Capítulo 3

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Abril estaba sentada sobre mí, todavía jadeando por lo que había pasado en el cine, con los muslos mojados, la piel sudada y la sonrisa torcida de quien sabe que domina el mundo.

Entonces sonó mi celular.

—¿Quién es? —me preguntó con voz baja.

Miré la pantalla.

Kassandra.

Un mensaje.

“Vi tu historia… ¿estás en la ciudad?”

Abril se incorporó. Se lo mostré sin hablar.

—¿Kassandra? —preguntó, reconociendo el nombre—. ¿La de las tetas enormes, verdad?

Asentí.

—¿La misma que decía que nadie te cogía como ella?

—Esa misma.

Abril me miró. Mantuvo silencio unos segundos, luego se levantó y se limpió con la sábana, caminando al baño.

Pero antes de entrar, giró la cabeza y dijo:

—Invítala. Quiero ver si es tan buena como cree.

Una hora después, Kassandra estaba tocando la puerta.

Morena clara, cabello suelto, jeans apretados y una blusa sin sostén. Tetas grandes. Tensión en cada paso.

Cuando entró, saludó como si nada, pero su mirada se quedó fija en Abril. Como si ya supiera.

—¿Ella? —dijo, como al pasar.

—Sí —respondí.

—¿Y vamos a jugar todos… o esto es solo para ver cómo se mojan?

Abril soltó una risa corta.

—Jugamos. Pero yo mando.

—Mmm… eso lo veremos —dijo Kassandra, acercándose a mí sin quitarle los ojos de encima a Abril.

Se inclinó y me besó. Directo, con lengua, con hambre. Me acarició el pecho, bajó la mano a mi verga y la apretó por encima del pantalón.

—No olvides quién te hizo correrte hasta gritar, ¿eh?

Abril se acercó y le tomó la muñeca. La apretó fuerte, mirándola a los ojos.

—Eso era cuando él no sabía lo que era que una mujer lo dejara temblando de verdad.

Yo estaba en medio. Mi verga latía como si tuviera pulso propio.

—A ver quién lo deja sin fuerza primero —dijo Kassandra, quitándose la blusa.

Sus tetas cayeron con un rebote perfecto, pesadas, oscuras, con pezones gruesos.

—¿Tú primero? —le dijo Abril.

—Claro —respondió ella—. Pero lo quiero amarrado. Sin tocarme. Solo viendo.

Me sentaron en la silla del escritorio. Desnudo. Atado con una sábana, sin posibilidad de moverme.

Kassandra se subió a la cama, se abrió el pantalón, bajó la ropa interior, y mostró su concha húmeda, llena de ganas, brillante.

Se inclinó frente a mí, tan cerca que podía olerla, y me susurró:

—¿Te acuerdas de lo que hacíamos en la regadera?

Me besó el cuello, bajó por mi pecho y empezó a chuparme la verga como una salvaje.

Lengua girando en la punta, escupiéndola, acariciando mis huevos con la otra mano.

Yo gemía, tirando la cabeza hacia atrás.

—¿Eso es todo? —preguntó Abril.

Se acercó, le levantó el cabello a Kassandra, y la miró desde arriba.

—Mi turno.

Kassandra se apartó, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

Abril se subió a mis piernas, se acomodó sobre mí sin meterme aún, y frotó su vulva mojada contra mi verga empapada con saliva ajena.

—Voy a hacer que se venga solo con verme.

Kassandra no se aguantó:

—No tienes con qué. Mis tetas ya lo dejaron a punto. Solo estás recogiendo lo que yo calenté.

—¿Ah sí? —dijo Abril, girándose sobre mí, de espaldas, mostrando el culazo firme, redondo, lleno de carne.

Me lo restregó completo, deslizándose sobre mi verga con ese culo que rebota con vida propia.

Yo estaba al borde.

—¿Puedo montarlo…? —preguntó Abril, como si aún buscara mi permiso.

—Hazlo. Pero mírala a ella mientras lo haces.

Y así lo hizo. Se montó, metiéndosela de una sola bajada, el coño sonando sucio, el cuerpo arqueándose.

Kassandra miraba. Y se tocaba. La muy puta estaba mojada, tocándose el clítoris con dos dedos, viendo cómo otra mujer cogía a su ex frente a sus ojos.

—¿Te gusta cómo me lo cojo? —le dijo Abril, montándome más rápido.

—Quiero ver si le sacas más gemidos que yo —respondió Kassandra.

—Hazlo gemir tú con la boca mientras yo lo cojo —retó Abril.

Y ahí me rompí.

Kassandra se agachó entre mis piernas mientras Abril rebotaba arriba, y me chupó los huevos con la misma lengua que me mamó hace unos minutos.

La mezcla era brutal. Placer y poder. Competencia y entrega.

Yo ya no podía más.

—¡Me vengo… me vengo, putas! —grité.

Y ellas no se detuvieron. Abril apretaba mi verga con su concha palpitante, y Kassandra me lamía como si fuera suyo.

Cuando me vine, exploté como nunca. Grité. Temblé. Me quedé sin aire.

Y ellas… solo se miraron, sonrientes, sabiendo que habían ganado las dos.

Por ahora.

Estaba tirado en la cama, el cuerpo temblando aún por el orgasmo más brutal que me habían sacado entre las dos.

Abril y Kassandra estaban una a cada lado. Sudadas, con el maquillaje corrido y la mirada encendida.

Se respiraba sexo.

Y peligro.

—No acabamos —dijo Kassandra, acariciándome el pecho—. Esto fue solo el calentamiento.

—Exacto —respondió Abril—. Vamos a ver cuál de las dos te rompe más. ¿O te da miedo decidir?

—Estoy listo —dije, sin voz casi.

—Bien —dijo Abril, sonriendo con malicia—. Vamos a jugar.

Se pusieron de pie. Desnudas. Abril con sus tetas firmes y culo de diosa, Kassandra con sus pechos grandes y cuerpo caliente, sudado.

—Cada una va a darte una mamada —anunció Abril—. Pero con una condición: tú no puedes tocar, solo ver.

Y tú, perra —mirando a Kassandra—, no puedes copiar lo que yo haga.

—Ni falta me hace —respondió ella—. Yo soy un show sola.

—La que te saque más gemidos —dijo Abril, viéndome— gana. La otra… castigo.

Yo asentí. No podía hablar. Estaba duro otra vez.

Abril empezó.

Se arrodilló entre mis piernas y pasó la lengua lentamente desde la base hasta la punta de mi verga. Me miraba a los ojos.

Metía solo la cabeza en la boca, la rodeaba con la lengua, la sacaba con un sonido húmedo.

Luego se tragó todo el tronco. Entera. Hasta que le lloraron los ojos.

Mi cuerpo se arqueó. No podía evitar gemir.

—Ah, te gusta mi garganta, ¿eh? —me dijo con voz ronca, mientras me golpeaba la cara interna de los muslos con las mejillas.

Después le escupió a mi verga, la frotó con los dos pechos, y empezó a hacerme una paja con las tetas.

—Ahora tú —le dijo a Kassandra, limpiándose los labios.

Ella no esperó. Tomó mi verga entre las manos y la metió completa a la boca de un tirón. No jugó. Solo intensidad.

—Ahhh, perra —dije entre jadeos.

Kassandra sacó la lengua, me la pasó por las bolas, y luego las mamó una a una mientras con la otra mano se masturbaba.

Volvió a metérsela y gargajeó con mi verga en la boca, sin miedo, como una salvaje.

Abril la miraba con rabia. Se le notaba. No soportaba que otra pudiera excitarme tanto.

—Ya. Se acabó —dije, al borde del clímax.

Ambas se sentaron, jadeando.

—¿Y bien? —preguntó Abril—. ¿Quién ganó?

—Las dos me hicieron mierda —dije—. Pero… gemí más contigo —Señalando a Abril .

Abril no pudo ocultar su sonrisa. Se acercó a ella, la tomó del cabello y la empujó contra la cama.

—¿Así que eres mejor que yo? —le dijo Kassandra—. ¿Te sientes reina?

—Claro que sí perra —dijo Abril—. Entonces baja el culo. Te voy a dar tu castigo.

Kassandra se puso en cuatro. Su culo moreno claro, redondo, aunque no tan grande como el de Abril, brillaba por el sudor.

Abril se puso detrás y le dio una nalgada fuerte. Sonó seco.

Luego otra. Y otra.

—Cuenta, puta —le ordenó Abril.

—Una… dos… ¡tres! —gritaba Kassandra con cada golpe.

Yo no podía creer lo que veía. Me estaba masturbando viendo cómo mi novia le daba nalgadas a mi ex, que gemía con cada azote.

—Ahora abre el culo —le dijo Abril, separándole las nalgas—. Que lo vea todo.

Lo hizo. Su ano apretado, su conchita mojada, todo a la vista.

Abril escupió y le metió un dedo. Kassandra gimió.

—¿Ves esto? —me dijo Abril, con el dedo aún dentro—. Esto es lo que se gana una perra que quiere quitarme el trono.

Kassandra, sin decir palabra, empezó a lamerle las tetas a Abril mientras la tenía así.

—Y tú, amor… —me dijo Abril, mirándome—. ¿Quieres ser parte del castigo… o prefieres solo mirar?

—Quiero follarlas a las dos —dije, al borde de explotar otra vez.

—Entonces ven. Pero empieza por la que perdió.

Y así, con la verga ardiente, me puse detrás de Kassandra… mientras Abril le tomaba la cara y le decía:

—Dile quién manda mientras te coge.

Y ella, jadeando, con la voz quebrada, gemía:

—Abril manda… Abril manda… pero su hombre me está partiendo el culo…

Y sí. Lo hacía.

Apenas terminé dentro de Kassandra, con los muslos temblando y la verga aún palpitando dentro de su conchita mojada, me dejé caer de espaldas, sin aire.

Abril estaba sentada al borde de la cama, respirando agitada, pero con la mirada clavada en ella.

Kassandra, en cambio, se levantó lentamente, con los dedos aún brillantes de semen, la cara mojada y la mirada de quien sabe que va por más.

—¿Eso fue un castigo? —preguntó con voz baja, ronca, sensual—. Porque te aseguro que me encantó.

Y si me encantó… entonces no ganaste.

Abril no respondió. Solo entrecerró los ojos. Tensión.

Kassandra se acercó, le tomó la barbilla con dos dedos y la obligó a mirarla a los ojos.

—Ahora tú vas a abrir las piernas. Y no vas a mandar nada. ¿Entendido?

Abril dudó un segundo… pero terminó asintiendo.

Se acostó. Abrió las piernas. Por primera vez, no dijo nada.

Kassandra se inclinó, sin dejar de mirarla, y le escupió directo en la conchita.

Le metió dos dedos de golpe.

—No eres la única que sabe jugar duro —dijo—. Hoy vas a correrte cuando yo lo diga.

Y se la comió.

Pero no con dulzura. Con dominio. Con rabia caliente.

La lengua de Kassandra entraba y salía, el clítoris lo succionaba como una adicta, los dedos golpeaban su punto G con ritmo violento.

Abril gemía sin control. Apretaba las sábanas. El cuerpo se le sacudía. No mandaba. Suplicaba.

—¿Quieres correrte? —le preguntó Kassandra entre lamidas.

—Sí… por favor… —dijo Abril, con la voz quebrada.

—Entonces pídeselo a mi lengua. Dile quién te lo está sacando.

—¡Tú… tú… Kassandra…! ¡Tu lengua… tu puta lengua me está rompiendo…!

—Bien. Entonces córrete. Como buena perra sumisa.

Y Abril se vino gritando.

Con las piernas temblando. La conchita chorreando. Totalmente dominada.

Kassandra se incorporó, la miró desde arriba y le dio una nalgada fuerte.

—La próxima vez que me subestimes… te voy a hacer llorar.

Abril no respondió. Solo asintió, respirando agitada.

Yo me acerqué, sin poder con tanta excitación, y la penetré por detrás mientras Kassandra le sujetaba el cabello.

La cogíamos entre los dos. Pero el ritmo lo marcaba Kassandra.

Ella decía cuándo empujar. Cuándo detenerme. Cuándo escupirle el culo a Abril.

—¿Quién manda ahora? —me preguntó sin dejar de mirar a Abril.

—Tú —dije, jadeando.

Kassandra sonrió. Triunfante.

—Bien. Porque ahora… soy la que la tiene rendida.

Al final, Abril quedó tirada boca abajo, con la piel roja de las nalgas, el cuerpo mojado, y el alma hecha líquido.

Kassandra la acarició suave.

—Vamos 1 a 1, reina.

No dije nada durante un rato. Solo las miré.

Ambas estaban desnudas. Sudadas. Con el cuerpo todavía brillando por todo lo que habíamos hecho antes.

Kassandra con sus tetas grandes, redondas, pesadas, y esos pezones gruesos que se marcaban con cada respiración.

Abril con su cuerpo firme, ese culo perfecto, las tetas medianas pero erguidas, duras, de esas que parecen hechas para rebotar y ser golpeadas.

Yo, sentado frente a ellas, con la verga erecta y la garganta seca.

—¿Quieren el desempate? —dije al fin, con voz baja.

Asintieron, casi al mismo tiempo.

—Perfecto. Entonces… pelea de gatas.

Ellas se miraron. No se sorprendieron. Lo entendieron todo.

—Cuatro golpes cada una —continué—. Mano abierta. Solo en las tetas.

La primera que se rinda… pierde.

Y la otra se queda conmigo toda la noche.

Kassandra sonrió con esa cara de loba caliente.

—Esto me va a encantar.

Abril levantó la barbilla.

—Espero que tus tetas aguanten, morena.

Se pusieron de pie. Frente a frente. Pechos a centímetros. Las tetas casi tocándose.

Yo me acomodé en la silla. Me pajeaba lento, disfrutando la escena como si fuera una pelea clandestina erótica.

—Empieza tú, Kassandra —dije.

Ella levantó la mano. La observó. Se relamió los labios… y ¡PAAAH!

El primer golpe sonó seco. Su mano se estrelló contra la teta izquierda de Abril, haciéndola rebotar y dejarla roja al instante.

Abril apretó los dientes. No dijo nada.

Solo levantó la mano, se acomodó… y ¡PAAAH!

Le dio directo en la derecha a Kassandra, que dejó escapar un jadeo. Sus tetas se movieron con fuerza. Ese golpe se sintió.

Segundo golpe.

Kassandra esta vez usó las dos manos, pero solo pegó con una.

¡PAAAH!

La izquierda de Abril se estremeció. El pezón se endureció como si estuviera excitado y dolido a la vez.

—¿Te duele, putita? —le dijo.

—Lo suficiente como para devolverlo más fuerte —respondió Abril.

¡PAAAH!

El golpe fue directo, justo en el centro de la teta derecha de Kassandra. El sonido fue tan fuerte que se me escapó un gemido.

Ambas respiraban agitadas. Las tetas rojas. Los pezones durísimos.

Estaban mojadas.

Tercer golpe.

Kassandra apretó los dientes y ¡PAAAH!

Esta vez le pegó en la base del pecho, haciendo que toda la teta de Abril vibrara.

Abril tuvo que agacharse un segundo. Pero no se rindió.

Se enderezó. Me miró. Y con una sonrisa sucia, le dijo:

—Esto es por mi orgullo.

¡PAAAH!

Le pegó a Kassandra tan duro que la morena soltó un gemido de dolor.

Se le salió una lágrima… pero no se movió.

Kassandra se acercó más. Teta con teta. Cara con cara.

Le agarró el pecho a Abril y le dijo:

—¿Estás lista para perder?

—El último golpe es distinto —interrumpí—. Quien lo reciba, debe inclinarse hacia adelante, y la otra le dará una patada en cada teta.

Nada de manos. Puro poder de pierna.

La que aguante sin rendirse… gana.

Se miraron.

Silencio total.

—Tú primero —le dijo Abril a Kassandra.

Kassandra tragó saliva. Se inclinó hacia adelante, las tetas colgando, pesadas, sensibles… expuestas.

Abril se acomodó. Miró mis ojos. Levantó la pierna…

¡ZASSS!

Una patada directa, firme, que aplastó la teta izquierda de Kassandra como si fuera una fruta jugosa.

Ella soltó un grito.

—¡Aghhh… hija de puta!

Segunda patada.

¡ZAAAS!

La derecha.

El pecho se le sacudió, el pezón giró hacia un lado por el impacto.

Cayó de rodillas.

—¡Me rindo! ¡Me rindo, verga! —gritó, con las tetas temblando, lágrimas bajando por el rostro.

Abril la miró desde arriba, jadeando, con los pezones erguidos como dagas.

—Entonces ahora… te humillas.

Kassandra no respondió.

—De rodillas, perra —ordenó Abril—. Vas a lamerme las piernas. Desde los tobillos hasta mi concha. Y cuando llegues ahí… vas a besarla. Solo besarla. Como perra sumisa que acepta su lugar.

Kassandra, con las tetas marcadas y los pezones rojos, se arrastró lentamente.

Le lamió los tobillos. Las pantorrillas. Los muslos.

Abril separó las piernas.

Kassandra besó la vulva de Abril. Una. Dos veces.

Y se quedó ahí. Mirando hacia arriba. Rota. Vencida.

Yo me acerqué. No podía más.

Penetré a Abril con fuerza, desde atrás, mientras ella agarraba a Kassandra del cabello y le decía:

—Mira cómo me lo cojo, mientras tú solo puedes besarme el coño.

Y si te excita… es porque naciste para perder.

Y así fue.

Abril se vino encima de mí, con Kassandra arrodillada, gimiendo entre sus piernas.

La campeona. La diosa. La puta sin corona… porque ya no la necesitaba.

Después de la pelea, después de las patadas, después de que Kassandra lamiera su derrota entre las piernas de Abril… el cuarto quedó en silencio.

Abril estaba parada, desnuda, erguida como una diosa.

Yo, sentado al borde de la cama, con la verga aún mojada, duro.

Y Kassandra… de rodillas, el cabello alborotado, las tetas marcadas, el rostro con mezcla de sudor, lágrimas y sumisión.

—Levántate —ordenó Abril—. No para enfrentarte. Para servirme.

Kassandra se levantó en silencio. No dijo nada. Su cuerpo aún temblaba del castigo.

Abril se sentó en la silla frente a la cama, con las piernas abiertas.

—Quiero que me pongas crema en las piernas. Y lo harás como lo haría una criada que desea follarse a su ama… pero no se le permite.

Kassandra trajo la crema. Se arrodilló frente a ella. Y empezó a masajearle las piernas, desde los tobillos hasta los muslos.

Cada vez que se acercaba a su concha, Abril le daba una nalgada.

—Ahí no.

Solo te dejo oler.

Yo miraba. Me tocaba. Mi mujer tenía a mi ex postrada, obediente, mojada.

—Ahora —dijo Abril—. Péiname.

—¿Qué…?

—¡Que me peines, puta! —gritó con una sonrisa cruel—. Quiero verme perfecta mientras me cojo a tu ex.

Kassandra tomó el cepillo. Con manos temblorosas, empezó a pasarle los dedos por el cabello, con cuidado.

Yo me acercaba por detrás. La imagen era tan poderosa que no pude contenerme.

—Dámelo —dijo Abril, extendiendo la mano.

Le entregué mi verga, dura, latente.

Abril me la acarició despacio, lo suficiente para endurecerme al máximo, y luego dijo:

—Ahora me vas a coger como la puta que manda. Y tú —mirando a Kassandra—, vas a lamerme el culo mientras lo hace.

No lo dudaron.

Me arrodillé frente a Abril, le abrí las piernas y la penetré de un solo empuje.

Ella gemía como reina. Dominante, segura, caliente.

Kassandra estaba por detrás, separándole las nalgas, pasando su lengua por su ano, dándole placer mientras yo la llenaba por delante.

—¿Te gusta, zorra…? —le preguntaba Abril mientras me cabalgaba—. ¿Te gusta servirnos como perra?

—Sí… —gemía Kassandra—. Soy tuya…

Y lo era.

Después del primer orgasmo de Abril, la bajamos al suelo. Ella extendió los brazos, como en trono.

—Me alimentan de placer —dijo—. Una me chupa los pezones. El otro me mete los dedos.

Yo solo existo para que me adoren.

Y así fue.

Kassandra le lamía las tetas rojas, marcadas.

Yo le metía dos dedos, después tres, después toda la mano.

Y cuando Abril se vino otra vez, gritando como una reina poseída, yo me corrí sobre su vientre…

Y Kassandra lamió cada gota.

Abril los miró a los dos. Se relamió los labios.

—Esta noche es mía.

Y mañana… si te portas bien, Kassandra…

Te dejaré dormir a los pies de la cama.

Continúa la serie