Luego de nuestra historia con Brandon

El celular de Emily vibró sobre la mesa de noche cuando ya el sol se hundía en Lima, tiñendo de naranja sucio las cortinas del departamento. Un mensaje de Anthony: «Desvístete. Espera en la cama. No tardamos.»

No dijo más. No dijo quién era «nosotros».

Emily se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó sola. Conocía ese tono en Anthony, esa economía de palabras que significaba que había estado planeando algo. Desde la noche con Brandon —desde que vio la mezcla de celos y excitación en los ojos de Anthony mientras otro hombre la penetraba— había sentido que algo se había roto y reconstruido entre ellos. No habían hablado de límites. No habían puesto reglas. Solo había quedado una comprensión tácita, húmeda y peligrosa: a ella le gustaba ser usada, y a Anthony le gustaba verla ser usada.

Se desvistió con movimientos mecánicos. El aire de mayo en San Isidro era húmedo, casi pegajoso, y su piel se cubrió de un vello de anticipación que no supo definir como miedo o deseo. Se tendió boca arriba, las sábanas blancas contra su espalda morena, los pechos caídos ligeramente a los lados, el sexo afeitado expuesto. Cerró los ojos. Escuchó.

El ascensor del edificio. La puerta del departamento. Voces bajas. Una risa áspera, masculina, que no reconoció.

Emily se incorporó demasiado rápido, cubriéndose los pechos con un brazo instintivo. Los pasos en el pasillo eran pesados, dos pares, y cuando la puerta de la habitación se abrió, el olor llegó antes que la imagen: sudor acumulado, tabaco barato, algo dulzón y rancio como ropa usada muchas veces sin lavar.

Anthony entró primero, con esa sonrisa tensa que ponía cuando estaba nervioso pero excitado. Detrás de él, un hombre que llenó el marco de la puerta.

Emily no supo calcular su edad. Podía tener treinta, podía tener cuarenta y cinco. Era alto, más alto que Anthony, con hombros anchos que estiraban una camiseta gris desteñida hasta el límite. La piel morena, casi negra bajo la luz amarilla de la habitación, brillaba con grasa en la frente y en los pómulos altos. Llevaba el pelo corto, militar, y una barba de varios días que no ocultaba la dureza de su mandíbula. Pero fueron los ojos lo que la paralizaron: pequeños, oscuros, con una calma animal que no corresponía con la sonrisa que ahora le dirigía, mostrando dientes amarillentos.

—Emily —dijo Anthony, y su voz sonó demasiado alta, demasiado teatral—, él es… bueno, no importa su nombre. Lo que importa es que tiene algo que necesitas.

—¿Qué? —fue todo lo que Emily pudo articular, apretando más el brazo contra sus pechos.

El hombre no dijo nada. Solo inhaló profundamente, como si estuviera oliendo el cuarto, y su pecho se expandió bajo la camiseta mugrienta. El olor que emanaba de él era abrumador ahora que estaba cerca: una mezcla de trabajo físico, de días sin ducha, de algo genital y acre que Emily reconoció instintivamente como el olor de un cuerpo masculino sin inhibiciones.

—No —dijo Emily, mirando a Anthony con ojos suplicantes—. No, Anthony, no dijiste que…

—Te dije que te desvistieras —interrumpió Anthony, acercándose a la cama. Se sentó en el borde, y su mano encontró la rodilla de ella, subiendo por el muslo con una familiaridad que debería haber sido reconfortante pero ahora se sentía como una traición—. Te dije que esperaras. Y aquí estás. Desnuda. Lista.

—No estoy lista, no quiero… —Emily se apartó, pero Anthony la sujetó por la cadera, sus dedos hundiéndose en la carne.

—Shhh —susurró, y su otra mano se deslizó entre sus piernas, encontrando la humedad que Emily no había notado que estaba allí, la traición de su propio cuerpo—. Mientes, preciosa. Ya estás mojada. Y ni siquiera lo has visto todavía.

—¿Visto qué? —la pregunta salió como un quejido.

Anthony no respondió. Solo miró al hombre, haciendo un gesto con la barbilla.

El desconocido se quitó la camiseta primero, revelando un torso musculoso pero no gimnasio: músculos de trabajo, de cargar cosas pesadas, de sudar bajo el sol. La piel estaba salpicada de cicatrices pequeñas, de lunares oscuros, de vello grueso y rizado que se concentraba en el centro del pecho y descendía en una línea hacia los pantalones vaqueros ajustados. Cuando se desabrochó el cinturón, el sonido metálico resonó en la habitación como una sentencia.

Emily quiso cerrar los ojos, pero no pudo.

El hombre bajó los vaqueros y el calzoncillo de una vez, dejando que la ropa se amontonara en sus tobillos. Su pene se balanceó pesadamente, semi-erecto ya, y Emily sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

Era enorme. No era una exageración de Anthony, no era una fantasía. Era la realidad más cruda de un órgano masculino que ella jamás había visto: veinticinco centímetros al menos, quizás más cuando estuviera completamente duro, con un grosor que hacía que sus propios dedos no pudieran cerrarse alrededor. La piel era oscura, casi morada en la base, con venas gruesas que serpenteaban como ríos en un mapa. El glande era ancho, bulboso, con un meato que ya brillaba con un fluido preseminal. Y debajo, un escroto pesado, peludo, que colgaba con la gravedad de algo primitivo y funcional.

—Dios —susurró Emily, y no supo si era plegaria o maldición.

—Más grande que Brandon, ¿verdad? —murmuró Anthony junto a su oído, sus dedos aún trabajando entre sus piernas, ahora más insistentes, encontrando el clítoris y frotándolo con movimientos circulares que hacían que Emily arqueara la espalda involuntariamente—. Imagínalo dentro de ti. Imagínalo abriéndote. Haciéndote suya.

—No —gimió ella, pero sus caderas se movieron contra la mano de Anthony, buscando más presión, más fricción—. No puedo… es demasiado grande… me va a hacer daño…

—Te va a hacer sentir —corrigió Anthony, y su voz tenía un tono de reverencia que Emily no había escuchado antes—. Te va a hacer sentir lo que yo nunca podré hacerte sentir.

El hombre dio un paso hacia la cama. El olor se intensificó, ese olor a macho sin filtros, a testosterona y sudor y algo más bajo, más íntimo, que hizo que Emily girara la cara hacia la almohada, tratando de escapar. Pero el hombre la tomó por la barbilla con dedos ásperos, callosos, y la giró de vuelta hacia él.

Sus ojos se encontraron. Los del hombre eran inescrutables, vacíos de cualquier emoción que Emily pudiera reconocer: no había crueldad, no había ternura, solo una determinación básica, animal. Y luego se inclinó hacia ella.

El beso fue una invasión. No fue un preámbulo, no fue una seducción. Fue una toma de posesión. La boca del hombre se cerró sobre la de ella con una fuerza que le aplastó los labios contra los dientes, y su lengua entró sin pedir permiso, una lengua gruesa y áspera que sabía a tabaco y a algo amargo, quizás café viejo o alcohol del día anterior. Emily trató de cerrar la boca, de apartarse, pero él la sujetó por el cabello con una mano mientras la otra le apretaba la mandíbula, forzándola a abrirse.

La saliva del hombre era espesa, caliente, y goteaba por las comisuras de la boca de Emily, bajando por su barbilla, manchándole el cuello. Él no se preocupaba por la limpieza, por la técnica, por el placer de ella. Solo la usaba, la tomaba, la marcaba con su humedad. Cuando finalmente se apartó, dejándola jadeando, la cara de Emily brillaba con un rastro de saliva que se enfriaba rápidamente en el aire húmedo del cuarto.

—Por favor —logró decir, con la voz quebrada—. Anthony, por favor, no quiero esto…

Pero Anthony ya no estaba a su lado. Se había movido hacia la silla en la esquina y se sentó con las piernas abiertas, una mano sobre la entrepierna de sus pantalones, masajeándose a través de la tela.

—Dile que pare —dijo Anthony, pero su voz no tenía convicción, tenía excitación—. Si realmente no quieres, dile que pare.

Emily miró al hombre, que ahora estaba completamente erecto, su pene apuntando hacia ella como una amenaza, con gotas de fluido preseminal que brillaban en la punta. La brecha entre lo que su mente decía y lo que su cuerpo sentía se había vuelto un abismo. Anthony seguía frotándola, sus dedos expertos en su cuerpo después de años juntos, y ella estaba empapada, más mojada de lo que recordaba haber estado nunca, la excitación mezclada con el miedo creando una sustancia química nueva y peligrosa en su sangre.

El hombre tomó sus tobillos y los separó con brusquedad. Emily gritó, no de dolor, sino de la violación de su espacio, de la certeza de que ya no había vuelta atrás. Se sentó sobre ella, sus rodillas a ambos lados de sus caderas, y ella sintió el peso de él, la dureza de sus muslos contra los suyos, el calor que irradiaba de su piel como de un horno. Su pene descansaba sobre su vientre, pesado y caliente, y cuando él se inclinó para agarrarla por las muñecas y inmovilizarlas sobre la almohada, el olor se volvió insoportable, un olor que invadía sus pulmones y se instalaba en su memoria.

—No —susurró ella, pero ya era un ritual vacío, una palabra que repetía porque no sabía qué otra cosa decir.

El hombre no le prestó atención. Con una mano liberó sus muñecas solo para tomar su propio pene y guiarlo hacia la entrada de ella. Emily sintió la punta contra sus labios vaginales, enorme, implacable, y tensó todos sus músculos en un intento instintivo de cerrarse, de protegerse.

Fue inútil. Con un empujón seco, sin preámbulos, sin lubricación más que la que ella misma producía, el hombre entró.

El dolor fue inmediato, cegador, una quemadura que se extendía desde su sexo hasta su vientre. Emily gritó, un sonido agudo y desgarrado que Anthony nunca había escuchado de ella, y sus uñas se clavaron en los hombros del desconocido, buscando algo a lo que aferrarse. El hombre no se detuvo. Empujó más, más allá del punto donde Brandon había estado, más allá de donde Anthony alguna vez había llegado, abriéndola con una persistencia mecánica que no reconocía límites.

—¡Para! —gritó Emily—. ¡Me estás rompiendo!

Pero él siguió empujando hasta que sus caderas chocaron contra las de ella, hasta que estuvo completamente enterrado en su interior, y Emily sintió que algo dentro de ella cedía, no se rompía pero cedía, se adaptaba, se rendía a la fuerza de su presencia. Las lágrimas corrían por sus mejillas, mezclándose con la saliva seca del beso, y su pecho se agitaba con sollozos que no podía controlar.

El hombre comenzó a moverse. No era rápido al principio, sino profundo, cada embestida llegando hasta el fondo de ella, golpeando algo que enviaba chispas de dolor y algo más, algo que Emily no quería nombrar. Su cuerpo se sacudía con cada empujón, sus pechos rebotaban, y el sonido de sus caderas chocando contra las de ella, húmedo y carnal, llenaba la habitación.

—Mírala —dijo Anthony desde la silla, y su voz sonaba lejana, como si viniera de bajo el agua—. Mírala llorar. Mírala tomarlo.

Emily giró la cabeza hacia él, los ojos borrosos de lágrimas. Quiso gritarle, odiarlo, pero lo que vio en su rostro la paralizó: una adoración mezclada con tortura, una excitación tan intensa que parecía dolor. Anthony se había bajado la cremallera de los pantalones y se masturbaba lentamente, observándola ser follada, y en sus ojos había algo que ella no supo definir: ¿orgullo? ¿envidia? ¿amor?

El hombre cambió de ritmo, acelerando, sus embestidas volviéndose más duras, más erráticas. Tomó sus piernas y las levantó, doblándolas hacia su pecho, cambiando el ángulo de penetración para que cada empujón golpeara algo nuevo, algo que hacía que Emily jadeara a pesar de sí misma. El dolor no desapareció, pero se transformó, se convirtió en una base sobre la que se construía otra sensación, más profunda, más primitiva.

—No… —gimió ella, pero la palabra perdió fuerza, se convirtió en un gemido que sonó demasiado parecido al placer.

El hombre la volteó de bruces con una facilidad que habló de su fuerza superior. Emily trató de resistir, de mantenerse boca arriba, pero él la giró como si pesara nada, colocándola a cuatro patas sobre la cama. Su rostro quedó hundido en la almohada, y ella olió su propio perfume, su propia familiaridad, mientras sentía que él se posicionaba detrás de ella.

Entró de una embestida, más fácil esta vez porque ya estaba abierta, porque su cuerpo había cedido. El nuevo ángulo lo llevaba más profundo, y Emily gritó contra la almohada, sus manos agarrando las sábanas con desesperación. El hombre tomó sus caderas con fuerza, sus dedos hundiéndose en la carne blanda, y comenzó a follarla con un ritmo salvaje, animal, cada embestida sacudiendo todo su cuerpo.

—Anthony… —logró decir entre jadeos, girando la cabeza para buscarlo con la mirada—. Anthony, perdóname…

Anthony estaba de pie ahora, acercándose a la cama, su propio pene erecto y expuesto, masturbándose con movimientos frenéticos mientras observaba la escena.

—¿Perdonarte qué? —preguntó, y su voz era un susurro ronco.

—Perdóname… —repitió Emily, y las lágrimas volvieron, pero ahora eran diferentes, eran lágrimas de vergüenza y de algo más, algo que se abría paso a través del dolor y del miedo—. Perdóname, pero… pero me gusta…

El hombre la tomó por el cabello, tirando de su cabeza hacia atrás, arqueando su espalda. La penetración se volvió aún más profunda, y Emily gritó, un sonido que no supo si era de dolor o de éxtasis.

—¡Dilo otra vez! —exigió Anthony, acercándose más, su mano trabajando sobre su propio sexo con urgencia—. ¡Dile que te gusta!

—Me gusta… —jadeó Emily, y la confesión la atravesó como una liberación, como una rendición final—. Me gusta, Anthony… me gusta cómo me usa… me gusta ser suya…

—¿De quién? —gritó Anthony.

—¡De él! —gritó ella de vuelta, y sus palabras la sorprendieron a sí misma, la intensidad de su propia voz, la verdad que contenía—. ¡Soy suya! ¡Soy la mujer de este hombre!

El desconocido gruñó algo incomprensible y aceleró aún más, sus embestidas volviéndose desenfrenadas, brutales. Emily sintió que el orgasmo se construía desde algún lugar profundo, no en su clítoris sino en su interior, una presión que crecía con cada golpe de sus caderas contra las de ella. Trató de resistirse, de no darse ese placer, de mantener alguna dignidad, pero era inútil.

Cuando vino, fue devastador. Su cuerpo se contrajo alrededor del pene del hombre, sus músculos internos apretándolo con espasmos involuntarios, y ella gritó, un sonido largo y desgarrado que no reconoció como propio. Las lágrimas corrían libremente ahora, y ella se sintió desmoronarse, perderse, convertirse en pura sensación.

Pero el hombre no había terminado. La sacudió de la cama, tirándola al suelo con una fuerza que la dejó aturdida. Antes de que pudiera reaccionar, la tomó por el cabello otra vez y la arrastró hasta ponerla de rodillas frente a él. Su pene, brillante con sus propios jugos mezclados con los de ella, se balanceó frente a su rostro, enorme, pulsante, con las venas sobresaliendo.

—Ábrete —ordenó, y fue la primera palabra que le dirigía directamente, una voz áspera, con acento que Emily no pudo identificar.

Obedeció. Abrió la boca, y él entró, empujando hasta el fondo de su garganta, más allá de donde ella pensaba que podía llegar. Emily ahogó un reflejo nauseoso, sus ojos llorando de nuevo, mientras él comenzaba a follar su boca con la misma brutalidad con la que había follado su sexo. Podía saberse a sí misma en su lengua, su propio sabor mezclado con el olor acre de él, y la humillación de eso debería haberla destruido, pero en cambio la excitó más, la hizo sentir más poseída, más usada, más viva.

Anthony estaba cerca, observando, y Emily lo vio de reojo, su rostro una máscara de excitación y algo más oscuro. Pero entonces el hombre se apartó de ella, su pene saliendo de su boca con un sonido húmedo, y giró hacia Anthony.

—Tú —dijo, señalando con su pene húmedo y brillante—. Arrodíllate.

Anthony parpadeó, confundido.

—¿Qué?

—Arrodíllate —repitió el hombre, y no era una petición. Era una orden, con el mismo tono vacío y determinado que había usado con ella.

—Anthony, no… —murmuró Emily desde el suelo, pero su voz carecía de convicción, todavía aturdida por el orgasmo y la rendición.

Algo en los ojos de Anthony cambió. La excitación se mezcló con miedo, con vergüenza, pero también con algo que Emily reconoció porque lo había sentido ella misma: la imposibilidad de negarse, la atracción magnética hacia la sumisión total. Anthony miró a Emily, buscando permiso o salvación, pero ella solo lo miró de vuelta, todavía de rodillas, todavía marcada por el uso del otro hombre.

Anthony se arrodilló.

El desconocido tomó su cabeza con una mano, sus dedos ásperos enterrándose en el cabello de Anthony con la misma brutalidad con la que había tratado a Emily. Con la otra mano se agarró la base de su pene, apuntándolo hacia la boca abierta de Anthony.

—Traga —ordenó, y empujó.

Anthony ahogó un sonido, sus ojos abriéndose ampliamente mientras el pene del otro hombre llenaba su boca. Emily observó, fascinada, horrorizada, excitada más allá de lo que creía posible. Ver a Anthony, su Anthony, siendo usado de la misma manera que ella había sido usada, ver su rendición, su humillación, completaba algo que no sabía que estaba incompleto.

El hombre folló la boca de Anthony con la misma intensidad despiadada, embistiendo hasta la garganta, haciendo que Anthony se atragantara y llorara. Y luego, sin advertencia, se detuvo, su cuerpo tensándose, sus músculos contrayéndose visibles bajo la piel oscura.

—Traga todo —gruñó, y se corrió.

Emily vio la contracción de sus testículos, el pulso en la base de su pene, y luego vio el semen que brotaba en la boca de Anthony, una cantidad impresionante, espesa y blanca, que desbordaba los labios de su novio y corría por su barbilla. El hombre no se retiró hasta que terminó, hasta que cada gota hubo sido descargada en la garganta de Anthony, y cuando finalmente salió, Anthony se desplomó hacia adelante, tosiendo, llorando, con el semen goteando de su boca sobre el piso de madera.

El hombre se apartó sin mirarlo. Caminó hasta la cama y se dejó caer sobre ella con un suspiro de satisfacción animal, su cuerpo desnudo extendiéndose sobre las sábanas que aún olían a Emily.

Emily permaneció en el suelo un momento, aturdida, procesando. Luego, con movimientos mecánicos, se levantó y caminó hacia la cama. Se tendió junto al desconocido, su cuerpo buscando instintivamente el calor de él, y lo abrazó. Su cabeza descansó sobre su pecho, escuchando el latido fuerte y lento de su corazón, y sus piernas se entrelazaron con las de él con una familiaridad que parecía natural, inevitable.

El hombre la abrazó de vuelta con un brazo perezoso, su mano descansando sobre su cadera, posesiva.

Anthony seguía en el suelo, tosiendo todavía, tratando de recuperar el aliento. Cuando finalmente levantó la vista, sus ojos se encontraron con los de Emily, y en ellos había una pregunta que ninguno de los dos sabía formular.

—Ven —dijo Emily, y su voz sonaba extraña, más profunda, más segura—. Ven aquí.

Anthony se arrastró hasta la cama, todavía en rodillas, y se sentó en el borde. Su rostro estaba manchado de lágrimas y de semen, su expresión una mezcla de devastación y algo que podría haber sido alivio.

—¿Estás bien? —preguntó Emily, extendiendo una mano para tocar su rodilla.

—No sé —respondió Anthony, y su voz temblaba—. No sé qué soy ahora.

—Eres mío —dijo Emily, y las palabras salieron con una certeza que la sorprendió—. Y yo soy… —miró al hombre que yacía a su lado, sus ojos ya cerrados en un sopor post-orgásmico—. Yo soy suya.

El hombre gruñó algo que pudo haber sido aprobación y acercó más a Emily hacia él. Su mano se deslizó entre sus piernas de nuevo, encontrando su sexo hinchado y sensible, y comenzó a masturbarla con movimientos lentos, perezosos, como si estuviera acariciando a una mascota.

Emily gimió suavemente, sus caderas moviéndose contra su mano. Se inclinó hacia Anthony, buscando su boca, y lo besó. Fue un beso diferente a los del desconocido: suave, con lengua, pero también con el sabor del semen del otro hombre que aún permanecía en la boca de Anthony. La mezcla era extraña, íntima, una comunión de su mutua humillación y rendición.

—Te amo —susurró Anthony contra sus labios.

—Yo también te amo —respondió ella—. Pero esto… esto es diferente ahora.

—¿Qué somos? —preguntó Anthony, y había verdadera angustia en su voz.

Emily se apartó del beso para mirarlo, mientras la mano del desconocido continuaba su trabajo lento entre sus piernas, trayendo otra oleada de excitación que hacía difícil pensar.

—Somos lo que él quiera que seamos —dijo finalmente, y la verdad de esas palabras la atravesó con una claridad que casi la hizo llorar de nuevo.

El hombre se movió, girando su cabeza para mirar a Anthony con esos ojos oscuros e inescrutables. Luego, sin decir palabra, tomó la barbilla de Emily y la giró hacia él, reclamando su boca con otro beso profundo, sucio, lleno de lengua y saliva. Emily se perdió en él, en el olor de él, en el sabor de él, mientras su mano seguía trabajando entre sus piernas, trayéndola de vuelta al borde del orgasmo.

—¿Cuántas veces más? —logró preguntar Anthony, observándolos, su propia mano moviéndose sobre su pene que se endurecía de nuevo.

El hombre se apartó del beso lo suficiente para mirar a Anthony, una sonrisa lenta y sin humor curvando sus labios.

—Tantas como quiera —dijo, y volvió a sumir su lengua en la boca de Emily, tragando sus gemidos mientras ella se venía otra vez, convulsionando contra su cuerpo, más allá de la vergüenza, más allá del miedo, más allá de cualquier cosa que hubieran sido antes de esa noche.

Anthony observó, masturbándose de nuevo, sabiendo que algo había cambiado para siempre, que la puerta que habían abierto con Brandon se había convertido en una rendición total, y que ahora ambos pertenecían a algo más grande que ellos mismos, algo que olía a sudor y a sexo y a la libertad terrible de la sumisión absoluta.

Emily yacía en los brazos del desconocido, su cuerpo todavía convulsionando con los aftershocks del placer, y cuando el hombre volvió a besarla, ella lo recibió con la boca abierta, lista, dispuesta, suya.

Luego les cuento cómo su hermana menor, Maricielo, llegó a casa al día siguiente y descubrió lo que estaba pasando en mi casa, entre Emily y el desconocido.