Una cita a ciegas puede cambiarle la vida a esta joven vendedora de un almacén

Una cita a ciegas puede cambiarle la vida a esta joven vendedora de un almacén

Janet era mi compañera de trabajo.

Era mayor que yo un año.

Tenía veintitrés, era alta, estilizada, morena clara, cintura fina, anchas caderas, piernas esbeltas y tetas grandes y respingadas.

Salía con Samuel, un judío cuarentón dueño del almacén de telas que quedaba en la misma cuadra del nuestro.

Esa semana Janet se me acercó y me dijo que si quería salir el próximo sábado con ellos y un amigo de Samuel.

Me imaginé que debía ser un tipo más o menos de la edad del amigo de Janet. No tenía programa y pensé que sería bueno divertirme un rato. Le dije que sí.

Nos recogieron en su auto a un par de cuadras de donde trabajábamos. Me presentaron a Fabio, un hombre alto, de cabellos negros salpicados por algunas canas.

Samuel le dijo a Janet que sirviera unos whiskies y así comenzamos un recorrido por un par de estaderos donde había buena música.

En un par de horas ya nos habíamos tomado una botella y yo me sentía más prendida de lo normal.

Cuando íbamos en el auto de un sitio al otro, Fabio se me acercaba y me rozaba con sus labios las mejillas y la oreja, pero luego comenzó a acariciarme los pechos por encima de la blusa.

En algún momento sentí que sus manos bajaban y tocaban entre mis piernas. Yo no lo rechacé aunque no era propiamente mi tipo.

Samuel había dicho que siguiéramos bebiendo en un night club que él conocía, pero en el último momento decidió que fuéramos a su apartamento a tomarnos allí otros tragos, pues dijo que era más cómodo y que si se alargaba la rumba no habría prisa para marcharse.

Nos dirigimos hacia allá.

Era un apartamento que Samuel solo usaba para sus fiestas.

Estaba bien dotado de muebles, de música y de licores.

Cada una de sus habitaciones tenía una pared cubierta de espejos de arriba abajo. Janet se apresuró a servir unos buenos tragos y a poner música. Samuel tomó a Janet de la cintura y la invitó a bailar.

Janet era una mujer atractiva, que sabía manejar su cuerpo al son de la música.

De pronto veo que Samuel se baja la cremallera de su pantalón y se saca la verga. Janet se agachó como si estuviera entrenada y comenzó a mamársela.

Luego de chupársela por unos instantes, Janet se paró y desapareció en una habitación contigua para regresar en un par de minutos casi sin ropa, mostrando sus senos, grandes y parados.

Se había dejado solamente una diminuta tanga brasilera, medias negras con liguero y unos zapatos de plataforma alta.

Samuel y Fabio aplaudieron, chiflaron y sus gritos inundaron la sala. Janet comenzó a bailar sola frente a nosotros y al darse vuelta, la tanga que llevaba puesta tenía solo una tirita que apenas le tapaba la raya del culo.

La verdad es que tenía una nalgas muy bonitas, que su cintura estrecha hacían resaltar. Yo mientras tanto me sorbía mi trago expectante de lo que sucedería luego.

Janet se sentó de espalda en una silla plástica sin brazos dejando su estupendo culo a la vista de todos.

El primero en acercársele fue Samuel quien la levantó por la cintura, la hizo doblar la espalda y apoyar sus manos sobre la silla..

Se ensalivó la verga y de una embestida se la metió hasta el fondo por el culo. Janet dejó escapar un pequeño gemido.

Este espectáculo me fue poniendo muy arrecha, cuando oí la voz de Janet que dirigiéndose a mí en voz alta me dijo:» Andrea, si quieres te ayudo a desvestir, es más divertido entre cuatro y nos guiñó un ojo». De pronto me sentí azorada y mi primera reacción fue decir:»No, yo no».

La respuesta fue una buena cachetada que me propinó Fabio en la cara. «¿Estás pensando que saliste solo a calentarnos? Ahora vas a ver para qué eres buena!» Fabio no esperó mi respuesta y bajó el cierre de mi pantalón. Mi ropa interior estaba húmeda.

Fabio desabrochó totalmente mi pantalón, el cual cayó sobre mis pies, me lo quité y así en calzones me quedé en la sala.

Mientras tanto Janet se me había acercado, me abrió la blusa y me quito el brasier dejando mis pechos al aire. Fabio se arrodilló frente a mí, abrió mis piernas y metió su lengua entre mi vulva buscando mi clítoris. Me lo encontró y lo chupó.

Me hizo arrodillar y Samuel se acercó, me besó y me dijo…»esa boquita está pidiendo verga» y me la metió toda de una. No se como, pero me la metí toda en la boca y empecé a mamársela.

Luego pasó Fabio me acostó en la alfombra e hicimos un 69, su verga era grande. Me puso su culo en mi cara y me dijo que le metiera la lengua, Me dio repulsión pero comencé a hurgarle ese culo mientras sus piernas me envolvían la cabeza dejándome inmóvil. Se paró y se hizo a un lado mientras los demás me aplaudían y me daban otro trago.

Estaba borracha.

Me tomé el trago y Fabio me cogió de la mano y me llevó hasta uno de los cuartos y me dijo que me acostara.

Sabía ya que esa noche tenía que hacer todo lo que me pidieran.

Él estaba desnudo frente a mí, observando mi cuerpo de culo apetitoso y de senos medianos con pezones gruesos.

Besándome me recostó boca arriba sobre la cama, comenzó a pasar sus labios por sobre mi cuerpo, desde el cuello hasta llegar a mi sexo, pasando por mi abdomen. Sentía como mis pezones se iban endureciendo.

Su lengua comenzó a jugar con mis pezones y con mi ombligo.

De pronto decidió quedarse más tiempo directamente sobre mi vulva, obligándome a flexionar las rodillas y metiendo su cabeza entre mis piernas. Lentamente de mi vagina brotaron jugos que lubricaron totalmente mi raja.

Cuando su lengua por fin llegó a mi clítoris la sensación fue de miedo pensando que me iba a morder.

Hice un ademán brusco para retirarle la cara. Me gané un par de bofetadas que me volvieron otra vez sumisa. Con sus dedos separó mis grandes labios para poder morder mi gallo y hacerlo crecer.

Crispé las manos y dejé que me lo mordiera.

Mientras hurgaba con su lengua dentro de mí, pasaba sus dedos alrededor de mi culo, llevando mis jugos hasta allí para lubricarlo.

Tenía las piernas totalmente abiertas con mi sexo en su cara, con todo a la vista, con mis jugos que ya mojaban mis muslos y rogándole que no siguiera mordiéndome el clítoris. Se rió. Me besó en el espacio que hay entre el pan y el culo mientras que me iba introduciendo por el ano su dedo medio.

Cada vez lo metía más adentro y lo hacía girar, produciéndome una sensación de placer y de dolor.

Traté de relajarme para que mi culito se aflojara, para que no opusiera resistencia, este hombre podría enojarse de veras.

Como notó mi complacencia comenzó a meterme dos dedos y a separarlos para que mi culo se dilatara más. Yo estaba boca arriba.

Él me levantó las piernas dejando bien a la vista mi chocha y mi culo. Con una mano se cogió la verga, puso su punta a la entrada de mi culo y me la metió toda.

Sentí un dolor agudo al principio pero luego comencé a apretarle la verga con los esfínteres y a empujarlo con mis manos hacia mí para que me penetrara más.

Con agilidad me dio entonces vuelta sobre la cama y colocó una almohada bajo mi vientre para que mis nalgas quedaran a su disposición.

Yo estaba boca abajo con las caderas levantadas, las piernas absolutamente abiertas y las tetas aplastadas sobre las sábanas.

Me abrió las nalgas con sus dos manos y me penetró otra vez por el culo de una sola vez, bien fuerte, hasta que sus bolas frenaron la embestida. Mi grito fue callado, el dolor causado se mezcló con un grandioso placer.

Comenzó a moverse hacia atrás y hacia adelante, para que su pene recorriera todo mi interior.

Me agarró fuerte del pelo doblando mi espalda y con la palma de su mano me pegó duro en las nalgas.

Fabio era para mi un desconocido que estaba haciendo conmigo lo que le daba la gana, pero la sensación de tener su verga dentro de mí culo era de total satisfacción.

Las arremetidas dentro mi cuerpo duraron el tiempo exacto para hacer que mis gemidos de dolor se convirtieran en un suave grito de placer cuando alcancé el orgasmo.

Cuando vio lo que había logrado me la sacó y mirándome a los ojos con un esbozo de sonrisa me puso su verga en mi boca para que se la limpiara.

Luego me dio más trago y vigiló que me lo tomara todo y rápido, mientras él vaciaba también el contenido de su vaso.

Fabio acomodó luego mi cuerpo boca arriba y para que mi pan quedara bien a la vista colocó ahora una almohada debajo de mis caderas.

Hizo que flexionara y abriera las piernas, volvió a pasar sus dedos sobre mi clítoris, se metió entre mis piernas, me metió su verga por la vagina bien hasta el fondo y empezó a culearme sin parar hasta que se derramó. Un orgasmo prolongado no se hizo esperar, las piernas me temblaron y quedé totalmente floja.

Oí un ruido y miré hacia la puerta de la habitación.

Allí estaban Samuel y Janet desnudos.

Los dos hombres se miraron.

Samuel le dio una nalgada a su pareja y la empujó hacia la cama. Fabio me tomo de la mano, me hizo incorporar de la cama y me entregó a Samuel.

«Te la dejé lista hermano, tiene todavía ese culo apretado, pero está caliente, húmeda y más ensayada».

Samuel me rodeó los hombros con su brazo, me besó, giró su cabeza para ver mis nalgas y me llevó para su cuarto.

Era ya de madrugada pero todavía faltaba mucho por hacer.

Estaba borracha y arrecha. Todo lo que estaba sucediendo me producía una gran excitación.

Intuía que debía complacer a este otro hombre, dejar que se metiera por todos mis agujeros, lamer su cuerpo y limpiar con mi boca los restos de su semen y de mis jugos que quedaran sobre la piel de su verga erecta.

«Tranquila… me dice Samuel, verás que ahora gozarás de una manera diferente, como jamás has gozado…».

Presentí que a partir de esa noche mi vida iba a tomar un camino bien distinto y de final desconocido.

Descubrí que me gusta todo lo erótico y probar lo desconocido.

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