Cielo Riveros violada por mi suegro un experto amante que me hace vibrar

Soy una mujer de 26 años, soy de piel apiñonada, cara bonita, ojos color miel, cabello castaño claro; mis medidas son 88-57-90 y mido 1.65 mts.

Hace dos años me vine a vivir con mi novio Manuel a la casa de sus papás; con él ya llevaba cuatro años de relación; no pudimos casarnos por falta de dinero, pero ya queríamos estar juntos siempre y por ello tomamos esa decisión con el apoyo de sus papás; en cambio, a mí en mi casa me dejaron de hablar por salirme así, sin casarme.

Al principio todo fue maravilloso, Doña Julia, mi suegra y Don Manuel, mi suegro me recibieron con los brazos abiertos y me dijeron que me había convertido en una hija más para ellos. También Mariana, la hermana de mi novio me recibió muy bien y me dijo que seríamos como hermanas.

Mi suegro es un empresario muy respetado en la comunidad, siempre ha mostrado en público una conducta intachable, además de que ayuda a los vecinos y coopera y organiza obras y cuestiones culturales en bien de la comunidad. Tiene mucha educación y estudios, por eso me dio mucho gusto y mucha confianza irme a vivir a su casa. Tanto él como su esposa, su hija y mi novio hacen ejercicio, son altos y atléticos; toda su familia se conserva en buena forma.

Los tres primeros meses fueron de idilio, mi novio me llevaba al trabajo y pasaba por mí en la tarde. Todas las noches teníamos sexo y quedábamos más que satisfechos y los viernes nos íbamos a pasear en las noches y llegábamos tarde a la casa; pero nunca tuvimos ningún problema.

Los problemas comenzaron un día que me sentí mal en el trabajo y me regresé a la casa antes de la hora normal; llegué a la casa, la cual parecía estar vacía; me fui a la recámara que comparto con mi novio y al entrar vi que Don Manuel, mi suegro, cerraba rápidamente un cajón en el cual yo guardaba mi ropa interior. Molesta le reclamé y pareció apenado; me dijo que lo disculpara, que no me enojara, que él estaba buscando unas fotos que Manuel le había guardado, que no pensara mal. De inmediato se salió y se fue a su recámara.

Aunque me enojé y no le creí, decidí no decirle nada a mi novio para no crear problemas entre él y su Papá. Ahí fue mi primer error, pues el viejo creyó que no me había importado.

Desde ese día, noté que mi suegro me miraba morbosamente; a mí siempre me ha gustado usar ropa pegada, escotes pronunciados y faldas muy cortas, pues tengo buena pierna y un cuerpo muy bien formado y la verdad me gusta presumirlo; a mi novio no le disgusta, al contario, me dice que se siente orgullosos de que me “chuleen” sus amigos o la gente en la calle, pero las miradas de mi suegro empezaban a incomodarme.

Poco tiempo después Manuel renunció a su trabajo porque ganaba muy poco y su Papá le ofreció un buen puesto en su empresa, pero Manuel tendría que viajar constantemente a la provincia para ir a controlar las sucursales de la empresa y visitar a los clientes que tienen allá; Don Manuel le dijo que era al único que podía confiarle esa gran responsabilidad; me sentí muy contenta y orgullosa de mi novio.

El día que mi novio realizó su primer viaje le dijo a su Papá: “cuídame mucho a mi novia”, a lo que el viejo respondió: “no te preocupes hijo, así será, la cuidaré como a mi hija”. Eso parecía muy tierno, pero luego me di cuenta de lo que quiso decir el vejete.

Ese mismo día, en la tarde cuando llegué de trabajar, encontré a mi suegro leyendo el periódico en la sala, lo saludé y me fui a dar un baño; mi cuñada y mi suegra no estaban. Me estaba bañando cuando escuché que se abría la puerta del baño; pregunté quién era y no recibí respuesta. Un segundo después mi suegro abrió la cortina de la ducha; estaba desnudo y se abalanzó sobre de mí; no tuve tiempo a reaccionar, cuando me di cuenta, ya el maldito viejo estaba frente a mí tapándome la boca; me tenía contra la fría pared del baño y de inmediato me dijo: “siempre me has gustado mamacita, desde la primera vez que te vi me has provocado con tus falditas y tus escotes; con esas sonrisas de putita que me lanzas cuando no te ve mi hijo; ahora vas a saber lo que es disfrutar con un hombre de verdad”. Yo intenté empujarlo, pero él es más fuerte y no me dejaba mover; también me dijo: “no trates de resistirte puta o será peor, más vale que cooperes o `pronto estrás fuera de mi casa”.

Lamenté no haberle insistido más Manuel en que reparara a perilla del baño, que llevaba descompuesta mucho tiempo y no se podía asegurar la puerta.

Sentí como con una pierna el viejo me obligaba a abrir las piernas y con su mano tomó su pene y lo dirigió hacia mi vagina mojada por el agua; intentaba resistirme, pero me fue imposible, el pene erecto de mi suegro comenzó a abrirse paso en mi vagina, provocándome un dolor inmenso.

Lo metió hasta el fondo y me dijo: “aaaaahhhh, aún estás apretada puta, que rico probar una panocha nueva, no las de siempre”; no entendí a que se refirió con eso, supuse que se refería a “la de siempre”, es decir, a la de su esposa, ¿por qué habló en plural?, tal vez tenía alguna amante; pero después averigüé la asombrosa y dura realidad.

Él empezó un mete-saca violento, empujaba con tal fuerza que me levantaba un poco del piso y luego sacaba casi totalmente su miembro para luego volverlo a meter con fuerza desmedida.

Con la mano libre, empezó a apretarme las tetas mientras me decía: “ah, si estás bien sabrosa, más sabrosa de lo que había imaginado; mi hijo se quedó corto con sus historias”. Eso me incomodó aún más ¿acaso Manuel le contaba a su Papá como teníamos sexo?, no se me hacía algo que un hijo le diría a su padre.

Durante todo el largo tiempo en que el viejo me violó, intenté empujarlo o pegarle, pero nada pude hacer, me sometió con relativa facilidad e incluso se reía de mí y de repente me dijo: “cuando luchan me gusta más”. Yo estaba enojada y eso me hizo enojar aún más, traté por todos los medios de quitarlo, pero fue imposible, el siguió violándome mientras el agua de la regadera mojaba nuestros cuerpos.

Fueron como veinte minutos que me parecieron horas los que él estuvo entrando y saliendo de mí a la fuerza, hasta de que repente sacó su pene y tomándome del cabello me obligó a hincarme mientras me ordenaba: “trágatelo puta”; cerré la boca con fuerza y coloqué mis manos adelante de mi cara para evitar esa humillación; pero él se las arregló para sostenerme las manos para que no pudiera meterlas y apretarme la nariz, por lo que tuve que abrir la boca para respirar y él aprovechó para meter su sucio miembro en ella, me tomó de la nuca y me obligó a mamárselo hasta que se vino y soltó toda su leche adentro de mi boca, apretando mi cara contra su cuerpo casi ahogándome.

Luego él me soltó, yo lloraba hincada en el piso del baño; mi suegro se inclinó y tomándome del cabello colocó su cara frente a la mía y me dijo: “ni una palabra de esto puta o destruiré tu vida, diré que mientes, que siempre tu me provocas y que te acuestas con dos de tu oficina y que como yo no te hago caso inventaste todo”. Yo le dije: “¡todo eso es mentira, yo no me acuesto más que con su hijo y yo no lo provoqué!”; el cínicamente me dijo: “eso lo sabemos tu y yo, pero nadie más y me es muy fácil provocar pruebas o un ‘accidente’ mamita, así que ya sabes”; me soltó del cabello y dio unos pasos para irse, pero de repente regresó y me dijo: “y nada de cambiar de vestimenta, ¿eh?, quiero seguir viendo esas deliciosas tetas, piernas y nalgas tuyas puta, ¡ah! Y nada de andar de resbalosa por otros lados, ¿eh?, te necesito aquí a la hora de siempre”.

El viejo se fue y yo me quedé llorando en el suelo; me sentía muy sucia y entonces me bañé tratando de quitar la suciedad y el asco que sentía.

Después me acosté y me dormí, no fui a cenar como siempre lo hacía con todos.

A medianoche sonó mi celular; era Manuel que me dijo que me extrañaba y que no me había podido hablar antes porque estaba con mucho trabajo, pero que me llamaría todas las noches al llegar a su hotel. También me preguntó como estaba todo y no me atreví a contarle nada, no quería echarle a perder su nuevo empleo y además tenía miedo de las amenazas del viejo; traté de que Manuel no se diera cuenta de mi dolor; le dije que lo amaba y colgamos.

Lamentablemente ese era apenas el principio de mi pesadilla; al otro día en la tarde llegué como siempre a la casa del trabajo, sentí alivio al ver a mi cuñada y mi suegra junto con Don Manuel viendo la TV, los saludé y me fui a mi recámara, me tumbé en la cama. Unos diez minutos más tarde mi suegro tocó y preguntó si podía pasar, yo contesté sin abrir la puerta: “¿Qué quiere?”, entonces él me dijo que fuera a cenar, le dije que no tenía hambre y entonces me dijo que abriera la puerta o le hablaría a Manuel para decirle que yo estaba muy sospechosa y que me metía a mi recámara todas las noches a chatear con hombres y a hablarles por teléfono. Enojada me levanté de la cama y fui a abrir; apenas lo hice, él me tomó del cuello y me dijo con voz baja mirándome a los ojos; “¡mira putita, a mí no me vas a venir con berrinchitos; o haces la vida normal o van a sospechar de lo nuestro, así que deja de hacerte la víctima y ven a cenar!”. Diciendo eso me soltó y salió de la recámara; yo me quedé pensando: ¿lo nuestro?, no había tal, él me había violado; ¿hacerme la víctima?, ¡pues eso era precisamente, víctima de la violación del día anterior!

Salí de mi recámara tratando de aparentar que todo estaba bien y fui a cenar con la familia de mi novio. En la cena noté que mi cuñada me veía de manera diferente, como recelosa y supuse que sospechaba algo, pero ni ella ni yo dijimos nada. Traté de actuar lo más natural posible, incluso cuando mi suegro me “rozó” con una mano las nalgas al momento en que yo lavaba los trastes.

Ellos se fueron a dormir antes que yo, luego apagué las luces y me fui a mi recámara, me encerré en ella, hacía calor, así que me quité la ropa, me acosté solo con mi tanga puesta, sin destender la cama y me quedé dormida. Un ruido me despertó; escuché que alguien metía una llave en el cerrojo y abría fácilmente la puerta de mi recámara; empezaba a incorporarme de la cama cuando ya Don Manuel estaba encima de mí aplastándome con su cuerpo y tapándome la boca con una mano, impidiéndome gritar. Como siempre dejo una tenue luz encendida, lo reconocí de inmediato, además de por la apestosa colonia que usa; de inmediato me dijo: “ya me estaba desesperando, las viejas no se dormían, pero con la pastilla que les puse en la cena cayeron; ya estoy aquí para que disfrutemos de nuestro amor mamita”. Yo empecé a agitarme y a golpearlo para que se quitara de encima de mí, pero él no se movía; no supe cómo le hizo, pero mientras con una mano me tapaba la boca, con la otra sacó una cinta de entre sus ropas, con los dientes cortó un trozo y hábilmente me lo colocó en la boca para que no hablara. Luego, mientras yo seguía tratando de empujarlo, él tomó mis manos y las colocó por encima de mi cabeza, tomó otro trozo de cinta y me ató a la cabecera de la cama; se notaba que ya tenía experiencia en ello, pues me sometió con mucha facilidad.

Cuando terminó de atarme, se levantó de la cama, coloco los brazos en jarras viéndome triunfante y me dijo: “vaya que cuestas trabajo putita, pero a mi ninguna se me escapa, pregúntale a quien quieras”, luego empezó a desvestirse mientras yo me agitaba tratando de soltarme las manos, pero la cinta estaba muy bien puesta y todavía me dijo: “no te hagas la difícil puta, que si te duermes desnuda es porque quieres verga, no finjas”.

“¡MMMMMMNNNNNMMMM!” fue lo único que se escuchó de mi boca mientras él ya estaba completamente desnudo.

Con toda calma cerró la puerta de la recámara y prendió la luz; se me quedó viendo morbosamente, recorriendo mi cuerpo con su cochina mirada; luego, mientras me quitaba la tanga me dijo: “estás más buena que las demás, incluso estás más buena que mi hija”. Eso me llamó mucho la atención ¿cómo se expresaba así de su hija? ¿acaso él y su hija…? No, quité ese pensamiento de mi cabeza porque además él ya estaba empezando a acariciar y lamer mi cuerpo desnudo que ya estaba a su merced.

Me agité lo más fuerte, que pude, pataleé y grité: “¡MMMMMMNNNNNGGGGGGGHHHHHH!” tratando de que alguien me escuchara y evitar lo que sucedería, pero nadie me escuchaba, el infeliz viejo fue capaz de drogar a su hija y su esposa para poder abusar de mí. Me di cuenta de que el tipo estaba desquiciado y lo comprobé después con todo lo que me dijo y todo lo que me hizo y todo lo que supe de su cochina vida.

El maldito lamía mis tetas mientras colocaba una mano en mi entrepierna y empezaba a acariciarme el clítoris y los labios de la vagina; di un respingo y él me dijo: “¡quieta perra!, ya sé que te gusta, pero aguanta un poco hasta que yo quiera metértelo, no va a ser tan rápido, al fin tenemos toda la noche”. Me desesperé de saber que no podía hacer nada y comencé a llorar.

El vejete lamía mis senos con veneración, abría la boca y metía mi pezón en ella para luego lengüetearlo, provocando que el mismo pezón se levantara. Al mismo tiempo ya metía un dedo en mi vagina y con el pulgar me acariciaba el clítoris; su otra mano recorría todo mi cuerpo, deteniéndose un poco en las nalgas, las cuales pellizcaba y apretaba.

Lo que me hacía el maldito viejo era peor que solo forzarme, me estaba excitando, tal vez para que luego yo no dijera que me forzó, sino que lo gocé. Mi cuerpo empezó a responder a las caricias, yo no quería, mi mente me decía que estaba mal, pero mi vagina no entendía razones y empezó a lubricarse.

De repente mi suegro dejó de lamerme las tetas y fue bajando con su lengua por mi vientre, hasta que llegó a mi clítoris; empezó a lengüetearlo y me abrió las piernas mientras metía tres dedos en mi vagina ya mojada y con la otra mano me acariciaba las tetas. Yo cada vez me quejaba menos, pero aún trataba de evitar que me tocara el desgraciado.

Luego hizo un cambio, metió su lengua dentro de mi vagina y con un dedo me acariciaba el clítoris; el sentir la humedad de su lengua casi me vuelve loca y apreté la boca para no emitir sonido alguno que demostrara lo rico que estaba sintiendo.

Después de un buen rato de estarme acariciando y lamiendo por todos lados, mi suegro se incorporó y me dijo: “ya estás lista putita, vas a ver cómo te voy a hacer gozar”; yo aún trataba de resistirme, pero mis defensas habían caído por la excitación de mi cuerpo.

Don Manuel se colocó en medio de mis piernas, con una mano guió su pene erecto hasta la entrada de mi vagina y de un solo empujón lo metió hasta el fondo. Me dolió muy poco, mi vagina estaba muy bien lubricada y aceptó sin resistencia el largo pene de mi suegro, que dijo: “¿lo ves?, todo es que no te hagas la santa y aflojes tantito; así los dos la gozaremos y si no le dices nada a mi hijo, seremos felices los tres”. Yo me negaba a escuchar sus palabras, de por sí ya me sentía mal y sucia por haberme excitado con sus malditas caricias y todavía pensar en que estaba engañando a mi novio con su propio padre me hacía sentirme una puerca.

Don Manuel dejó su miembro unos segundos adentro y luego empezó con fuerza el bombeo, adentro y afuera de mi panocha excitada. Empecé a respirar muy profundo y gemí, pero ya no de dolor, sino porque lamentablemente me estaba gustando lo que mi suegro me hacía sentir; mi cuerpo sudaba y se volvió loco, mi mente era un caos, no quería, pero si quería; sabía que el desgraciado me estaba violando, me tenía amarrada y amordazada, pero mi cuerpo empezó a gozar con la penetración y segundos después vino lo inevitable… un tremendo orgasmo maravilloso recorrió mi cuerpo como una descarga de electricidad, haciéndome sentir un placer que nunca antes había sentido, ni con mi marido ni con ninguno de los otros chicos con los que me había acostado.

Grité de placer debajo de la cinta y para mi sorpresa, en ese preciso instante él me la quitó de un jalón, por lo que mis gritos retumbó en toda la recámara: “¡¡¡AAAAAAAAAAHHHHHHHHH, UUUUUUUUHHHHHH, mmmmmmmmhhhh!!!”

Vi la sonrisa de triunfo de mi suegro y cerré los ojos avergonzada, porque el orgasmo fue tan intenso que no pude disimularlo.

Con cara burlona, él me dijo: “¿Ves putilla?, sabía que eres como las demás, les encanta coger con quien sea, no pueden resistirse a su impulso de putear como toda vieja”.

Noté que Don Manuel aún tenía el miembro parado; él se subió a la cama junto a mi cara y me dijo: “¡abre!”; yo le respondí: “¡no, déjeme o grito!”, entonces él me dijo: “¿y para que vas a gritar?, ya aullaste de placer y nadie te oyó, ¡abre la boca puta o te obligo a abrirla!”. No respondí, cerré la boca con fuerza y volteé la cara hacia el lado contrario; entonces él tomó mi pezón con dos dedos y lo retorció, provocándome un intenso dolor que me hizo abrir instintivamente la boca para gritar, en eso, él me tomó del cabello y me obligó a voltear la cara hacia donde estaba su pene y de esa forma lo metió fácilmente y al mismo tiempo me dijo: “ni se te ocurra morderme puta, porque aquí mismo te muelo a golpes y luego te llevo a un tiradero donde nadie sepa que te ocurrió”. Supe que sus amenazas eran en serio, así que me contuve de las ganas de morderlo.

Ya que me tuvo con su miembro hasta el fondo de mi garganta, me tomó con ambas manos de la cabeza y me hizo moverla hacia adelante y atrás, obligándome a mamarle su asqueroso pene. Me tuve que aguantar el asco.

Él cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás y dijo: “¡ah que rico lo mamas puta, de seguro así fue como engatusaste a mi hijo; mamando y cogiendo!”. El solo oír la mención de mi novio me hacía sentir coraje y asco de su marrano padre, pero estaba totalmente sometida y sin posibilidad de detenerlo.

Después de varios minutos de obligarme a chupárselo, mi suegro sacó su miembro, tomó de nuevo la cinta; me colocó una parte sobre la boca y me levantó la cabeza para rodearla con la cinta; dándole varias vueltas, de tal manera que quedé totalmente silenciada, yo quería escupir para sacarme el espantoso sabor de su miembro de mi boca, pero con la cinta puesta ya no pude hacerlo y tuve que aguantarme y tragar parte de su líquido pre-seminal.

Luego él cortó la cinta y me pegó la parte restante de tal manera que no podía emitir sonido alguno.

Después tomó una navaja y cortó la cinta con la que me había atado las manos a la cama; rápidamente me colocó boca abajo y me sostuvo ambas manos, me las colocó en la espalda, cruzando un brazo sobre el otro y aunque yo hacía fuerza para tratar de que me soltara, él me tenía bien agarrada y nada pude hacer. Entonces me los ató con cinta también, dejándome sin posibilidad de soltarme.

Mientras me ataba me dijo: “tú ya disfrutaste, ahora me toca a mí; pero tengo que silenciarte, porque normalmente cuando se las meto por el culo chillan y gritan mucho y no me gusta, además de que no quiero que vayas a despertar a mi vieja, a mi hija o a los vecinos”. Al escuchar eso empecé a patalear y retorcerme como loca, no quería permitir que mi suegro fuera el primero que me cogiera por el culo, pues era virgen de ahí y sabía que era muy doloroso; traté de evitarlo a toda costa; pero él me sometió sentándose sobre mis nalgas y diciéndome: “¡quieta putita, que te lo voy a hacer quieras o no y es mejor que no te resistas porque si lo haces te dolerá más”. Luego se dio a la tarea de atarme los tobillos también con cinta, impidiéndome despegar las piernas.

Una vez que me tuvo totalmente sometida, le fue muy fácil lograr su propósito; solo tuvo que abrirme las nalgas y comenzar a meter su miembro gordo y largo en mi ano virgen.

Al principio le fue muy difícil penetrarme, pues mi culo estaba totalmente seco y muy apretado, entonces él dijo: “¡ay puta, parece que eres virgen del culo porque lo tienes bien apretado! Que pendejo mi hijo que no te ha cogido por ahí, pero mejor para mí porque así yo estreno ese culito delicioso, ahorita vas a ver”. Y diciendo eso se bajó dela cama y abrió el cajón de mi buró; de inmediato encontró un lubricante vaginal que tenía para cuando a Manuel se le dificultaba la penetración; eso me hizo darme cuenta de que el viejo entraba a nuestra recámara continuamente cuando no estábamos.

Mi suegro se subió de nuevo a la cama y puso lubricante en su dedo; dijo: “como de que no, putita, te la meto porque te la meto, aunque te rompa el culo, te tengo que coger por ahí”. Luego sentí como metía su dedo en mi ano y le embarraba el lubricante. Yo permanecía inmóvil, un poco porque me era muy difícil moverme y un poco por haberme paralizado al saber que no me podía defender y que el viejo me violaría por el culo de cualquier manera.

Él sacó su dedo y de nuevo se trepó sobre mis muslos, dijo: “ahora si putita, vas a ver” y entonces empezó a meter su miembro en mi ano ya lubricado.

Poco a poco fue metiendo su gran pene en mí, el lubricante no me disminuyó el dolor que me hizo sentir y como él lo dijo, empecé a chillar y gritar con todas mis fuerzas: “¡MMMMMMMMGGGGGGHHHH!”, a lo que el solo dijo: “¡Ah, que apretado lo tienes putita, como lo voy a gozar; te dije que ibas a gritar mamacita!”.

Yo trataba de rechazarlo apretando el ano, pero no pude hacerlo, cada vez el miembro de mi suegro estaba más adentro; sentía que me partía por la mitad.

De repente se detuvo y me dijo: “apenas va la mitad putita, ponte flojita porque ahí va lo demás”; abrí los ojos desmesuradamente y empecé a rogarle que no lo metiera más: “¡MMMM, NNNNN, MMMM, NNNNN!”, pero él estaba decidido y nada lo iba a detener. Él empujó con fuerza salvaje y de un empellón me metió la parte que faltaba de su miembro, provocándome un dolor y un ardor inmensos, como nunca antes los había sentido; volví a gritar, pero fue inútil.

Mi suegro dejó un momento su miembro metido hasta el fondo de mi culo y me dijo: “todas son iguales, la primera vez se ponen nerviosas y se aprietan, pero después hasta lo piden, si no, pregúntale a Mariana y verás”. No podía creer lo que me dijo, ¿se refería a su hija?, pensé y deseé que se hubiera equivocado y se hubiera referido a Julia, su esposa.

Pero no había tiempo para reflexiones, mi suegro me tenía totalmente empalada por el ano y comenzó a moverse, empezó un mete-saca salvaje, con fuerza cruel, masacrando mi pobre ano que de inmediato sentí como empezó a sangrar. Mis gritos se ahogaban en la cinta que me cubría la boca y Don Manuel solo resoplaba, metiendo y sacando su asqueroso miembro de mí.

Mi suegro estaba encima de mí, me jaló del cabello hacia atrás, haciéndome arquear la espalda y me dijo al oído: “Me está gustando mucho tu culo apretado puta, quiero que me lo reserves siempre para mí; no se lo des a nadie más, ni siquiera a mi hijo porque es solo mío, ¿oíste?” y me soltó del cabello; como yo no respondí nada, él, sin dejar de meterme y sacarme con fuerza su pene del culo, me volvió a jalar del cabello y me dijo: “¡te hice una pregunta, puta estúpida, contéstame!”; moví la cabeza asintiendo, no podía hacer otra cosa.

Mi suegro siguió violándome por el culo sin piedad, sin importarle que yo todo el tiempo estuve llorando y quejándome del tremendo dolor insoportable que me causaba.

Después de mucho tiempo en que me tuvo sometida, inmóvil y violándome por el culo, por fin mi suegro terminó; tuvo una tremenda venida dentro de mí; sentí como su semen entraba a chorros en mi intestino; nada pude hacer para evitarlo, él seguía encima de mí, aplastándome con su pesado cuerpo, además de las ataduras que me había colocado.

Don Manuel sacó su pene flácido y descansó unos segundos encima de mí, luego se incorporó, me volteó boca arriba y mientras se vestía me dijo: “muy bien puta, de verdad que estás muy sabrosa; creo que no es necesario lo que te voy a advertir, pero de todos modos te lo voy a decir para que no te queden dudas: No quiero que nadie sepa de lo nuestro, ni se te ocurra decírselo a mi hijo porque te juro que los corro de mi casa y a Manuel del trabajo y verás cómo ninguno de los dos consigue trabajo en esta ciudad; tu tranquila, que mientras estés conmigo y no hables, yo te protegeré y te irá bien, ¿entendido?”. Asustada, solo atiné a mover la cabeza afirmativamente, aunque los pensamientos se agolpaban en mi cabeza: ¿lo nuestro?, ¿me iba a proteger?, ¿de quién, si el era el que me empezaba a hacer la vida imposible? Dejé de pensar cuando mi suegro empezó a cortar la cinta que me ataba los tobillos y las manos; luego me quitó la cinta de la boca, tomó todo y se fue de mi recámara no sin antes decirme de nuevo: “Ya sabes, ni una palabra putita y no se te olvide reservarme ese culito, que ya tiene dueño”.

Me quedé desnuda, desmadejada, adolorida y asustada; lloré en silencio toda la noche, no supe a qué hora me dormí.

Eso fue el principio de mi vida de pesadilla, en relatos posteriores contaré todo lo que me ha hecho mi suegro y como he ido descubriendo cosas impactantes de esa familia.

El día posterior a la tremenda violación a la que fui sometida por Don Manuel, no podía ni levantarme, estaba molida, todo el cuerpo me dolía terriblemente, pero sobre todo el culo; para mi fortuna, era sábado y fue también el día que mi novio Manuel regresó de su viaje.

Intenté comportarme como lo hacía normalmente los días anteriores a que iniciaran los abusos de mi suegro; me fue muy difícil, pero creo que lo disimulé bastante bien, pues ni mi novio, ni mi cuñada ni mi suegra me dijeron nada.

Pasaron dos semanas en las que, para mi fortuna,Manuel no tuvo que viajar; el problema es que él llegó hambriento de sexo y todas las noches lo hicimos; pero algo en mí había cambiado; aunque aún disfrutaba el sexo con mi novio, ya no era lo mismo; me sentía sucia y perversa por haber estado con mi suegro; aunque sabía que no era mi culpa, no podía quitarme de la cabeza lo que me hizo y lo que disfruté también.

Varias veces intenté armarme de valor y decírselo a Manuel, pero no pude, algo me lo impidió; tal vez fueron las amenazas de mi suegro.

Durante esas dos semanas mi suegro se comportó relativamente bien, excepto un par de nalgadas cuando nadie nos veía y una vez que me dijo al oído: “tengo ganas de cogerte de nuevo por el culo, mamazota”, me aguanté el coraje; afortunadamente no pasó nada más.

Lamentablemente un día Manuel llegó con la noticia de que tendría que salir de nuevo de viaje y que esta vez tardaría una o dos semanas en regresar. Con tristeza y miedo lo vi partir a su viaje de trabajo. Era viernes y faltaba mucho para su regreso.

El maldito de mi suegro no dejó pasar ni un día; el mismo día que su hijo se fue, al llegar yo del trabajo en la tarde vi que no había nadie en casa, o al menos eso creía; me fui casi corriendo a mí recámara, esperando encerrarme y no ver al viejo; pero él ya estaba dentro de la recámara, sentado en mi cama, con el miembro de fuera, masturbándose mientras veía una película porno en mi TV.

Enojada le reclamé: “¡Oiga!, ¿Qué hace aquí? ¡Lárguese a hacer sus porquerías a otro lado!”. Entonces él, con toda calma, sin moverse de la cama y sin dejar de masturbarse me dijo: “¡Hey! Tranquila putita; no te hagas la inocente, que bien que te gustó lo que hicimos el otro día”.

“¡No, no me gustó y le exijo que salga de mi habitación o le contaré lo que me ha hecho a su esposa y a su hija!”.

Don Manuel apagó el televisor, rápidamente se levantó y de un salto llegó junto a mí; colocó una mano en mi nuca y me tomó del cabello con fuerza; puso su cara frente a la mía y me gritó: “¡Tu no exiges nada puta sucia barata, aquí el que manda soy yo!, ¿acaso ya se te olvidó que si te niegas te puedo destruir la vida?; mi hijo se consigue otra puta como tú en dos segundos, piruja, pero tu terminarías en un basurero mamándole la verga a los pinches pepenadores, pendeja”.

Al mismo tiempo que hablaba me obligó a hincarme y colocó su gran pene frente a mi cara, entonces me dijo: “¡empieza a mamar si no quieres que te maltrate y luego convierta tu miserable vida en un infierno!”. Asustada por sus palabras, pero asqueada, abrí la boca y empecé a chupar el enorme falo erecto que se me presentaba enfrente, con la esperanza de que se viniera en mi boca y con ello terminara satisfecho y me dejara en paz el maldito viejo.

Él colocó ambas manos sobre mi cabeza y me humilló haciendo que le chupara su miembro durante un buen rato en el que repetía: “¡aaaahhhh siiiii, puta, sigue mamando, sigue mamando, que rico chupas puta, que rico lo chupaaaaaaassssss!” y diciendo esto, sentí como descargaba grandes chorros de semen dentro de mi boca; él me sostuvo la cabeza contra su cuerpo, obligándome a tragar casi toda su leche, era tanta que escurría por la comisura de mis labios; yo sentía que me ahogaba de tanto líquido que entraba en mi garganta e intentaba empujarlo con ambas manos, pero no lo logré; él me tenía bien agarrada del cabello y solo me soltó cuando terminó de vaciarse en mi boca.

Caí con las manos al piso, tosiendo y con ganas de vomitar; el asqueroso y viscoso semen escurría de mi boca al suelo; me sentí humillada, pero contenta de que el maldito de mi suegro me dejara; pero nada más lejano de la realidad; apenas recuperé el aliento, mi suegro me dijo: “¡muy bien puta, como no quieres cooperar, esto tendrá que ser por la mala, lo siento por ti, porque en vez de gozar, vas a sufrir, pero mientras yo goce, me vale madres lo que tu sientas!” y diciendo eso, me tomó de nuevo del cabello y me obligó a levantarme; luego prácticamente me arrojó sobre la cama y se subió en mí; empezó a jalonearme la blusa como queriendo arrancármela; yo trataba de sujetarle las manos y gritaba desesperada: “¡No, no, suélteme maldito violador, deténgase o esta vez sí lo denuncio!”; no sé cómo, pero alcancé rasguñarle un brazo y eso fue lo peor; pues en cuanto lo sintió, vio la herida y me dijo: “¡maldita perra, ahora si me la vas a pagar!”; luego sentí dos fuertes golpes en el estómago que me hicieron retorcerme de dolor y mientras yo me retorcía y me quejaba, él me arrancó la blusa desgarrándola, también me quitó la falda y luego procedió a arrancarme la tanga; yo trataba de defenderme, pero sus golpes me habían dejado sin aliento.

Cuando me tuvo solo con el sostén y las medias puestas, me hizo voltearme boca abajo, me tomó el brazo derecho y comenzó a amarrarlo a una cuerda que ya estaba en la cabecera de la cama; apenas en ese momento me di cuenta de que él ya tenía preparados los amarres, pues no estaban en la mañana, cuando yo me fui a trabajar.

Traté de golpearlo con mi otra mano, pero aún no me recuperaba del todo y no alcanzaba a asestarle buenos golpes; fue fácil para él terminar de amarrarme esa mano y pasar por encima de mí para amarrarme la otra, dejando mis brazos abiertos muy lejos el uno del otro; luego tomó mi pierna izquierda y procedió a amarrar mi tobillo también a la cama; empecé a patalear sin ningún resultado más que él, entre resoplido y resoplido me dijera: “sigues de necia rejega pinche puta estúpida, pero te voy a domar y luego serás mansita, vas a ver”.

También me ató la pierna derecha, dejándome boca abajo con los brazos y las piernas abiertas en forma de “X”; después me metió mi propia tanga en la boca y me amordazó con cinta encima de ella, dándole otra vez varias vueltas a mi cabeza con la cinta, impidiéndome gritar y dejándome a su total antojo para hacerme lo que quisiera.

Luego, ya con más calma, me desabrochó el sostén, cortó los tirantes del mismo y lo sacó, dejándome únicamente con las medias puestas. Ya estaba yo temerosa y segura de que enseguida me iba a violar, pero no fue así, al terminar su trabajo, mi suegro me dijo jadeando: “bueno puta, ya estás lista, deja que me recupere y regreso para pasar un buen rato contigo… ¡ah! Y si te preguntas donde están Julia y Mariana, no te preocupes por ellas, fueron a visitar a mi suegra, que está enferma y no regresarán en varios días, así que tenemos mucho tiempo para demostrarnos nuestro amor y gozar de mucho sexo”. Me di cuenta de que el infame viejo me tendría para él cuando menos el fin de semana, pues no tendríamos que ir a trabajar y estábamos solos en la casa él y yo. Con razón al maldito ni siquiera la había preocupado cerrar la puerta de la habitación. Comencé a llorar de desesperación.

Don Manuel salió de la recámara y escuché como prendía el televisor de la sala, me pareció que se tomaba una cerveza o algo refrescante y unos segundos después escuché sus ronquidos provenientes de la sala.

Trataba de soltarme moviendo los brazos y las piernas, pero los nudos que él hacía eran muy difíciles de deshacer; me fue imposible lograrlo, solo me agoté intentándolo.

No supe cuánto tiempo pasó, pero lo escuché incorporarse y empecé a temblar, sus pasos se aceraron a la habitación despacio, volteé y pude verlo contra el marco de la puerta, me di cuenta de que estaba totalmente desnudo. Él se paró junto a la cama donde me tenía atada y me dijo: “¡ah puta, de verdad que estás muy buena, una puta mejor no pudo conseguir mi hijo, las otras no estaban tan sabrosas como tú; que bueno que yo te atiendo cuando él no está!”. Luego se subió a la cama y colocando su pene en la entrada de mi ano dijo: “muy bien puta, prepárate para lo bueno” y empezó a penetrarme lentamente por el culo; me dolió tanto que grité con todas mis fuerzas, pero la mordaza impidió que algo se escuchara: “¡MMMMMFFFFF, MMMMMMFFFF!”. Mi suegro dijo: “esta vez será sin lubricante puta estúpida, más te valía no haberme rechazado y menos rasguñado”. Y siguió empujando, metiendo despacio su pene en mi pobre culo cerrado; yo agitaba brazos y piernas y abría y cerraba los ojos, tratando de despertar de aquella pesadilla y tratando de aguantar el dolor, pero era insoportable, sentía que me estaba metiendo un fierro caliente en mi pobre ano y me solté llorando.

Don Manuel siguió metiéndolo hasta el fondo; una vez que me empaló totalmente, se quedó quieto y me dijo al oído: “como me gustaría quedarme aquí adentro de ti siempre putita y que toda la vida trajeras mi verga dentro de ti para que los dos la gozáramos más”. Lo único que lograba con sus malditos comentarios era hacerme sentir enojada y más humillada.

Luego él empezó a sacar muy despacio su pene, hasta que lo sacó totalmente, me dijo: “tu culo es para gozarlo con calma, sin prisas, saborearlo despacio, tomándose su tiempo y es lo que voy a hacer putita, y si quieres apriétalo, me gusta más como me muerde la verga”. Esperó unos segundos y luego volvió a meter su miembro despacio, provocándome de nuevo el mimo dolor que antes, pues mi ano ya se estaba cerrando por los segundos transcurridos desde que él sacó su pene.

De nuevo lo metió hasta el fondo y yo apreté el ano, tratando de rechazarlo, pero eso él lo gozaba más, pues me decía: “¡ah, así putita, así, aprieta el culo, muérdeme la verga cabrona, que bien lo haces!” Otra vez se quedó quieto al terminar de meter todo su pene y de nuevo procedió a sacarlo despacio.

Así continuó durante largo tiempo, sacando y metiendo su miembro lentamente, creo que lo hacía a propósito, para que mi ano se cerrara y cuando él lo metiera, estuviera apretadito y él gozarlo más y que a mí me doliera todo el tiempo, así mismo, esto le ayudaba para no venirse rápido. Fueron minutos de largo sufrimiento para mí.

En uno de esos momentos, en que él me tenía empalada por completo, sonó mi celular; mi suegro, sin salirse de mí, alcanzó mi bolsa y buscó dentro de ella y sacó mi teléfono, no sin antes decir: “eres igual que todas las viejas, traen un desmadre en la bolsa y no encuentran nada”; luego vio que el que llamaba era Manuel y dijo: “ah es el cornudo de mi hijo, espera, no hagas ruido” y contestó el teléfono: “Bueno… hola hijo… ah sí, es que se metió a bañar y dejó su teléfono aquí en la sala, pero ahorita que salga le digo que te llame… ah bueno, está bien, si, yo le digo que te le llamaste… ¿entonces tú le llamas mañana?… ah está bien, yo le digo que no te llame, que tu llamas mañana… ¿agitado?, no, ¡ah!, es que estaba lejos y vine corriendo a contestar, no te preocupes hijo, de acuerdo… hasta luego”. Y el desgraciado de mi suegro colgó y sin sacar aún su pene me dijo: “que dice mi hijo que hoy no lo vayas a estar chingando, que él te llama mañana; jajaja, ese cabrón ya se ha de haber ligado a otra puta como tú y por eso no quiere que le hables, de seguro ahorita va a coger toda la noche; pero no importa, mientras él te pone el cuerno, tú se lo pones conmigo, jajaja”. Y luego continuó cogiéndome por el culo lenta, pero despiadadamente.

Por fin, después de no sé cuánto tiempo, él se vino dentro de mi culo, llenándome las entrañas con su leche. Aunque me dolía el culo y otra vez me sentí humillada, me alivió pensar que terminaba y que me dejaría en paz, cuando menos hasta el día siguiente.

Pero me equivoqué; el viejo tenía otros planes; cuando terminó, se levantó y me dijo: “Como no fuiste cooperativa, te voy a tener que castigar, para que aprendas a no negarte conmigo; tu castigo será quedarte como estás hasta que me supliques y se me dé la gana soltarte. Y diciendo esto, se fue caminando y salió de la recámara; de nada sirvieron mis gritos desesperados que se acallaban por la mordaza: “¡MMMMMMNNNNNFFFFFF, MMMMMMMNNNNFFFF!”, yo realmente ya estaba suplicando que no me dejara así, que me soltara por favor.

El tiempo transcurría lento, yo sentía adormecidos los brazos y las piernas; el culo me dolía horriblemente, así como la espalda.

Poco después empezó a darme hambre y muchas ganas de orinar; me agité en la cama y grité, pero no se oía nada, no sabía en donde estaba mi suegro; no se escuchaba ningún ruido en la casa. Tuve que dejar de moverme, porque la orina amenazaba con salir y no quería hacerme en la cama, ni siquiera podía cerrar las piernas para tratar de aguantarme.

El sufrimiento era inmenso, no podía aguantarme, gritaba como loca: “¡MMMMMMFFFFFF, GGGGGGGHHHHH, PPPPPFFFFFMMMMMVVV!” y trataba de no moverme para no orinarme; aguanté lo más que pude, pero al final la necesidad fue más grande y sin poderlo evitar, me oriné.

Sentí una gran satisfacción al poder sacar la orina, pero también una gran vergüenza por no haberme podido aguantar. Después de eso, aunque tenía un hambre atroz, me quedé dormida.

Una cubetada de agua fría en la espalda me despertó; en un principio no sabía que sucedía, pero rápidamente me di cuenta que era mi suegro el que me despertaba de esa manera tan cruel. El viejo estaba fúrico; me gritó: ¡Maldita puerca, te miaste en la cama, marrana; aparte de ser una puta eres una cochina que no puede aguantarse, nada más eso me faltaba, cerda, ahora verás!” y mientras me decía eso, sentí el primer cinturonazo en mis nalgas; me quejé del tremendo dolor que me hizo sentir el infeliz: “¡MMMMMMMMGGGGGGHHHHHH!” y él me dijo: “¡cállate marrana, ni te quejes que apenas empiezo; te voy a enseñar lo que les hago a las putas puercas como tú!” y soltó el siguiente golpe; volví a quejarme y comencé a llorar, pero de nada valió, el continuó pegándome con su cinturón en las nalgas. Aparte del dolor sentí enojo al pensar que ni siquiera mis padres me habían pegado con un cinturón y ahora el desgraciado de mi suegro lo hacía castigándome por algo que él mismo provocó.

Uno tras otro siguieron los cinturonazos en mis adoloridas nalgas, no los conté, pero creo que fueron más de cincuenta, algunos dieron en mi espalda o en mis piernas. Don Manuel bufaba, no sé si de enojo o de cansancio, todo el tiempo me estuvo diciendo que no admitiría porquerías en su casa, que aprendiera a controlarme o me castigaría cada vez que hiciera cualquier “marranada”.

De repente los golpes se detuvieron; yo lloraba desconsoladamente; entonces mi suegro se subió a la cama, se acomodó entre mis piernas abiertas y colocando su pene en la entrada de mi culo me dijo: “¡pinche puta, me has hecho excitarme, tendré que darte la verga de nuevo, como a ti te gusta, por el culo!”. Quise gritar: “¡No, no, no lo haga, me duele mucho!”, pero solo se escuchó: “¡Mmmmmjjjjmmmm, mmmmmjmmmm, mmmmfffff!”, y peor fue cuando empezó la penetración; mi culo estaba molido por los golpes con el cinturón y el dolor era aún más inmenso que el que había sentido las ocasiones anteriores en que el infeliz me había violado por el ano.

Mi suegro me penetró de manera salvaje, con fuerza, metió su miembro hasta el fondo de mi adolorido y ensangrentado ano, haciéndome chillar del tremendo dolor y ardor que me hizo sentir; mientras lo hacía, me dijo: “¡no te quejes puta marrana, tú te lo has ganado, a ver si así aprendes a controlarte!”. Afortunadamente fue poco el tiempo que duró, al hacerlo rápido, en unos cuantos minutos el viejo se vino dentro de mi culo, haciéndome sentir de nuevo la humillación de que su semen entrara en mí; pero el dolor que me hizo sentir fue cien veces mayor que antes.

Luego Don Manuel empezó a desatarme los pies y las manos; cortó la cinta que me amordazaba y mientras lo hacía me dijo: “me das asco cerda; quiero que te metas a bañar para que te quites el asqueroso olor a orines que tienes, puta, y cuando salgas vas a lavar toda la ropa de cama que ensuciaste con tus asquerosidades, no te voy a permitir que mancilles así la cama de mi hijo, ¿entendiste puerca?”.

Anonadada por las palabras de mi suegro, solo atiné a mover la cabeza en modo afirmativo; no me atreví a decirle lo que estaba pensando: ¿cómo me decía que había “mancillado” la cama de su hijo, si ahí mismo era donde el me violaba repetidamente?, ¿por qué si yo le daba asco volvió a penetrarme?, ¿Por qué me había castigado si el culpable de que me orinara realmente había sido él al dejarme sola y atada y largarse?

Pero como siempre, mis pensamientos eran lo que menos importaba en ese lugar y menos con mi suegro, que se sentía mi dueño, y en cierta forma, lo era.

No me quedó más que obedecer, me metí a bañar con todo el dolor que sentía; me era casi imposible pasarme la suave esponja por mis adoloridas nalgas que habían sangrado por el castigo; como pude me bañé y salí en sandalias y envuelta en una toalla. Mi suegro seguía en mi recamara y le pedí que se saliera para vestirme; él se rió y me dijo: “no seas estúpida, si ya te ha visto todo y hemos hecho de todo, ¿para qué quieres que me salga?”; estaba yo por contestarle, pero no me dejó, continuó hablando: “además, no quiero que te vistas, vas a lavar la ropa de cama desnuda”; “¿quéeeee?”, repelé, “¿está loco?, ¡claro que no lo haré!”. Entonces a Don Manuel se le puso muy roja la cara, se levantó de un salto de la cama y con una agilidad no muy normal para alguien de su edad, llegó hasta mí y con su mano derecha me tomó el cuello, me empujó hasta la pared y levantándome hasta su altura me gritó: “¡Con una chingada, pinche puta de mierda; entiende que aquí el que manda soy yo, no puedes contradecirme ni negarme nada, puta infeliz!”. Su mirada encendida y la fuerza desmedida con la que me sostenía el cuello me dio miedo; mis pies no tocaban el suelo y ya sentía que me ahorcaba y con ambas manos intenté quitar la suya de mi cuello. En ese momento me di cuenta de que mi vida estaba perdida en ese lugar.

El siguió apretando mi cuello, sentí como me faltaba el aire y se me desorbitaban los ojos, quise patearlo, pero no pude y cuando creí que me iba a morir, me soltó y caí al piso tosiendo y jalando aire desesperadamente.

Con aire de superioridad, parado ante mí el viejo me dijo: “espero que ya estés aprendiendo quien manda sobre tu miserable vida, puta, ¿entiendes?”; yo dije tratando de jalar aire: “si, si, lo que usted diga”, con tal de que ya no me lastimara más.

La toalla con la que me había envuelto había caído al piso, por lo que me encontraba totalmente desnuda; mi suegro me tomó del cabello y me hizo levantarme; empujándome hacia la cama me dijo: “¡pues anda puta, a lavar tus cochinadas!”.

Adolorida, humillada y sobajada, miré el reloj: Las 3:26 a.m. tomé la sucia ropa de cama y me encaminé al cuarto de lavado que se encuentra al fondo de la casa de mis suegros. No vi a mi suegro a la cara, no quise ver su rostro lujurioso al verme caminar desnuda. Noté que me seguía de cerca.

Iba a meter la ropa a la lavadora cuando mi suegro me dijo: “no, lávala a mano en el lavadero”. Suspiré hondo y comencé a lavar sin negarme; no quería algún nuevo castigo de parte del viejo.

El cuarto de lavado es muy frío, por lo que empecé a temblar y noté como mis pezones se endurecían por el mismo frío; el agua también estaba fría, por lo que decidí apurarme; la cobija estaba sucia de orines, sangre y semen. Me dio asco, pero tuve que lavarlo, pues notaba la mirada de mi suegro vigilándome.

Apenas llevaba un par de minutos lavando, cuando sentí que mi suegro me tocaba las nalgas; tragué saliva y me contuve las ganas de darle una bofetada. Él me dijo al oído mientras me seguía acariciando con una mano las nalgas: “¡ah mamacita, que rica estás puta!; cuídame este culo, no me obligues a maltratarlo, porque está muy bonito, me encanta; está mejor que el de mi vieja y que el de mi hija y quiero saborearlo muchos años. No me hagas enojar para no pegarle de nuevo”. Luego él de agachó y entonces sentí algo en mis nalgas, volteé y vi que él me estaba poniendo una pomada en ellas; me ardió y respingué un poco, pero le me dijo: “tranquila, quieta, esto te va a curar, tu sigue lavando mamacita”. Seguí lavando mientras él me “curaba” de sus propios golpes.

Después de que terminó de ponerme el ungüento, Don Manuel se levantó, colocó una mano en mi clítoris y otra en los senos y empezó a moverlas, acariciándome ambas partes; seguí lavando, tratando de no reaccionar a las caricias del viejo; pero él es muy hábil con sus dedos y a los pocos segundos logró excitarme; seguí lavando, pero comencé a suspirar por el placer que sentía gracias a las manos de mi suegro. De repente él me hizo voltearme y quedamos frente a frente; él seguía tocándome el clítoris y empezó a lamerme los senos. Yo cerré los ojos, me mojé los labios con la lengua y me abandoné a las caricias de Don Manuel.

Mi suegro estuvo lamiendo mis senos un buen rato, luego dejó una mano acariciándomelos mientras con su lengua bajaba por todo mi vientre, pasando su lengua por todo, hasta llegar a mi clítoris; entonces su lengua sustituyó al dedo que jugaba ahí, el cual él metió en mi vagina que ya se encontraba muy húmeda. Don Manuel se dio tiempo de decir: “no sé porque a veces te resistes puta, si bien que te gusta como cogemos”. Yo tenía las manos atrás de mí, recargada en el lavadero y al escucharlo apreté los puños, pensando que él me obligaba, pero que lo que me estaba haciendo en ese momento si me estaba gustando y demasiado. Incluso me descubrí comparándolo con su hijo y me di cuenta de que el viejo lo hacía mejor que mi novio.

Ya no era un dedo el que entraba en mi vagina, eran tres, su estaba lengua en mi clítoris y su otra mano en mi pezón, jugando con dos dedos con él.

Yo pasaba salva, sudaba con los ojos cerrados, dejando a mi suegro hacer lo que quería con mi cuerpo; de repente, él metió su lengua en mi vagina, el clítoris lo acarició con un dedo y comenzó a meter otro dedo en el ano; me tapé la boca con una mano para no gritar del tremendo placer que estaba sintiendo e involuntariamente me empecé a acariciar los senos con mi mano libre.

Unos segundos después llegó lo inevitable: un orgasmo gigante, que me recorrió todo el cuerpo y me cimbró de los pies a la cabeza; gracias a que me tapé le boca, los vecinos no oyeron mis gemidos de placer: “¡mmmmmmmhhhhh, mmmmmmhhhhh!”; el que si se dio cuenta fue mi suegro, pues además de los mencionados gemidos, apreté su cabeza con mis piernas.

Creí que jamás acabaría, el orgasmo fue larguísimo e intensísimo; sentía tanto placer en mi cuerpo, que no quería parar; pero después de unos minutos, se detuvo, dejándome exhausta.

Don Manuel se levantó y tomándome de las nalgas me recargó en el lavadero; me levantó una pierna sosteniéndola con un brazo debajo de ella; me quejé un poco por el dolor que aún sentía en la cola; pero no con fuerza; entonces mi suegro me penetró por la vía vaginal con fuerza, metiendo su miembro hasta el fondo y diciéndome: “¿ya ves putita?, si bien que te gusta; conmigo puedes lograr grandes momentos de placer como éste y la podemos pasar muy bien, pero no te me vuelvas a negar porque entonces el placer será solo mío y tu solo sufrirás”; y comenzó un mete-saca violento, sosteniéndome la pierna levantada y acariciándome las tetas con la otra mano. Yo estaba recargada en el lavadero y con una pierna en el piso. Estaba tan mojada que esta vez no sentí ningún dolor, por el contrario, aún sentía el placer del orgasmo que me había hecho sentir Don Manuel y eso le ayudó a penetrarme sin problema. Él me besó en el cuello y cerré los ojos tratando de apartar de mi mente que el que me cogía era mi suegro.

A los poco minutos me vine otra vez, de nuevo el placer que recorrió mi cuerpo fue grandioso, fenomenal. Al mismo tiempo, mi suegro se vino sin sacar su pene de mí; mientras me besaba en la boca, por ello nuestros gemidos de placer solo los escuchamos nosotros; quise apartar mi boca, pero el placer pudo más y correspondí el beso, jugueteando con la lengua de Don Manuel, tomándolo de la nuca y pegando su cuerpo al mío.

En ese momento me olvidé que era mi suegro, que me había maltratado y golpeado y que prácticamente me estaba convirtiendo en su amante, esclava sexual o puta particular. No, en ese momento Don Manuel se convirtió en el hombre que más placer me había proporcionado en la vida; ni su hijo me había hecho vibrar como él.

Ambos terminamos y él sacó su pene flácido de mí; estábamos sudorosos y agitados. Nos vimos a los ojos, yo no dije nada, él solo me ordenó: “termina de lavar eso y vienes”; sin decir más, él se fue hacia su recámara. Me quedé con el placer obtenido y seguí lavando las sucias sábanas.

Terminé de lavar y metí la ropa de cama a la secadora, una vez que estuvo lista, la tomé y me encaminé hacia mi recámara; al pasar por enfrente de la habitación de mi suegro lo escuché roncar, su puerta estaba abierta, así que lo vi tirado en su cama desnudo, con una venda manchada en el brazo que le había rasguñado; pero él dormía plácidamente, como si tuviera la mene más tranquila del mundo. Me fui a mi recámara, me puse un short y una camiseta para dormir; coloqué las sábanas y la colcha y salí a la cocina para comer algo, pues me mataba el hambre. Me preparé algo rápido y comí a toda prisa, tratando de no hacer ruido para no despertar al viejo; en cuanto terminé me fui a mi recámara en silencio; me acosté y estuve pensando en lo que había sucedido y me sentí culpable del placer que sentí al hacerlo con mi suegro; me sentí una sucia traicionera mentirosa y lloré al darme cuenta de que estaba cayendo en la red de Don Manuel, él quería hacerme su puta; pero no lo iba a dejar, a partir del día siguiente no le iba yo a permitir volverme a tocar. Pensando en eso me quedé dormida, estaba muy cansada. No sabía que todavía me faltaba mucho por conocer del infeliz de mi suegro.