No sé ni por dónde empezar… de verdad. Me tiemblan las manos solo de pensar en contarlo todo. Pero necesito sacarlo de mí de una vez, aunque me duela, aunque me haga sentir como la peor mierda del mundo mientras lo digo. Porque si me lo sigo guardando, siento que voy a romperme por completo.

Me llamo Emma. O bueno… antes me llamaba Emma. Tengo treinta y dos años, y a veces me miro al espejo y ya ni siquiera reconozco a la mujer que tengo delante.

Conocí a mi esposo en una cena de trabajo que organizó una amiga mía. Él era mayor que yo, serio, con esa calma segura que, al principio, me hizo sentir protegida. No fue un amor de película, de esos que explotan a primera vista, pero sí fue algo bonito. Algo real. Nos casamos un año después, y los primeros tiempos fueron hermosos.

Me besaba con ganas. Me abrazaba fuerte por las noches. Me decía al oído que yo era lo mejor que le había pasado en la vida. En la cama era apasionado. A veces me hacía el amor despacio, mirándome a los ojos, como si quisiera grabarse cada segundo de mí. Otras noches era más urgente, más crudo, más animal.

Me gustaba arrodillarme frente a él y mirarlo mientras lo tomaba en mi boca, despacio, sintiendo cómo se ponía duro solo por mí. Me encantaba que me agarrara del pelo con esa fuerza justa, que me follara por detrás sujetándome de las caderas, que me diera alguna nalgada fuerte mientras me susurraba lo rica que era.

Me hacía sentir mujer. Deseada. Amada. Viva.

Yo pensaba que eso nunca se iba a terminar.

Pero poco a poco todo empezó a apagarse.

Primero fueron las noches en las que llegaba cansado del trabajo y se dormía sin siquiera darme un beso. Después ya ni siquiera había excusas. Simplemente se daba la vuelta y roncaba. Dejé de existir para él en la cama.

Yo lo intentaba todo. Me arreglaba. Me ponía lencería. Le mandaba mensajes calientes. Me acercaba a él con el cuerpo ardiendo, buscando aunque fuera una caricia, una mirada, una señal de que todavía me deseaba.

Nada.

Era como si mi cuerpo ya no le interesara en absoluto.

Y yo… yo me fui muriendo por dentro.

Me sentía invisible. Frustrada. Rabiosa. Pero, sobre todo, sola. Muy sola. Ese vacío se me metió tan profundo que algunas noches hasta me costaba respirar.

Esa noche fue la que lo cambió todo.

Estaba acostada a su lado, dando vueltas en la cama, incapaz de dormir, con un calor entre las piernas que me estaba volviendo loca. Lo intenté una vez más. Tomé su mano y la pasé por mis tetas, rozando mis pezones duros. Después la bajé hasta mi coño, que ya estaba empapado.

Él simplemente retiró la mano y siguió durmiendo como si nada.

Me levanté con el corazón acelerado, casi con ganas de llorar. Me metí en la ducha. El agua caliente cayó sobre mi cuerpo y ya no pude más. Mis dedos bajaron directo a mi clítoris hinchado y empecé a frotarlo en círculos lentos, desesperados. Gemí bajito contra la pared.

Metí dos dedos dentro de mí, moviéndolos rápido, imaginando unas manos que sí me desearan, unas bocas que quisieran comerme entera. Mi coño estaba tan mojado que podía escuchar el sonido húmedo de mis dedos entrando y saliendo. Aceleré, pellizcándome un pezón con la otra mano.

Me corrí temblando, con las piernas débiles, mordiéndome el labio para no hacer ruido.

Pero ni siquiera eso me calmó.

Seguía ardiendo por dentro.

Salí de la ducha, me puse solo una bata rosa corta, sin nada debajo, y me fui a la sala. Eran las dos de la madrugada. Tomé el celular pensando que solo iba a ver un poco de pornografía para desahogarme. Abrí el navegador, busqué algo rápido… y entonces apareció un anuncio:

“Comunidades liberales. Encuentros reales. Vive tus fantasías sin límites”.

Era un sitio de swingers. Gente buscando sexo sin compromiso.

Dudé un segundo.

“Solo voy a mirar”, me dije. “Nada más. No voy a hacer ninguna locura”.

Pero hice clic.

Entré.

Y ahí empezó todo.

Me registré con el nombre “Sor-deseo-carnal”. Cuando llegué a la parte de la descripción física, me quedé un rato mirando la pantalla. Respiré hondo y escribí, sintiendo que cada palabra era como quitarme una prenda delante de desconocidos:

“Cabello rojo intenso, corto hasta los hombros, con ondas suaves. Ojos verdes, grandes y expresivos. Labios carnosos y gruesos. Senos llenos, copa C, naturales y firmes. Cintura estrecha, caderas redondeadas. Trasero redondo y firme, suave al tacto. Piernas largas y bien formadas. Tengo treinta y dos años y busco sentirme deseada otra vez. Siento curiosidad por tríos con dos hombres, por experimentar un gangbang suave si la química fluye, por sentirme usada y adorada al mismo tiempo.”

Primero subí fotos normales. Algunas de salidas, con trajes elegantes que marcaban bien mi figura. Otras con ropa deportiva, ajustada a mis curvas. También algunas en traje de baño, de esas que dejan poco a la imaginación.

Entonces vi la sección:

“Fotos íntimas, desnudas o en acto sexual. Esto aumenta mucho el interés de los demás miembros”.

Me quedé mirando la pantalla un buen rato.

“¿Lo hago o no lo hago? Dios mío, Emma… ¿Qué carajos estás haciendo?”

Estaba tan caliente que me temblaban las manos.

“Solo unas pocas”, pensé. “Solo para ver qué pasa.”

Me quité la bata frente al espejo grande del pasillo. Me miré. Y, por primera vez en mucho tiempo, me vi deseable. Puta. Viva.

Empecé a tomarme fotos.

De pie. De lado. Agachada. Sentada en el borde del sofá, con las piernas bien abiertas, separando mis labios con los dedos para que se viera lo mojada que estaba. De rodillas en el piso, con el culo al aire, mirando hacia atrás.

Muchas fotos.

Demasiadas.

Y entonces… grabé un video.

Apoyé el celular contra un cojín, me senté en el sofá, abrí las piernas frente a la cámara y empecé a tocarme despacio. Mis dedos rozaban mi clítoris hinchado mientras miraba directo a la lente.

“Quiero que me follen… quiero sentirme deseada otra vez”, susurré con la voz rota.

Metí dos dedos dentro de mí, moviéndolos lento al principio, luego más rápido, más profundo. Mi coño hacía ruiditos húmedos que me calentaban todavía más. Aceleré. Me pellizqué un pezón con fuerza con la otra mano. Gemí más alto, sin poder contenerme.

Me corrí mirando a la cámara, con el cuerpo convulsionando, mis jugos chorreando por mis dedos y cayendo sobre el sofá.

Paré la grabación con las manos temblando.

Lo subí al perfil.

Revisé cómo quedaba todo.

Me sentía sucia. Excitada. Viva.

Seguí navegando. La mayoría eran hombres solos: perfiles con fotos de vergas gruesas y duras, mensajes directos que decían cosas como “busco casada caliente para follar sin compromiso”.

“MarcusBull”. “LiamRough”. “VictorDom”.

Me mojaba más con cada perfil. Leí decenas.

Pero luego empecé a ver parejas. Hombres casados con sus esposas buscando una tercera chica.

“AlexAndLaura”. “MarkAndSophie”. “TheHotCouple”.

Me sorprendió. Nunca había sentido interés por las mujeres. Nunca. Pero ahí, viendo sus fotos juntos, leyendo sus descripciones… algo se despertó en mí.

“¿Me atrevería a hacer esto?”, me pregunté.

Me parecía curioso. Extraño. Pero excitante.

Entonces encontré un video dentro de la página. Un trío: un hombre y dos mujeres. Las dos chicas se besaban despacio, se tocaban las tetas, se lamían los pezones mientras el hombre las miraba con pura hambre. Después, una de ellas se puso de rodillas y empezó a chuparle la verga al hombre, mientras la otra le comía el coño a la primera.

Se turnaban. Se besaban con la verga en medio. Gemían juntas. El hombre las follaba a las dos, una después de la otra, mientras ellas se besaban y se tocaban.

Eso fue lo que más me prendió: ver a las dos mujeres disfrutándose entre ellas, perdiendo el control juntas, compartiendo el placer.

Me puse tan caliente que ya no aguanté más.

Me levanté, me acerqué al brazo del sofá y apoyé mi coño desnudo y empapado contra la esquina acolchada. Empecé a mover las caderas, frotando mi clítoris hinchado contra la tela.

“Ahhh… sí…”, gemí bajito.

Agarré el respaldo con fuerza y aceleré. Mis tetas rebotaban con cada movimiento. Imaginaba a una de esas chicas lamiéndome mientras el hombre me follaba. Me corrí fuerte, temblando entera, dejando un charco brillante en el brazo del sofá.

El mueble se movió un poco por el esfuerzo.

Yo estaba chorreando.

Miré la hora. Ya casi amanecía. Mi esposo iba a despertarse pronto.

Fui a la ducha, me bañé rápido y me lavé como pude. Pero cuando volví a acostarme a su lado, seguía ardiendo. No podía dormir.

Abrí el cajón de la mesita y saqué mi cepillo de pelo, ese de mango grueso y redondeado. Me puse de lado, dándole la espalda a mi marido, abrí un poco la pierna y, sin pensarlo demasiado, empecé a meter el mango dentro de mí.

Estaba tan mojada que entró fácil.

Lo moví despacio al principio. Luego más rápido. Más profundo. Con la otra mano me frotaba el clítoris en círculos rápidos y me pellizcaba los pezones.

“Me merezco esto… me merezco sentirme mujer”, pensaba mientras lo hacía. “Él ya no me toca… yo necesito esto.”

Me corrí otra vez, mordiendo la almohada con fuerza, mi coño contrayéndose alrededor del cepillo, mis jugos mojando las sábanas y el mango.

El cepillo se me resbaló de la mano, cayó al piso y rodó debajo de la cama.

Me quedé ahí, apretando mi vagina todavía palpitante, respirando agitada.

Y al final me dormí.

Esa noche lo cambió todo.

Ahora, años después, encerrada en este lugar oscuro donde ya no soy Emma, donde me llaman como a ellos se les antoja, donde me han usado, maltratado y roto de todas las formas posibles… daría cualquier cosa por volver atrás y apagar ese maldito celular.

Me arrepiento de haber entrado en esa página.

Me arrepiento de no haber controlado mi calentura esa noche.

Me arrepiento de haber subido esas fotos, de haber dado likes, de haber enviado esos primeros mensajes.

Me arrepiento de haber conocido a toda esa gente.

Pero, sobre todo… me arrepiento con cada fibra de mi ser de haberlo conocido a él.

Porque él fue el principio del verdadero infierno.

Y ahora ya no hay vuelta atrás.