre. Marie era una joven de unos 18 años. Ninguna belleza exuberante pero bastante bien formada físicamente. «Con que esta es la famosa Marie» pensaba yo mientras subíamos las escaleras. Vista desde atrás se notaba que tenía un buen culo apoyado sobre unas piernas firmes, moldeadas y carnosas. En el pasillo conversó un poco y me llamó la atención que se reía constantemente y que hablaba tontamente como una chiquilla. No obstante no tenía signos de ser minusválida, mucho menos tenía signos de sufrir mongolismo, o algo parecido a eso. Su aspecto era totalmente normal aunque quizá fuera un poco «tarada». Esto viene por el incesto que practica esta gente de campo, pensé para mis adentros. No veía nada que fuera exagerado como para llamar tanto la atención de mis colegas. Me convencí que todo era una broma y bajé a cenar. Estaba cenando en una mesa con varios colegas que me habían hecho sitio para que me pudiera sentar, cuando el que se sentaba a mi lado me dijo:

Allí va la pobre Marie a lavar los platos, es lo único que le dejan hacer en el negocio a pesar de que está abarrotado de clientes.

¿La conoces?

Quién no conoce a Marie en esta sala. Sólo sus padres parecen no conocerla.

¿Es ese hombre que está en la barra?

Sí, y su mujer está en la cocina, es más bruta y tonta que él pero son avaros. Sólo les interesa el dinero aunque se maten trabajando.

Pero la posada está muy bien visitada.

Sí, así está todos los días.

Marie parece retardada, ¿qué me dices?

Retardada quizás, pero enferma no.

De esa conversación me llevé la impresión de que todo estaba rodeado de un gran misterio. La gente hablaba pero no mucho. Las respuestas a cualquier pregunta eran breves con muchas palabras y nada de contenido. Algo no funcionaba en esto, ¿pero qué?

Bastante desilusionado me fui a mi habitación. El local seguía lleno de gente que bebía, charlaba, etc. Estaba pensando en darme una ducha cuando siento golpes en la puerta, y sin esperar a más, se abre la puerta cuando yo iba ya hacia allá. Era Marie.

– ¿Necesita algo aún señor?

No, gracias Marie, toma para ti.

Le di cinco francos, que ella se quedó mirando. Luego avanzó hacia mí y dijo:

¿Señor no quieres que se la chupe?, sólo le costará veinte francos.

¿Cómo has dicho?

Si quiere que le chupe la polla por veinte francos y si me quiere culear otros veinte más.

Me estaba hablando muy seriamente y me miraba esperando una respuesta positiva como si me estuviera invitando a un trago o algo parecido. ¡Todo por cinco dólares! … no debo haber entendido bien o me está tomando el pelo. Pero ella ya me estaba abriendo la cremallera del pantalón. Metió la mano y se apoderó de mi polla.

¿Bueno que dice, quiere o no?

¿Y si viene alguien?

No señor, no vendrán. Tienen mucho trabajo en el negocio. Yo terminé. Ellos estarán ocupados, como todos los días, hasta muy tarde.

Asentí con la cabeza. Estaba embargado de curiosidad, de excitación, no sé, esta niña me había atropellado sin más y ya estaba con mi polla en la mano. Me empujó sobre la cama, ensartó su cabeza entre mis piernas y se tragó la polla sin vueltas. Mamaba como los dioses y sabía hacerlo, nada de apuros, un par de chupadas, unas lamidas, unas caricias en los testículos y vuelta a las chupadas, no me dejaba acabar me transportaba al cielo con sus labios y su lengua. Yo ya me había abandonado totalmente a sus artes, era fantástica. De pronto se detuvo.

¿Me la va a meter en el culo para acabar?, son sólo veinte más o si Ud. quiere gastarse treinta más me puede follar por la raja, pero sólo si tiene un forro.

Forro no tenía y la Marie más que un culo tenía una obra de arte en el trasero. Yo estaba ya fuera de mí y deseoso de follarla como sea, pero follarla.

Pon el culo.

Con toda tranquilidad se quitó las bragas, se arrodilló sobre el colchón, al borde de la cama, se alzó las faldas y me ofreció su retaguardia. Un culo blanco, firme, amplio y redondo. El ano algo enrojecido y semiabierto como un pimpollo de rosa. La culié con gusto y con ganas. Le descargué la leche acumulada desde una semana, pues tanto hacía que no follaba con mi mujer. Fue un polvo maravilloso. Cuando se la saqué se fue a lavar al baño, mientras que yo caía abatido sobre la cama. Volvió se puso las bragas y extendió la mano para cobrar. Le alcancé un billete de cincuenta francos, Se los guardó en un bolsillo de la falda, muchas gracias señor, que tenga Ud. buen sueño, saludó y se fue. 

Segundos más tarde sentí que golpeaba suavemente en la puerta del cuarto vecino, la sentí entrar. Pegué el oído a la pared y pude detectar su voz chillona. Como a la media hora sentí que se cerraba la puerta vecina y nuevamente golpeaba en otra puerta.

Esta Marie parecía no ser más que una puta, no obstante las cosas no coordinaban. Trabajaba en la posada como una doméstica más, tenía un cuerpo bastante bueno como para ganar un buen dinero como prostituta pero no se comportaba realmente como tal y se entregaba por un par de billetes. ¿Era o se hacía la tarada? ¿Cuántos se la pasarían por noche? No, los interrogantes se sumaban y las respuestas faltaban. Esa noche dormí mal; mal porque me había dejado caliente, estaba tan buena como para echarle dos o tres polvos más y mal porque no entendía bien para que lado iban los tiros.

En todo el viaje de ida sólo tuve a Marie dándome vueltas por la cabeza. De regreso cargué fardos de lana con destino a Francia y una vez cargado llamé a la posada para reservar alojamiento. Me era imposible regresar sin volver a pasar una noche allá.

Llegué al terminar la tarde y la rutina se volvió a repetir. Marie me saludó muy cortésmente y me acompañó a la habitación que me habían dado. Yo detrás de ella, ponderé aún más las bondades de su culo mientras subíamos las escaleras. Me parecía casi imposible que un par de días antes la hubiese culeado. Ella me condujo, abrió la puerta, me entregó las llaves y se despidió amablemente. O sea, NADA.

Me duché bajé a cenar. Bullicio y lleno completo. Comí, bebí y a la hora adecuada me retiré a mi habitación sin poder ver a Marie. Una hora más tarde, cuando acababa de salir de la ducha, llaman a la puerta y nuevamente aparece Marie:

¿Necesita algo aún señor?

¿Qué me ofreces hoy Marie?

¿Señor si quieres que se la chupe?, sólo le costará veinte francos y si me quiere culear otros veinte más o si Ud. quiere gastarse treinta más en lugar de veinte me puede follar por la raja, pero sólo si tiene un forro.

Sí, Marie quiero que me la chupes, te la quiero dar por el culo y tengo forros para follarte por la raja, te daré cien pero quiero que te desnudes y te pases un par de horas conmigo en la cama. ¿Qué me dices?

Hay, señor, no sé. Tengo otros clientes para atender.

En ese momento pensé en el «Pincharratas» y en sus picardías para joderse a las estúpidas campesinas, quizás, quizás…

Marie, yo soy un buen cliente, te hago una buena oferta y te prometo recomendar la posada a todos mis amigos.

Bien, señor pero sólo una hora, más no puedo pues no me daría el tiempo.

Desnuda era una estatua romana de esas que te hacen parar la polla sólo con verlas en fotos y piensas en lo bien que la pasaron los césares y los tribunos en su época. Un cuerpo, joven, de no más de 18 años de edad, lleno de deliciosas protuberancias entre muslos, culo y tetas. Por lo bien que llevaba elevada todas esa masa de carne, se podía hasta jurar que ella se alimentaba con levadura.

Me quité la toalla que llevaba atada a mi cintura. Los dos estábamos en pelotas. Abrí bien las piernas ponderando yo mismo la rigidez de mi sedienta polla.

Ven Marie, arrodíllate y hazme una buena mamada.

Sí señor.

Nuevamente su técnica demoledora me llevó al cielo. Nunca había aparcado tan bien mi polla como en esa boca que chupaba, lamía, rozaba, acariciaba y volvía a chupar, polla y testículos y siempre lentamente, haciendo las pausas correspondientes para dejarme recuperar. La función comenzaba y una hora era muy larga de manera que habría mucho tiempo para otras cosas. Me vacié en su boca, cosa que no la inmutó para nada. Se tragó hasta la última gota sin chistar. Mirándome con una sonrisa en los ojos. Casi como de rutina, se levantó y fue al aseo para lavarse la boca. Cuando volvió estaba yo ya tirado sobre la cama.

Ven Marie, acaríciame la polla que yo quiero chuparte las tetas, le dije señalándole el lugar junto a mí en la cama. Un manjar, sí un manjar de tetas. Se las dejaba chupar poniéndolas en tal posición que podía asentar mis labios donde quisiera mientras sus manos eran una caricia constante sobre mi polla y mis huevos. Me la puso en palo en pocos minutos, pero la verdad era que yo no sabía que hacer primero. El contacto de mis manos sobre sus nalgas me terminó por endurecer el miembro como un hierro. Puta o no, tarada o no, cueste lo que cueste, ella no se iría hasta que yo no hubiera dejado dentro de ella hasta mi apellido.

Me arrodillé entre sus piernas. Se las levanté y me las puse sobre mis hombros.

Levanta el culo Marie, para que te la meta.

¿Así, señor?

Sí Marie, levántalo ya.

Se la enterré en el culo con saña, rabia y lujuria. Tomándola por la cintura pude ver como mi herramienta desaparecía dentro de ese culo barroco. Marie abrió la boca denotando el impacto, pero ya lo único que podía hacer era evitar que le entraran los huevos. Me acomodé bien como para que no escapara ni un milímetro hacia fuera sintiendo el calor de su ano, gozando de la firmeza de sus tetas y de la dureza de sus pezones.

¡Culea Marie, culea!

Su clítoris enrojecido se había dilatado. Con este me entretuve mientras Marie giraba la cabeza de un lado a otro moviendo el culo y apretando sus músculos anales para ceñir mejor la polla que tenía adentro. Casi me mata de un ataque al corazón. Pude percibir cada una de las interminables andanadas de leche que le disparaba en su recto. Estiré mis piernas a lo largo de su cuerpo y me dejé caer sobre la cama dejándola clavada mientras me durara la erección y eso duró varios minutos.

¿Me puedo ir ya señor?

Marie, aún te la quiero meter en la raja con el forro que traje para ti. Sé un poco paciente y ayúdame para que se vuelva a endurecer. Recuerda nuestro convenio.

Sí señor, ¿pero tardará mucho?

No lo sé carajo, depende de lo que tú hagas para endurecerla.

¿Le parece que se la chupe un poco?

Pues sí, sólo tendrá el sabor de tu culo, ¿si te gusta?

No fue nada fácil pero lo consiguió. Esta estúpida me había logrado calentar de tal manera que me dolían los cojones de la gana que se había apoderado de mí por joderla. Me la volvió a poner a tope y entonces le alcancé el forro para que me lo pusiera. Me lo puso con mucho cuidado y dedicación.

Muy bien Marie, ahora recoge tus piernas y ábrelas bien que te la voy a meter en la raja.

Madre mía, ¡qué polvazo! Esta vez no le salió tan rápido. Semidescargado como estaba me tomé tiempo para cepillarle el coño jugoso, peludo y carnoso que tenía, bien que me entretuve con sus buenas tetas y con sus labios gruesos. Sólo ese polvo consumió más de media hora y fue inolvidable, magnífico. Cuando acabé y me hube calmado un poco, se la saqué despacio y me tumbé a su lado en la cama.

¿Me puedo ir ahora, señor?

Sí Marie, te puedes ir pero antes sácame el forro y tíralo en el wáter ¿quieres?

No señor, el wáter se puede tapar. Mejor me lo llevo y lo tiro afuera.

Sencillamente increíble, pero era verdad, aunque me costó convencerme que lo que me pasaba era verdad. Se lavó, se vistió, le alcancé sus cien francos y quise darle otros veinte más pero no los aceptó;

No, señor, así está bien. Ud. es muy generoso conmigo.

Tardé un tiempo en ponerme más o menos al tanto del «caso Marie». Mi sospecha estaba bien encaminada. El tema llevaba la firma del «Pincharratas».

Hace unos dos años había tenido una avería muy cerca del lugar y pidió al taller que le llevaran a una posada barata para pasar la noche. Lo llevaron a él y a su compañero a la posada. Era una pocilga y los propietarios parecían estar de remate pero la habitación era limpia y la aceptaron. Comieron y se retiraron para ducharse. Poco antes de irse a la cama llaman a la puerta y entra Marie:

¿Necesitan algo aún los señores?

Una pregunta que el Pincharratas estaba acostumbrado a contestar de manera jocosa, mucho más, si se trataba de una jovencita en excelentes condiciones de aprovechamiento.

¿Cómo ser qué?, todo depende de lo que ofrezcas.

Mi papá me dice que debo atender bien a los clientes para que vuelvan.

Eso es cierto y si tú quieres te ayudaremos, – dijo el Pincharratas acercándose a Marie – sólo me tienes que dejar usar esto – y le dio el manotazo entre las piernas y el vientre. – Mira tú nos lo dejas usar y nosotros te damos una buena propina y te mandamos a todos nuestros colegas para que vengan a tu posada.

Y como se usa….

Esa noche Marie se bebió la carga de dos pollas, perdió la virginidad del culo y de la vagina, siempre a partida doble, y al final le dieron la propina:

Por el uso de la boca; veinte francos

Por el uso del culo; veinte francos

Por el uso de la argolla con forro treinta y cinco francos pero te descontamos cinco por el forro. ¿Estás conforme?

O sí señores, Uds. son muy generosos.

Te mandaremos clientes, pero todo tiene que permanecer en secreto entre tú y nosotros y, además, tienes que mantener la tarifa que es la mejor que se paga entre los camioneros. ¿Has entendido?

Sí señor.

Amigo lector, si pasas cerca de Lenz, esto está al norte de Francia en dirección a Calais, bájate de la carretera en dirección a Arras. Es más conocida que un perro verde. Pasa una noche allí y di que vienes de parte del Pincharratas, no te arrepentirás.

Ah, y no vayas con tu mujer.

Nota del autor: mis historias son ficticias. Cualquier parecido con lugares, nombres o situaciones similares es pura coincidencia.

¿Qué te ha parecido el relato?