Aún no podía explicar mi sorpresa de que esa preciosa princesa, Lissette, la más guapa de todas mis alumnas de ese año, se fijara en mí, y mucho menos que ocurriera lo que estaba ocurriendo. Estaba en la oficina consultando algo y, de repente, nuestros ojos se encontraron y nuestras bocas se besaron ávidas de pasión. La tomé en mis brazos sin pensar. Ahí estábamos ambos en un momento de pasión que traté inmediatamente de frenar.
Me separé momentáneamente de ella y le dije: —Creo que esto no es correcto.
Ella me miró y su carita de ángel se tornó totalmente roja por la vergüenza. Le dije: —Aquí no debemos.
Entonces le pedí por favor: —Siéntate y conversemos.
Ella, aún muy avergonzada, me dijo: —Discúlpeme, profesor.
Y yo le respondí: —Discúlpame tú a mí por el atrevimiento.
Mientras trataba de tranquilizarme, en mi pantalón mi virilidad estaba a punto de romperlo, pues me había excitado mucho.
Mayleen había llegado a mi oficina y, mientras conversábamos, un par de veces se había doblado dejando al descubierto el espectáculo de sus senos divinos, que bailaban sueltos debajo de su trajecito con un brassier transparente y suelto. No me había podido contener, besándola en la boca y tomando aquel par de bellezas en mi mano.
Conversamos un rato sobre su trabajo y su nota, y le dije: —Creo que te pones nerviosa en mi clase, así que trataremos de hacer un acuerdo satisfactorio para ambos.
Le entregué unos documentos para ayudarla con su trabajo y, una vez que salió de la oficina, me decía pendejo a mí mismo por haberme contenido.
Pasó ese día y el lunes próximo recibí mi clase como todos los días. Ella se presentó y se sentó en la primera fila, como era su costumbre. Traía un trajecito color amarillo azafrán muy hermoso y además cortito, que dejaba ver sus fantásticas piernas, las cuales cruzó frente a mí dándome un espectáculo con sus muslos deliciosos. Dicté la clase con ella en mi mente y mirando lo hermosa que era. La miraba de reojo y sentía la textura de su cabello, la tersura de su piel, la mirada penetrante de aquellos ojos hermosos que me atraían tanto. Pensaba que ojalá pudiera poseerla, aun así la ética de trabajo me lo impedía.
Esa tarde, cuando despedí la clase, la vi conversando con sus compañeras y a ella se le acercó un joven con el que charlaban animadamente, lo que realmente me puso un tanto celoso. Trataba de explicarme mi sentimiento, pero seguí trabajando en mis cosas.
Había sido un día agotador y me monté en mi carro para salir de la universidad cuando la vi sentada con sus libros en la falda, esperando en la parada de guaguas. La tarde amenazaba con llover y me detuve frente a ella y le dije: —Sube, te llevo.
Ella se acercó y me dijo: —Profesor, gracias, pero soy de bastante lejos, así que no se preocupe.
Eran casi las 6 de la tarde y no pensaba dejarla allí, así que le dije: —Sube, no importa, yo te llevo.
Subió a mi carro y, según se acomodaba, me dio un espectáculo al mostrar sus hermosas piernas. Su perfume impregnó todo el interior de mi carro y me envolvía en su embrujo de mujer. Partimos y conversamos un rato. Me dijo: —Profesor, qué bonito auto. Me gustan mucho los Mustang.
Le respondí que a mí también y que tenía varios; de hecho, había uno que estaba trabajando en restaurarlo y lo tenía en la marquesina de una casa que poseo en el campo. Seguimos conversando y me dijo: —Me gustaría verlo alguna semana.
Eran casi las 6:30 y le dije: —Si no tuvieras que regresar a tu casa temprano, te llevaba y te lo mostraba.
Ella respondió: —Realmente puedo regresar a casa o no, porque me hospedo en este pueblo. Pensaba ir a casa, pero nadie me espera allá. ¿Por qué no vamos?
Sin argumentar nada más, cambié el rumbo y me dirigí a Guaynabo, donde tenía mi casa de campo. Se desató un aguacero y la carretera estaba intransitable. Llegamos a mi propiedad, abrí la marquesina, entré con el carro y cerré la puerta. Salimos del auto y ella inmediatamente fue a ver el carro que estaba al lado de donde habíamos entrado. La lluvia aumentaba a cada rato y, de momento, la energía eléctrica se fue.
Ella dio un salto y me dijo: —No veo nada.
Puesto que el garaje era completamente cerrado, nos habíamos quedado en oscuridad total. Me acerqué a donde ella se encontraba y tropezamos uno con el otro. Yo puse mis manos en su cintura y ella se acercó a mí. Nuestras bocas se buscaron y comenzamos a besarnos ambos con avidez y deseo.
Ella me dijo: —Profesor, aquí a oscuras, ¿usted cree que es posible que hagamos esto?
No me atreví a contestarle. Busqué las llaves en mi bolsillo y abrí la puerta que conducía al interior de la casa.
La casa se encontraba en una penumbra. A ella le agradó mucho aquel espacio: era una sala amplia de aproximadamente 30 pies por 30 pies y, mirando al oeste, había un ventanal de cristal que daba a un espacio lleno de árboles y plantas, donde había espacio amplio con un jacuzzi y un patio japonés. Al lado norte había una estantería completa llena de libros y pinturas; en la parte superior, artefactos arqueológicos y un área de componente con DVDs y un equipo de música. Del otro lado, una cocina mediana en donde había una estantería con trastos y comestibles. La pared que daba al sur tenía 4 escalones que conducían a un mezzanine con una cama grande y un closet lleno de mis cosas, y a un lado un escritorio donde solía escribir. Ella exploró cada rincón mirando y tratando de descifrar en aquel lugar parte de mi forma de ser.
Me senté en el sofá y ella se sentó a mi lado. Volví a buscar sus labios y me dijo: —Me gustaría ver el patio.
Salimos de la casa por la puerta del lado. Llovía copiosamente y caminamos por la cornisa que nos cubría de la lluvia. Al llegar a donde estaba el jardín japonés, ella me miró y me dijo: —Me encanta esto.
Y se bajó del resguardo de la casa, mojándose toda mientras miraba todos los alrededores. Yo la observaba de lejos, extasiado con su divina presencia. Su ropa se mojó completamente y le pedí: —No te mojes más, te vas a enfermar.
A lo que ella contestó con una sonrisita hermosa.
Corrió hasta donde estaba yo y se me acercó besándose en la boca. La miré: su trajecito se había pegado a ella dejando ver sus pezoncitos erizados. Miró y vio el jacuzzi en el patio y me dijo: —Ven conmigo hasta allí.
De camino se quitó el vestido; sus pantis blancas pegadas a sus nalgas bellas y su sostén transparente dejaba ver su blanca piel y sus fantásticos pezones. La seguí y me desnudé sin pensar. Entramos en el jacuzzi y la senté en el borde del mismo, dedicándome a echar su panty para un lado y saborear aquel magnífico manjar que mi lengua disfrutaba: depilada y suave, deliciosa como una fruta madura. Le chupé sus senos y sus pezones y estuvimos un rato jugando como niños, explorándonos mutuamente hasta que mis caricias la llevaron al orgasmo varias veces.
Regresamos a la casa y le dije: —Si deseas, entra al baño para que te seques.
Le di varias toallas y una bata de casa mía que guardaba allá. Se metió al baño y sentía la ducha imaginando su cuerpecito hermoso bañado de agua. De súbito regresó la energía eléctrica. Fui a la cocina y, con lo que había disponible, preparé una sopa caliente mientras ella salía del baño.
(continúa)