Capítulo 1

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  • La hermana Teresa y el Uber

La hermana Teresa y el Uber

La joven novicia esperaba en la acera el coche que la recogería. Sus pequeñas manos blancas sostenían una breve Biblia y un rosario.

Vestía impecablemente su hábito, un cárdigan blanco con un chaleco azul encima, medias largas blancas con una falda azul a juego con el chaleco y una toca gris que le ocultaba el pelo.

Sonó una bocina y levantó la vista.

Vio un coche muy viejo, un Oldsmobile probablemente de los años 50, largo y muy viejo, detenerse frente a ella.

El conductor, un hombre mayor de pelo canoso, la miró y preguntó:

«¿Teresa?».

El hombre le sonrió, y un diente de oro relucía en su boca. Ella asintió y se sentó en el asiento trasero.

El enorme coche avanzaba por la calle. Mientras ella observaba los viejos y desgastados asientos de cuero, el amplio espacio entre ellos, las manijas rotas de las ventanillas, incluso las ventanas, casi opacas por tantos años; todo era muy, muy viejo.

Doblaron por una avenida y en la siguiente cuadra se encontraron con un atasco. Frenaron y el conductor dijo con calma

-“Tardaremos un poco más, este atasco seguro que se despejará pronto”-

Ella asintió y, en un instante, con la Biblia en la mano, cerró los ojos para meditar, a punto de dormirse…

Una violenta sacudida del coche la sobresaltó.

Al abrir los ojos, una imagen dantesca llenó el coche. Todo el interior estaba en llamas, las ventanas, los asientos, absolutamente todo estaba en llamas, envolviendo el ambiente con extrañas formas y esparciendo un aire caliente que le quemaba el rostro.

Vio al anciano conductor salir del asiento delantero y, en un abrir y cerrar de ojos, encontrarse a su lado, transformándose en una bestia satánica.

El miedo la invadió al instante, su corazón latía con fuerza, como si estuviera a punto de salírsele del cuerpo.

¡Quiso salir corriendo en ese mismo instante!

Su boca susurró:

—“¡Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros!”.

La bestia, mirándola con una sonrisa que nunca se desvaneció, se reveló tan inmensa y malévola como realmente era.

La imagen misma del diablo, sus cuernos coronaban una enorme cabeza y sus manos estaban cubiertas de largas y gigantescas uñas. Su pecho cubierto de grandes y poderosos músculos pectorales resonaba en soplidos, y sus pezuñas, en lugar de pies, eran los extremos de dos piernas musculosas y robustas. Entre ellas, una enorme criatura palpitaba ladeada sobre una de sus piernas, todo de un intenso color borgoña.

El pánico se apoderó de Teresa, quien seguía balbuceando entre sollozos.

-“Padre nuestro que estás en los cielos…”-

Él la tomó suavemente por la cintura mientras ella sollozaba desconsoladamente, y con un chasquido de dedos, su falda, medias, zapatos, gorra y bragas desaparecieron, dejando solo su cárdigan blanco.

Sus largos dedos en una maniobra diabólicamente perfecta, desabrocharon los tres primeros botones de la prenda que le quedaba, dejando al descubierto los blancos pechos de Teresa.

La empujó contra el asiento delantero tomándola desde atrás, y apoyando su mano desde abajo, contra el vientre de la muchacha comenzó un masaje circular en él. Con la otra enorme mano tomaba el pecho izquierdo de Teresa, mientras que sus uñas jugaban con el pezón que comenzaba a inflarse.

Ella, en medio del abrumador miedo y sin quererlo, comenzó a excitarse, a punto tal que con una de sus manos separó levemente una de sus nalgas ofreciéndole inconscientemente sus vírgenes orificios al diabólico ser.

-“santificado sea tu reino…”- se escuchó levemente…

Ante tal ofrecimiento, el ser, acercó su cabeza a la joven y resoplando su fétido aliento contra la entrepierna de la muchacha, sacó su larga lengua bífida recorriendo los pliegues de su ano, ella gimió en medio de sus plegarias.

Él continuó abriéndose paso por los impolutos labios de la joven Teresa hasta dar con su clítoris.

Para ese entonces, esta parte de la anatomía de la joven había tomado un volumen considerable, pleno de sangre.

La lengua bífida ante semejante espectáculo, separó sus largas puntas al acercarse y abrazando el clítoris de la muchacha lo apretó con ganas. Se oyó un grito, mezcla de miedo y placer…

Duró unos instantes el acto, y en un veloz movimiento la bestia se encontró posicionada atrás de Teresa.

-“así en la tierra como en el cielo…”- balbuceó tenuemente la joven sin soltar el rosario en su mano

Sin mucho preámbulo, Él, acercó la cabeza de su enorme criatura a la rosada entrada de Teresa, que se encontraba plena de fluidos espesos producto de la lengua inquieta del mal.

Apoyó, y por su propio peso, ingreso parte de ella en la muchacha.

Un grito enmudecido de dolor se escuchó dentro del automóvil, Teresa mordía el cuero del asiento delantero con todas sus fuerzas.

El monstruo tomándola nuevamente de la cintura, y como si fuese un papel, la levantó en andas, y tirándose sobre el asiento trasero, sin sacar su criatura del interior de Teresa, abrió sus garras muy despacio.

La joven por peso propio fue introduciendo dentro de ella al sexo de la bestia.

Gritó nuevamente y comenzó a gemir estremeciéndose sin parar. El volumen de la criatura era considerable y plagaba el virgen interior de la joven de forma sostenida.

-“venga a nosotros tu reino…”- se oyó levemente entre medio de gemidos y jadeos que crecientemente iban en aumento.

Los movimientos adquirieron un ritmo perfecto, y ambos seres encontraron sin querer, la forma justa para una cópula conjunta.

En un momento dado la joven Teresa pudo vislumbrar por sobre su hombro como el “ser”, volcando su cabeza hacia atrás en una acción de entrega absoluta balbuceaba con voz ronca algo en arameo antiguo, se descuidó unos instantes y ella tomando riendas de la situación aprovechó y dándole un par de golpes violentos con su cadera, logró lo impensado.

La bestia gritó y en un fuerte y tembloroso espasmo, una erupción de lava interna regó profusamente el interior de la joven. Fue con tal fuerza ese primer golpe que ella sintió que su cérvix cedió ante esa marea viscosa, dándole paso al interior de su útero de forma inmediata. Hubo dos o tres espasmos más, que anegaron completamente su vagina.

La bestia yacía muerta sobre el asiento y ella, aún con su sexo dentro, apoyando su cabeza en el cuero del asiento delantero tuvo su momento de paz. Cerró los ojos plenamente cansada de tanto trajín y balbuceó suavemente

-“y perdona nuestros pecados…así como nosotrosss…”-

Y se perdió….

Un par de bocinazos la sobresaltaron despertándola, abrió los ojos nuevamente y vio que el canoso chofer del Uber se abría paso por un costado del tráfico, mirándola por el enorme espejo le dijo

-“vió que en un rato se despejaba el atasco?, se lo dije”-

Hicieron unas cuadras más y el hombre detuvo el viejo automóvil en el cordón de la vereda. Ella sacó dos billetes de su bolsillo y pagándole le dice

–“quédese con el cambio”

Bajó y una vez en la vereda el hombre la miró saludándola

–“Que el Espíritu Santo la acompañe”-

El viejo le sonrió y el diente de oro volvió a brillar en su boca.

Ella presurosa caminó hasta la entrada del templo, subió la escalinata de la entrada y en la columnata de acceso se detuvo, apoyó la palma de la mano en su vientre, le pareció que algo se gestaba.

Rápido, entró en la iglesia sin pausa…