Don Antonio Sánchez iba deprisa a la estación de tren correspondiente a la ciudad de Buena Nueva, en Rodeo de la Cruz, departamento de Guaymallén, Mendoza. Era una fría mañana de otoño de 1920.
Antonio era el adinerado dueño de unos viñedos que manejaba junto a su socio, don Luis Ordóñez, un viejo amigo de su padre que lo había ayudado tras la muerte de sus progenitores. A sus 35 años, Antonio deseaba casarse. Aunque había podido satisfacer sus deseos físicos en el pasado, no había logrado encontrar el amor verdadero; su mayor temor era ser querido solo por su fortuna, a pesar de ser un hombre fornido, elegante y bello.
Hacía más de un año que intercambiaba cartas y fotos con una mujer de Buenos Aires, dueña de unos barcos pesqueros. Hoy, finalmente, se conocerían. Su nombre: Eva Torres Heredia.
Antonio llegó a la hora justa, las 12:00 hs. Vio bajar del tren a más de treinta personas, pero no halló a su amada. Esperó por más de cuatro horas hasta que, desesperado, fue a una plaza cercana a fumar un habano y buscar una explicación. ¿Qué pasó? ¿Me mintió? ¿Le sucedió algo? ¿Se arrepintió? ¿Me jugaron una broma de mal gusto? Su cabeza no encontraba respuestas.
De pronto, una bella mujer se sentó a su lado. Tenía el pelo negro, una figura escultural, piel blanca y ojos color miel.
—¿Señor Sánchez? —preguntó ella. Él la observó por un largo rato. Pensó: «Es ella… ¿será ella?». Pero luego dudó: «No, claro que no, no es la de la foto».
—Sí… ¿Usted es Eva? ¿Eva Torres Heredia? —Sí, soy yo. —Pero usted… —Antonio le mostró la fotografía de una mujer que no se le parecía en nada, y que no era tan bella como ella. —Sí, le pido que me disculpe —dijo ella con sinceridad—. No tenía por qué mentirle, pero no quería que nadie se enamorara de mí solo por ser bonita. Le ruego que me perdone. —Entiendo —respondió él, impactado. —Esa foto corresponde a una de mis sirvientas. Quise decírselo, pero no tuve el valor.
Antonio no podía dejar de mirarla; el amor y la atracción lo habían cegado al instante. Ella sentía lo mismo. —Bueno, ahora estoy aquí —dijo ella, señalando su gran maleta. —No es lo que esperaba —admitió Antonio. —Si no soy lo que esperaba, esta misma noche volveré a Buenos Aires. —¡No! Espere, Eva… —Antonio se quedó pensando—. ¿Usted me está siendo honesta ahora? —Sí, por supuesto. Ya le confesé mi verdad. —Entonces debo decir que es mucho mejor de lo que esperaba —concluyó él, y ambos sonrieron. —Se lo agradezco. —Debo también confesarle algo —dijo Antonio—. Yo no solo trabajo en un viñedo; soy el dueño. —Ah, entiendo. Usted tampoco quería que una mujer se interesara solo por su dinero. —Exacto. Bueno, ambos somos «impostores». —Entonces, si a usted todavía le interesa casarse conmigo… —No, para nada —la interrumpió él—. Al contrario. ¿A usted no le importa casarse con un hombre rico? —Jajaja, creo que podré soportarlo —respondió ella con una sonrisa que terminó de enamorarlo.
Antonio se arrodilló y sacó de su bolsillo un anillo de oro puro. —¿Acepta casarse conmigo, señorita Eva Torres Heredia? —Por supuesto que acepto.
Se acercaron para sellar el compromiso con un beso. —Bien, me alegro. Nos casaremos mañana mismo. Ella, sorprendida, lo quedó mirando, pero aceptó el reto.
Al día siguiente, en la Catedral de Nuestra Señora de Loreto, consumaron su matrimonio. —En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, los declaro marido y mujer —pronunció el padre Ernesto—. Puede besar a la novia. Eva se quitó el velo que cubría su hermoso rostro y Antonio la besó tiernamente entre los vítores y aplausos de los presentes.
—¡Por favor, un brindis por el novio y su hermosa novia! —exclamaba Luis, caminando alegre por el salón mientras la pareja se tomaba fotografías. —Es gracioso tu amigo —le susurró Eva a su esposo. —Es más que eso, es un segundo padre para mí.
Luis se acercó a ellos: —Les deseo mucha prosperidad, amor y fortuna. Recuerdo cuando Antonio tenía miedo de hablar con una mujer, ¡y mírenlo ahora, casándose con esta belleza! —Ya, amor, está bien —le decía la esposa de Luis, Constanza, una morena joven y exuberante. —No he terminado… —Sí, ya lo hiciste. ¡Felicidades! —insistió Constanza riendo.
Antonio recordó entonces la charla que tuvo con Luis antes de ir a la estación: —No puedes casarte con alguien a quien no conoces —le había advertido Luis. —Pero amigo, si vos siempre decís que un hombre debe tener esposa. Voy por ella. —¿Pero sabés si es ella de verdad? —Siempre pasa —había intervenido Constanza con una sonrisa—. Es como cuando suena una orquesta y solo él la escucha. Suerte. —Pero no es tan bonita —había insistido Luis mirando la foto falsa. —No debe serlo —respondió Antonio en ese momento—, solo debe ser mi esposa. El amor no es para mí.
Ahora, en la fiesta, bailaban el vals. Su mirada era intensa, llena de fuego. Luego, se retiraron en una carreta blanca hacia su lecho nupcial: una habitación con un gran ventanal hacia la luna llena y una cama de sábanas blancas con flores rojas. Allí, se entregaron a la pasión por primera vez.
el ruido morboso de los besos, la forma en que el le comía la boca, dándose un banquete, ahora sobó un pecho por sobre el vestido y levantó la falda, toda una orto quedó a la vista, la mano apretujó con deleite y le dio un pequeño azote.
Que buena estás… dijo él tomándola de la nuca y volviéndola a besar. El chupeteo de los besos inundo la habitación, se besaban nuevamente, ella era un fuego a su lado, el culazo de ella sobresalía en pompa hacia afuera.
Antonio levantó la falda más, esta vez las dos nalgas quedaron a la vista, blanca, carnosas, firmes como rocas, apetitosas y tersas, el tanga también blanco, era una fina tira embutida entre esos dos globos de carne trémula.
También le levantó la falda por la parte de adelante y metió una mano por entre el tanga y escarbó allí en la intimidad de Fernanda ruidosamente mientras seguía con los besos y el sobeteo del culo.
Ella inclinó la cabeza sobre el hombro de él.
_Ah!….._ fue un gemido corto y sentido de ella mientras la mano del chico seguía hurgando en la vagina ya acuosa.
Las piernas musculadas temblequearon levemente, un nuevo azote en el culo, esta vez más ruidoso y dominante.
Subite a la cama – como una orden tomándola de la mano la hizo girar hacía el sofá, tapizado con una especie de felpa marrón ya descolorida por el uso.
ponete así….como una buena gata…una gata mimosa_ mientras ella subía sus rodillas sobre la sabanas, para quedar con el culo en pompa hacía Antonio, este le dio unos pequeños azotes como guiándola y premiándola.
Luego se puso de rodillas detrás de ella, corrió a un lado la tira del tanga y hundió su cara, justo allí en medio de esa raja palpitante y jugosa.
Su lengua se deleitaba chupando la vagina de su resiente esposa
Aaaaahhh aaaah que rikooooooo – gritaba Eva
Él se puso en pie y comenzó a desnudarse, el pantalón cayó con estrépito. Se quitó los zapatos y las pateó,
Eva giró la cabeza hacía él, anhelante, su espalda se arqueó, sus tetones estaban prietos dentro de un sujetador adhesivo sin tirantes que iba de maravillas con ese vestido, su culazo se bamboleó con el vestido arremangado sobre la cintura, tenía aún las sandalias puestas, estas tenían una pulsera con hebilla sobre el tobillo, la fina cadenilla dorada sobre el pie era un diseño exquisito y femenino.
Y justo allí detrás de ella, Antonio se pajeaba con dureza, una pija erecta y brillosa que sobresalía del cuerpo fibroso.
Y subió una rodilla sobre la cama , le quito la tanga, hizo chocar la cabeza de la pija sobre los labios hinchados de la vagina y empujó
Ella dio como una especie de sollozo y levantó la cara el espejo viéndose no como una esposa sino como una atentica puta.
El cuerpo lleno, redondeado y opulento de Eva usado al antojo de ese hombre. Y los golpes de pelvis contra culo eran escandalosos y las nalgas temblaban con cada embestida y Antonio ya no tuvo piedad y aceleró y los azotes se sucedieron y ya sabía yo que no tardaría ella en explotar pues hacía tiempo según ella que no estaba con nadie y estaba caliente ya el juego se le había vuelto necesidad y ese cuerpazo del infierno se lo exigía, independiente de lo que ella pudiera querer desde su status de mujer culta, iban a ser un matrimonio ejemplar y burgués con un pasar holgado.
Y se corrió dando gritos espasmódicos.
_Si….si….acabo….la puta madre…. ….me voy…me voy_
_Adonde …adónde vas amor _ le dijo él contestando a esas expresiones ridículas y penetrándola sin piedad primero y luego con las manos en la cintura, manejándola como una gran muñeca de porcelana, haciendo que ella misma se clave la polla, echando el cuerpazo hacia atrás desvergonzadamente, buscando sentir esa verga hasta el fondo de su vagina porteña
Luego antonio le bajó la cierre del vestido y ayudo a que eva sacase la manga larga de su brazo y por último ella misma tiró del sujetador para liberar sus increíbles tetas y el se apoderó de ellas y los exprimió como melones maduros y aferrado a ellos hundió su pija varias veces en un mete y saca rápido y furioso.
_Ahhh!! ………Como me coges …._ gritó
_Que tetas tienes amor _ dijo él
_Ven aquí y chúpame la pija como una buena esposa_ dijo y la hizo girar y ella quedó sentada en el borde del cama y le comió la pija violentamente, ella melena agitándose en la mamada y sus tetas danzaron golpeándose entre sí, el chico les dio un pellizco en el pezón a cada uno como probando su consistencia, mi esposa se quejó con un gritito de dolor ahogado en la verga de Antonio.
Aaaaaaahhhh en inundo la boca de su esposa
Estuvieron 2 o 3 veces más toda la noche
Al día siguiente, al llegar a la mansión de Antonio, Eva se asombró del lujo: muebles de algarrobo, maderas finas, adornos de plata y porcelana. Los sirvientes prepararon un desayuno espléndido. Al sentarse a la mesa, Eva comentó: —¡Guao! Qué feliz me siento cuando tomo café por la mañana. Este está riquísimo. Antonio la miró extrañado: —Pero amor, vos tomás té por las mañanas. —¿De dónde sacaste eso? —De las cartas. Vos misma dijiste que el café te resultaba irritable por la mañana. —¿Ah, sí? Bueno… no es importante. —Es que… —¿Crees que el placer es pecaminoso? —lo interrumpió ella, acercándose para besarlo con una intensidad que hizo que el sirviente que traía más té decidiera retirarse para no interrumpir.
Ella libera su pija y comienza a chuparla hasta tragarse todo el semen de el para luego sentarse y seguir desayunando
Más tarde, tras una tarde de cabalgata: —¿Por qué decidiste escapar de Buenos Aires? —preguntó Antonio. —Porque quiero buscar un futuro por mí misma.
Tres meses después, en la oficina de los viñedos: —Soy el hombre más feliz del mundo —dijo Antonio. —¿No crees que es algo loco? Realmente no la conoces —insistió Luis—. Además, es extraño que no salga nunca. Constanza se ha cansado de invitarla y ella siempre se niega. —Bueno, el sábado iremos al teatro. Vienen unos músicos de tango de Buenos Aires. ¿Por qué no se suman?
El sábado, la orquesta brillaba. Antonio y Eva no paraban de besarse mientras en el escenario una pareja bailaba un tango con una sensualidad increíble. Constanza miraba a Eva con desprecio, juzgando su actitud descarada. —Me excita el tango. Disculpen, ahora vuelvo —dijo Eva levantándose.
Pasaron los minutos y no regresaba. Antonio fue a buscarla. —Se ve que la excitó demasiado el tango —comentó Constanza con malicia—. Hay cosas en Eva que parecen de una fulana en vez de una mujer de clase. —¡Shh! —rio Luis.
Antonio llegó a los camerinos y vio a Eva hablando de espaldas con la bailarina. Le pareció extraño cómo Eva la acariciaba. —Señor, no puede estar aquí —le dijo un encargado. —Es que… —¡Amor, viniste a rescatarme! —dijo Eva apareciendo y besándolo—. Perdón, es que me perdí.
Cuando Antonio miró hacia donde estaba la bailarina, esta ya se había ido. —Me preocupé —admitió él. —Ah… —susurró ella con ternura, tomando la mano de Antonio y llevándola hacia ella—. Mira cómo palpita mi corazón. —Me vas a matar —dijo él, rendido ante su contacto. —Ojalá —respondió ella con una sonrisa enigmática.
Saca su pija y suavemente comienza manearla mientras lo sigue besando si parar
A – para para Eva –
E – shhh –
No paraba de pajearlo cada vez mas y mas
E – eh que pasa celoso, esta muy caliente hoy déjame ayudarte –
A – aaaaaahaaaahhh –
Y acaba en la mano de ella que queda llena de semen de él, entonces Eva con esa misma mano se la lleva a la boca y la chupa limpiándose todos los espermas de él.
El lunes, mientras estaba en su escritorio, Antonio recibió la correspondencia. Entre los sobres, divisó una carta de Guillermina Torres Heredia dirigida a Eva.
Esa noche, cuando Antonio le entregó el sobre, Eva acababa de salir del baño. Llevaba solo una toalla que apenas cubría su cuerpo escultural; su pelo goteaba humedad y sus labios carnosos resaltaban en su rostro. Antonio la observaba fascinado, aún sin poder creer que esa mujer fuera su esposa.
Eva abrió la carta y leyó una parte en voz alta: —»Hermana, ¿qué te pasa que no me has escrito? Ni siquiera me llamaste para decirme cómo llegaste. No he podido encontrar el número de donde trabaja ese tal Antonio Sánchez».
Antonio la miró con preocupación. —Amor, llamala. Decile que estás bien. —Es que antes de venir nos peleamos muy fuerte —respondió Eva, con un tono sombrío.
Ella le contó una historia que a Antonio no terminaba de cerrarle: decía que no se llevaban bien porque Guillermina era una mujer muy envidiosa de su belleza. —No importa, es tu hermana —insistió Antonio. —Tenés razón, estuve mal —asintió ella.
Esa misma noche, Eva realizó la llamada. Antonio decidió no preguntar nada más para no invadir su privacidad ni molestarla.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, Antonio le preguntó por sus planes. —Visitaré a una amiga —respondió Eva con naturalidad. —¿Una amiga? ¿Vos? —preguntó él, sorprendido. —Jajaja, sí. Es la chica del otro día, la del baile en el teatro. Recordá que me perdí buscando el baño; bueno, ayer la encontré de nuevo y nos pusimos a hablar. Me invitó a tomar clases de tango. —Mmmm… —Antonio frunció el ceño. —¿Qué pasa? ¿Te da celos que otro hombre me toque? —Para serte sincero, sí. Después de ver cómo bailó ella en el escenario, me pone un poco mal saber que un extraño te pueda tocar así a vos. —No seas tonto, ellos ya se van de la ciudad en unos días.
Antonio lo pensó un momento y propuso: —¿Y por qué no la invitás acá, a casa? Así no tenés que salir y podés estar más cómoda. —¿Te parece? —Sí, claro. —Bueno, entonces en un rato la llamo —aceptó Eva—. Por cierto, ya le escribí la carta a mi hermana.
Antonio, recordando la noche anterior, preguntó: —Hablando de eso, ¿cómo te fue con la llamada ayer? —No había nadie —respondió ella cortante. —¿Cómo que no había nadie? ¿Entonces con quién hablaste? —Con la sirvienta. Me contó que mi hermana anda como loca, siempre enojada. —Uh, qué lástima. Bueno, entonces al menos sí te atendió alguien —comentó Antonio mientras ambos reían. —¿Por qué no le escribís una carta ahora mismo? —sugirió él. —¿Vos decís? —Sí, dale. Si querés, yo mismo la llevo al correo enseguida.
A la media hora, Eva regresó con el sobre cerrado. —Aquí tenés, pero no es necesario que te tomes la molestia de ir —dijo ella, intentando retener el sobre. —No es ninguna molestia, por favor. Dejamelo a mí —insistió Antonio, tomando la carta.