Capítulo 5
- Santiago y Lautaro I
- Santiago y Lautaro II
- Santiago y Lautaro III
- Santiago y Lautaro IV
- Santiago y Lautaro V
Lautaro: (En voz baja, con los ojos llenos de lágrimas de impotencia) — Romi… mirame, por favor. Sé que me odiás. Sé que sentís que te usé de escudo para cubrir la mierda de mi amigo, y tenés razón. Fui un imbécil. —
Romina: (Sin mirarlo, con la mandíbula apretada y la vista fija en Federico) — Sos peor que eso, Lautaro. Sos un cómplice. Me trajiste acá, a la casa de un tipo que engañaba a su mujer, sabiendo que yo soy policía, sabiendo que mi vida es la verdad. Me expusiste a esto. —
Lautaro: — Perdoname, te lo ruego… No sabía cómo salir de esa mentira. Pensé que protegía a un hermano, pero terminé destruyendo lo único real que tenía, que eras vos. No hagas lo mismo que Viviana, no te rebajes por mi culpa… no dejes que este enfermo te ponga una mano encima. —
Romina: (Girando la cabeza para clavarlo con la mirada) —No te confundas, Lautaro. Yo no lo hago por despecho, ni por vos. Lo hago porque soy la única acá que tiene los ovarios para terminar con esto. Tu perdón no me sirve de nada ahora. Guardatelo para cuando estemos muertos o en una celda. —
Federico sintió que la tensión en su cuerpo llegaba al punto de no retorno. Con el dedo aún hundido profundamente y las estocadas volviéndose frenéticas, sujetó a Viviana de las caderas con una fuerza brutal, clavando sus dedos en la carne de ella.
—¡¡TOMÁ, CORNUDO!! ¡¡MIRÁ CÓMO SE LA LLENO!! —rugió Federico con la voz quebrada por el esfuerzo.
En un espasmo violento, Federico se tensó y le acabó adentro a Viviana, descargando todo su odio y su deseo en una serie de chorros calientes que ella recibió arqueando la espalda y soltando un grito que pareció quebrar los vidrios del living.
—¡¡AAHHH-GGH!! ¡¡SÍ… TODA, FEDERICO, TODA!! —chillaba Viviana, mientras sentía la calidez de la descarga inundándola, cerrando los ojos para saborear la traición final contra su marido—. ¡Ngh… mmmgh!
El cuerpo de Federico se sacudió una última vez antes de quedar pesado sobre ella. El silencio que siguió fue sepulcral, solo interrumpido por el sonido de la respiración agitada de ambos y el goteo de los fluidos sobre la alfombra. Federico se separó lentamente, dejando que Viviana cayera sobre el suelo, exhausta y con el vestido rojo hecho jirones.
Federico sonrió. Cuando terminó con Viviana, se limpio y se dirigió a Romina. —Ahora es tu turno, zorra —dijo acercándose. Ella no se resistió. la desato. —Ahora disfrutalo vos, Lautaro —le dijo ella con odio—. Esto te pasa por mentirme.
Federico la tomó del brazo, le saco lo precintos y la llevo hacia la escalera señorial que subía al lateral derecho del living. Quería que estuvieran elevados, como en un escenario, para que Lautaro y lo demás no pudiera evitar ni un solo detalle desde su posición en el suelo.
Federico, todavía con el rastro del sudor de Viviana en la piel, tomó a Romina del brazo. Ella no puso resistencia; sus ojos miel estaban fijos en Lautaro con un desprecio que quemaba más que cualquier insulto. Federico la arrastró lentamente hacia la escalera lateral que dominaba el flanco derecho del living.
Al llegar al primer escalón, Federico la acorraló contra la pared. Romina, en lugar de esquivarlo, lo tomó del cuello y lo atrajo hacia ella, iniciando un beso voraz y profundo. Era un beso cargado de veneno, húmedo y ruidoso: ¡Mmm-muack… sss-ah!. Lautaro, atado a pocos metros, veía cómo las lenguas de ambos se entrelazaban en una danza de despecho puro.
—Mirá, mecánico —susurró Romina entre besos, con la respiración entrecortada—. Mirá cómo se siente un beso de verdad, sin secretos.
Federico soltó un gruñido de sorpresa ante la iniciativa de la oficial. Romina bajó una de sus manos con lentitud tortuosa, rozando el abdomen de Federico hasta llegar a su miembro, que empezaba a relajarse tras el esfuerzo anterior. Con una técnica experta y rítmica, empezó a masturbarlo, moviendo su mano de arriba abajo con una presión firme.
· ¡Schlop, schlop, schlop! —el sonido de la lubricación y el roce de su mano contra la carne empezó a llenar el rincón de la escalera.
· ¡Mmmgh… eso, oficial! —jadeó Federico, cerrando los ojos mientras sentía cómo su miembro volvía a ganar dureza bajo los dedos de ella—. ¡Qué bien que la movés!
· —¿Te gusta, Federico? —le preguntó Romina con una sonrisa maliciosa, acelerando el ritmo mientras lo miraba a los ojos—. ¿Sentís cómo late? Esto es lo que se perdía Lautaro por ser un cobarde.
Federico sentía que la sangre le hervía de nuevo. Bajo el trabajo constante de la mano de Romina, su miembro se puso completamente erecto y palpitante, golpeando contra el vientre de la oficial. Ella lo sujetó de la base, apretando con fuerza para asegurar que la erección fuera máxima, y le dedicó una última mirada de odio a un Lautaro que ya no podía ni sostenerle la vista.
—Ya estás listo, pibe… —susurró ella, soltándolo para empezar a desabrocharse lo que quedaba de su uniforme—. Ahora terminá de hacerme tuya frente a este despojo.
Federico, con la respiración agitada y los ojos fijos en la oficial, la vio subir un par de escalones, girarse y apoyarse en el pasamanos. Con un movimiento decidido, Romina terminó de deshacerse de su pantalón, dejándolo caer a sus pies. Luego, con una lentitud que era pura provocación, se inclinó hacia adelante, arqueando la espalda, y le puso la cola directamente en la cara de Federico.
El rostro de Federico, que hasta ese momento había sido una máscara de crueldad, mostró un atisbo de sorpresa. La entrega de Romina era absoluta, casi violenta.
—¡Mmmgh! —gruñó Federico, hundiendo el rostro entre las nalgas firmes y blancas de Romina. El contraste de su piel morena contra la blancura de ella era impactante.
—¿Sorprendido, pendejo? —siseó Romina con una voz ronca de excitación y despecho, mirando de reojo a un Lautaro que ya no podía ni levantar la cabeza—. ¡Mirá lo que te perdiste, Lautaro! ¡Esto es una mujer de verdad!
Federico no esperó más. Empezó a lamer la piel de sus nalgas con un hambre desesperada, dejando un rastro húmedo que brillaba bajo la tenue luz del living. —¡Slurp, slurp, mmmh! —el sonido de la lengua de Federico era obsceno, llenando el espacio mientras él exploraba cada centímetro.
Viviana, desde su posición en el suelo, soltó una risita amarga. Santiago, por su parte, seguía en su propio infierno personal.
Federico subió una de sus manos y empezó a manosear la cola de Romina, apretando con fuerza la carne, abriendo los glúteos para tener mejor acceso. Romina soltó un jadeo.
—¡Ahhh… sí, Federico! —gemía ella, moviendo las caderas hacia atrás, buscando más contacto—. ¡Mmmgh! ¡Me estás volviendo loca! ¡Chupame bien!
Federico obedeció. Abrió la boca y empezó a succionar el ano de Romina con una intensidad feroz, usando su lengua para hurgar y saborear cada pliegue. —¡Gluck, gluck, schlop! —el sonido húmedo era rítmico, casi hipnótico.
Romina soltó un grito que se convirtió en un gemido prolongado, aferrándose al pasamanos de la escalera. —¡¡AAHHH-GGH!! ¡Sí, sí, sí! ¡Más fuerte! ¡No pares, Federico! ¡Me la estás comiendo toda! ¡¡Ngh… ah, ah, ah!!
La escalera crujía con los movimientos de Romina, que se restregaba contra el rostro de Federico, completamente entregada al placer de esa humillación. Sus gemidos eran un arma más en esa guerra de pasiones y resentimientos.
Federico, completamente poseído por el frenesí de la situación, sujetó a Romina de los muslos y la levantó en vilo con una fuerza bruta. En medio de los escalones, la giró en el aire para que sus cuerpos quedaran invertidos, quedando ella de cabeza mientras él la sostenía con la espalda contra la pared de la escalera.
—¡Mmmgh! —gruñó Federico al sentir el peso de la oficial—. ¡Mirá bien, Lautaro! ¡Mirá cómo nos devoramos!
Romina, lejos de resistirse, rodeó el torso de Federico con sus piernas y bajó la cabeza hasta su miembro, mientras él hundía su rostro directamente en la intimidad de ella. El 69 de pie en esa escalera era una coreografía de odio y placer que desafiaba la gravedad.
· ¡Sluuurp… gluck, gluck! —el sonido de Romina succionando el miembro de Federico era rítmico y desesperado, queriendo sacarle hasta el último aliento—. ¡Mmm-gh!
· ¡Schlop, schlop, splat! —Federico le respondía con la misma intensidad, usando su lengua para hurgar en ella, devorándola con un hambre que hacía que Romina se sacudiera en el aire.
· —¡¡AAHHH-GGH!! —gritaba Romina con la voz ahogada, mientras sus manos se aferraban a los glúteos de Federico—. ¡Comeme toda, Federico! ¡Que el mecánico vea cómo me hacés vibrar! ¡Ngh… ah, ah!
El living era un caos de sonidos húmedos y jadeos eléctricos. Lautaro, desde abajo, veía las sombras de los dos cuerpos entrelazados proyectándose contra la pared alta, una imagen de traición que le quemaba las retinas.
—¡Uff… nena, sos una fiera! —balbuceó Federico, separándose un segundo para tomar aire, con la cara empapada—. ¡Mirá cómo me dejás! ¡Ngh… mmm! —volvió a la carga, succionando con más fuerza mientras ella soltaba gemidos agudos: ¡¡Ah, ah, ah!!.
Romina estaba fuera de sí; el flujo de sangre a su cabeza por la posición invertida y el estímulo constante de Federico la llevaron a un estado de trance. —¡¡SÍ… AHÍ… DALE, DALE!! —chillaba ella, mientras el sonido de las lenguas chocando (¡Splat, splat!) se mezclaba con el crujido de la madera de la escalera.
Federico, con los músculos en tensión por el esfuerzo, bajó a Romina un par de escalones y se sentó pesadamente en uno de los peldaños de madera. Sin romper el contacto visual con un Lautaro que parecía haber muerto por dentro, atrajo a Romina hacia su regazo. Ella, con la mirada encendida, se ahorcajó sobre él, guiando el miembro de Federico hacia su centro.
—¡¡PUM!! —el sonido del impacto de sus cuerpos al unirse de nuevo resonó en el hueco de la escalera. —¡¡AAHHH-GGH!! —gritó Romina, clavando sus uñas en los hombros de Federico mientras se dejaba caer con todo su peso—. ¡Mmmgh… sí, Federico! ¡Entrá todo!
Mientras ellos empezaban un vaivén salvaje y rítmico sobre la madera, Viviana, con una parsimonia aterradora, caminó desnuda hacia la mesa ratona. Ignorando los fluidos en su piel, tomó el paquete de cigarrillos de Santiago y encendió uno. Se quedó ahí, de pie, exhalando el humo hacia el techo, observando la escena con la frialdad de quien ya no tiene nada que perder.
Santiago, desde el suelo, sollozó con la voz rota: —Vivi… por favor… libérenme. Ya basta, no puedo más… por favor…
Viviana lo miró de arriba abajo, soltando una nube de humo gris. —Esto te pasa por mentiroso, Santiago. Por creer que podías jugar con la vida de los demás y que tu «familia perfecta» iba a aguantar cualquier mugre —le espetó con desprecio—. Ahora mirá cómo tu mundo se quema mientras yo disfruto el espectáculo. No sos un hombre, sos un despojo.
En la escalera, el sexo se volvía cada vez más ruidoso y animal:
· ¡Plaf, plaf, plaf! —el sonido de los glúteos de Romina chocando contra los muslos de Federico era constante.
· ¡Schlop, schlop, splat! —la lubricación desbordaba, goteando escalón abajo.
· —¡Ngh… ah, ah, ah! —gemía Romina, moviendo las caderas en círculos cerrados—. ¡Dale, Federico! ¡Rompeme toda, que el mecánico escuche cómo me hacés gritar! ¡¡SIII!!
Federico la sujetaba de la cintura, impulsándola hacia arriba y dejándola caer con fuerza. —¡Mmmgh… qué bien que apretás, oficial! —jadeaba él, con los ojos cerrados por el placer—. ¡Te voy a dejar marcada para siempre! ¡Ngh… uff!
—¡¡AAHHH-GGH!! —el grito de Romina se unió al humo del cigarrillo de Viviana, creando una atmósfera de depravación absoluta en el living. Santiago, hundido en el piso, solo podía escuchar el ritmo frenético de la traición sobre su cabeza.
La atmósfera en el living es ahora un cuadro de depravación absoluta, donde el poder ha cambiado de manos por completo. Federico, sentado en el escalón con Romina sobre él, domina la escena con una arrogancia salvaje.
Federico soltó una carcajada que resonó en el hueco de la escalera, mientras sus manos se cerraban con fuerza sobre los pechos de Romina.
—¿Vieron esto, pedazos de basura? —gritó Federico, mirando hacia abajo, donde Santiago y Lautaro yacían quebrados—. Miren a estas mujeres. Son lo único real en esta casa de mentiras. Viviana, con su fuego, y Romina, que tiene más ovarios que ustedes dos juntos. Ustedes no las merecen. Son un par de sombras, un par de cobardes que solo saben engañar.
Romina, siguiendo el juego de poder, se giró sobre el regazo de Federico. Ahora estaba de espaldas a él, ofreciéndole su nuca y su columna arqueada, mientras su miembro la penetraba profundamente desde atrás en ese ángulo sentado.
Federico pasó sus manos hacia adelante, rodeando el torso de la oficial para sobale las tetas con una urgencia eléctrica. Las apretaba, tironeando de sus pezones mientras Romina echaba la cabeza hacia atrás, golpeando el pecho de Federico.
- ¡Splat, splat, splat! —el sonido de la unión entre ellos, rítmico y pesado, bajaba por los escalones como una sentencia.
- ¡Ngh… ah, ah, ah! —gemía Romina, moviendo sus caderas con una lentitud tortuosa, restregándose contra él—. ¡Eso es, Federico! ¡Mostrales lo que es un hombre! ¡Mirame, Lautaro! ¡Mirá cómo me tiene!
- ¡Schlop, mmmgh! —Federico hundió su rostro en el hombro de Romina, mordiéndola suavemente mientras sus manos no dejaban de amasar sus pechos—. ¡Sos una joya, oficial! ¡Sos mil veces más mujer que lo que este mecánico va a tener en su perra vida!
Viviana, desde el centro del living, soltó una bocanada de humo, disfrutando de cómo el orgullo de Santiago se desintegraba con cada gemido de Romina.
—¡Escuchala, Santiago! —gritó Viviana desde abajo—. ¡Escuchá cómo disfruta! Eso es lo que pasa cuando alguien te hace sentir viva, algo que vos olvidaste hace años entre tantos números y pendejas.
Santiago solo podía emitir un sollozo ahogado —¡¡Mmmgh-nooo!!—, mientras en la escalera el ritmo se volvía frenético. Federico levantaba a Romina y la dejaba caer con fuerza: ¡Plaf, plaf, plaf!. El crujido de la madera y los sonidos húmedos de la penetración crearon una sinfonía de humillación que dejó a los dos hombres en el suelo deseando que la tierra los tragara.
Federico sintió que el espasmo final era inminente. La tensión en la escalera era tal que la madera parecía vibrar bajo el peso de su excitación y el odio acumulado. Romina, sintiendo el pulso frenético del miembro de Federico dentro de ella, se detuvo, se giró con una agilidad felina y se arrodilló frente a él en el escalón, quedando a la altura perfecta.
—¡No ahí, Federico! —le gritó con la mirada encendida, mientras Lautaro la miraba con los ojos desorbitados—. ¡Hacelo en mi boca! ¡Que el mecánico vea cómo me trago hasta la última gota de tu victoria!
Federico no necesitó que se lo dijera dos veces. La tomó del cabello con una mano, obligándola a abrir la boca al máximo, mientras con la otra guiaba su miembro, que latía con una urgencia violenta.
—¡MIRÁ BIEN, SANTIAGO! ¡MIRÁ, MECÁNICO DE CUARTA! —bramó Federico, perdiendo el control—. ¡Miren cómo su oficial se consagra conmigo!
Con un rugido que retumbó en todo el living, Federico se tensó.
· ¡¡AAHHH-GGH!! —exclamó Federico mientras le acababa en la boca a Romina.
· Los chorros calientes y espesos impactaron contra la lengua y las mejillas de la oficial, quien lo recibía con un hambre voraz, sin cerrar los ojos para no perderse el sufrimiento en el rostro de Lautaro.
· ¡Gluck, gluck, schlop! —el sonido de Romina tragando y saboreando la descarga era humillante y rítmico.
· Ella se separó lentamente, dejando que un hilo de fluido brillara en sus labios antes de lamerse
Romina, con los labios todavía brillantes y la mirada fija en Federico, se acercó a su miembro como si fuera a continuar con la devoción. Pero la oficial no buscaba placer; buscaba el momento exacto en que la guardia de Federico estuviera en cero.
Federico, con la cabeza echada hacia atrás en pleno éxtasis, no vio venir el movimiento. Romina abrió la boca y, con una ferocidad animal, le clavó los dientes directamente en el glande y el tronco del pene, apretando con toda la fuerza de su mandíbula.
—¡¡¡AAAAHHHHHHHHHH-GGGGHHH!!! —el grito de Federico no fue humano; fue un alarido de agonía pura que retumbó en las paredes de la escalera—. ¡¡SOLTAME, PERRA!! ¡¡ME LO ARRANCÁS, ME LO ARRANCÁS!!
Federico se retorció como un animal herido, golpeando la espalda contra los escalones mientras sus manos buscaban desesperadamente alejar la cara de Romina, pero ella no cedía.
· ¡Crunch… mmm-gh! —el sonido de los dientes de Romina hundiéndose en la carne sensible hizo que Santiago y Lautaro se estremecieran de horror.
· ¡¡NOOOO, POR FAVOR!! ¡¡AAHHGGHH!! —Federico lloraba y gritaba, perdiendo toda la fuerza en las piernas, su cuerpo convulsionando por el dolor insoportable de la mordida.
En medio del caos y los alaridos de Federico, Romina soltó la presa solo cuando sintió que él estaba al borde del desmayo. Antes de que Federico pudiera reaccionar, ella se lanzó sobre el arma que él había descuidado en el escalón.
—¡¡AL SUELO, HIJO DE PUTA!! —rugió Romina, apuntándole directamente a la frente con el arma cargada, mientras su propia boca estaba manchada con la sangre de él—. ¡¿Te pensaste que una oficial de policía se iba a entregar así como así?! ¡Esto es por Ariana, y esto es por mí!
Federico quedó ovillado en la escalera, sujetándose la entrepierna ensangrentada, emitiendo gemidos guturales de puro sufrimiento: —¡¡Uhhg… ahhh… mmmgh!! —se quejaba, con el rostro pálido y sudoroso, reducido a nada en un segundo.
Romina, desnuda pero con una autoridad aterradora, miró a Lautaro y luego a Santiago. —Se terminó el show —sentenció con la voz fría como el hielo—. viviana, movete y desatalos como puedas.
Luego llaman a la policía y se lo llevan preso fue raro de explicar todo pero Federico termino preso
Pasaron seis meses desde aquella noche de terror que lo cambió todo. El grupo de amigos se había desintegrado por completo: Santiago y Viviana no aguantaron el peso de la traición y la humillación, terminando en un divorcio escandaloso y lleno de rencores. Lautaro, por su parte, había pasado todo ese tiempo tratando de reconstruir su vida, pero el vacío que dejó Romina era imposible de llenar.
Él sabía que ella no quería verlo, que el dolor de la mentira había sido más fuerte que el amor. Sin embargo, el destino —o la casualidad de una ciudad que a veces parece un pañuelo— los puso frente a frente una tarde de otoño en un café de Palermo.
Lautaro estaba sentado en una mesa cerca de la ventana, mirando el movimiento de la calle, cuando la vio entrar. Ella se veía distinta: el pelo un poco más corto y una mirada que, aunque mantenía su firmeza, parecía haber perdido esa dureza defensiva de la última vez que se vieron.
—¿Se puede? —preguntó Romina, señalando la silla vacía frente a él.
Él se quedó mudo un segundo, con el corazón galopando. —Sí, obvio. Sentate, Romi.
Pidieron dos cafés y el silencio se volvió espeso, pero no era el silencio tenso de la noche del asalto. Era algo más profundo, una mezcla de nostalgia y preguntas sin responder.
—Me enteré lo de Santiago y Viviana —dijo ella, rompiendo el hielo mientras revolvía su café—. Se separaron al final, ¿no? —Sí, fue un desastre —respondió él, bajando la mirada—. Santiago se mudó al interior. No pudo volver a mirar a nadie a la cara después de lo que confesó… y de lo que pasó con Federico. —Era lo lógico —sentenció Romina con un tono seco—. Las mentiras tienen patas cortas, Lautaro. Y las de ese calibre terminan destruyendo todo a su paso.
Lautaro suspiró, sabiendo que esa frase iba dirigida directamente a él. —Romi, te busqué mil veces para pedirte perdón. No pasa un día sin que me arrepienta de no haberte dicho la verdad sobre Santiago y Ariana. Pensé que lo protegía a él, pero terminé perdiéndote a vos.
Ella lo miró fijo. Esos ojos que él tanto extrañaba se clavaron en los suyos. —Lo que más me dolió no fue que lo cubrieras —admitió ella con la voz un poco más suave—. Fue que me hicieras sentir que mi laburo como policía y mi lugar en tu vida no valían nada frente a tu lealtad por un tipo que no se lo merecía. Esa noche tuve que actuar como una loca para salvarnos la vida, Lautaro. Tuve que dejar que ese enfermo me tocara para encontrar un segundo de distracción y bajarlo.
—Fuiste una heroína esa noche —dijo él con sinceridad—. Si no fuera por tu reacción, Federico nos mataba a todos.
Romina dejó la cuchara y se reclinó en la silla. Por primera vez en la charla, una pequeña y melancólica sonrisa apareció en su rostro. —Todavía tengo pesadillas con el ruido del gatillo haciendo «clic». Pero también te extraño, aunque me dé bronca admitirlo.
Lautaro estiró la mano sobre la mesa, dudando, hasta que ella no la retiró. —No te pido que volvamos a lo de antes —susurró él—. Sé que eso se rompió. Pero me gustaría intentar algo nuevo. Sin secretos, sin amigos con doble vida. Solo nosotros dos.
Ella soltó un suspiro largo, mirando la mano de él sobre la suya. —Va a ser difícil volver a confiar, Lauti. El ambiente en la fuerza después de lo que pasó también fue pesado para mí. —Lo sé. Pero estoy dispuesto a esperar el tiempo que necesites. No quiero a nadie más.
Romina lo miró, y por primera vez en meses, el brillo de sus ojos volvió a ser el de antes. —Bueno… podemos empezar por otro café —dijo ella, apretándole suavemente la mano—. Pero la próxima vez que me presentes a un amigo, más vale que sea un tipo normal que solo juegue al fútbol los domingos.
Lautaro soltó una carcajada de alivio, sintiendo que, después de tanta oscuridad, finalmente empezaba a salir el sol.
fin