Esta historia es creada cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

El reloj de la biblioteca marcaba las nueve y media de la noche cuando Pedro cerró el libro de Ética de Aristóteles con un suspiro cansado. El segundo piso estaba desierto, salvo por el leve crujido de las estanterías de madera vieja y el zumbido eléctrico de los fluorescentes. Se estiró, sintiendo cómo se le tensaban los músculos de la espalda tras horas de estudio, y fue entonces cuando la vio.

Ella estaba al final del pasillo, entre los estantes de filosofía moderna, con la misma falda larga negra que siempre usaba y la melena oscura cayéndole en oleadas sobre los hombros. Los libros parecían formar parte de ella, como si el conocimiento se le pegara a la piel. Cuando alzó la vista y sus ojos se encontraron, Pedro sintió un golpe seco en el pecho. Había algo en esa mirada —una mezcla de desafío y complicidad— que lo paralizó.

No habían intercambiado más de cien palabras en todo el semestre, pero cada vez que ella pasaba cerca, el aire se volvía denso. Ahora, sin embargo, no había nadie más. La biblioteca dormía. Ella señaló con la barbilla hacia el fondo, donde unas estanterías doblaban formando un ángulo muerto, invisible desde los mostradores. Pedro asintió antes de que su cerebro pudiera protestar. Sus piernas lo siguieron como si tuvieran voluntad propia.

El rincón olía a papel viejo y polvo. Allí, la luz apenas alcanzaba, creando una penumbra íntima que parecía hecha para secretos. Ella retrocedió hasta quedar contra la pared, sus hombros tocando los lomos de Hegel y Spinoza. Un segundo entero se estiró entre ellos, palpitante. Luego, sin pronunciar palabra, desabrochó la blusa blanca desde abajo hacia arriba, botón por botón, como si ejecutara una danza ritual. El tejido se abrió y deslizó por sus brazos hasta caer al suelo con un siseo apenas audible.

Los senos, de tamaño medio y forma perfecta, quedaron encerrados en un sujetador de encaje negro que parecía más una promesa que una prenda. Pedro notó que sus propias manos temblaban cuando se alzó para quitarle la prenda. Los ganchos cedieron con un clic suave, y el sostén se separó, mostrando la piel morena, tensa, los pezones erectos y oscuros que parecían reclamar atención. El aire fresco hizo que ella inspirara de golpe, arqueando ligeramente la espalda.

Abajo, la falda larga seguía en su sitio, pero sus dedos ya jugueteaban con la cremallera. La tela cayó con el mismo ritmo pausado, revelando caderas estrechas y las bragas de hilo dental que apenas cubrían nada. El triángulo de tela se hundía entre los glúteos como si quisiera ocultar lo inevitable. Pedro se arrodilló primero, desabrochándose los vaqueros con urgencia contenida. Ella lo ayudó, empujándolos hacia abajo junto con sus calzoncillos; su polla saltó afuera, dura y caliente, palpitando al contacto con el aire.

Se miraron otra vez, y esta vez la boca de ella se curvó en una sonrisa hambrienta. Se acomodó de costado sobre un montón de libros viejos, acariciando la alfombra desgastada. Pedro se tumbó en sentido opuesto, quedando su cara justo frente a su sexo y su propio miembro a la altura de su boca. El 69 fue simultáneo: ambos abrieron la boca al mismo tiempo, como si una sola voluntad los moviera.

Ella lo tomó entre labios húmedos, deslizando la lengua por el tronco en un largo lametón que lo hizo jadear contra su monte de Venus. Pedro separó los muslos, saboreando el olor acre y dulzón de su excitación; la tela del hilo dental estaba empapada. Empujó la tela a un lado, dejando al descubierto la hendija rosada y brillante. Su lengua se hundió inmediatamente, trazando círculos alrededor del clítoris hinchado. El sabor salado y el calor lo enloquecieron; cada vez que lamía, ella respondía con un succión más fuerte en su glande, creando un circuito de placer que subía y bajaba entre sus cuerpos.

Los gemidos quedaban atrapados en los pliegues de la tela de los estantes, amortiguados por los miles de páginas mudas. Pedro introdujo dos dedos en su vagina mientras su boca seguía trabajando; el músculo interno se apretó en torno a él, pulsátil. A la vez, ella humedeció un dedo y se lo pasó por el perineo, provocando un temblor en sus piernas que él sintió como un latigazo. El tiempo se disolvió; solo existían lengua, labios, humedad y respiraciones entrecortadas que se mezclaban.

Cuando sintió que su orgasmo asomaba con fuerza, se separó con un tirón. El aire le ardía en los pulmones. Ella lo entendió al instante: se incorporó, se quitó la tanga de un tirón y se colocó a cuatro patas sobre la alfombra. La visión de su espalda larga, la línea oscura de la columna, y el culo enhiesto, perfecto, lo golpeó con la crudeza de un manifiesto. Se arrodilló detrás, agarrando sus caderas; la cabeza de su pene rozó los labios húmedos, resbaló, y luego se hundió de golpe.

El calor interior la enrolló como un guante mojado. Pedro empujó hasta el fondo, sintiendo el choque seco de sus pelotas contra su clítoris. Cada embestida venía acompañada del sonido húmedo y apetitoso de la carne al encontrarse, y el eco sordo de los glúteos contra su vientre. Ella apoyó la frente contra un ejemplar de la Crítica de la razón pura, gimiendo con cada golpe, pronunciando su nombre en susurros rotos que parecían versos de una filosofía prohibida.

El ritmo se aceleró; la tensión en sus músculos era una cuerda a punto de partir. Podía sentir la vibración de su propio latido en la punta del pene, como un preludio de explosión. Ella arqueó más la espalda, encontrando el ángulo exacto en que cada embestida frotaba su punto interno. Un sudor frío le recorrió la nuca; sus dedos se hundieron en la carne de sus nalgas, separándolas apenas para ver cómo su miembro entraba y salía, brillante y tembloroso.

Justo cuando la cresta amenazaba con romperse, él se detuvo —un instante, dos— succionando aire entre dientes. Ella igual: el único sonido fue el de dos cuerpos jadeando, el corazón latido contra el silencio de la biblioteca. Lo miró por encima del hombro, pupilas dilatadas, boca entreabierta; tenían la misma pregunta en los ojos: ¿Seguimos o guardamos este fuego para más tarde?

Pedro se deslizó hacia afuera lentamente; la sensación de vacío fue tan intensa que ambos contuvieron una exclamación. Se dejaron caer de lado, desnudos y sudorosos entre los libros, respirando como si hubieran corrido maratón. La piel le temblaba; podía sentir la humedad de su propio semen en la punta, a punto de derramarse. Ella acarició su pecho, dibujando círculos en la salpicadura de vello.

No hablaron. No hacía falta. Entre los estantes, el olor a sexo mezclado con papel antiguo se alzaría por semanas como un fantasma erudito. Fuera, el reloj dio las diez; el vigilante de seguridad empezaría su ronda en quince minutos. Con un suspiro común, empezaron a recoger la ropa, intercambiando sonrisas que sabían a secreto y a posibilidades. El futuro, igual que el placer contenido, latía entre ellos: un manuscrito en blanco esperando ser escrito con manos temblorosas.

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